La fabulosa historia de Henry N. Brown (14 page)

Me daba igual que las historias fueran ciertas o no, creo que en todas ellas había una chispa de verdad. En mi mente surgió una ciudad de Nueva York seguramente más brillante y colorida que todo lo que realmente podría haber visto. Estoy contento de haberme ahorrado el edificio Woolworth. Vi el puente de Brooklyn, y en mi imaginación también vi elefantes cruzándolo y sirenas saltando a la comba. ¿O era al revés? Ya no lo recuerdo.

No es ningún secreto que el mejor lugar para la fantasía es la cabeza de un oso de peluche. Quien siempre está solo con sus pensamientos aprende a explicarse historias a sí mismo. Y tiene material de sobra. Porque nadie ha escuchado tantos latidos del corazón, nadie ha secado tantas lágrimas, nadie ha visto tantas cosas buenas y malas, nadie ha esperado, observado y oído tanto como él.

Lili no apareció hasta al cabo de un mes, y me ofendió mortalmente que no hubiera ido a buscarme antes.

—¡Puddly! —exclamó cuando Grandpa Greg permitió entrar por fin a la familia en la biblioteca—. ¡Estás aquí!

No soy sordo
.

—Grandpa. ¿Puddly ha estado aquí todo el tiempo?

—¿Quién? ¿Qué? No lo conozco.

—¡Nuestro osito! ¿Ha estado aquí todo el tiempo? —repitió Lili, remarcando fuerte y claramente cada una de las sílabas.

—No soy sordo —gruñó.

Casi me eché a reír, aunque quería seguir enfadado. Pero me alegraba mucho volver a ver a Lili. Comprendí cuánto había disfrutado con las historias de Grandpa Greg cuando me di cuenta de lo mucho que me aburrían las historias de Lili sobre museos y reuniones sociales.


Mum
está fuera de sí, sabes, porque aquí las mujeres ya pueden votar. Hemos vuelto a coincidir con Augusta Hobhouse, y nos lo ha contado. Tendrías que haberla visto. Se pavonea por todas partes con su gran novela sobre la liberación. Hasta
mum
se mostró escéptica, dice que Augusta es víctima de la decadencia. Quiere quedarse a vivir en América, ¿te lo imaginas? ¿Solo para poder votar cada cuatro años? Además, aquí no tendría diversión. Porque no está permitido beber alcohol, ¿no es una locura?

La despreocupada boca infantil siguió cotorreando, y yo solo pensaba:

¡
Si supieras lo que yo sé
!

Grandpa Greg me había hablado largo y tendido de la prohibición después de sacar una botella de whisky de un cajón oculto entre Schiller y Shakespeare. Resultó que disponía de muchas existencias, de las que nadie sabía nada.

Prometí como es debido no delatar su escondite. Claro que ¿cómo lo habría hecho?

—¡La madre que parió la doble moral americana! —maldijo—. Ahí donde los ves, todos quieren emborracharse. Pero no puede verlo nadie. Yo también me he vuelto así. Me escondo en mi propia casa. Al diablo con Max y sus calientabraguetas emigrantes. Todo es fachada, ¡ja, ja! —Rió obscenamente—. Bailan charlestón y a esas jovencitas se les levantan las faldas.

Charlestón. La palabra me asestó una puñalada en el corazón. Cathy. La biblioteca. Ah, ¿cuánto hacía ya de eso?

—¿Prohibición? Que no me hagan reír —siguió gruñendo—. ¿Y de dónde va a salir la diversión en la vida?

Sí, ¿de dónde salía la diversión en la vida?

En la época en que estuve en Estados Unidos, me lo pregunté a menudo cuando Greg enmudecía y caía en su siesta plagada de chasquidos de lengua, y yo me quedaba solo con el crujir de la carcoma. Incluso me sorprendía pensando que no habría estado mal un gato, solo para tener a alguien con quien poder enfadarme, aunque seguramente solo tenía añoranza.

