La fabulosa historia de Henry N. Brown (10 page)

Oí los pasos de Cathy en el pasillo. No se le había escapado el ruido. Se detuvo a mi lado, me recogió y me sacudió la piel, igual que ya había hecho una vez, el año anterior, cuando me rescató del polvo en el andén de Paddington Station. Luego vi que le corrían lágrimas por las mejillas. En silencio y sin hacer ruido.

¿Acaso intuía ya que estaba perdida?

Hasta ese día, los quise a los dos. A Leo y a Lili. Les había cogido cariño enseguida a los dos pequeños torbellinos, era inevitable. Porque, aunque parecieran salvajes e indomables, me sentía muy unido a ellos. Eran muy directos y claros y francos, y expresaban su opinión sin rodeos, con lo cual no era raro que me hablaran con el corazón. Planteaban las preguntas que hacía tiempo que a mí me inquietaban. Y jugaban. Y reían. Ellos eran mis compañeros y yo el suyo. Confiábamos unos en otros.

Oh, Leo. ¿Por qué arriesgaste todo eso?

Pobre Cathy.

El último acto del drama se desarrolló a última hora de la tarde.

Las ventanas relucían, limpias como una patena, con los rayos del sol que caían sobre Fitzroy Square y entraban en la sala del primer piso. Pero Emily Brown no tuvo ojos para eso cuando entró en el salón.

Enseguida vio que faltaba el jarrón. En su lugar, estaba yo, infeliz de mí, que fui testigo involuntario por segunda vez en ese día de la más pura desesperación.

Emily palideció y su piel se tornó traslúcida como el pergamino. Su peinado en forma de torre se tambaleó de manera preocupante cuando empezaron a temblarle las rodillas. Dio un traspié, pero se recuperó sujetándose al aparador de caoba. Respiró profundamente. Dos, tres veces. Luego agarró la campanilla con manos temblorosas y llamó.

—¡Miss Hold! —gritó, y su voz adquirió un tono histérico cuando soltó un gallo—. ¡Miss Hold!

Al día siguiente, Cathy se había ido y yo no comprendía el mundo.

Durante el desayuno, la atmósfera fue gélida. Lili me estrechaba en brazos, boicoteaba el
porridge
y apretaba con fuerza sus pequeños labios infantiles. Leo no estaba. Emily ponía cara de dolor de cabeza y Victor se atrincheraba detrás del periódico.

—Cariño, cómete el
porridge
—dijo Emily, mirando suplicante a Lili.

—Estoy en huelga de hambre. No comeré nada hasta que se le haga justicia a Cathy —contestó Lili.

—Tesoro, ya sabes que no podía hacerse otra cosa. No habría podido pagar los daños. Puede estar contenta de que la haya despedido con buenas referencias.

¿
La has despedido? ¿Por qué? Es inocente. ¡Soy testigo
!

—Sabes muy bien que ella no fue —dijo Lili.

—Leo dijo que había sido ella. Y ella lo ha reconocido.

—Leo miente. Además, también la habrías despedido si hubiera dicho que había sido Leo.

—Un criado no es quien para acusar a los señores.

—¡Eso es injusto! Yo no quiero ser una señora. Quiero que Cathy vuelva.

—Victor —dijo Emily, mirando suplicante a su marido.

El hombre bajó el periódico y le dedicó a Emily una mirada de cansancio. Me inquieté. Tuve esperanzas. Rogué que pronunciara las palabras de salvación.

Di que Cathy volverá
.

Pero solo dijo:

—Lili, cómete el
porridge
.

—Ese estúpido jarrón. Odio a Leo —masculló Lili.

Sus cabellos volaron al viento cuando se levantó de repente de la mesa. Me dejó caer (en aquellos días, me caía muy a menudo) y su silla se volcó estrepitosamente detrás de ella, pero no se tomó la molestia de levantarla y salió corriendo de la sala.

