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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown (6 page)

La Paddington Station era enorme. Por encima de nuestras cabezas se extendía un techo de metal y cristal, que formaba un arco impresionante. En los laterales se alzaban unas gruesas columnas, a intervalos de unos veinte metros, que sostenían los numerosos tirantes. La luz crepuscular que entraba por el techo le daba un toque de irrealidad a la terminal, y si no se hubiera agolpado allí un enjambre increíble de coches de caballos y gente, de maletas y baúles, me habría parecido fantasmal tener que apearme allí.

Noté que Alice estaba nerviosa. Tenía la cara pegada a la ventanilla, intentando atisbar a Patricia, que le había prometido ir a recogernos. ¿Cómo pretendía encontrar a su hermana entre toda aquella gente? Alice también lo vio. Llegábamos a la capital y lo primero que haríamos sería perdernos, porque había contestado alegremente a la invitación de su hermana: «Eres muy amable por querer ir a buscarme. El tren llega a Paddington a las 17.40. Nos vemos allí; ya se sabe que las hermanas se encuentran en cualquier parte».

Alice parecía darse cuenta de que la pequeña Bath Spa Station y la de Paddington en Londres solo tenían en común las vías que entraban y salían de ellas.

—Pues sí que empezamos bien —dijo para sí misma—. Bueno, esperemos que Pat siga haciéndose notar con su terrible mal gusto para los sombreros.

Reí para mis adentros. Alice y los sombreros, eso era realmente un tema aparte.

La locomotora piafó, los frenos chirriaron con fuerza y estridencia, hubo humo y pitidos, y el andén desapareció en una niebla densa. Abrieron las puertas desde fuera, y un guarda de la estación, que apenas se veía, le tendió la mano a Alice para ayudarla a bajar. Ella lanzó una nueva mirada a la multitud, intentando divisar a Pat. Entonces se quedó petrificada.

—Es Will —murmuró de manera apenas audible. Luego, más fuerte—: ¡William!

Soltó la mano del guarda, se olvidó del equipaje y de la buena educación, y saltó del tren.

—¡Will! —gritó con todas sus fuerzas. Y otra vez—: ¡Will!

Corrió hacia donde creía haber visto a William. Un hombre se cruzó con ella y Alice chocó con él, pero ni siquiera se tomó la molestia de pedirle disculpas. Continuó avanzando alocadamente en zigzag, intentando sortear personas y obstáculos, tropezó, estuvo a punto de caerse y volvió a enderezarse. La bolsa donde yo iba se balanceaba adelante y atrás en su mano.

—¡Will! —volvió a gritar—. ¡Espera, William! ¡William!

La cabeza masculina que tenía en el punto de mira desapareció entre la multitud y, cuando casi daba la impresión de haberse perdido, volvió a aparecer. Alice corrió tan deprisa como le permitían sus piernas y las circunstancias.

Entonces, una niña surgió de repente de la nada y fue a parar entre las piernas de Alice. Se cayó. Su bolsa salió volando. Yo volé. Trazando un gran arco, me separé de la cálida seguridad que el bolso de mano de Alice me había ofrecido. Surqué los aires por encima de dos o tres personas y aterricé bruscamente en el enlosado. Con el rabillo del ojo vi que alguien le daba a Alice su bolsa, que ella se arreglaba la falda y luego intentaba ponerse de pie. Y miraba a su alrededor.

Estoy aquí. ¡Alice! ¡Llévame contigo
!

Naturalmente, tampoco me oyó esta vez. Y tampoco era a mí a quien buscaba. Había visto a William. Creía haberlo visto. Quién puede asegurar que realmente era él.

Alice se puso de puntillas para abarcar más con la mirada.

Estoy aquí abajo. Aquí abajo, ¿no lo ves
?

Alice echó a correr de nuevo.

De repente noté que me cogía una mano. Me levantaron, muy por encima de la gente. La mano pertenecía a una chica joven. Era regordeta y tenía la cara redondeada. Llevaba el pelo trenzado. Parecía buena persona.

—¡Eh! —gritó—. ¡Espere, señora! ¡Ha perdido su oso de peluche! ¡Señora! ¡Espere!

Ella también echó a correr. Su mano izquierda me rodeaba. Me apretaba demasiado fuerte a causa de la tensión y el esfuerzo. Me oprimía el pecho. Noté que el amor se manifestaba dolorosamente. Tuve miedo de perder a Alice.

Alice, espérame, por favor
.

Oí la voz de Alice a lo lejos:

—¡Will! Will, ¡espérame, por favor!

La chica se detuvo en algún momento. Sin resuello, se dobló hacia delante y apoyó las manos en las rodillas. Tenía la cara muy roja y se le había soltado un mechón de pelo.

—No la atraparé —dijo jadeando, mientras se erguía lentamente. Miró otra vez alrededor y luego me inspeccionó con la vista por primera vez.

—Pues te llevaré conmigo —dijo finalmente—. Lili y Leo se alegrarán.

Con esas palabras, me puso debajo del brazo.

El caos había disminuido un poco en el andén. La chica se dirigió a la salida y luego se detuvo por última vez.

