La fabulosa historia de Henry N. Brown (33 page)

Los muebles de la habitación infantil desaparecieron, Annabelle fue a parar a una caja que guardaron en el desván, y en el pequeño reino de Isabelle entraron un transistor y un tocadiscos. Pasaba horas escuchando a Bob Dylan y a Jacques Brel con sus amigas.

Yo pude quedarme. Pero ¿qué digo? Yo tenía que quedarme. Isabelle me necesitaba, aunque comenzaba a mostrar huellas de desgaste y pude reconocer claramente en su espejo que yo también había dejado atrás mi juventud. Era la primera vez que pensaba en mi aspecto. Por suerte, los años en que algún otro juguete podría haberme superado en rango habían pasado definitivamente. Yo era el único que había sobrevivido a la infancia y era más que un juguete. Habíamos llegado juntos a la edad adulta.


Maman
, quiero ir a la universidad —le dijo un día Isabelle a su madre.

—Me lo temía —contestó Hélène.

Michel se había embarcado hacía tiempo en la bodega de su padre y se había comprado una moto de verdad. No parecía tener ojos para las mujeres, aunque sí para Patric, el aprendiz de carpintero, que no había hecho palpitar el corazón de Isabelle, pero sí el suyo. Los demás no se daban cuenta, pero a un oso de peluche no se le escapan los sentimientos de un corazón.

Después de que Marilyn Monroe susurrara al micrófono «
Happy birthday, mister president
», Marilou intentó convertirse en una segunda Marilyn. Sin embargo, cuando la actriz murió de un modo tan misterioso y el
mister president
de un modo tan inaudito, enterró todos sus sueños de altos vuelos y se casó con un hombre que no tenía la menor semejanza con su antaño adorado James. Ella, entretanto, se parecía más a Doris Day que a Marilyn Monroe.

Hélène se había imaginado la vida de sus hijos de otra manera. Y ahora la pequeña quería estudiar, marcharse de casa y mudarse a la capital. Ningún Marionnaud había ido a la universidad. Y si no era Isabelle, entonces ¿quién? Tenía veinte años y se proponía conquistar el mundo. Y así fue como regresé a París después de veinticinco años de ausencia, en compañía de una Isabelle nerviosa, animadísima y a punto de reventar de curiosidad.

Se matriculó en Historia del Arte, se convirtió en una estudiante aplicada y no tardó mucho en volver a enamorarse. Esta vez, de un hombre mayor, profesor de literatura. No vino a casa durante tres noches seguidas. Se llamaba Robert.

Si a alguien se le acelera el corazón y cree que por una maravillosa casualidad me encontré con Robert Bouvier en la Sorbona, tendré que desilusionarlo. Confieso que yo también albergué esa esperanza cuando oí por primera vez el nombre de Robert. Pero, desgraciadamente, Isabelle nunca chocó con él a la entrada de un aula, nunca se le cayeron los papeles para que él pudiera recogerlos y mirarla profundamente a los ojos. No se conocieron.

Mi Robert tendría entonces treinta y siete años, y quizá era profesor de fantasía o de algo por el estilo. Seguro que, con su carácter silencioso y un poco torpe, habría conseguido que el corazón de Isabelle palpitara con fuerza. Y seguro que habría robado flores para ella. Pero Isabelle nunca supo que existía un Robert que seguramente habría podido hacer todas las cosas que ella esperaba del «indicado». De todos modos, es solo mi modesta opinión, ¿y a quién le interesa?

De pronto, me sentí cansado. Por primera vez desde hacía mucho tiempo volvió a presentarse el descontento por todos mis impedimentos. Cuánto me habría gustado hablarle a Isabelle de la pequeña verdulería de la place d’Italie, y preguntarle si aún existía, si tal vez podría averiguar qué había sido de Robert. Quizá estaba muy cerca.

