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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown (43 page)

¿Cómo describir algo semejante? ¿Estar en una especie de limbo? Durante aquellos años me pregunté una y otra vez qué falta había cometido para que la vida me castigara de esa manera en la vejez. No había podido impedir lo que ocurrió con los Hofmann, ni tampoco los tristes sucesos que acontecieron en Budapest. ¡Pero eso no era motivo para maltratarme!

Hacía nueve años y medio que vivía en casa de Sidonie Federspiel, en la Döblinger Hauptstrasse. Durante los dos primeros años, todavía venían alumnas a las que intentaba enseñar a cantar, pero con el tiempo fue perdiendo la paciencia y se volvió cada vez más rara. En las clases hablaba sola, obligaba a las alumnas a mirar sus fotografías antiguas, y a veces pasaban horas enteras sin que cantara con ellas. Las alumnas, una tras otra, empezaron a tenerle miedo y se negaron a ir a clase, hasta que un buen día no volvió ninguna más.

—Ninguna tenía talento. Esta juventud, ¡una pandilla de holgazanes! Vagos y sin talento. Yo tuve éxito porque trabajé muy duro. Empecé desde abajo y llegué a la cumbre paso a paso. No, nadie empieza en La Scala de Milán. Y quieren cantar ópera. ¡Nada menos que ópera! Y ni siquiera son capaces de cantar las canciones más sencillas de Schumann, renegó, después de que la última alumna hubiera puesto pies en polvorosa.

En los últimos siete años, la familia de Budapest nos había visitado ocho veces. En tres ocasiones habían venido los técnicos a reparar los daños que el agua había causado porque madame Federspiel no había cerrado bien el grifo de la cocina. Dos veces llamaron vendedores al timbre, a los que insultó a través del resquicio de la puerta, y una vez un mensajero trajo un paquete, pero resultó ser un envío equivocado a una dirección errónea. Para Navidad, su nieto Gyula le escribía siempre formalmente, primero desde Budapest y luego desde Nueva York, y, como era de esperar, nunca mandaba saludos para mí. Aparte de eso, casi nunca llegaba correo.

Al contrario que a mí, a Sidonie Federspiel le encantaba la soledad. No le importaba en absoluto vivir sola en su enorme piso, escuchando música, jugando con sus gatos y deleitándose con sus recuerdos. Yo, en cambio, soportaba a duras penas estar encerrado allí dentro mientras el mundo seguía girando fuera. Bueno, más de una vez había pasado unos años en una estantería, contemplando la vida. Pero siempre había habido al menos una vida que contemplar. Siempre había estado al tanto de cómo cambiaba el mundo, de cómo cambiaba la gente, pero allí, en aquel piso, el tiempo se había detenido.

Madame Federspiel apenas había cambiado. Siempre se ponía los mismos vestidos elegantes. Hacía años que compraba la misma comida cada semana y, aun así, todos los miércoles hacía la lista de la compra. ¡Y ni siquiera tenía televisor! Madame Federspiel no quería ninguna caja tonta, según le comunicó al vendedor en la puerta, y con eso se zanjó el tema.

Por la tarde, cuando se levantaba de la siesta hacia las cuatro, le gustaba servirse un benjamín de champán —esas botellitas nunca faltaban en la lista de la compra— y poner un disco. Del viejo armario que había junto a la estantería donde yo me encontraba, sacaba una caja de zapatos gris y se sentaba entre gemidos en su sillón preferido. La mesita que tenía al lado del sillón estaba lo bastante cerca para llegar a la copa si el respaldo del sillón estaba reclinado. Sabía lo que vendría a continuación: las fotos. Madame Federspiel no esperaba nada nuevo de la vida, había vivido muchas cosas y las contemplaba casi a diario. Quizá para no olvidar quién era. No creo que se sintiera desdichada; por lo menos, no tanto como yo.

A veces, encerrado en aquel gabinete de recuerdos, pensaba con melancolía en Isabelle. Creo que tengo derecho a decir que los años que pasé a su lado fueron los mejores. Mi querida Isabelle, ¡cuánto habíamos vivido juntos! Un día vimos una película titulada
Un tranvía llamado deseo
. Solo recuerdo vagamente de qué iba la trama porque Isabelle no paraba de piropear al protagonista en voz tan alta que me perdí la mitad de los diálogos. Pero la sensación que aquel título dejó en mí basta para describir con bastante acierto mi situación en casa de madame Federspiel. Como siempre, yo no había podido elegir y había ido a parar allí igual que había ido a parar a tantos sitios a lo largo de mi vida: por las vueltas del destino y más o menos por casualidad.

La pelea en casa de los Hofmann había entrado en el último asalto en el año 1983, entre llantos y dientes apretados.

Claire se marchó. Sin Laura, sin Bernard y probablemente sin la sensación de haber arreglado de verdad sus vidas. Pero ¿quién soy yo para tomarme la libertad de juzgar? Yo solo percibo fragmentos de la vida y solo puedo intuir lo que realmente mueve a la gente. No sabía nada del amor que había unido a Claire y a Bernard, ni tampoco cómo se había marchitado.

