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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown (8 page)

Lo último que sentí antes de que me venciera el cansancio fue un dolor sordo en el pecho.

Debía de ser aún medianoche cuando los niños, en pijama, se deslizaron de puntillas en el salón, que ya se había enfriado. La puerta chirrió, entró una corriente de aire y dos figuritas se colaron a toda prisa en la sala.

Los comprendo. De las estancias donde se celebra la Navidad surge una magia muy particular. El olor a velas y a galletas de canela y un ambiente festivo flotan en el aire.

Se acercaron al sofá y se plantaron delante de mí. Me hice el dormido. En cierto modo, continuaba teniéndoles miedo. Eran pequeños, es verdad, pero parecían tener mucha fuerza. Además, me daba la impresión de que eran impredecibles.

Una impresión que no engañaba.

Si algo he aprendido es que es mejor no confiar en que las palabras de ayer sigan siendo válidas hoy. Los niños funcionan siguiendo sus propias reglas. Y me parece que no solo por terquedad, sino porque los muy afortunados todavía están libres de presiones externas. Igual que yo.

—Parece que está durmiendo —dijo Lili.

—Los osos no duermen —dijo Leo.

—Duermen mucho —dijo Lili—, si hasta hibernan.

—Pero es un oso de peluche, no le hace falta hibernar.

—¿Qué sabrás tú de osos de peluche? Si nunca habíamos tenido ninguno.

Lili me examinó con la mirada; luego, Leo me cogió en su mano y nos sentamos en plácida armonía sobre la alfombra que había delante de la chimenea, donde ya solo quedaba ceniza de la víspera. Los dos se concentraron en sus regalos, y yo los observé entretanto.

Con las puntas de los dedos, Leo giraba lentamente una gran bola azul llena de manchas marrones y verdes. Contemplaba ensimismado los diferentes puntos.

—Esto es América —dijo, señalando una gran mancha—. Y esto es África. Y esto es la India. Y todo pertenece a Inglaterra.

—No es verdad —replicó Lili, sin levantar la vista de su libro—. América, no.

—Pero África sí.

—Ese globo
cacarráqueo
es muy aburrido —se enfadó Lili—. Caca-carraca.

—Se llama globo terráqueo, tontaina. Además, es mucho mejor que ese libro estúpido —contestó enfadado Leo.

—Al menos yo seré lista. Y no deberías decir palabrotas, lo ha dicho
mum
.

—Yo ya soy listo. ¡Toma ya!

—¿Ah, sí? ¿Y quién pensaba hace un momento que América pertenecía al Imperio?

Leo le sacó la lengua a Lili. Lili no le hizo caso y hundió todavía más la nariz en su libro.

Aún no me había despertado del todo, y los dos ya habían conseguido tirarse otra vez los trastos a la cabeza. Todavía no sospechaba que no pasaría un día, qué digo, una hora sin que riñeran.

Esa pequeña riña insignificante en la madrugada de Navidad era una muestra ejemplar de su relación. Leo era el mayor, pero solo por un año, y su hermana, no hay otro modo de decirlo, era más lista. Lo que él la aventajaba en fuerza, ella lo compensaba mil veces con astucia. Siempre conseguía provocarlo y rara vez dejaba pasar una oportunidad de hacerlo, y él casi nunca tenía suficiente presencia de ánimo como para no picar. En cambio, era tan tozudo y obstinado que Lili se veía obligada a ceder a menudo porque se quedaba sin resuello.

Más de una vez contemplé cómo se divertía Victor en silencio ante el «placer discutidor», como él lo llamaba, de sus hijos. Y creo que admiraba a Lili, igual que yo. Siempre me ponía de su parte. No, no siempre. De hecho, solo desde la caída de Leo en el pecado. Al principio, después de superar mis primeros temores por ellos, los quise a los dos.

En el desayuno se hizo oficial. Yo era un miembro más de la familia. Leo me llevó a la mesa, donde me sentó en la misma silla que la noche anterior. Lili me puso delante un plato y una taza de la vajilla de sus muñecas, y se sentó a mi lado.