Sin embargo, Isabelle prefirió seguir con el profesor de literatura, que después de una fiesta quiso enseñarle a toda costa una primera edición de vete tú a saber qué libro («¿No es increíble, Mon ami?»). Pero él también quedó excluido rápidamente cuando Isabelle se enteró de que estaba un poquito casado («Muy astuto, ¡y yo he picado como una tonta!»).

Menos mal que me había mudado con ella a París: esta vez, la crisis duró más, sufrió durante casi dos semanas.

—Creo que ya estoy hasta las narices del amor, Mon ami —dijo, cuando se recuperó—. Ese profesor idiota ha estado a punto de romperme el corazón. No volverá a pasarme. Ahora me concentraré en los estudios, y si el destino quiere ya me enviará al indicado.

Pero el destino tenía prevista otra cosa antes para Isabelle. Ni más ni menos que una verdadera catástrofe. Ocurrió el 4 de noviembre de 1966, y yo no me enteré de nada. No es de extrañar, puesto que Isabelle prefería comentar los sucesos de actualidad con sus compañeros de estudios antes que conmigo.

«Mon ami, tenemos que ir a Florencia» fue lo único que me comunicó el 8 de noviembre antes de meterme en la bolsa de viaje. También se llevó un impermeable, botas de agua, una bufanda, dos jerséis de lana, dos leotardos, tres vaqueros y todo tipo de ropa de abrigo. Las faldas y las joyas se quedaron en el armario, igual que los pañuelos de algodón y las blusas elegantes. Daba la impresión de que se preparaba para una expedición al Polo. Pero ¿acaso Florencia no estaba en Italia?

Victor siempre había hablado maravillas de aquella ciudad, de los edificios, de las colecciones de arte y de la enorme biblioteca. Los literatos de Bloomsbury habían discutido durante semanas sobre una novela en torno a Florencia que había escrito su colega E. M. Forster, que había emigrado a la India. Era una historia de crítica social sobre una chica que viajaba a Florencia con su terrible prima, en la pensión le daban una habitación sin vistas y se enamoraba de quien no debía. Recuerdo que Victor dijo en su defensa:

—Sí, pero Florencia puede ponerte un poco sentimental.

Siempre había imaginado que Italia era en general cálida y, gracias a Victor, que especialmente Florencia era una ciudad preciosa.

Cómo puede equivocarse uno.

Florencia apestaba. Olía a rayos y se hundía en el fango. Habíamos ido a parar en medio de una catástrofe que había provocado daños inimaginables. Y por eso precisamente habíamos ido. No a admirar las bellezas de la ciudad, sino a salvarlas.

Así era Isabelle. No podía quedarse quieta, quería ayudar sin falta. Y quizá vivir una aventura chiquitita de paso. No se anduvo con rodeos, sino que hizo la maleta. Creo que no tenía ni idea de dónde se metía cuando subió con sus cinco compañeros de estudios (y conmigo) al tren de Florencia.

¡Viajamos en tren! Magnífico. Me encantaba ir en tren. Era mi forma preferida de locomoción. Te brindaba tiempo.

De camino, no hubo más tema de conversación que las inundaciones. Hablaban todos a la vez, y yo intenté atar cabos desesperadamente.

¿Llevaban consigo lo necesario? ¿Necesitaban de verdad un saco de dormir? ¿Podrían ayudar realmente? ¿Cuál sería su tarea? ¿Qué les esperaba? ¿Sabría alguien francés? ¿Qué había resultado más dañado? Poco a poco parecieron darse cuenta de que el entusiasmo los había hecho partir precipitadamente. Estaban nerviosos.

