La fabulosa historia de Henry N. Brown (15 page)


Bonjour
—dijo educadamente.


Bonjour, monsieur
—contestó el hombre de detrás del mostrador—. ¿Qué será hoy, monsieur Bouvier? ¿Un kilo de patatas? Hoy están de oferta.

—No. Prefiero llevarme este osito.

—¡Ajá! Ahora me entero de que también vendemos osos. Tendré que preguntarle a la jefa.

El hombre se volvió y gritó hacia la parte trasera de la tienda:

—¡Nadine! ¡Nadine! ¿Me oyes? ¿De dónde ha salido este oso de peluche?

—¡No grites tanto! —dijo una mujer, que sacó la cabeza detrás de él, entre dos estantes—. ¿Qué oso?

—Este peluche que ha traído Robert. ¿O no es un peluche?

—No lo había visto nunca —contestó Nadine, y se puso bien la cinta del pelo en la cabeza. Era verde con topitos blancos, aún lo recuerdo perfectamente. Se inclinó hacia mí y le dijo a Robert—: Déjaselo ver a
maman
, ¿sí?

—Quiero comprarlo.

—Sí, enseguida, cariño. Pero
maman
tiene que saber antes cuánto vale. Me parece que es muy caro.

—Oh —dijo Robert—. Lástima.

Sus grandes ojos de color gris verdoso se abrieron como platos, y su boquita se torció poniendo morros por la desilusión.

—Vamos a ver, a lo mejor podemos hacerle un precio especial a monsieur Bouvier —dijo el hombre, que le guiñó un ojo al niño.

Nadine me cogió en sus manos. Ese fue el momento en que mi corazón volvió a latir. Me acarició suavemente la cabeza. Me miró a los ojos y dijo:

—¿De dónde has salido tú?

No me acuerdo. Soy un vagabundo
.

—No es muy nuevo —le dijo a su marido—. Pero es bonito. Hecho con mucho amor, se nota por las costuras.

Oh, cuánto embargaron mi cuerpo de alegría esas palabras. Sí. Me habían hecho con mucho amor. Con muchísimo amor. Llevaba el amor dentro de mí, y se había adormecido porque nadie lo quería. En mi interior brotó la esperanza. Allí había alguien que conocía la palabra. Que sabía qué era el amor. ¿Acaso allí habría por fin, al fin, un hogar para mí?

—Hoy, el oso cuesta tres francos. Eso es mucho dinero. Pero pasado mañana lo tendremos de oferta —dijo Nadine—. Entonces lo podrá conseguir casi regalado, monsieur Bouvier. ¿Prefiere esperar?

Robert meditó un momento. Pensativo, arrugó la frente y miró a su madre y a su padre. Luego me observó a mí y finalmente asintió muy serio. El pequeño remolino que se le formaba en el cogote se movió arriba y abajo con ahínco. Nadine le acarició los rebeldes cabellos de color rubio oscuro.

—Lo pondremos al lado de la caja, ¿te parece, Nicolas? —dijo, volviéndose a su marido.

—Ahí lo estará esperando, monsieur Bouvier —dijo él, y me puso en una postura cómoda.

Robert ya hacía rato que se había ido cuando Nicolas Bouvier cogió a su mujer por la cintura, la atrajo hacia él y le estampó un beso en la boca. Le frotó la punta de la nariz con la suya y sonrió.

—Esperemos que no venga nadie a buscarlo —dijo—. Sería una lástima, pobre osito.

No fue nadie. Estoy seguro de que el niño ni siquiera me echó de menos, pero Robert me acogió agradecido en sus brazos cuando pasaron los dos días, y no me soltó desde entonces. Qué contento me sentía de volver a tener un compañero. Un amigo. Un confidente.

Jugábamos y jugábamos y jugábamos. Nunca he jugado tanto como en los años con Robert. El niño, de poca estatura y flaco, crecía despacio, para preocupación de la madre, y a veces yo sospechaba que toda su energía fluía en su imaginación, que florecía impetuosamente.