James trajo té y
scones
, mermelada de naranja y
porridge
, y chocolate caliente para los niños. Luego, Emily pronunció unas breves palabras para bendecir la mesa.

Debo decir que fue un momento inesperado de dicha, que me cogió tan por sorpresa que no pude evitar disfrutarlo. Después, me atenazó un poco la mala conciencia por Alice. No me pareció correcto estar tan contento en mi nuevo entorno apenas medio día después de separarnos. Por consideración a ella, podría haber sido un poco más desdichado, pero me tranquilicé pensando que no la echaría menos en falta solo porque me fueran bien las cosas.

¿Acaso no es extraño? Un día antes, no tenía ni idea de qué era una familia, y de pronto me había convertido como si nada en parte de una. Hasta entonces, Alice había sido mi familia, madre y hermana en una misma persona, y aun así me di cuenta enseguida de que aquello era otra cosa. Más.

El destino me había cortado a medida aquella familia, si es que puede decirse así. Simplemente, encajaba a la perfección en ella.

Durante el desayuno, Cathy entró en el salón.

—¿Mister Brown? Le llaman por teléfono, sir.

Tal vez sea un poco bochornoso confesarlo, pero no quiero ocultar nada. Por un instante pensé de verdad que se refería a mí.

—Ya voy, Cathy, gracias —dijo Victor, que se levantó de la mesa y se limpió la boca con la servilleta—. Como no sea un asunto de vida o muerte… —gruñó, y se fue a su despacho.

No podía creer lo que acababa de oír. ¡Había ido a parar a casa de mis semejantes! Se llamaban Brown, todos. Victor y Emily, Lilian y Leonard Brown. Estaba entusiasmado. Qué bien que Alice se empeñara en llamarme Brown, casi como si hubiera intuido que mi camino me conduciría a esa casa de Bloomsbury. Una cálida gratitud colmó mi corazón. Alice había sabido qué era lo indicado.

—¿Y qué? ¿Era cuestión de vida o muerte? —preguntó Emily cuando Victor regresó, y escrutó con la mirada a su marido.

—Era Leonard —dijo Victor cuando se sentó de nuevo en la silla que yo tenía enfrente.

Una profunda arruga le surcaba la frente.

—Viene mañana de Richmond. Han surgido problemas con Hogarth’s Press. Además, parece ser que Virginia vuelve a tener una crisis. Dice que escribe como una posesa y apenas se puede hablar con ella. Ayer se fue a escondidas de casa y tuvo que ir a buscarla a la estación. Ni siquiera se había puesto el abrigo. El pobre está muy preocupado. Y con razón.

—Virginia es rara —dijo Lili.

—Solo es un poco nerviosa —dijo Emily—. A veces, los escritores son así, ya lo sabes.

—Está loca —dijo Leo—. Lo dice lord Malcolm.

—No creo que tengas derecho a hablar así de otras personas —dijo Emily, y se atusó el pelo con un gesto enérgico—.¡Debería darte vergüenza!

—¿Y por qué puede decirlo lord Malcolm? —preguntó tozudo Leo.

—Porque no sabe de qué habla. No es ninguna heroicidad seguirle la corriente —contestó Emily.

Victor, que apreciaba mucho a su antiguo compañero de estudios, aunque no precisamente por su sensibilidad con los demás, contestó débilmente:

—Lord Malcolm no es tan malo.

—Pero no tiene ni idea de literatura, ¿verdad,
daddy
? —insistió Leo.

—Es un fanfarrón —intervino Lili.

—Lili, no digas esas cosas —reprendió Emily a su hija.

—No las diré, pero las pienso.

Por lo visto, Lili siempre tenía respuesta para todo. Cada vez me entretenían más esas disputas verbales familiares.

—Solo es un poco torpe a veces —dijo Victor, intentando zanjar el tema.

Pero Lili señaló:

—Ahora eres tú el que habla mal de otros y, además, de un amigo de la familia —objetó, mirando desafiante a su padre.

¿Quién diría la última palabra? Tenía mucha curiosidad por saberlo.

—No hay motivos para continuar profundizando en esta discusión —dijo Victor con severidad.

