La fabulosa historia de Henry N. Brown (31 page)

—Fíjate —dijo, poniéndole la hoja en las narices a su vecina—, he recibido carta de una vieja amiga de Francia. Madre mía, hace tanto tiempo que no sabíamos nada una de otra. —Bajó la voz y susurró confidencialmente—: Sabes, en mis años salvajes trabajé un año de niñera en París. ¡Marie y yo nos lo pasamos en grande en aquella época! Los locos años veinte, ya sabes… ¡Qué tiempos! —Le guiñó un ojo a la señora Finster y puso los ojos en blanco, sentimental.

Agucé los oídos. ¿Había estado en París?

—¡No sabía qué había sido de Marie! —prosiguió Marga—. Me escribe que se casó con un viticultor. Vete tú a saber cómo dio con él.

—Suena muy romántico —dijo la señora Finster, soñadora—. Seguro que vive de maravilla en una finca antigua, en un paisaje de ensueño. ¡Ya me lo imagino!

—No sé. Diría que no parece muy feliz. Pero a lo mejor es que mi francés ha empeorado con el tiempo.

—Tienes que escribirle, seguro que se alegrará muchísimo, y a lo mejor también podrías ir a verla… Ahora que Julchen no está…

—Tienes razón. Le escribiré enseguida. Y le prepararé un paquete para enviarle, creo que le irá bien que le levanten el ánimo.

No sospeché que yo formaría parte de ese levantamiento de ánimo. Todavía hoy sigo sin tener ni idea de por qué me metió en un paquete con jamón, calcetines de lana, gelatina de frambuesa y una novela romántica. No me lo explicó.

Marga, Marga. En realidad, ella dio el disparo de salida a mi año de infortunio.

Francamente, no me gusta recordar ese año. Tampoco me gusta hablar de él. En todas las vidas hay horas bajas que es mejor enterrar. Por eso seré breve:

El viaje en paquete duró dos semanas. Me tiraron de un lado a otro. Hacía un calor asfixiante y no pude ver nada. No fue terrible, pero tampoco espectacular. Hoy, subes a un avión aquí, bajas allá, y todo es distinto a tu alrededor. En un paquete es muy similar, también se dispone de poco sitio y el aire está viciado.

Al principio me alegré mucho de volver a estar en Francia. Pero pronto comprendí que aquella finca de Beaujolais, adonde me habían expedido, no tenía buena estrella. No había amor. Y si hay algún experto en el tema, ese soy yo.

La familia con la que fui a parar se llamaba Brioche, y podría pensarse que querían despellejarme vivo: el tercer día, la pequeña Lucille, hija de Marie, la amiga de Marga, me tiró dentro de un barril de Beaujolais, donde me habría ahogado si mis virutas de madera no se hubieran ocupado de impulsarme hacia arriba. Subí a la superficie después de haber tomado un buen baño en aquel caldo rojo oscuro. Por cierto, ¿he dicho ya cuánto detesto los baños?

El viejo Brioche, que en realidad no era tan viejo (más o menos como yo, quizá tres o cuatro años más), sino que solo lo parecía porque había catado demasiado vino y no amaba especialmente la vida, me pescó, me tiró a los pies de su pequeña Lucille con un chapoteo y dijo:

—¿Cuántas veces tengo que decirte que en la bodega no se juega?

—Sí,
papa
—susurró la niña.

Para dar énfasis a sus palabras, le dio tal bofetada a la pequeña que sus trencitas volaron y casi volvió a dejarme caer. Luego me lavaron, con agua caliente y jabón. Sin embargo, el olor a vino tinto se quedó pegado a mi piel y el tortazo de Brioche, a mis huesos. ¿Cómo podía pegarle a su hija? ¿A aquella pequeña criatura que todavía no le llegaba ni al ombligo? La imagen me escoció en los ojos.

Vi muchas más cosas durante aquellos meses. Más de las que habría querido.

La piel no se me secaba. El vino había penetrado hasta la última de mis fibras y se había asentado allí. Comencé a oler. Tanto, que me desterraron de la habitación de Lucille y me metieron en la vitrina.