Laura seguramente marcó para siempre en negro en el calendario el 11 de febrero de 1983. Ese fue el día en que su familia se desmoronó. Era imposible no notar su desesperación cuando volvieron del aeropuerto de Zúrich. Hubo portazos, volaron cosas por los aires (a Laura le gustaba tirar cosas cuando estaba furiosa) y se precipitó en su habitación. Yo estaba en la estantería de los libros, entre
Un marido para mamá
y
El pájaro turquesa
, y me caí del estante cuando la puerta se cerró de golpe con tal violencia que las paredes temblaron. Echó la llave. Llamaron a la puerta.

—Laura, soy yo, papá.

¿Y quién iba a ser? No había nadie más en casa.

—Abre la puerta.

—Vete.

—No, quiero hablar contigo.

—Pero yo no quiero hablar contigo.

—Laura, escúchame. Mamá no se ha ido para siempre. Tú y yo intentaremos pasar bien este año juntos, y ella pronto estará de vuelta.

—Pero yo quiero tenerla aquí ahora.

—Mamá necesita tomarse un poco de tiempo para ella misma. Todo el mundo tiene derecho a hacerlo. También las madres.

—Ya no nos quiere.

—Pues claro que sí —dijo Bernard a través de la puerta cerrada—. A ti te quiere mucho.

—¿Y a ti?

—Seguro que a mí también.

—Eso no es verdad. ¡Se ha marchado por tu culpa! ¡Te interesa más el maldito hospital que nosotras! —gritó Laura furiosa.

—No, tesoro, mamá lo ha querido así. Si no, no era feliz.

—¿Por nosotros?

—No, simplemente porque aquí no puede hacer lo que le gusta.

Laura estaba sentada con la espalda recostada contra la puerta. Tenía las piernas encogidas y apoyaba la barbilla en las rodillas. Alargó la mano izquierda, me cogió y me estrechó con fuerza. Las lágrimas se deslizaban en silencio por su cara, hicieron que se le corriese el maquillaje negro y desaparecieron en mi piel.

Hacía mucho tiempo que no me impregnaba de lágrimas. Muchísimo tiempo. Me dio pena.

—¿Laura? —dijo Bernard—. Abre la puerta, por favor. ¿Laura?

Laura se dio la vuelta y abrió. Luego me soltó y se echó en la cama.

Bernard entró, me recogió del suelo y se sentó junto a Laura. Me sostuvo en su mano, los dedos se cerraban alrededor de mis hombros, y noté que trataba de infundirse valor a sí mismo cuando dijo:

—Ahora, tú y yo tenemos que estar muy unidos, ¿de acuerdo?

Le acarició la cabeza y Laura asintió con un gesto, sin decir palabra.

Una vez a la semana, los domingos, hablaban con Claire por teléfono, y de vez en cuando llegaba una carta. Así, todos se hacían la ilusión de que el único motivo de la ausencia de Claire era su deseo de ayudar a los niños africanos.

Los pálidos rayos del sol de marzo que entraban por la ventana iluminaban tenuemente la sala de estar. La nieve se había derretido y de los árboles caían gotas de agua. Olten estaba sumido en la quietud dominical y las campanas de una iglesia anunciaron en algún sitio que era la hora de ir a misa. Pero Bernard y Laura no eran de los que acudían a la iglesia, sino de los que esperaban una llamada.

Laura no paraba de moverse inquieta en el sofá y Bernard miraba el reloj.

—¿Por qué no llama? Ya son más de las once —dijo la niña.

—Llamará. A lo mejor tiene problemas con la línea telefónica. ¿Por qué no pones la tele? Así el tiempo pasará más deprisa.

En el televisor aparecieron cinco hombres sentados a una mesa redonda que discutían de política tirándose los trastos a la cabeza. Laura cambió de canal. En otra cadena emitían una película en blanco y negro. Nos pusimos a mirarla. Total, no teníamos otra cosa que hacer.

—«¿Cómo se llama usted?» —preguntó un señor con mostacho y gafas redondas.

—«Johann Pfeiffer» —contestó un hombre bajito, con una voz que me recordó a Friedrich.

El profesor de mirada severa sacó una libretita.

—«¿Con una efe o con dos?» —preguntó.

—«Con tres, profesor».

—«¿Con tres efes?» —El profesor miró con escepticismo al alumno.

—«Pues claro, una delante de “ei” y dos detrás».

El hombre bajito sonrió satisfecho y se sentó.

—«Es usted un poco infantil» —replicó el profesor.

Laura se echó a reír. Miró a su padre y siguió riendo por lo bajo.

—Pues claro, una delante de «ei» y dos detrás —repitió imitando la voz.

—Es usted un poco infantil —dijo Bernard, intentando parecer severo y fracasando exquisitamente.

Fue agradable verlos reír juntos. No ocurría muy a menudo. A decir verdad, en aquella casa se reía pocas veces. Por un instante parecieron olvidar que esperaban la llamada de Claire.

—«Con la escuela pasa lo mismo que con las medicinas —dijo el profesor de la película mientras se acercaba a la ventana—. Si no es amarga, no es eficaz».