Victor no lograba ocultar lo que pensaba de aquella situación. Se lo noté. Tenía los ojos tristes, y saltaba a la vista que en esos momentos hubiera preferido ser un padre de familia que le daba un pescozón a su hijo y, para mantener la paz, reprendía a la criada por haber asumido una culpa ajena.

Hubiera querido mantenerse fiel a sus principios, según los cuales todos los seres humanos eran iguales. Pero no lo hizo. Se escabulló y dejó a cargo de Emily el dirimir la lucha con su hija.

Así pues, de ese modo funcionaba el poder. Todos sabían que Cathy era inocente y, aun así, la sacrificaban. No entendía a esa familia a la que tanto quería. Todavía era muy joven y tenía muy poca experiencia en la vida. Pero no era ese el motivo.

Todavía hoy me entristece pensar en aquel momento. Me entristece porque yo quería a Cathy. Porque yo quería a Leo. Porque para Emily era más importante tratar al personal correctamente que justamente. Porque Victor era demasiado débil para pasar de verdad por alto las diferencias de las que, día sí y día también, se lamentaba tan amargamente.

—¿Tenías que ser tan dura? —le oí preguntar mientras yo estaba en el suelo, mirando sus relucientes zapatos negros y esperando que alguien me recogiera.

—No lo sé, Victor —murmuró Emily—. No lo sé.

Me dejaron en el suelo.

Llegó una criada nueva. Pero no recuerdo cómo se llamaba, de tan poco que me importó. Lili y Leo tampoco dieron muestras de querer trabar amistad con ella. Simplemente, la chica estaba allí y hacía su trabajo.

Después del caso del jarrón, en la cocina imperó un ambiente triste durante semanas. A Mary Jane se le habían quitado las ganas de cantar.

La huelga de hambre de Lili duró cuatro días.

—Otros han tenido éxito con esto —contestó a las súplicas desesperadas de Victor.

Llevaba puestas unas sandalias y un manto blanco, se había fabricado unas gafas redondas con alambre y rehusó la comida, hasta que Mary Jane rompió finalmente su férrea voluntad con panqueques.

La rabia no se movió de los ojos de Leo. Creo que, aunque era consciente de su culpa, se obstinó en su versión de los hechos. Aquel suceso cambió al niño para siempre; plantó la ira en su corazón.

Pasó un tiempo hasta que la normalidad volvió a instalarse. Un día, volvieron a sentarse todos juntos a desayunar. Un día, Lili dejó de decir «mentiroso» cada vez que Leo le dirigía la palabra. Un día, Leo no se tapó los oídos cuando pronunciaban el nombre de Cathy. Un día, volvieron a reírse juntos de lord Malcolm Forsythe. Un día, los dolores de cabeza de Emily pasaron. Un día, todo volvió a estar aparentemente bien. Pero ya nada fue como antes. Porque mi cariño por Leo se había agotado. Y como si la desgracia de su acto se hubiera adherido a mí, él también me evitaba. Sin decir nada, le cedió el paso a Lili, que me acogió contenta bajo sus alas. Yo no odiaba a Leo. Pero tampoco podía perdonarlo. No en aquel entonces. El corazón de un oso de peluche es más grande que su razón.

Además de los libros, la segunda gran pasión de Victor era la ingeniería. En el año 1923, se retiraba casi todas las noches a su despacho para escribir una biografía del gran pionero británico Isambard Kingdom Brunel.

—¡No os creeríais todo lo que Brunel llegó a hacer! —podía exclamar sin más ni más durante las comidas—. Ferrocarriles, barcos, todo lo que nosotros damos por sentado, él lo construyó. Era un visionario. Como yo, pero mucho menos.

Emily esbozó una sonrisa ante tanto desatino.

Yo solo conocía los barcos a través de libros y por el cuarto de los niños. Sabía que servían para cruzar las grandes superficies azules del globo terráqueo. Flotaban sobre el mar.