Agradecí mucho que un joven tomara la palabra y arrojara un poco de luz al asunto:

—Escuchad lo que pone en el periódico —dijo, y su voz ahogó el traqueteo rítmico del tren:

El agua alcanzó los seis metros de altura en las calles cuando la noche del 4 de noviembre el Arno se desbordó. El país estaba de celebración, puesto que el 4 de noviembre es el Día de la Victoria para los italianos. En 1918, en esa fecha acabó la Primera Guerra Mundial para Italia. Sin embargo, en Florencia pronto no hubo nadie para celebraciones. Hacia las dos y media de la madrugada, el Arno inundó el barrio de Nave a Rovezzano. Una ola de tres metros de altura anegó primero el barrio de Gavinana y, poco después, también San Niccolò. Hacia las seis y media de la mañana del 4 de noviembre, el Arno alcanzó Santa Croce y allí también causó estragos. Las casas, los comercios, los museos, las iglesias y las bibliotecas no resistieron el embate del agua. Una hora después —a las 7.26—, se fue la luz. Pasados unos días, los relojes eléctricos seguían marcando esa misma hora. Lo ocurrido el 4 de noviembre es la peor catástrofe que ha golpeado a Florencia en siglos. Económicamente, las consecuencias para Italia pueden ser insoportables, por no hablar de los daños materiales ocasionados en el arte y la cultura.

El diario florentino
La Nazione
informa de que han caído entre 45 y 50 millones de metros cúbicos de agua en la ciudad. Numerosos negocios están al borde de la ruina, y hay edificios inhabitables. Los dueños de las tiendas de Ponte Vecchio suponen que sus mercancías se encuentran en algún lugar de las inundaciones; armarios enteros, estanterías e incluso cajas fuertes fueron arrastrados por el aluvión. Sin embargo, los más afectados han sido los museos y las bibliotecas. Todavía no han sido evaluados los daños que el barro, el agua y el fuel han provocado. Según los primeros datos, han resultado gravemente afectados dos de los tesoros artísticos más célebres del mundo: la
Santa Cena
de Taddeo Gaddi ha resultado gravemente dañada, igual que el
Crucifijo
de Cimabue, una obra de cuatro metros de altura del siglo
XIII
. No obstante, solo son ejemplos de la devastación que han causado las aguas del Arno. Hasta ahora no se sabe cómo la ciudad controlará la catástrofe. Según un portavoz del Ayuntamiento, están en estado de emergencia: «Las condiciones de abastecimiento son críticas, el agua potable está en gran medida contaminada y el alcantarillado no puede absorber el fango. Los cadáveres de animales muertos extienden el riesgo de contaminación. Damos las gracias a todos los que nos echen una mano y aceptamos con gusto donaciones y ayuda. Es indignante ver que el legado de la cultura europea amenaza con desaparecer insalvable en el barro».

Los chicos callaron. Yo también me había quedado sin habla. Aquello parecía realmente una catástrofe devastadora y, por lo visto, la había originado la naturaleza. En esa ocasión, los humanos no parecían ser los responsables.

—Ir es lo correcto —dijo una chica con voz aguda—. Como historiadores del arte, tenemos la obligación de salvar los objetos de nuestro estudio. ¿Sobre qué vamos a doctorarnos si no es sobre los grandes maestros?

Se oyó un murmullo de aprobación.

—Por fin cobra sentido nuestra carrera —dijo Isabelle—. Soy amiga de la práctica. Ahora, al menos por una vez, podemos hacer lo correcto.

En la estación sacó de la bolsa las botas de goma. Oí la voz de Isabelle mientras estaba agazapado dentro de la mochila. Parecía saber por dónde había que tirar.

—Tenemos que bajar por aquí, hacia el río. Creo que hay que ver sin falta el Ponte Vecchio antes de ir a la Biblioteca Nazionale.

—¿Se puede ir así, sin más? —preguntó temerosa la chica con la voz aguda—. ¿No será peligroso?

—Ya lo veremos —contestó Isabelle—. De todos modos, pasaremos por delante. Nos viene de camino, por así decirlo.

El grupo se puso en marcha. Hablaron poco. De vez en cuando, alguien decía: «Mirad». Y: «Cielo santo». Lo único que yo percibía era el creciente hedor. Cuanto más nos acercábamos al río, peor olía.

—Oh, Dios mío, un caballo muerto flotando —exclamó horrorizada una de las chicas—. Es repugnante. Oh, ¡cómo apesta!