Noté que le disgustaba que sus hijos lo atacaran con sus mismas armas. La sonrisa enigmática de Emily desapareció detrás de su servilleta, y Victor la miró indignado. Yo también sonreí. Lili tendría las mejores aptitudes para el puesto de reina, si ese cargo aún pudiera alcanzarse.

—¿Ya habéis pensado un nombre para el nuevo mister Brown? Mientras el osito no tenga nombre, no será un miembro de pleno derecho en la familia —dijo Victor, cambiando bruscamente de tema.

Me pegó un susto tremendo. No se me había ocurrido pensarlo. Claro, ellos no sabían que ya era uno de los suyos. No tenían ni idea de que mi nombre era Henry N. Brown, y que yo no quería cambiarlo.

Me llamo Henry Brown. Para ser más exactos, Henry N. Brown, pero la N. no tiene importancia. Henry. Por favor
.

—¿Qué tal Tiny Tim? —propuso Lili—. Como en la historia de Navidad que
daddy
nos leyó anoche.

—Está enfermo y se va a morir. Es demasiado triste —objetó Leo—. Para eso prefiero Scrooge.

¿
Scrooge? ¿Qué ideas se te ocurren
?

—¿Qué? No, de ninguna manera. Scrooge es malo. —Lili estaba aterrorizada.

—¿Y qué tal un bonito nombre inglés? —preguntó Emily—. ¿Tal vez Miles?

La cosa iba de mal en peor.

—Es aburrido,
mum
—replicó Leo, no muy desencaminado.

Sentí alivio.

—¿Y qué tal Paddington? ¿No dijo Cathy que lo había comprado allí a un vendedor? —propuso Victor.

¿
Comprado? Ay, Cathy, ¿qué les has contado? ¿No era bastante bueno como osito abandonado
?

—¿Como la estación? No, no puede ser. Creo que no hay que insistir en su origen. —Emily rechazó la propuesta. Si yo no hubiera estado tan verde, habría podido deducir de su respuesta el papel que desempeñaban en esa época los valores materiales y la posición social, al margen de todo liberalismo.

Seguí la búsqueda de un nombre con los ojos y los oídos bien abiertos. ¿Qué podía decir yo? En aquella familia, Victor era el único con olfato para las historias que prometían tener éxito. ¿Quién sabe qué habría sido de mí si me hubieran llamado Paddington? Quizá hubiera sido yo el oso más famoso de toda la literatura infantil, y no ese colega de Perú, con su gabardina y el sombrero de ala ancha, del que oiría hablar en diversos cuartos de niños. Qué extraña casualidad que a él lo encontraran en la misma estación que a mí, por no hablar de su apellido. Incluso se podría creer que alguien me había robado la biografía. A veces me pregunto si Lili no habrá intervenido en esa historia; lástima que nunca averiguaré si le habló de mí a ese escritor. Sin embargo, aún pasarían muchos años hasta la aparición de Paddington en el escenario del mundo. Aquella mañana nadie intuía nada.

Finalmente se pusieron de acuerdo con el nombre de Puddly.

Digámoslo así: no es extraño que no me hiciera famoso con ese nombre. Pero ¿qué podía hacer yo? No podía defenderme y, aunque me esforcé por materializar el nombre de Henry en la sala, no se les ocurrió la idea de llamarme Henry.

Al final, habían ido a parar de nuevo a la literatura. No podía ser de otra manera en una casa en la que —como pronto descubriría— había más libros que motas de polvo. Si lo entendí bien, la inspiración vino de un tal doctor Doolittle. Victor había llevado ese libro a casa y se lo había leído a los niños unos días antes de las Navidades. Cuando Victor y su familia se reunían al anochecer delante de la chimenea y él les leía los libros más recientes, los demás eran todo oídos. Incluso Emily. Y cuando Cathy encontraba tiempo entre servir, planchar y limpiar, buscaba disimuladamente un sitio en la habitación contigua, se apoyaba en la puerta y escuchaba con una mirada soñadora; yo mismo lo había visto.

