La fabulosa historia de Henry N. Brown (13 page)

Todavía hoy no puedo pensar en ello sin sentir de nuevo la impotencia que me invadió entonces. Él no estaba solo. Yo no estaba solo. Pero no nos habíamos conocido a tiempo.

Aquel día comprendí otra diferencia sustancial entre los osos y las personas: las personas huyen, los osos aprenden.

El resto de la travesía fue tranquila y transcurrió sin incidentes, ensombrecida por la terrible vivencia de la mañana de Año Nuevo. El quinto día llegamos a Nueva York.

¿Y qué puedo decir? Nueva York no fue un desengaño, y eso se lo debo, en primer lugar, al hecho de que no abrigaba ninguna expectativa y, en segundo lugar, a que conocí a Grandpa Gregory.

¿Qué me importaban a mí las ciudades? Bath, Londres, Nueva York, no veía apenas diferencia entre ellas. Por todas partes había calles, edificios, automóviles, gente, coches de caballos. Sol y lluvia. Ruido y peste. En unas había más y en otras menos.

—Museos a mansalva —había dicho Lili—, unos edificios altísimos, llamados rascacielos. El edificio Flatiron y el Woolworth. El puente de Brooklyn y el río Hudson. Y sobre todo, la estatua de la Libertad. ¡Hay tantas cosas que ver!

¿Rascacielos? ¿El río Hudson? ¿El puente de Brooklyn? Yo conocía el Big Ben, el Parlamento y el Támesis. Conocía el puente de la Torre. No me dejaba impresionar tan fácilmente. Era un oso de peluche. Para mí, las personas que vivían en los edificios eran más importantes que las construcciones que las rodeaban.

No obstante, lo admito: la estatua de la Libertad me impresionó.

La mañana de nuestra recalada nos apiñamos junto a la borda para no perdernos la llegada a América. El cielo estaba despejado, el aire era frío y el viento cortante, pero los pasajeros perseveraron. Los vestidos de las mujeres ondeaban, más de un visón se ciñó al cuello y más de un sombrero tuvo que ser sujetado.

Cuando el
skyline
de Manhattan se recortó en el horizonte, en un islote situado un poco antes sobresalió de repente una mujer gigantesca. Verde y poderosa, sublime y orgullosa, con la mano derecha alargaba una antorcha hacia el cielo. La barbilla levantada, la mirada resuelta.

Para mí, esa imagen ha estado siempre asociada a mi idea de la libertad. Resistiría. Adopté interiormente su postura. No importaba que nadie la viera.

Nos quedamos cuatro meses.

La casa del tío de Victor, Maximilian, era suficientemente grande para todos, eso fue lo primero que nos dijo cuando fue a buscarnos al puerto en su automóvil negro. Tieso, con una chistera resplandeciente en la cabeza, blandiendo un bastón negro en la mano derecha, esperaba detrás de la aduana y nos dio la bienvenida. El abrigo le tiraba a la altura de la barriga, pero él la echaba orgulloso hacia delante, como si sacara a pasear su prosperidad. Porque la prosperidad era lo que más le gustaba.

Tenía de todo en abundancia: sitio, dinero, personal, bebida (le guiñó elocuentemente un ojo a Victor), diversión (otro guiño) y contactos. Tiempo era lo único que no tenía.


Time is money
—solía decir—.
And money, you can’t buy
.

Con esas palabras, estirando las vocales a lo largo y a lo ancho de un modo que no conocíamos, se precipitaba por las mañanas fuera de la casa de Brooklyn Heights donde residíamos. No puede decirse de otra manera. La vivienda no era una casa sencilla, y, aunque estábamos acostumbrados a la magnificencia, no podía negarse que aquello era una mansión, construida en estilo victoriano. Al menos, eso dijo Emily entre dos exclamaciones de gozo. Yo no tengo ni idea de arquitectura.