Robert no se aburría nunca. Siempre se le ocurría algo nuevo. Pronto dispusimos de un gran arsenal de escenarios distintos, que se fueron desarrollando a lo largo de los años. Los personajes variaban de vez en cuando, pero los protagonistas eran siempre los mismos: Robert y Doudou.

Fuimos cowboys y cazadores de dragones, directores de circo y, a veces, él hacía de gigante grande y yo de pequeño.

Mi juego favorito era viajar en el tiempo. Con nuestra máquina del tiempo, podíamos recorrer los siglos velozmente y sin problemas, pero siempre optábamos por un viaje concreto. Íbamos a parar a noviembre de 1783, justo a tiempo para ver el aterrizaje del Montgolfier en la rue Bobillot.

La imagen de ese vuelo en globo, una reproducción de una pintura antigua, colgaba en casa entre las fotografías que había sobre la chimenea. Mostraba un cielo muy azul, un globo gigante en primer plano y, detrás, minúsculos, los edificios de París. Nicolas había colgado el cuadro. Significaba mucho para él.

Nicolas, que era un simple verdulero y no tenía una gran cultura (al menos si se lo compara con Victor), había prestado mucha atención en la escuela primaria cuando se trataba de la historia de París. Como todos los buenos franceses, amaba la ciudad a orillas del Sena, era su hogar. Había nacido en el barrio de Butte aux Cailles, en una época en que la colina aún era verde y estaba sin edificar. Cuando la maestra habló del pionero de la aeronáutica De Rozier y de su compañero D’Arlandes, que habían efectuado el primer vuelo libre en un globo de aire caliente, el pequeño Nicolas se quedó admirado. Fascinado. Deslizando el dedo índice por las líneas, letra a letra, había leído lo que se había escrito sobre aquel viaje en globo. Para él, lo más grande era que el globo hubiera aterrizado hacía más de ciento cincuenta años en el distrito 13, entre la rue Bobillot y la rue Vandrezanne.

Esa historia nunca se le había ido de la cabeza. Ni cuando se hizo mayor y oyó hablar de otros grandiosos acontecimientos del mundo, ni cuando llegó la Primera Guerra Mundial, ni cuando la torre de hombre en que se había convertido se enamoró de la dulce Nadine, ni tampoco cuando el trabajo le robó el tiempo para soñar. Cuando nació el pequeño Robert, por fin encontró a alguien que lo escucharía.

Robert siempre quería oír esa historia de su padre, y Nicolas la contaba incansable. Se sentaba en la cama de su hijo, cogía la manita del niño en su zarpa, agrietada por el trabajo, y comenzaba:

—Cuando era pequeño, en la escuela aprendí a leer, a escribir y a calcular. Un día, la maestra nos explicó una historia de aventuras que había acontecido mucho tiempo atrás aquí, en el barrio…

A veces añadía detalles, y otras los omitía, pero la última frase era siempre la misma:

—Ojalá pudiéramos hacer un viaje en el tiempo.

Nosotros podíamos, pero sin Nicolas.

Robert y yo planeábamos sobre París, a veces esquivábamos por los pelos la torre Eiffel, que no se veía en la densa ventisca de la fría tormenta invernal, y escupíamos desde muy arriba en el Sena antes de poner rumbo a la place d’Italie para aterrizar entre los gritos de júbilo de la multitud. Robert y Doudou eran los titanes del cielo y los exploradores de las nubes.

Robert no se cansaba de ese juego, como no se cansaba casi nunca de jugar.

Con todo, la mayoría de las veces nos enfrascábamos en la lucha contra Samir-Unka. Protegiendo a Zazie, nuestra compañera invisible, recorríamos las calles y los patios traseros del barrio. Pero nunca íbamos más lejos de la verdulería, en la place d’Italie, ni de la casa de la rue Bobillot, donde vivíamos en un pequeño piso de la tercera planta.