—¡Ya lo has oído, perezosa! —exclamó Bernard, haciéndole cosquillas a su hija.

Laura chilló y pataleó de la risa. Rodaron por el sofá hasta que Bernard tuvo el pelo mirando en todas direcciones y Laura jadeaba tratando de recuperar el aliento. Luego se sentaron, con la lengua fuera, Bernard le pasó el brazo por los hombros a Laura y vi lo feliz que estaba, lo mucho que disfrutaba de aquel momento de proximidad. De pronto, Laura preguntó:

—¿Por qué no llama?

Rara vez he presenciado un cambio de humor tan repentino como en aquel instante. Toda la alegría, toda la placidez se volatilizaron como en una explosión. Bernard miró a su hija.

—Esperemos un poco más. Seguro que llama.

Pero Claire no llamó. Ni aquel día ni al siguiente.

Al principio, Bernard y Laura se las arreglaban solo a medias, lo cual no es de extrañar, puesto que se encontraban en una situación que ninguno de los dos había querido.

Por lo demás, yo también me encontraba en una situación que no había querido, si se me permite mencionarlo de pasada. Compartía mi vida con muñecas viejas, juguetes caídos en desgracia y una rata desatendida. Por motivos incomprensibles, oscilaba entre todas esas cosas dentro de la estima de Laura. Un día en que tuvo un ataque de pubertad, llenó muchas cajas de trastos viejos y las cuatro barbies también fueron a parar al desván. Habría preferido que dejara la tropa de barbies donde estaba y desterrara a la rata, pero Larry se quedó, y yo también. Me sorprendió que Laura no me enviara al exilio, porque nunca había disfrutado mucho conmigo y creo que nunca me quiso de verdad. ¿Qué veía en mí? ¿Qué finalidad cumplía yo para ella? Nunca obtuve respuesta a esa pregunta.

Claire no volvió.

Bernard, el bueno pero débil de Bernard, casi pareció sentirse aliviado cuando Claire les comunicó su decisión. Claire había decidido por los tres y con ello demostró en cierto modo que tenía razón: que se hubiera marchado a Etiopía había sido lo mejor para todos. Sin embargo, Laura echaba de menos a su madre. Al principio con rabia y en voz alta, luego en voz baja y, finalmente, de manera casi inaudible. Pero nunca dejó de echarla de menos. La añoranza quedó grabada en su corazón de niña y le brillaba siempre en los ojos, incluso cuando estaba contenta. Su aflicción no la llevó a quitarse la vida, tampoco se volvió anoréxica ni se drogó. Se convirtió en una jovencita normal. Pero en su corazón quedó una cicatriz para toda la vida.

Claire no se había aferrado a ella.

Nina no tenía cicatrices en el corazón.

Eso fue casi lo único que Bernard pudo descartar cuando examinó a la niña.

Habíamos recorrido más de mil kilómetros para examinar a Nina, después de que Maurus, el padre, le hubiera escrito a Bernard una larga carta.

—Laura, ¿qué te parece si vamos a Budapest para las vacaciones de otoño? —había preguntado Bernard un día en que Laura pasaba excepcionalmente la noche del sábado con él, en vez de ir a la disco del centro juvenil Färbi.

Normalmente, los sábados por la noche Bernard y yo mirábamos la tele solos. Él desde el sofá y yo desde la repisa de la ventana, donde me había instalado agradecido cuando Laura pintó las paredes de su habitación de azul, colgó pañuelos de seda en las ventanas y puso barritas de incienso por todas partes.

—Me da igual —había contestado Laura.

—Vamos, Laura, ya eres mayor para contestar así. Estaría bien cambiar de aires, ¿no te parece? Quién sabe si el año que viene todavía tendrás ganas de ir conmigo a algún lado.

Los reparos de Bernard estaban justificados. Laura cumpliría pronto dieciocho años, volvía a llevar el pelo con su color original, se había hecho una permanente suave y siempre vestía vaqueros, zapatillas de deporte y jerséis holgados que se ceñía a la cintura con cinturones anchos. En mi opinión, casi parecía una adulta, aunque no siempre se comportaba como tal.

—¿Y para qué vamos a ir?

—Maurus nos ha invitado.

—¿Y quién es Maurus?

Yo tampoco había oído hablar nunca de Maurus, y eso que siempre ponía atención cuando mencionaban un nombre. En los últimos años, la mayoría habían sido de mujeres y no había hecho falta memorizarlos. Pero Maurus era nuevo.

—Un amigo de Budapest. Es pianista.

—¿Y cómo es que conoces a alguien en Budapest?

—Estudié tres semestres en la Universidad de Semmelweis, ¿no lo sabías? ¿Dónde crees que conocí a tu madre?

—¿Qué madre? —replicó Laura secamente.

Bernard ignoró la observación de su hija. Sin embargo, a mí no se me escapaba que la frialdad de Laura le sentaba siempre como una puñalada.

—Maurus tiene una hija pequeña que está enferma desde hace semanas. Los médicos de Budapest no consiguen averiguar qué tiene. Y me ha pedido ayuda.

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