Quizá no haya muchos osos que puedan afirmar que se han bañado en un tonel de vino. Pero, francamente, habría preferido renunciar a ello y seguir sentado junto a la cama de Lucille. Porque a la niña le habría hecho mucha falta un compañero como yo. Sin embargo, aparte de mí, nadie se daba cuenta.

El viejo Brioche tenía una única pasión: su vino. Cuidaba sus viñedos con mucho celo y no permitía que nadie se acercara a sus vides. Si cogían alguna enfermedad, él se enteraba antes de que pudiera dañarlas; si amenazaba tormenta, la preocupación por la cosecha apenas lo dejaba dormir; en la vendimia, acariciaba con sus dedos gruesos todos los granos de uva, uno a uno, para examinar su integridad. Pero si su hija se ponía enferma, solo decía que se dejara de comedias; si la ruina económica volvía a amenazar a la familia, dormía a pierna suelta y, por lo que pude juzgar, nunca acariciaba a su esposa.

No soportaba esa falta de amor. Casi me desgarraba el corazón ver cómo Marie Brioche se tragaba las lágrimas cuando su marido se quejaba una vez más de la comida, y cómo Lucille se encogía cuando su padre hacía un movimiento repentino. Ambas se esforzaban hasta el infinito por complacerlo, y a cambio no recibían más que repudio.

Ahora, a veces pienso que el hombre simplemente no podía evitarlo. Quizá no sabía cómo se sentía el amor, quizá no había aprendido a ser amable. Pero eso no les servía de mucho a Marie y a Lucille, que se habían resignado a su destino sin rechistar. Y, en el transcurso de los años, también abrigué la sospecha de que probablemente no esperaban más de sus vidas. Quizá ellas también pensaban que tenía que ser así.

Lucille era una niña cariñosa, me acariciaba y me susurraba secretos al oído. Me llamaba «Peluche» y me quería.

—Sabes qué, Peluche, te quiero mucho —me dijo una noche, mirándome con los ojos muy abiertos—. Mucho más que a
papa
o a
maman
.

Eso no me lo había dicho nunca nadie. Primero me dio vergüenza; luego, tristeza. ¿Acaso no era una pena que en su vida no existiera un amor mayor que el mío?

Yo tenía treinta y cuatro años, y aquel año sufrí una profunda crisis existencial. Reconozco que no fue la primera; durante mi época de odisea continua entre Inglaterra y París, en los años treinta, ya me había preguntado por qué no me eliminaban definitivamente para que de una vez por todas acabara aquel ir de aquí para allá sin sentido. Pero, con Robert, esos pensamientos se esfumaron.

Por aquel entonces me había creído inútil, innecesario; pero ahora, después de todo lo que había vivido, sentía más bien impotencia y resignación.

No podía evitar que el viejo pegara a la pequeña Lucille, y no podía acallar la nostalgia que se pronunciaba a cada minuto en la niña.

Yo solo era un osito. Un juguete. Un mal sustituto.

Y, después de ir a parar a la vitrina, ni siquiera eso.

Cuando el fuego se embraveció a mi alrededor, la voluntad de sobrevivir pidió la palabra. Y con toda claridad. No quería morir abrasado.

De repente oí una voz.

—¡Monsieur Brioche! ¡Monsieur Brioche! ¿Dónde está? ¡Hay fuego!

Era una niña la que gritaba, inequívocamente. Pero no conocía aquella voz.

—Hola, ¡monsieur Brioche! ¡Tiene que llamar a los bomberos! ¡El bosque se quema!

Ninguna respuesta. La puerta se abrió de golpe, y allí estaba ella: un metro cincuenta y seis de altura. Las piernas embutidas en unos pantalones cortos blancos; encima lucía una blusita azul con mangas de globo, y llevaba el pelo, liso y oscuro, cortado en redondo, como si alguien le hubiera puesto a la pobre una olla en la cabeza y se lo hubiera cortado siguiendo el contorno. En su rostro se leía intrepidez y valor. Los ojos azules expresaban determinación; la pequeña boca, también.