Robert siempre evitaba la piscina de la place Verlaine. A aquellas alturas ya tenía doce años, pero estaba convencido de que las dos ventanas redondas que había en el centro de la fachada de aquel edificio de ladrillo eran ojos que solo aguardaban para descubrirlo.

—Estoy seguro de que ahí dentro está abarrotado de vengadores, ¿no crees, Doudou? —me susurraba al oído—. Una guarida del malvado. ¡No sé por qué
maman
se empeña en entrar!

Puesto que no queríamos acercarnos demasiado al malo, pasábamos por la otra acera de la calle. Oteábamos la rue de Butte aux Cailles, poníamos rumbo fijo a la
brasserie
de monsieur Mouton. Él era un aliado, allí estábamos provisionalmente en un lugar seguro, porque la bruja casi nunca tenía tiempo para ir tan lejos a buscarnos.

Debajo de un toldo rojo había tres mesitas redondas y unas cuantas sillas viejas. En la puerta de entrada, debajo del cartel
Chez Maurice
y ocupando todo el espacio, se sentaba en el trono Maurice Mouton en persona.

—¡Hola, pequeño Robert! —decía aquel hombre gordo y cordial, y se pasaba el puro de una comisura de los labios a la otra como por arte de magia, sin ayudarse con los dedos y sin quemarse el bigote negro. Yo siempre me preguntaba cómo lo conseguía. Quizá era acertada la sospecha de Robert de que Maurice Mouton era uno de los magos buenos. Había muy pocos, porque los hombres de Samir-Unka la habían tomado sobre todo con ellos.

No pasaría mucho tiempo hasta que unos poderes más peligrosos que los esbirros de Samir-Unka dieran caza a muchas personas a las que considerábamos los buenos. Llegaron a miles y sembraron el miedo y el horror. Los llamaban «los alemanes». Hablaban de ellos por todas partes, incluso en la radio. Todos habíamos oído algo de ellos. Aquel día, en abril de 1940, estaban de camino hacia nosotros. Sus cañones ya hacían temblar la tierra. Pero aún faltaba para eso.


Bonjour
, monsieur Mouton.

—¿Qué, persiguiendo gánsteres?

—No —contestó serio Robert—. Estamos huyendo.

—Eso es grave —contestó Maurice, también serio—.¿Os ayudaría un trago de pócima mágica? —preguntó, pasándose las pesadas manos por la imponente barriga.

A la camisa a cuadros rojos y blancos le faltaba un botón a la altura del ombligo. Noté perfectamente que Robert luchaba con fuerza contra la tentación de meter allí su dedito índice. Pero lo habían educado bien.

—Me parece una buena idea —contestó aplicado Robert—. ¿Tú qué opinas, Doudou?

Yo compartía su opinión, claro.

Maurice Mouton desapareció en el interior de la
brasserie
y volvió al poco con un botellín de naranjada.

Robert le dio las gracias educadamente y se sentó en una de las sillas de mimbre. A mí me puso encima de la mesa, no sin antes asegurarse de que no se veían por ningún sitio manchas de café ni migas de croissant. Robert bebía despacio, a sorbitos, y parecía muy concentrado.

Cuánto quería a aquel niño.

Era un tipo de cariño distinto del que había sentido por Lili. Más directo, más inmediato. Cuando ahora pienso en ello, me da la impresión de que la vida que conocí en Francia era mucho más natural que la inglesa. ¿Se debía a la época, que había inculcado a las personas formas y normas como si hubiera estampado un sello en sus vidas? ¿Se debía a que los Bouvier eran mucho más pobres que los Brown? No lo sé. Solo soy un observador, un nómada a través de países y épocas, de la guerra y la paz.

Robert se sentaba en silencio. De los pantalones cortos que llevaba en verano y en invierno salían unas piernas delgadas de niño, las rodillas negras por las costras y la suciedad, los calcetines, antes blancos, colgaban grises en los tobillos que se balanceaban y el dedo gordo del pie izquierdo sobresalía por la punta de la sandalia. Absorto en sus pensamientos, se subió los tirantes, que se le habían resbalado por trigésima vez aquel día, y dejó la botella a mi lado.