Entonces la descubrí. Alice no estaba muy lejos. La vi mirando en el interior de su bolso. La vi buscando por el suelo. Vi la desesperación en su rostro. Estaba sola. Sin William. Sin mí.

Me dirigí a la salida debajo del brazo de una extraña y me sentí impotente.

2

N
o se es plenamente consciente de lo injusta que puede llegar a ser la vida hasta que uno no se encuentra en una situación en la que no puede cambiar nada. Pues bien, eso es cotidiano para mí desde hace más de ochenta años, y podría pensarse que ya me las compongo —y lo consigo en gran parte—, pero a veces incluso a mí me cuesta. Como hoy, por ejemplo.

No tengo nada que reprocharme. No hay ningún motivo para que me encierren aquí, en una oficina que huele a moho, como a un delincuente. Tiene que tratarse de un malentendido que, desgraciadamente, no estoy en condiciones de aclarar. ¿Estará realmente prohibido guardar un secreto en tu interior? Pues bien que no ha molestado a nadie en todos estos años.

La escritora no ha vuelto a aparecer; tampoco el funcionario ni Dorle, la mujer de los rayos X, y tampoco se ha dejado ver ningún policía. Afortunadamente. No es que me muera de ganas de que se me acerque con su cuchillo. Mientras no venga nadie, aún quedan esperanzas.

Está tranquilo. La mosca y los fluorescentes zumban a coro; por lo demás, no se oye ningún ruido. Conozco buhardillas solitarias en las que hay más vida que en este horrible aeropuerto.

No me agrada esta calma, porque me obliga a reflexionar. Reflexiones que no quiero hacer en absoluto porque, por un lado, me provocan nostalgia y, por otro, miedo. En estos momentos, pienso con nostalgia en mi vida, cuando era de lo más halagüeña: Alice y yo cómodos en el salón; las veladas tranquilas junto a la chimenea con Victor y Emily; las cálidas tardes en París con Robert y la princesa; Julchen, el amor de mi vida; los emocionantes días en Florencia con Isabelle; incluso con la pequeña Nina en Budapest hubo días en que las risas y el optimismo colmaban el hogar.

¿Y el miedo? El miedo brota de la impotencia que se siente al sufrir una injusticia. He visto tantas injusticias… Personas que no tuvieron ninguna oportunidad y se vieron sometidas a la arbitrariedad de otros porque pertenecían a la clase social equivocada, a la raza equivocada o a la familia equivocada, porque vivían en el país equivocado. O, simplemente, porque eran niños o débiles. Nunca he llegado a entender cómo la humanidad ha conseguido que unos crean que valen más que otros. Un filósofo (no recuerdo su nombre, solo sé que Victor siempre les hablaba de él a los niños porque, igual que él, era un gran defensor de la puntualidad y de acostarse temprano) dijo que siempre hay que actuar de modo tal que las propias normas puedan aplicarse como ley para todo el mundo. No logro imaginar que todos se rijan por ese principio. Esto es lo que he aprendido de los humanos: la mayoría piensan primero en sí mismos y encuentran justificación para todo lo que hacen, y esta no siempre redunda en beneficio de todos. Tal vez por eso soy tan susceptible cuando se trata de mi sentido de la justicia, tanto si me afecta a mí como si afecta a los que me rodean.

Una cosa segura es que la escritora y yo tenemos un montón de problemas innecesarios y nos acusan de algo de lo que somos totalmente inocentes. Y no consigo librarme de la sensación de que nosotros también seremos víctimas de una injusticia desmedida. O mejor dicho, yo. Porque ahora sé que el mundo es mucho más que un lugar lleno de bondad y amor. Y esta vez no parece haber escapatoria.

El mundo es más

N
o, dámelo! ¡Cathy me lo ha regalado a mí! —gritó Leo.

—¡No es verdad! ¡Mientes!
Mum
, Cathy nos lo ha regalado a los dos, ¿a que sí? ¡Eres malo! —gritó Lili.

—¡Tú eres la mentirosa!
Daddy
! ¡Dile que suelte el oso de peluche! —exclamó el niño con voz de falsete.

—¡No!

—¡Sí!

—¡Mentiroso!

—¡Tonta!

La situación era grotesca.

Yo danzaba por el aire entre los dos, como una pelota al viento: impotente, involuntariamente; no sabía si estaba arriba o abajo, todo daba vueltas a mi alrededor. De cada uno de mis brazos tiraba y estiraba un niño furioso, en ese momento aún desconocido, con todas sus fuerzas sin miramientos por las posibles pérdidas (que, naturalmente, lamentaría yo).

—Victor, por favor, haz valer tu autoridad —dijo una voz débil de mujer.

—¡Leolili! —resonó por encima del griterío una voz profunda masculina, que a todas luces pertenecía al padre de los dos gallos de pelea—. No puedo creer que os portéis tan mal el día de Nochebuena. Volveréis loca a vuestra madre.

Por un momento, los dos niños se contuvieron y tuve ocasión de ver a mis torturadores. Vestían ropa elegante. El niño parecía un banquero bajito, con traje y camisa blanca. Llevaba la cabellera rubia repeinada con la raya a un lado, aunque, como después sabría, nunca le duraba más de media hora. Desde su cara redonda miraban unos ojos azules furibundos; debajo, una naricilla con las aletas temblorosas se levantaba hacia el cielo.