Me adapté enseguida al hogar de los Brown. También es cierto que me lo pusieron fácil para que me sintiera cómodo. Por un lado, no tenían gatos, de lo cual tomé nota favorablemente. Por otro, era una casa llena de vida y casi nunca aburrida. En esos años, pasé pocas tardes largas en el alféizar de una ventana. La quietud no llegaba a la casa de Fitzroy Square ni siquiera cuando Emily estaba en una reunión de mujeres o jugando al bridge, Victor en la oficina y los niños en la escuela. A salvo de la estricta mirada de la señora, el personal de servicio aprovechaba esas horas para cumplir con su trabajo libre y despreocupadamente. Cathy limpiaba el salón con una cancioncilla en los labios, el plumero en una mano y el trapo del polvo en la otra.

En mi vida ha habido unas cuantas personas que no tuvieron que ganarse mi amor, sino que yo les brindé mi corazón sin que les hiciera falta pedírmelo. Cathy fue una de ellas. Tal vez era un poco ingenua, no había ido nunca a la escuela, pero era buena persona de los pies a la cabeza, sincera, honesta y fiel a sus señores. Nunca habría cometido una falta. Jamás. Me encantaba la alegre desenvoltura con que parecía acometer cada día de su vida y por la que todos la apreciaban en aquel hogar.

Solo con el tiempo comprendí cuánta gente participaba en las tareas de la casa. Además de James y Cathy, también estaban Mary Jane, la cocinera, y Rusty, el pinche. A todos los dirigía miss Hold, el ama de llaves. Su tarea consistía en ocuparse de que los otros cuatro no hicieran tonterías y que la diversión
downstairs
no llegara a ser excesiva.

Nosotros vivíamos en la planta principal,
upstairs
la llamaban. Si supe que existía una planta inferior fue porque Lili mantenía una estrecha amistad con Mary Jane y a veces me llevaba con ella, debajo del brazo, en sus excursiones a la gran cocina.

Abajo era una maravilla. La cocina estaba colmada de olores y siempre había mucho movimiento. El aroma de pan recién hecho cruzaba la cálida sala en forma de vapores intensos, se mezclaba con el vaho de cebolla que subía siseando de la sartén de hierro fundido, y se te hacía la boca agua. No era extraño que Lili se sintiera tan bien abajo. Mary Jane era una mujer gorda y bonachona, con una risa que a veces llegaba arriba desde la cocina. Y, cuando íbamos a verla, siempre había bizcocho, un vaso de zumo o alguna otra golosina. Pero Lili no buscaba la compañía de Mary Jane por eso. La buscaba por las historias que contaba. No se le escapaba ningún cotilleo, aunque de sus labios nunca salió una sola palabra sobre la vida en casa de los Brown. Le hablaba a la niña de la reina y de África, donde los bosquimanos se paseaban sin ropa por el bosque; de la India, donde todo era mucho más animado que en Londres, y del abuelo de Lili, el hombre autoritario con una casa enorme y al menos veinte
boys
, que estaban día y noche a su lado con hojas de palma y lo abanicaban. Y le hablaba de la época en que ellos todavía no habían nacido, mucho antes de la guerra. Le contaba los comienzos de la editorial de Victor, cuando él mismo imprimía los libros a mano y dejaba el lavabo perdido con sus manos negras como el azabache. Y mientras hablaba, amasaba el pan con las mejillas enrojecidas, y removía incansable en las ollas de la sopa y demás cacharros. Yo me sentaba en el regazo de Lili y me quedaba embelesado con ese mundo tan lleno de aventuras. Con todos aquellos lugares de cuyas gentes y acontecimientos nunca había oído hablar. Bueno, de la guerra sí que había oído muchas cosas. La terrible guerra que se había llevado a Will, que había causado tanto daño y había acarreado tanto luto. Pero ¿la India? ¿África? Con el tiempo comprendí que solo conocía una parte minúscula del mundo. De hecho, prácticamente nada. Y cuanto más consciente era de ello, más crecía mi curiosidad. Me habría gustado que Mary Jane no parara nunca de contar cosas, pero cuando la cocinera oía que Emily llegaba a casa nos echaba de malas maneras de la cocina con un «Para arriba ahora mismo, me estáis haciendo perder el tiempo».

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