Se detuvieron. Oí el murmullo bronco del agua. Al parecer, habíamos llegado al Arno.

—Increíble —dijo un chico—. Mirad, las tiendecitas del puente no tienen paredes. El agua se lo ha llevado todo por delante.

A mis oídos llegaron voces italianas que hablaban alto. La gente gritaba y la desesperación en sus voces se asemejaba a la que conocía de los tiempos de la guerra, cuando la gente no encontraba sus casas después de un ataque aéreo.

En los andares de Isabelle noté que tenía que estar muy consternada. Titubeaba, caminaba tres metros, volvía a pararse. Ardía en deseos de hacerme una idea de lo que se veía alrededor.

Nos instalamos en la segunda planta de la Biblioteca Nazionale Centrale. Nuestro campamento era un camastro plegable. Isabelle me puso sobre la pequeña almohada que había llevado consigo, y desplegó el saco de dormir. Miré a mi alrededor. La sala era altísima, y las ventanas también; era una sala de biblioteca, utilizada para fines ajenos y abarrotada. Camastros hasta donde la vista alcanzaba, bolsas, trastos, botellas, latas, todo revuelto. Isabelle eligió una cama en un rincón del fondo. Yo sabía que no dormía bien cuando había mucha gente alrededor. Tenía el sueño ligero. Por todas partes había grupos de hombres y mujeres, un vocerío babilónico resonaba en las paredes de mármol.

Oí francés, alemán, italiano, inglés, holandés, incluso noruego. Agucé los oídos. La voz era de una mujer joven al final de los veinte. Tal vez treinta acabados de cumplir. Guri, pensé. Guri. Estar en Italia encajaría con ella. Volver a encontrarme encajaría con ella. Intenté observarla con más detalle, pero me daba la espalda. No pude ver nada. Ni aquel día ni al siguiente. El tercer día, desapareció.

Mientras yo seguía entretenido con la voz de la noruega, Isabelle se puso los calcetines de lana, los vaqueros viejos, el jersey grueso y otra vez las botas de goma. Se inclinó hacia mí y dijo en voz baja:

—Mon ami, parece que hemos vuelto a ser más rápidos que los bomberos. Aquí hacemos falta.

Con esas palabras se levantó y se reunió con su grupo, al que saludó un señor vestido con un pantalón de peto y un impermeable. Probó a lo internacional:


Buongiorno, hello
. Me llamo Ugo Procacci, soy el director general de la Uffizi y mi tarea es poner un poco de orden en este caos. Solo quería decirles cuánto me alegra y cuánto les agradezco que hayan emprendido este viaje para salvar el arte. Hay mucho trabajo, y duro. Mi colega de la biblioteca les explicará exactamente lo que tienen que hacer. Les doy las gracias. De verdad. Para nosotros, son ángeles de la salvación.
Angeli del fango
. Gracias,
grazie
.

El grupo aplaudió y se adelantó otro hombre. Parecía cansado.

—Buenos días, soy el director Emanuele Casamassima. Esta biblioteca es una de las más importantes de Italia. Es mi vida. He invertido muchos años en montar nuestra colección, y no descansaré hasta que sepa que están lo bastante a salvo los objetos de incalculable valor que se reúnen aquí. Les estaré agradecido, a todos y cada uno de ustedes, hasta el final de mis días por ayudar con su compromiso y buena voluntad. La planta baja, con más de tres mil metros cuadrados, quedó completamente anegada por el aluvión; la primera planta estuvo sumergida un metro y medio en el agua hasta hace unos días. Según un cálculo aproximado, han sufrido daños 1,2 millones de volúmenes, entre los que se cuentan cien mil volúmenes de la valiosa colección Magliabecchi. Nuestro catálogo, con casi ocho millones de fichas, ha quedado prácticamente ilegible. A ello se añade la hemeroteca, con más de cuatrocientos mil periódicos, y cincuenta mil infolios de la Palatina…

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