Max era contratista de obras, creo que oficial y realmente, y muy cordial, pero era un fanfarrón y eso no nos agradaba a ninguno de nosotros. Frances, la mujer de Max, iba ante todo bien peinada; pero, por lo demás, era bastante aburrida. De un calibre muy distinto al de Augusta Hobhouse, cosa que al principio me pareció un descanso. Gobernaba con timidez al personal, que, para mi sorpresa, era más colorido que en nuestra casa. Nunca había visto gente de piel tan oscura. Christopher, el hijo, había salido en cuanto a temperamento a su madre, pero Lili y Leo le enseñaron muy deprisa a hacer tonterías, cosa que a mí me alegró y enfadó a Emily.

Christopher tenía una habitación entera llena de juguetes. Solo me dedicó una mirada despectiva, y luego les enseñó a Lili y a Leo un oso de peluche que medía unas cuatro veces más que yo de altura.

—Es mi oso —dijo, mirándolos desafiante.

¡
No os dejéis impresionar por ese fanfarrón! ¡Solo yo tengo el amor
!

—¿Y? —preguntó Lili.

—Es más grande, y es de la mayor fábrica de peluches de Estados Unidos —dijo orgulloso.

—¿Y? —volvió a preguntar Lili—. El nuestro es único y por eso tiene más valor, ¿verdad, Leo?

El tono acre no pasó desapercibido. Leo, el pequeño oportunista, que estaba acariciando con admiración la cabeza suave del oso extraño, lo dejó caer como si fuera una patata caliente.

Christopher no supo qué contestar, no estaba acostumbrado a esa capacidad de réplica, y yo me sentí satisfecho. No hubo más discusiones sobre mi persona. Y, no obstante, había notado que, a pesar de toda la lealtad, en la voz de Lili subyacía una pizca de envidia. Pero ¿se le puede tomar a mal? Solo era una niña. Y, aun así, creo que ese día se abrió la primera grieta muy fina en nuestra relación. No es que lo hubiera notado al momento. Nos distanciamos lentamente, paso a paso.

Los Brown descubrieron América, y lo hicieron sin mí. La cosa empezó ya en el trayecto desde el puerto a Brooklyn, que yo recorrí en la negrura nocturna de la bolsa de mano de Emily, apretado entre sales de amoníaco, pañuelos, frascos de pastillas y todo lo que constituye un bolso de mujer.

Después de llegar, solo salí de la casa de Heights para dar un pequeño paseo por las calles de Brooklyn. Observé contento que allí, en Brooklyn, no muy lejos del East River también había una Henry Street (y me olí que esta vez el nombre no tenía nada que ver conmigo). A izquierda y derecha, bordeaban la calle unos edificios de ladrillo marrón y, de vez en cuando, algún edificio extravagante con torrecillas y voladizos. No vi ni un solo rascacielos, pero a cambio vi el Prospect Park, que estaba cerca.

No exagero si digo que estaba furioso. Había emprendido un largo viaje, me habían atormentado mareos, viento y mal tiempo, había perdido a un alma gemela antes de haberla encontrado realmente, y luego van y me dejan en casa. Los motivos eran poco convincentes. Creo que, tras el episodio con Christopher, Lili y Leo se avergonzaban un poco de mí. Tal vez, yo no era lo bastante bueno para el precioso Nuevo Mundo.

Regresé a la vida detrás de las ventanas. Es curioso, pero casi había olvidado cómo era observar la vida de lejos y no participar en ella.

Suerte que estaba Grandpa Gregory. De lo contrario, seguramente me habría muerto de aburrimiento.

Mientras la familia iba de fiesta en fiesta, de velada a reunión en círculos literarios, yo pasé la mayor parte de los días en
God’s own country
en la biblioteca con Grandpa Gregory. Era con mucho la persona más vieja que hasta entonces me había echado a la cara. Tenía la espalda encorvada, cosa que le impedía ponerse recto, y también unas piernas muy arqueadas que contribuían lo suyo a hacer que a menudo se tambaleara de manera preocupante. Sus cabellos blancos iban en todas direcciones, y se negaba vehementemente a que lo peinaran.