—¿La pócima mágica también funciona contra los alemanes? —preguntó luego mirando a Maurice.

—Eso espero, pequeño, o lo tendré complicado.

—Yo también lo espero —dijo Robert, y dio las gracias por el refresco.

Continuamos nuestra ronda por el distrito 13. Robert disfrutaba de mucha libertad. En el barrio, todos conocían al pequeño Bouvier de la verdulería. Y ese era el único motivo por el que Nadine, la bruja, no se preocupaba si nos escabullíamos por las esquinas y trepábamos los muros de los patios. Solo había una norma inquebrantable, a la que Robert se atenía fielmente y que rezaba: nunca más al sur de la avenue de Tolibac. Pero allí no se nos había perdido nada, porque alrededor de casa estaban las callejuelas más estrechas y los rincones más pequeños. Allí sabíamos perfectamente dónde se podían ver cosas emocionantes.

En la rue Simonet vivía una anciana que se pasaba el día sentada junto a la ventana. Era tétrica, porque no se movía nunca. Solo una vez la vimos parpadear. Y fue porque Robert tiró un guijarro contra la ventana para ver si estaba viva.

—Es una espía —dijo después con mucho énfasis—. Lo sé a ciencia cierta. No se le escapa nada. Seguro que no puede dormirse nunca y hace mucho que tiene el corazón de piedra.

Quizá tenía un corazón de piedra. Pero quizá tan solo esperaba noticias del frente. ¿Quién puede decirlo con certeza?

En la rue Samson había un carnicero. Siempre tenía la cara muy roja y la gente murmuraba que pegaba a su mujer. Llevaba siempre el delantal pringado de sangre, tenía unos brazos sonrosados y fofos y demasiado sebosos. Robert estaba fascinado con aquel hombre, y a la vez le daba un miedo terrible. Algunas tardes, pegábamos la nariz en una pequeña esquina del escaparate y observábamos cómo dejaba caer un hacha enorme sobre los pedazos sangrientos de animales sacrificados. A mí se me revolvía el estómago. No quería ni pensar en su pobre mujer. Pero, curiosamente, él siempre era cordial con Robert y de vez en cuando le regalaba un pedacito de salchichón cuando lo descubría.

En la rue de la Butte aux Cailles conocíamos todas las piedras. El adoquinado era desigual y las muchas ruedas que lo habían recorrido a trompicones durante cien años lo habían llenado de baches. Siempre saltábamos el arroyo de la calle por los mismos sitios, y pasábamos de largo a galope tendido las casas de las hermanas con mirada asesina, porque justo detrás nos esperaba el oasis seguro de Maurice Mouton.

La vuelta a casa conducía a veces por la rue Boiton, cruzando la rue Bobillot, y luego por la rue du Moulinet. Allí se encontraba la institución para enderezar moralmente a las chicas perdidas, el panadero y, sobre todo, el gran jardín asilvestrado de madame Denis. Cerezos y perales desperdigaban sus flores blancas por encima del prado, donde crecían amapolas y caléndulas. Un ciruelo había caído de través en el sendero trillado, que serpenteaba entre zarzas y malas hierbas en la parte posterior del jardín hasta llegar al cenador. Y de algún sitio manaba un arroyo que desaparecía al final del prado en un tubo que iba bajo tierra. No sé cuántas tardes pasamos en aquel pabellón en ruinas, situado junto a las rosaledas. Incontables. El cenador era nuestro único secreto de verdad.

Ni Nadine ni Nicolas sabían que nos atrevíamos a adentrarnos en esa zona. Nadine había prohibido la avenue de Tolibac, pero nunca había dicho nada de la rue du Moulinet. Siguiendo el lema de que lo que no está prohibido está permitido, íbamos en viaje de exploración al jardín de madame Denis.

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