En nuestras expediciones, Leo, Lili y yo habíamos cruzado océanos y habíamos puesto rumbo a islas lejanas en veleros construidos por nosotros mismos.

—¡Yo seré Magallanes! —gritaba Leo—. ¡Soltad amarras para el descubridor!

—¿No podríamos ser Colón? —preguntaba Lili—. Él al menos llegó a América.

—Pero por error —objetaba Leo—. Magallanes sabía lo que se hacía.

Luego, él era Magallanes y ella Colón, y yo era cocinero en un barco, timonel en el otro, mientras descubríamos el mundo haciendo carreras de velocidad en las naves más fantásticas. Sin embargo, era incapaz de imaginar qué aspecto tenía en la realidad uno de esos gigantes oceánicos.

Debió de ser en octubre, mucho después del gran escándalo, cuando una noche Victor puso cara de solemnidad, irguió la espalda y dijo:

—Leo, Lili, tengo algo que comunicaros. ¡Seguiremos los pasos de Brunel! —anunció, y los ojos le brillaron al pronunciar la frase—. Seguiremos la ruta del
Great Eastern
.

—¿A Australia? —susurró Leo—. ¿Las colonias penitenciarias?

—Hijo mío, ya sabes que el
Great Eastern
nunca llegó a Australia porque los puertos eran demasiado pequeños para ese barco perfecto. No. ¡Iremos a Nueva York!

Lili y yo hablamos toda la noche de la aventura que nos esperaba.

—Sabes, Puddly, Nueva York es enorme. Más grande que Londres, y los edificios son mucho más altos —me explicó, procurando despertar mi curiosidad.

Hum
.

—Viviremos con el tío Max y la tía Frances. ¡Sus criados son negros!

¿
Qué son criados negros
?

—Navegaremos durante cinco días, quizá seis. Siempre hacia el oeste. Entre Southampton y Nueva York hay solo agua. ¡Nada más!

¿
Cabíamos todos en ese barco
?

Yo los observaba con los ojos abiertos como platos. Era increíble que quisieran llevar de verdad a la práctica un plan tan absurdo. A mí me parecía realmente disparatado.

Habíamos leído en muchos libros de viajes que en las naves expedicionarias se vivía con estrecheces. Los hombres tenían que dormir por turnos en hamacas porque no había sitio para todos. Sin embargo, pronto se comprobaría que mis preocupaciones eran infundadas.

—Iremos en el
RMS Majestic
—dijo Victor—. Un buque imperial, ¿no es fantástico?

—Suena a barco de guerra —replicó Emily, que era la única que afrontaba el viaje con dudas.

—De ninguna manera, cariño, de ninguna manera. Es el transatlántico de lujo más grande del mundo.

—¿No dijeron lo mismo del
Titanic
? —preguntó ella, preocupada.

—Por favor, el
Titanic
es agua pasada. ¿No creerás que la navegación no ha evolucionado nada en los últimos diez años? La White Star Line no soportaría otro barco tan malo.

—¿Cómo? ¿Pertenece a la misma flota? Victor, no estoy segura de que sea buena idea…

Pero nosotros opinábamos que era muy buena idea.

Leo ardía de entusiasmo. Lo había averiguado todo sobre el barco, y el afán con que se preparaba para el viaje le sentó tan bien que casi estuvo a punto de convencerme para volver a quererlo un poquito.

—Imagínate,
mum
: en el
Majestic
hay sitio para cuatro mil pasajeros y mil doscientos miembros de la tripulación. Impresionante, ¿no? ¡Es casi tan grande como una ciudad!

Emily miraba inquieta a uno y a otro.

—No me explico cómo puede flotar una ciudad semejante. En serio.

Yo también me había planteado la pregunta en secreto, pero nunca la habría expresado en voz alta: mi curiosidad era demasiado grande.

