La fabulosa historia de Henry N. Brown (5 page)

Una mañana, Alice entró en el cuarto y encendió la estufa. Se ciñó el batín por los hombros y echó carbón al fuego. Había refrescado mucho. En el lugar que yo ocupaba junto a la ventana había corriente de aire y el cristal estaba siempre helado por las mañanas.

—Parece que el invierno ha llegado definitivamente —dijo Alice, que barrió la ceniza que había caído delante de la estufa—. Ya no falta mucho para las Navidades.

Ella odiaba la Navidad, lo había mencionado en una conversación con Elizabeth, que resultó que iba cada dos semanas a tomar el té para contar novedades.

—Me horrorizan las fiestas —le había confesado Alice a su amiga—. Todas esas celebraciones no me dicen nada.

No supe qué significaba la Navidad. Pero si horrorizaba a Alice, no podía ser nada divertido. Sin embargo, Elizabeth volvía a discrepar.

—Venga, Alice, no seas aguafiestas. Milton ha organizado un convite espléndido, y así estarás con gente. Habrá pudin de Navidad. Y seguro que este año encuentras tú el penique.

—No estoy segura, Liz. Soy una sosa. Seguro que Milton no querrá a alguien como yo en su fiesta.

—Sí, Milton me lo ha pedido expresamente. «Lizzy —ha dicho—, tienes que traer a tu encantadora amiga Alice. Es un honor tenerla en cualquier celebración». Te aprecia mucho, ¿sabes? —explicó con una mirada elocuente.

Alice sonrió.

—He recibido carta de Patricia. Me invita a pasar las fiestas en Londres. Por desgracia, parece que tendré que rehusar la invitación de Milton —dijo Alice.

—Pero eso es magnífico, querida. Qué encantador por parte de tu hermana. Y unos días en Londres nunca le han hecho daño a nadie. —Elizabeth rió contenta: se le podían reprochar muchas cosas, pero no era nada envidiosa.

—Ay, me da vergüenza. Incluso quieren pagarme el viaje…

—Pasarás unos días magníficos. Y seguro que conoces gente interesante en el tren. A lo mejor a un auténtico Henry esta vez —dijo, lanzándome una mirada de soslayo que resultaba inequívoca.

Elizabeth y yo nunca seríamos amigos, eso estaba claro. Pero ella también se preocupaba por Alice, y por eso toleraba magnánimo su presencia charlatana.

Alice pasó por alto el comentario y dijo:

—Sí, creo que aceptaré la invitación. Al fin y al cabo, es agradable pasar la Navidad en familia.

¿Por qué eso a lo que llamaban Navidad entretenía tanto a la gente como para que lo celebraran en todas partes? Confié en que Alice pronto me explicaría más cosas sobre el tema. Pero no me enteré de mucho más de lo que ya sabía.

—Esa estúpida celebración —me dijo luego—. ¿Cómo puedo celebrar sola una fiesta del amor?

Pensé que no sonaba tan mal lo de celebrar una fiesta del amor: después de todo lo que sabía ya del amor, podría ser una bonita excusa para que las personas que se apreciaban se reunieran y celebraran que se querían.

¿Será que los osos de peluche albergan ideas absurdas cuando son pequeños? En esa época, todavía no sospechaba que esa fiesta podía celebrarse de maneras tan distintas. Recuerdo fiestas de Navidad posteriores que tuvieron más que ver con la guerra que con el amor, ya fuera una guerra con bombas cayendo o con platos volando…

El día de la partida se aproximaba. Y lo que solo había deseado en mis sueños más íntimos se hizo realidad: Alice me llevaría consigo. Saldría de casa por primera vez, y por fin vería de cerca el mundo que había contemplado desde la ventana día sí y día también.

Alice preparó el equipaje: una pequeña maleta, una sombrerera y una bolsa de cuero donde me metió a mí junto con unas cuantas manzanas, un pañuelo, un monedero, un pintalabios, un espejo de bolsillo y las llaves de casa. Luego, nos pusimos en camino hacia la estación.

Yo sabía dónde estaba la estación. Desde la ventana podía ver las vías que conducían al este. No estaba lejos. Subiendo unos metros por Manvers Street, a la derecha, te plantabas allí.

Cuántas veces había visto llegar y partir los enormes trenes negros echando humo. También podía oír el sonido de los silbatos antes de la salida, el ruido cada vez más fuerte de la caldera de vapor y la locomotora poniéndose en movimiento lentamente antes de que el monstruo de hierro desapareciera de mi campo de visión.

Había pasado muchas tardes siguiendo los trenes con la mirada. Y siempre me había preguntado por el destino del viaje. Ahora lo sabría por fin. También lo viviría. La palabra «emoción» es insuficiente para describir el estado en que me encontraba en las horas anteriores a la partida.

Cuando salimos de casa, Alice se detuvo un momento. Casi me dio la impresión de que reunía fuerzas para el inminente viaje. Aproveché para asomarme y mirar a mi alrededor. Así pues, ese era el aspecto del exterior. Fue una sensación extraña no estar sentado detrás de los cristales seguros y con las vistas familiares. De pronto vi que a la izquierda y a la derecha de mi fragmento de mundo había más edificios. Y calles. Y árboles. Y gente.