La niña lucía un vestido rosa, con el que parecía uno de los pastelillos que Elizabeth Newman llevaba siempre a la hora del té. El conjunto estaba coronado por un gran lazo en la espalda. Tenía el cabello más oscuro que su hermano y lo llevaba recogido, también con lazos de color rosa, en dos pequeñas trenzas. Iba con calcetines blancos, largos hasta la rodilla, y uno se le caía obcecadamente. No pude verle bien los ojos, los tenía fruncidos y en las ranuras abiertas brillaba la indignación. Una mueca de rabia desfiguraba su boquita.

Ambos tendrían diez o doce años, no supe calcularlo con exactitud porque por aquel entonces no tenía experiencia con niños. Y, hablando en plata, estuve dispuesto a detestarlos espontáneamente. Era evidente que se proponían despedazarme, y eso no se hace.

La conducta de ambos no encajaba en absoluto con lo que querían aparentar: pequeños adultos controlados, honestos y bien educados.

Miraron a su madre, que se tocó la frente débilmente con el dorso de la mano y le dijo a un hombre vestido con librea negra:

—James, ya puede recoger, nadie se lo acabará.

—Sí,
madam
—dijo el hombre, que hasta entonces había permanecido inmóvil junto a la puerta.

Cargó la bandeja con la vajilla de porcelana Crown Derby. Aún no había llegado a la puerta cuando volvió a estallar la riña.

—Yo lo tenía primero —vociferó Leo, que me tiró del brazo izquierdo en un ataque sorpresa.

Pero su hermana no se dejó engañar tan deprisa. Se resistió.

—¡Pero yo también quiero cogerlo! ¡Dámelo! —aulló, y tiró de mi brazo derecho también con mucha fuerza.

Se oyó un crujido.

¡
Mi hombro
!

Desde que el miedo había penetrado en todos mis miembros aquella tarde en Paddington Station, me sentía paralizado. Los acontecimientos del día habían superado mi capacidad de comprensión en muchos sentidos. Mi primer contacto con Londres se había hundido en una espesa niebla de desconcierto. Del viaje en un tren que avanzaba afanosamente por el subsuelo a través de un túnel maloliente, de las calles de Camden, pobladas de gente, automóviles, comercios y perros vagabundos, apenas había percibido nada. Mis pensamientos habían girado descontroladamente en círculo durante horas, y no había conseguido hallar la salida de ese terrible carrusel. Alice se ha ido, martilleaba en mi cabeza. Nunca volveré a verla. Estoy solo. La necesito. Es la única que me comprende. ¿Qué será de mí? Y, luego, vuelta a empezar: Alice se ha ido. Nunca volveré a verla… Fue espantoso.

El carrusel de mi cabeza no se detuvo hasta que, bajo la iluminaria del árbol de Navidad, noté de repente que todas las costuras que Alice había cosido con cariño y esmero se tensaban, crujían y amenazaban con reventar porque los dos niños tiraban inflexibles de mis brazos. De repente percibí mi entorno y reconocí que aquel día no era un mal sueño. Noté que me extendía y me estiraba más de lo que podía resistir. No fue una sensación agradable. Desde que había perdido a Alice, ya nada era una sensación agradable. Mi alma de oso de peluche era un montón de ruinas, y mi cuerpo pronto acabaría hecho pedazos.

Parad, vais a destrozarme. Solo soy un oso de peluche
.

—Parad de una vez —dijo Victor—. Vais a destrozarlo.

—Pues que lo suelte Lili. ¡Cathy me lo ha regalado a mí!

—¡Niños! Solo es un oso de peluche —dijo Emily, la madre de aquellos monstruos horribles.

Aquel día, Emily tenía un fuerte ataque de migraña, como no había dejado de subrayar durante los diez minutos anteriores. Si los niños no me soltaban pronto, yo también tendría migraña o, lo más probable, algo mucho peor, de eso estaba seguro. No obstante, me pregunté seriamente hasta qué punto podía ser aún peor.

Cathy apareció en la puerta. La chica gordita y tierna tenía un aspecto distinto que por la tarde, cuando me había recogido del suelo en Paddington. Llevaba una blusa negra y una falda negra, adornada con un pequeño delantal blanco. En la cabeza lucía una pequeña cofia blanca. Pero la expresión de su cara no había cambiado, seguía siendo cordial y abierta. Se mantenía discreta al fondo, y su modo de agachar la cabeza me dijo que ella, igual que James, el hombre que había recogido los platos, no pertenecía a la familia.

—La ha hecho buena, Cathy —dijo Emily meneando la cabeza.

—Perdone, madam, pensé que… —dijo Cathy en voz baja.

—Emy, por favor, Cathy ha sido muy amable haciéndoles un regalo a los niños —terció Victor para aplacar a su esposa, y, dirigiéndose a Cathy, añadió—: No se preocupe, Cathy. Les ha dado una gran alegría a los niños, eso salta a la vista.

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