No tenía nada en contra de América y ni una sola mala palabra para Grandpa Greg, pero echaba de menos Londres y nuestras viejas buenas costumbres, echaba de menos los cantos de Mary Jane, el parque de Fitzroy Square, el sofá y la repisa de la chimenea. Echaba en falta el aire fresco que soplaba en casa cuando hacían limpieza, las risas de los niños y las comidas juntos, las bromas de Victor y las miradas de Emily al reloj cuando creía que era la hora de tomar la copita de aperitivo antes de la cena. Echaba de menos todas esas cosas familiares. Creo que tenía nostalgia.

Y, curiosamente, todo siguió igual incluso después de que Lili hubiera vuelto a estrecharme en sus brazos y me hubiera llevado a su habitación. Y también cuando volvimos a estar en Londres; sí, todavía la siento algunos días.

América no deja indiferente, dijo en una ocasión Grandpa Greg. Esa sentencia demuestra por sí sola que no era un chiflado, puesto que no se equivocaba. Los Brown también emprendieron el viaje de regreso a casa con leves heridas de carácter ideológico. Nada grave, pero perceptible: Leo adoptó el acento abierto y, a partir de entonces, dijo
tomeitos
en vez de
tomatoes
; Victor miraba con envidia las posibilidades ilimitadas de hacer realidad los sueños; Emily sintió una repentina vocación política y Lili se solidarizó con un limpiabotas de doce años, que acabó robándole el monedero. ¿Y yo?

Yo me hundí en el olvido, de manera lenta, pero segura.

3

H
a entrado un hombre hará unos dos minutos. Un soldado. Lo he reconocido por sus pasos.

Aún está aquí.

No supone ninguna diferencia, lo sé, pero intento contener la respiración, no hacer ruido. Pero sé que está aquí. Ha venido por mí. A por mí. A abrirme.

¿Dónde está la escritora? ¿Por qué me deja aquí solo?

Encima de la bandeja donde sigo tumbado, aparece una cara. Tenía razón. Es un soldado; probablemente de frontera. Sobre la cabeza lleva una gorra de uniforme.

Cuánto me alegré cuando después de la guerra desaparecieron los uniformes. Entonces recé por que no volvieran nunca. Por lo visto, las oraciones de los osos no son atendidas. Total, ¿para qué?

Odio los uniformes. Los odio porque todo en ellos significa sufrimiento y desdicha. Significan guerra y violencia. Significan poder y obediencia, ya sea por principios o por sumisión, por miedo o por convicción, pero ese es otro cantar. ¿He dicho ya que odio los uniformes? Bueno, no me cansaré de repetirlo.

Noto que se me ponen los pelos de punta. El hombre me mira. Ni con simpatía ni con antipatía. Simplemente, me mira. Luego su cara desaparece y yo miro el techo, como he estado haciendo durante las horas anteriores.

No ocurre nada. Oigo que se sienta. Un golpeteo. Casi me vuelve loco no poder ver qué está haciendo. Normalmente eso no me molesta, puesto que con los años me he convertido en un hacha reconociendo ruidos, puedo clasificar los sonidos casi como un ciego. Pero ahora la excitación brama tan fuerte en mis oídos que no logro reconocer nada.

De repente habla. Así pues, está telefoneando.

—Al habla Haubenwaller. Dígame, Bichler, ¿hablaba en serio?

Un breve silencio.

—¿Y quién lo ha ordenado?… Vamos, por favor, ¿está ese hombre en su sano juicio?… Sí… De acuerdo… Sí… Vale… Sí… No tengo nada más que hacer… Sí… eh… Adiós.

Cuelga.

—Órdenes son órdenes —dice en el silencio de la sala.

¡No! No quiero volver a oír esas palabras nunca más
.

Aparece de nuevo su cara. Me agarra con la mano, me saca de la bandeja, me agita, me acerca a su oreja.

No puedo más. El miedo casi me vuelve loco.

Luego vuelve a dejarme. Se va. Cierra la puerta.

Respiro hondo.