¿Y qué esperaba? Al fin y al cabo, sabía que la gente que pasaba junto a mi ventana siempre iba a algún sitio y venía de algún lugar. Pero no estaba preparado para conocer finalmente cómo era ese lugar. Vi el letrero que había al final de la calle, a nuestra izquierda. Desde la ventana no había podido ver ese cruce; normalmente miraba en la otra dirección porque Alice siempre me ponía en el borde izquierdo de la ventana. En aquel letrero ponía mi nombre. Volví a mirarlo. Era cierto. No cabía duda de que allí ponía HENRY STREET, con letras nítidas, claramente legibles. Me sentí orgulloso. La buena de Alice, pensé. ¡Incluso se había preocupado de que le dieran mi nombre a una calle!

Me habría quedado mirando el letrero eternamente, pero Alice dio media vuelta de golpe y me llevó rumbo a la estación. Nos adelantó un carruaje. El olor intenso a sudor de caballo y a cuero penetró en mi nariz. Olí por primera vez lo que hasta entonces solo había visto. No me gustó especialmente ese olor, pero fue mejor que la nube oscura y maloliente que dejó tras de sí el autobús que nos adelantó tocando la campanilla.

Había gente con maletas y bolsas delante de la estación. Las mujeres llevaban vestidos lujosos de viaje y sombreros adornados con plumas. Se veían muchachos con pantalones cortos por debajo de las rodillas y gorras con visera, que reían despreocupados en pequeños grupos; los hombres, vestidos con abrigos largos y chisteras, se mantenían en un segundo plano, y de cuando en cuando alguno sacaba un reloj de bolsillo dándoselas de importante, y le echaba una mirada crítica.

El edificio de la Bath Spa Station era de piedra caliza clara. Encima de las ventanas se alzaban tres frontones que ascendían en forma escalonada. En el centro descollaba el reloj más grande que jamás había visto. Mostraba inequívocamente que habíamos llegado demasiado pronto. Alice no había aguantado más en casa. Me habría apostado algo a que estaba tan nerviosa como yo. Ella tampoco había estado nunca en Londres. Se esforzaba por aparentar seguridad y aplomo, pero yo notaba que se sentía insegura entre toda aquella gente.

Era el 24 de diciembre, llegaba y partía mucha gente, daba la impresión de que se había movilizado toda Inglaterra. Los saludos y los buenos deseos resonaban en el aire: «Feliz Navidad» o «Felices fiestas. Dele recuerdos a su esposo».

Me gustó el ambiente, tenía algo especial; en mi concepción de la fiesta del amor, la gente era cordial y alegre.

—Alice —oí decir de repente a una voz profunda.

Alice también la oyó y se volvió casi espantada. Frente a nosotros había un hombre muy alto. Era esbelto y parecía deportista. Tenía el cabello rubio oscuro, lo llevaba un poco más largo de lo que se consideraba moderno y le caía indomable sobre la frente despejada. Por debajo miraban unos ojos despiertos. Vestía chaqueta de tweed oscura y se había anudado una bufanda blanca al cuello. En la cabeza lucía una gorra marrón.

—Ah, Milton, hola —dijo Alice tímidamente.

—He oído que se va a Londres.

—Sí —contestó Alice, apocada, y miró a su interlocutor—. Mi hermana Patricia ha tenido la amabilidad de invitarme.

—Yo también me habría alegrado mucho si mañana hubiera sido usted mi invitada —contestó el hombre sonriendo ampliamente.

Sus ojos castaños brillaron con picardía. Me gustó a la primera. Y a él le gustaba Alice, eso saltaba a la vista.

—Gracias, fue muy amable por su parte invitarme. Pero, lo siento…

—No tiene que disculparse. Comprendo que prefiera estar con la familia. Pero tiene que prometerme que volveremos a vernos antes de la próxima fiesta en Conward House.

Alice se ruborizó y cambió de tema.

—¿Qué hace en la estación?

—Quería llevarle el equipaje hasta el andén.

—¡Me está tomando el pelo!

—No, qué va, prefiero tomarle la maleta. Venga, la ayudaré. Y, si no hay más remedio, de paso recogeré a mi hermana pequeña. Viene de Brighton.

Alice se rió. Milton se echó la gorra hacia atrás y cogió la maleta de Alice y la sombrerera.

—Vaya —dijo el hombre—. ¿Viaja acompañada?

Alice lo miró sorprendida.

—No —respondió—. ¿Por qué lo dice? Viajo sola.

—¿Y quién es este? —preguntó él, tirándome suavemente de la oreja.

¡
Eh
!

Un ligero rubor volvió a deslizarse por el rostro de Alice.

—Ah, es Henry. Para los niños, ya sabe. No hay que ir sin algún obsequio.

¿
Para los niños? ¿Qué significa eso? ¿No irás a regalarme
?

Me estremecí. La idea de estar con alguien que no fuera Alice me horrorizaba.

—Seguro que les hará mucha ilusión un oso de peluche tan bonito —dijo el hombre—. Todos hemos soñado de niños con tener un amigo así.