Gregory era el padre de Max. Se hacía el despistado y les hacía la vida imposible a todos. Max se avergonzaba de su padre senil, con lo cual Frances, como cristiana temerosa de Dios, se avergonzaba de su marido, cosa que a su vez le resultaba tremendamente penosa a Christopher. El único que no se avergonzaba era Grandpa Greg, que hacía exactamente lo que le venía en gana. Pasaba horas estudiando gruesos infolios antiguos, hablaba solo a media voz, murmuraba sin parar fechas y nombres, y de vez en cuando soltaba ruidosamente una pequeña ventosidad. Si me lo hubieran preguntado, habría dicho que era el más normal de toda la familia, pero no me lo preguntaron y, por tanto, todos continuaron considerándolo un viejo chiflado.

Sería más o menos a principios de febrero. Yo estaba desde hacía casi dos semanas en una estantería de la biblioteca porque la criada me había dejado allí mientras limpiaba.

Por lo visto, nadie me echaba de menos. Eso dolía.

¿Se había olvidado Lili de mí tan fácilmente? ¿Tanto le había ofuscado la mente Nueva York?

Grandpa Greg no me prestaba atención. Aquel era su reino. Hasta entonces, no había dejado entrar en su santuario a ninguno de los «rostros pálidos», como él llamaba a las visitas inglesas. Ni siquiera a Victor, que ardía en deseos de examinar los antiguos mamotretos. Grandpa Greg había sido un gran ingeniero, y Victor tenía puestas muchas esperanzas en su viaje de exploración por la biblioteca. Pero Greg le denegó la visita. Por eso me sorprendió aún más cuando me habló de repente. Con su pronunciación poco clara, masculló dirigiéndose a mí:

—¿Y tú, oso? No se les ocurrió nada mejor que llamarte Puddly, ¿eh? Que alguien me explique si con ese nombre se puede llegar a ser famoso.

¡
Si supieras cuánta razón tienes
!

Arrastrando los pies, se acercó a la estantería. Su mano huesuda rodeó mi pierna derecha, y me bajó. Descansó un momento, intentó erguirse y levantó la cabeza tanto como pudo. Luego puso rumbo hacia su butaca de cuero.

—Pero ¿para qué ser famoso? —prosiguió, y se sentó con un sonoro suspiro—. Yo podría haber sido famoso muchas veces en mi vida. Pero siempre me callé la boca en el momento oportuno, ¿sabes? De eso se trata. De cerrar el pico en el momento oportuno, ¿comprendes?

¡
A quién se lo vas a decir
!

—Pero ¿a quién se lo digo? Me caes bien, pequeño. Tienes el corazón en su sitio. No replicas. Dejas hablar a Grandpa Greg. Los otros creen que estoy mal de la cabeza.

Me callé, intrigado. Respiró ronco y rió secamente.

—Está bien así. Al menos me dejan en paz.

Tras una larga pausa, que me parecieron horas, pero seguramente solo fueron unos minutos, de repente prosiguió:

—Por ejemplo, en el 83, cuando habíamos acabado de construir ese maldito puente. Entonces me podría haber hecho famoso. Sin mí, el puente de Brooklyn nunca habría sido nada. Las cosas no funcionan sin mentes inteligentes. Roebling, el viejo veterano de guerra, me caía bien, aunque fuera alemán. Era un visionario. El puente era su sueño. Pero, por desgracia, le costó la vida. No somos nada: un pie fuera, y muerto. Su hijo, Washington, tenía que dirigir la conclusión de las obras. Pero no tenía mucho más equilibrio que su viejo jefe. Si no hubiera sido por mí… Bueno. ¡El miedo que le daba a la gente cruzar ese puente! No querían poner ni un pie encima. No se les puede reprochar, con tantos como murieron en su construcción. Entonces, afortunadamente, se me ocurrió lo del circo…

Carraspeó, tosió y se calló, mientras miraba ensimismado por la ventana. El puente se divisaba bien desde allí. Llevaba a Manhattan, la isla de los rascacielos. Y allí, eso lo comprendía hasta alguien tan casero como yo, se desarrollaba la verdadera vida. Los gruesos cables de alambre se tensaban muy por encima del East River. Los dos pilares, de piedra arenisca y granito, se alzaban como puertas enormes en el agua. ¿Y lo había construido Grandpa Greg?