Aquella niña era una heroína, lo supe enseguida. Pero ¿sería también mi heroína? Esa era la cuestión. El calor aumentaba, cada segundo contaba, y no solo para mí, también para la pequeña desconocida.

Eh, ¡date prisa! ¡Sácame de aquí y larguémonos pitando
!

Se subió la delgada blusa y se tapó con ella la boca y la nariz. El humo llenaba toda la sala. Buscó rápidamente con la mirada. Descubrió el teléfono. No estaba muy lejos de mí. Volvió a gritar:

—¡Monsieur Brioche! ¡Lucille!

Entonces cogió aire, cruzó corriendo la sala y levantó el auricular. Marcó nerviosa.

—¡Papá! ¡Papá! —gritó al teléfono—. La finca de monsieur Brioche se ha incendiado. ¡Y aquí no hay nadie!

El pobre Jules Marionnaud se debió de llevar un susto de muerte cuando comprendió que su hijita se encontraba en medio de un infierno en llamas. Isabelle colgó el auricular y, en ese mismo instante, el destino puso de nuevo su mano protectora sobre mí. La vitrina estaba ardiendo y se inclinaba con infinita lentitud a un lado, mientras los pocos libros que había en un estante debajo de mí se convertían en cenizas.

Lo confieso: tuve miedo. Una aversión indefinible a morir allí mismo. Una especie de terquedad.

Quizá por eso perdí el equilibrio. No querría excluir esa posibilidad. Cuando la vitrina se desmoronó entre crujidos, yo caí con estrépito justo a los pies de Isabelle.

¡Levántame! Vamos, pequeña, levántame
.

Me levantó, sin pensárselo dos veces. Luego salió disparada y corrió tan rápido como sus piernecitas le permitían, colina abajo, por el sendero entre las viñas, de regreso a su pueblo, a la pequeña localidad de Fleurie, y no se detuvo hasta que descubrió a su padre, que le salió al paso en el camión de bomberos con otros hombres del cuerpo de voluntarios.

Puede que suene cínico, pero el incendio en las tierras de Brioche (el viejo no pudo hacer nada; en el periódico dijeron que un incendio forestal había devorado sin compasión la finca entera) fue para mí el mayor golpe de fortuna de la historia. De mi historia. De mi vida. Me fui con Isabelle.

Isabelle. Cuando pienso en ella, me acomete una oleada de calidez y ternura.

Me conservó con ella más tiempo que nadie. La conocí de niña, de joven y de adulta, de hija y de madre. Ojalá hubiera podido envejecer con ella. Ojalá supiera qué aspecto tiene ahora, pasados los sesenta. Seguro que le han salido canas. Quizá también haya perdido un poco de su alegría desbordante, pero no se habrá quebrantado su increíble firmeza. Esa firmeza que más de una vez se interpuso con acierto en su camino y, sin embargo, siempre la llevó a su meta.

Y metas tuvo unas cuantas. De pequeña, ya no veía ningún problema en nombrarlas. Me las explicó todas, me las expuso con detalle y las sometió a votación conmigo, aunque yo, como siempre, no dije esta boca es mía.

—Seré la mejor en cálculo —dijo cuando tenía once años, y al jugar a rayuela sumaba en voz alta lo que se le ponía por delante. Pero dividir no era lo suyo.

—Seré tan buena como Margot Fonteyn —afirmó a los dieciséis, y practicaba posturas de ballet hasta bien entrada la noche, pero los tutús no le gustaban.

—Seré la primera en pisar la Luna —declaró cuando Juri Gagarin voló al espacio, pero otros se le adelantaron.

—Seré peluquera —proclamó, y le cortó los cabellos tan a menudo a su muñeca Annabelle que al final casi no le quedaron.

—Seré como Van Gogh —dijo, y también pintó girasoles, pero más bonitos.