Órdenes son órdenes. ¿Qué había dicho? En los uniformes vive la obediencia, igual que las pulgas en el pelo de un gato.

Cuando uno ha llegado a cierta edad, no hace falta preguntar de dónde sale esa aversión por los uniformes. Los he visto todos. Los franceses, los alemanes, los americanos, los rusos, los italianos, los noruegos, los finlandeses, los ingleses…, todos. Y no odiaba a las personas que los llevaban, sino aquello en que los convertía el uniforme. Personas que daban órdenes. Personas que las obedecían.

Nada para un luchador por la libertad como yo.

Demasiado sufrimiento. Y, para mí, empezó en París.

Nubes de tormenta

R
obert y yo estábamos encerrados entre coles y melones en la oscuridad del almacén. El calor no penetraba a través de las gruesas paredes, hacía un fresco agradable. Estábamos a salvo. Nunca nos encontrarían allí. Y habíamos salvado a la princesa Zazie. Otra vez.

Robert y yo salvábamos a la princesa Zazie al menos una vez al día, y nada menos que de los vengadores de Samir-Unka. Era un malvado terrible, que en su tenebroso reino de las sombras confinaba en una torre a todas las personas que tenían corazón. Allí las mantenían encadenadas y solo les daban piedras para comer, hasta que el corazón se les volvía de piedra. Una vez convertidos en malos, los enviaban como vengadores a buscar nuevos corazones.

La princesa Zazie era de una belleza impresionante. Resplandecía más que el sol, su piel era más fina que la seda y sus cabellos más suaves que una llovizna de verano. Su corazón latía con fuerza y era el más codiciado del mundo, puesto que había anunciado que se lo entregaría a quien venciera a SamirUnka. En otras palabras: todo lo que tenía piernas se había lanzado a la caza de Samir-Unka. Solo nosotros, desinteresados y nobles, protegíamos a la princesa de los esbirros del monstruo sin corazón. Nadie sabía cuánto duraría la caza, puesto que nadie había visto nunca al rey de piedra. Pero sus vengadores estaban por todas partes. Eran tan astutos como invulnerables, solo tenían un punto flaco: no podían nadar, porque el corazón les pesaba tanto que los hundía despiadadamente en el agua y no los dejaba emerger nunca más.

Robert y yo tampoco sabíamos nadar, aunque Nadine, la madre de Robert, lo llevaba siempre a rastras a la cercana piscina de Butte aux Cailles para que no quedara como un cobarde delante de los demás niños. Pero Robert no quería nadar, los demás niños no le importaban y no era un cobarde.

Creo que nuestras luchas contra Samir-Unka no dejan lugar a dudas.

—¿Robert? Robert,
chéri
, ¿dónde te has metido?
Allez
, es hora de volver a casa.

—Ya está ahí —me susurró Robert a la oreja—. La bruja, es la peor de todos. ¿Qué podemos hacer, Doudou?

Intenté urdir un plan, aunque tenía claro que nunca podríamos escapar de la bruja Nadine. Todas las tardes conseguía atraparnos, llevarnos a casa a rastras y encerrarnos. Robert se veía obligado a comer mucho bajo su estricta vigilancia y cada mañana, igual que les pasaba a Hansel y Gretel, aquella bruja tanteaba si el niño había engordado.

Robert aguantó la respiración y hundió la nariz en mi piel. La puerta se abrió, y la sombra alargada de la bruja malvada cayó sobre nosotros. No había escapatoria.

En el fondo, nos sentíamos agradecidos cuando Nadine aparecía, porque nuestro escondite solía ser incómodo y frío, y la espera de los vengadores duraba a veces demasiado incluso para Robert. Y, que quede entre nosotros, la bruja era muy maja.

En aquel entonces yo me llamaba Doudou. Un nombre de tantos, mejor que Claire, que Mimi, que Bear e incluso que Puddly, creo. Había enterrado definitivamente la esperanza de volver a llamarme Henry algún día. Ya solo me llamaba así en los recuerdos de Alice y en los míos. Así pues, Doudou. Robert me había puesto ese nombre seis años atrás, cuando llegué a su casa de París, en 1934.