No solo de niños. Soy el mejor amigo de Alice. Lo compartimos todo
.

—Sí, es una lástima que seamos demasiado mayores para eso, ¿verdad? —intentó bromear Alice.

En aquel momento dejé de entender el mundo. ¿Qué le pasaba a Alice? ¿Por qué hacía ver que solo éramos conocidos lejanos, que yo no era más que un juguete infantil? ¡Después de todo lo que había hecho por ella! Cuesta admitirlo, pero posteriormente presencié a menudo esa conducta. En el fondo de su corazón, todos los adultos son niños, eso lo sé muy bien. Unos más, otros menos. Pero casi nadie lo reconoce. No me pregunten por qué.

—Yo lo conservaría —dijo Milton cordialmente.

—Tengo que irme —se apresuró a contestar Alice—. El tren no espera.

Milton asintió y nos precedió con el equipaje.

En el andén se agolpaba una muchedumbre densa. Las personas que se apeaban entregaban las maletas por la ventanilla; los mozos de estación, vestidos de uniforme, intentaban abrirse paso y ganarse el aguinaldo navideño. Una espesa humareda blanca envolvía la monstruosa locomotora y el andén.

Alice subió detrás de Milton, apretándome contra su pecho, y Milton nos buscó un compartimiento.

—Este está bien. Si se sienta en el lado izquierdo podrá ver el Avon durante más rato.

—Gracias, Milton —dijo Alice—, ha sido usted muy amable.

—Le deseo una Feliz Navidad, Alice —dijo en voz baja—. Y no olvide lo que me ha prometido —añadió, sonriendo de todo corazón—. Tiene que hacerme una visita.

—Hasta la vista —contestó Alice—. Y felices Navidades.

—Hasta pronto.

Se dio la vuelta para irse. Luego me dijo:

—Y tú cuida de la señora. Londres es un lugar peligroso.

Y puso los ojos en blanco.

Alice se rió y lo echó del compartimiento.

—¡No se olvide de su hermana!

Milton se llevó teatralmente las manos a la cabeza.

—Sí, es verdad, la hermana de Brighton. Acabo de recordar que no llega hasta mañana.

Con esas palabras, se bajó del tren, volvió a saludar una vez fuera y desapareció entre la multitud. Alice lo siguió con la mirada meneando la cabeza.

No daba la impresión de que los esfuerzos de Milton hubieran provocado en ella ningún tipo de emoción. Por primera vez me oprimió el pecho la melancolía, puesto que intuí que el cordial Milton nunca sería para Alice más que un amigo.

La locomotora silbó y piafó; sonó un pitido estridente y se produjo una sacudida. El tren del Great Western Railway se puso en marcha lentamente y resollando con fuerza. Partimos. Vi por la ventanilla los puentes de piedra que cruzaban el río Avon. En los edificios y calles colosales se apreciaba que allí había habido mucha vida antaño. Era una ciudad que no mucho tiempo atrás aún era un punto de destino de numerosas damas y caballeros de la alta sociedad; pero ahora solo irradiaba el encanto del pasado. Vi Bath. Por primera y última vez.

Estábamos solos en el compartimiento.

—Mira, Henry —dijo Alice, que volvía a hablarme sin que se le notara que había renegado vergonzosamente de mí hacía tan solo un cuarto de hora—. Ahí detrás se encuentra la abadía de Bath, con sus diez preciosas campanas. Allí nos casamos. Lástima que no pueda verse bien desde aquí. Pero ahí delante, lo ves, están los jardines de Sidney, el parque más precioso del mundo. Cuando hacía sol, Will y yo recorríamos a veces el laberinto y jugábamos al escondite. Fueron días maravillosos.

Después de unos instantes de silencio, añadió:

—Lo echo tanto de menos…

Por lo visto, no había ningún pensamiento que no condujera de algún modo a William. A menudo me daba la impresión de que lo conocía, tantas eran las cosas que sabía de él. El amor de Alice era indescriptiblemente grande, y yo a veces temía que algún día perdiera el juicio por verse privada de él.

El viaje transcurrió escuchando el ritmo de las ruedas, que traqueteaban regularmente sobre las traviesas. El paisaje desfilaba por la ventanilla y se convirtió en un juego de matices marrones y verdes, un verde que comenzó a resplandecer con luz propia cuando el sol brilló por debajo de los oscuros nubarrones. Hacía un día precioso, y nada permitía intuir el drama que se avecinaba.

Me di cuenta de que llegábamos a Londres porque Alice estaba cada vez más nerviosa. Abrió mil veces la bolsa y miró en su interior. Sacaba el pintalabios y volvía a guardarlo después de comprobar en un espejito si su rostro aún seguía donde lo había visto la última vez. Bolsa abierta, bolsa cerrada. Estaba a punto de volverme loco cuando el revisor avanzó por el pasillo anunciando que llegaríamos a la Paddington Station en diez minutos.

Alice me guardó en la bolsa y se puso el abrigo. Se cubrió la cabeza con un sombrero de campana negro, adornado con un gran lazo delante. Dejó el compartimiento y salió al pasillo.

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