Quise a Isabelle desde el primer instante. Por su valor, por su descaro y por su buen humor, y por otras mil razones. Al principio, a veces aún pensaba con nostalgia en Julchen, con la ligera sensación de que con ella habría sido igual de bonito si nos hubiéramos conocido antes. Pero esa nostalgia se disipó enseguida porque con Isabelle era mucho mejor.

¿No es extraño? Ya pasaba de los treinta y, por primera vez en la vida, era testigo de una infancia despreocupada de verdad: libre de presiones sociales como las que habían imperado en Inglaterra, libre de la amenaza de la guerra y las bombas, y sin miedo a las potencias extranjeras.

Los primeros años fueron una auténtica fiesta.

En mi primera incursión al cuarto de Isabelle ya desbanqué a la competencia de los demás juguetes. No debe dejar de mencionarse, puesto que el surtido de muñecas, animales, coches y jugos de construcción aumentó constantemente. Pero eso no impresionaba a Isabelle. La tarde del incendio, después de haberme salvado de las llamas, cogió a su muñeca Annabelle y la miró con un poco de compasión.

—Tienes que comprenderlo, Annabelle. Este oso es mi amigo ahora. Me necesita más que tú.

Y guardó a Annabelle en el armario, donde a partir de entonces solo esperó a que la peinaran de vez de cuando.

A mí nunca me peinó, pude seguir siendo como era. Aunque eso supuso una dura lucha, porque a Hélène Marionnaud, la madre de Isabelle, no la entusiasmó en absoluto mi entrada en el pulcro hogar familiar. Me escrutó con mirada crítica, me giró a un lado y a otro, y cuando me acercó a su nariz se desmoronó cualquier tipo de simpatía por mí.

—Pero Isabelle, mira,
ma petite
. Este oso es viejo y está sucio. Y huele. Tenemos que tirarlo.

—Este oso,
maman
, es mi amigo.
Mon ami
, ¿comprendes?

—Sí, tesoro, lo comprendo, pero quién sabe dónde habrá estado tu amigo…

Yo puedo decírtelo. He recorrido bastante mundo. Pero hasta ahora, ¡eso nunca ha sido un motivo para tirarme
!

—Mon ami se queda donde está. ¿Cómo puedes ser tan mala,
maman
? ¿Que lo tire? ¿También me tirarías a mí si no me lavara?

—De acuerdo —cedió Hélène—. Pero tienes que lavar a tu Mon ami, o lo haré yo.

No, por favor, ¡agua no
!

—¡No! ¡No puedes hacer eso! Él también tiene derechos, ¿comprendes?

¡
Exacto
!

—No, Isabelle, no los tiene. Es un muñeco de trapo. Y no permitiré que entres parásitos en casa. Es mi última palabra.

—Mon ami no tiene parásitos. Y es mi última palabra.

Isabelle giró sobre sus talones y dejó plantada y perpleja a su madre.

Nadie podía tocar a su nuevo amigo sin preguntar antes. Oh, qué orgulloso estaba. Por fin una amiga que me comprendía. Entonces, si no antes, se desencadenó mi adoración por Isabelle.

Me quedé con ese nombre, «Mon ami», que en realidad no era un nombre. Pero pude vivir bien con ello, puesto que describía lo que yo era para Isabelle: su amigo.

Al principio, Hélène Marionnaud no pudo hacer otra cosa que resignarse a la cabezonería de su hija. Perdía todos los duelos argumentativos, y la niña sabía que la autoridad no era precisamente el punto fuerte de su madre. Pero Hélène era una mujer lista y encontraba otras vías para imponerse.

Una mañana que Isabelle se marchó a toda prisa para no perder el autobús escolar se olvidó de esconderme en el armario con Annabelle. Lo hacía todas las mañanas porque, evidentemente, tenía muy claro que su madre, paciente como una araña en la tela, acechaba la ocasión de poder hacer con calma lo que
ella
consideraba correcto.

Other books

The Bone Wall by D. Wallace Peach
Sleepless Nights by Sarah Bilston
Safe by Rachel Hanna
Hope To Escape by Jack Parker
Tigers Like It Hot by Tianna Xander
Microbrewed Adventures by Charles Papazian


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2022