Los diez años que transcurrieron entre mi regreso de América y mi llegada a París me habían convertido en un oso de peluche más modesto y humilde.

Había aprendido que los niños algún día dejan de serlo cuando Lili y Leo, poco después de regresar a Londres, perdieron el interés por mí. Tenían que dedicarse a cosas más importantes y adultas, y Victor no insistió en que continuara sentándome a la mesa. Seguí con ellos, en casa de los Brown, pero solo como espectador. Me pusieron en la vitrina del salón y, entre la vida que antes había compartido con ellos y yo se alzó un muro de cristal que se limpiaba una vez por semana. En 1928, cuando empaquetaron sus cosas para mudarse a América porque a Victor lo esperaban allí buenos negocios (no intuyó nada del inminente crac de la Bolsa), Leo ya estudiaba en Oxford y Lili estaba enamorada de un escritor llamado Evelyn que, después de darle muchas vueltas, prefirió casarse con una mujer con su mismo nombre, de modo que Lili también siguió a sus padres a Estados Unidos.

Tardaron semanas en preparar el equipaje. Emily clasificó y ordenó, y al final le pidió una caja a James para reunir las cosas que iban a donar. James me sacó de la vitrina con una mirada compasiva y preguntó:

—¿Puddly también, madame?

—Pues claro, ¿para qué lo queremos? Lili tiene otras preocupaciones, y seguro que a algún niño pobre le hará ilusión —dijo caritativa, sin sospechar lo que me estaba haciendo.

James me regaló a su sobrino, Frederic Fairlie, a quien nunca le gusté especialmente, por no hablar de que me tomara cariño. Se olvidó de mí ese mismo año, durante unas vacaciones junto al mar en Brighton. En el viaje, el tren paró en Bath. Vi el andén, que no había cambiado nada, todo estaba como hacía ocho años. La añoranza por Alice estuvo a punto de desgarrarme. ¿No habría sido maravilloso que nos hubiéramos vuelto a encontrar?

Una niña francesa con unas trenzas preciosas me encontró en la playa, me recogió y, escondido en su maleta, me pasó clandestinamente por el canal de Mancha y me llevó hasta Orléans, donde entre alaridos de protesta de su madre, una obsesa de la limpieza, me abandonaron cerca del monumento a Juana de Arco antes de que supiera cómo se llamaba la pequeña.

Volvieron a encontrarme, volvieron a perderme, me guardaron y me regalaron, pero nadie se encariñó conmigo, nadie me convirtió en su confidente, y me fui transformando en un objeto que se pasan de unos a otros como si fuera una cosa sin alma.

Francia parecía enorme, dejé de contar los lugares, las casas donde dormí. Dejé de esforzarme por retener nombres, caras o historias.

Mi corazón se había clausurado.

En aquellos días viví de los recuerdos de los buenos tiempos. El presente transcurrió murmurando inadvertido, hasta que Robert entró en mi vida.

El sol volvió a salir con él. Emergí de una parálisis de seis años, de una pausa involuntaria en la vida, que para mí seguía siendo nueva.

Me habían olvidado en una verdulería de París, sobre una pila de pepinos, para ser exactos. A mi lado había una pizarrita en la que habían escrito con tiza: CONCOMBRE 25 CTS/PIÈCE. Alguno de esos niños sin nombre y con los dedos sucios y la nariz llena de mocos había preferido un caramelo antes que a mí, y habían vuelto a olvidarme entre gritos. No me importó. Hacía tiempo que no me importaba. Había comprendido que tenía que resignarme. Mi resistencia inicial, mis intentos infructuosos por llegar al corazón de los niños me habían dejado agotado y triste. Y entonces, de repente, apareció delante de mí un niño de cinco años, me cogió del brazo y me llevó hasta el mostrador, por encima del cual apenas podía mirar. Robert era un niño menudo.

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