¡
Sigue explicando! ¿Qué pasó con el circo
?

—Inauguramos el puente y luego no fue nadie. No lo cruzaban. El alcalde anunció por todas partes: «¡El puente aguanta el peso de veinte elefantes!». Pero no sirvió de nada. Yo sabía que tenía razón. El puente habría aguantado hasta cien elefantes. Soy ingeniero, entiendo de estas cosas. Por eso pensé: podemos demostrarlo. Enviaremos veinte elefantes. Si entonces tampoco se lo creen… Y entonces llegó el circo con todos sus animales. Elefantes, pero también rinocerontes, caballos y todo lo que se movía, incluso unas hermanas siamesas, una sirena y una serpiente con tres cabezas. Marcharon sobre el puente en un largo desfile. Al llegar a la mitad, los elefantes saltaron a la comba. Con los payasos subidos a su espalda. Y tocó la fanfarria. Una marcha. Tocaron aquella marcha. ¿Cómo se llama…?

Tarareó una melodía.

—¿Cómo se llamaba esa marcha circense? —preguntó en el silencio de la biblioteca.

Yo no habría podido decírselo. Entendía tan poco de música como de arquitectura.

Grandpa Greg se perdió en sus pensamientos, y esa tarde no volvió a emerger de ellos. Pero yo estaba contento, como siempre que alguien me explicaba historias.

A partir de ese día, siempre he deseado ir al circo. Me hubiera encantado ver todas aquellas curiosidades. Pero en toda mi vida no ha pasado de ser una fantasía.

Pensé un momento en Mary Jane, que estaría sola en nuestra casa de Bloomsbury y no tendría a nadie que la escuchara, salvo a Rusty, el pinche de cocina.

Aunque no a diario, resultó que Grandpa Greg estaba a menudo de humor para contar historias. Me alegraba cuando lo veía llegar. Y, sinceramente, eso fue lo único grato en todo ese desastre de viaje a Nueva York.

Las historias que Grandpa Greg me contó en el transcurso de las semanas eran mejores que cualquier salida a un museo. Si no me había contado un cuento chino, Nueva York tenía que estar lleno de gente y lugares increíbles, y no se refería a escritores ni a teatros. Me habló de un gangster que tenía aterrorizada a toda la ciudad.

—Ese italiano —dijo— a mí no me da miedo. Lo he visto. Es feo, feo como la noche, con una gran cicatriz que le cruza la cara. Había ido a Lower Eastside. No es lugar seguro, al menos de noche. Pero quería volver a comer pasta en casa de Mama Angelica, vale la pena arriesgarse por eso. Y él estaba allí sentado. Un buen golpe y Scarface Capone se habría quedado allí dentro para siempre. Maldito cerdo. Pero Greg no golpea. Nunca lo ha hecho. Greg no le pega a nadie, ni siquiera a Max, y mira que se lo ha ganado…

Lo que sí hacía era renegar, eso hay que reconocerlo. Si Leo lo hubiera sabido, habría preferido aprender con él que con Rusty, el pinche de cocina de casa, que a cambio de dos peniques solo le había enseñado palabras aburridas como tonto, idiota y cretino.

Tan pronto contaba cosas de la mafia como de
speakeasy
clandestinos, donde el alcohol corría a raudales aunque estuviera prohibido; una vez habló de una ciudad dentro de la ciudad, donde solo vivían chinos; de estudios de cine con lámparas grandes como casas, y de ojos mágicos que retenían todo lo que veían; luego habló de una calle donde a diario tiraban dinero por la ventana y luego pavimentaban las aceras con él porque había dólares en abundancia. Todo parecía posible en la alocada Nueva York.

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