Ese año, las Navidades pasaron casi desapercibidas. Todos tuvieron un regalo útil para el viaje y, aunque parezca increíble, a mí me tocó un impermeable.

El 30 de diciembre de 1923, cinco personas y un osito emprendieron al fin el camino a Southampton. James nos acompañaba; Emily había insistido en ello. Además de James, nos acompañaban tres baúles grandes, muchísimas sombrereras, una maleta de piel de cocodrilo en la que Victor transportaba sus libros (naturalmente, solo los más importantes), una maleta de cuero vacuno marrón, en la que los niños llevaban sus juguetes (naturalmente, solo los más importantes), una bolsa de lona con asas de cuero y un estuche para las raquetas de tenis. James llevaba una pequeña maleta vieja que le había pedido prestada a Mary Jane, que había viajado a Francia ocho años antes porque había servido en el frente de enfermera.

Yo viajaba sin equipaje, llevaba puesta mi única pieza de ropa, el impermeable; no necesitaba nada más.

Hacía frío. El viento soplaba fuerte desde el mar cuando nos apeamos del coche en Southampton. Se me erizó el pelo con el aire húmedo y frío, y tengo que decir que el chubasquero no estaba de más. Apretujados debajo de los paraguas, esperamos hasta que el chófer descargó el equipaje. Un empleado de la White Star Line acudió a toda prisa con un carro y se encargó de nuestras cosas.

Sin embargo, el mal tiempo nos preocupó bien poco, puesto que ante nuestros ojos se erigía, poderoso y más que impresionante, el
RMS Majestic
, que hacía honor a su nombre. ¡Qué barco! Era tan grande que desde la punta no podía verse la parte de atrás.

En el muelle imperaba una laboriosa actividad. El ajetreo de la Paddington Station parecía ridículo comparado con la cantidad de gente que corría de un lado a otro por allí. Mozos de equipaje, chóferes, familias que se despedían. Marineros, estibadores, oficiales: todos estaban representados. Las banderas rojas con una estrella blanca ondeaban por doquier. Los cláxones de los automóviles pitaban estridentemente, las órdenes a grito pelado acallaban el vocerío de los pasajeros, y de repente resonó la bocina del barco, estruendosa e imponente. Sonó como el largo alarido de un gigante. El nerviosismo aumentó, los pasajeros se apiñaban en el embarcadero, se abrían camino entre maletas y camareros para subir a bordo de aquella nave colosal.

Lili me cogió fuerte del brazo y supe que en aquella ocasión no debía tener miedo de perderme. Ella se cuidaría de que siempre estuviera a su lado. Y por la violencia con que latía su corazón, por lo férreamente que me sujetaba, me di cuenta de que mi presencia le prestaba a ella tanto apoyo como a la inversa.

Mostrando reverencia, con un pertinente respeto metido en el cuerpo y pequeños como hormiguitas, la familia Brown al completo estaba de pie en el muelle, y volvió a mirar hacia arriba. El casco negro de hierro del buque se levantaba delante de nosotros como un edificio inmenso, y en lo alto, muy arriba, casi en las nubes, se alzaban las estructuras blancas. Vimos a la gente que ya había subido a bordo y eran como puntitos en la cubierta superior, y más arriba, sobre sus cabezas, tres chimeneas enormes se elevaban en el cielo. Un humo negro salía de ellas y se extendía hacia el este.

Nos habíamos quedado paralizados de asombro. También Victor. Emily fue la primera en recuperar el habla.

—Leo, ángel mío, ¿de cuántos botes de salvamento dispone esta ciudad flotante? —preguntó, aparentando tranquilidad.

—Cariño —intervino Victor antes de que Leo pudiera exponer sus conocimientos—, aunque chocáramos con un iceberg, cosa que evidentemente no ocurrirá, no tienes que preocuparte. Nos corresponde una plaza en el bote de salvamento. Viajamos en primera clase.

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