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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown (4 page)

—No lo es —insistió Alice, riéndose todavía. A pesar de todo, estaba orgullosa de mí. Y yo era marrón. «Henry Brown».

Elizabeth no aflojó. Agitó el brazo. La sala de estar dio vueltas ante mis ojos. El papel de las paredes bailaba. Me acercó a la deslumbrante luz de la lámpara para demostrarle a Alice que mi color más bien correspondía a una mezcla de arena y felpudo.

—Míralo bien, Alice, no es marrón.

—Pero casi. —Alice siguió en sus trece.

Elizabeth adoptó una pose regia, levantó un poco la barbilla y las cejas y frunció los labios, como siempre que se las daba de importante. Su parentesco de cuarto grado con la realeza no pasaba inadvertido en momentos como aquel. Y, pronunciado con tono de desprecio por debajo de una nariz respingona, recibí mi segundo nombre:


Nearly
, querida —dijo Elizabeth haciendo morritos—.
Nearly brown
.

Alice se echó a reír de nuevo, y Elizabeth también se olvidó pronto de su altanería.


Henry Nearly Brown
—gritaron alegres las dos—. ¡Eso es!

Alice se puso seria.

—Puede que tengas razón, Elizabeth, aunque me cueste reconocerlo, desde luego. Esta tarde parecía más oscuro. Sería por la luz. Lo llamaremos Henry N. Brown. Eso le presta todavía más dignidad.

Me estrechó la mano y dijo:

—Encantada, sir Henry N. Brown.

Con ese saludo de bienvenida un poco en broma, y aturdido como estaba, me devolvieron al alféizar de la ventana, desde donde vi que las dos mujeres de repente se lo pasaban en grande a mi costa.

¿No me tomaban en serio? ¿Por qué me trataban tan despectivamente? Estaba indignado. Hasta que Elizabeth se fue a su casa, me abandoné a la indignación sin reservas, cosa que fue totalmente inútil, puesto que pasó inadvertida.

Estaba decidido. «Henry Nearly Brown».

—Así lo ha querido el destino —dijo Alice con seriedad cuando por fin nos quedamos solos.

Estaba anocheciendo, el silencio se instaló en el piso y desplazó el eco de la cháchara de Elizabeth Newman. Para ahorrar electricidad, Alice apagó las luces del pasillo. En el salón, los platos vacíos todavía estaban sobre la mesa, y se oyó un tintineo cuando Alice los apiló. Había recogido las migas de la mesa con la mano. De camino a la cocina, se detuvo y me miró. Le devolví la mirada. Mi indignación se disipó cuando empezó a hablar:

—Oh, Henry, si Elizabeth supiera lo equivocada que está. Nunca amaré a nadie que no sea William. Quizá no regrese nunca a casa, pero jamás desaparecerá de mi corazón…

Suspiró levemente y se dio la vuelta. Sus zapatos taconearon sobre el entablado del pasillo. La oí sonarse. Cuando volvió, me cogió en sus manos.

—Da la impresión de que Elizabeth no sabe qué es el amor, de lo contrario, no hablaría así. Nosotros sabemos que el amor no se puede destruir sin más en una guerra. El amor de Will todavía existe. Dentro de mí y también dentro de ti. Te lo he dado, mi pequeño Henry, lo he escondido muy hondo en tu pecho. Es nuestro secreto. Y tú lo cuidarás, porque el amor es lo más valioso que existe. El amor, Henry, el amor no es algo que se pueda coger. Viene a ti. Te lo regalan —dijo.

Yo la miré largamente, intentando comprender.

—Casi tengo la sensación de que me entiendes de verdad, Henry N. Brown. ¿No es una locura? Mira que soy tonta.

Alice se sentó cansada en la butaca situada debajo de la lámpara de pie. La luz cálida colmaba la sala. Intenté comprender lo que acababa de decirme. ¿Sabía yo qué era el amor? Por lo visto, no cabía ninguna duda. Quien tiene amor en su interior también sabe qué es el amor, así tenía que ser.

—Ahora eres tú el hombre de mi vida, osito. Tú y yo nos las arreglaremos, ¿verdad?

Si tú lo dices. En todo caso, yo estaré siempre aquí para ti. Y permite que te diga que, si alguien vuelve a tener tan poco tacto como Elizabeth, se las verá conmigo. Creo que

Mientras yo aún seguía hablando, Alice apagó también la luz del salón, dijo «buenas noches» y se fue a la cocina. No había oído mi respuesta. No pudo oírla porque, evidentemente, yo no podía hablar. A esa deprimente conclusión llegué al final de ese día.

Comenzó la primera noche de mi vida, y me quedé solo con todas las impresiones recibidas, mis pensamientos y, sobre todo, una infinidad de preguntas. Estaba agotado y deprimido. Mi flamante cerebro de oso de peluche pugnó por distinguir lo que esa vida me deparaba. Intenté comprender la dimensión de mi tragedia personal: ¿qué sentido tiene estar en el mundo si no puedes moverte y no puedes hablar, pero al mismo tiempo estás sometido a cuatro sentidos muy vivos? Sí. Eso hay que digerirlo. Los pensamientos amenazaban con precipitarse.

Sin embargo, el que se precipitó fui yo mismo cuando, a primera hora de la mañana de mi segundo día, me tiraron bruscamente del alféizar de la ventana. Me pegué un golpe con la cabeza en el entablado, aterricé de espaldas y me quedé mirando al techo. Vi que una sombra se me echaba encima a la velocidad del rayo y lo siguiente que noté fue un golpe en la nariz. Otro golpe detrás de las orejas y quedé boca abajo, inerte. Luego, ya no pude ver nada. Escuché con atención, pero no oí nada. Un silencio sepulcral, solo el ruido de la lluvia contra los cristales de la ventana.

¿Qué había ocurrido? ¿Qué me había pasado? Todo había sucedido tan deprisa que no había sido consciente de nada hasta la caída. Atemorizado y con la desagradable sensación de darle la espalda al enemigo, me quedé allí tirado, esperando que Alice apareciera pronto. Porque tenía que volver. Al fin y al cabo, vivía en aquella casa, ¿o no? El tiempo transcurrió con una lentitud angustiosa mientras yo temía el siguiente ataque repentino. Pero no ocurrió nada. Por fin, demasiado tarde, la voz liberadora de Alice:

—Henry, ¿qué haces en el suelo? ¿Has sido tú, Tiger? Debería darte vergüenza, ¡eso no se hace!

¿Tiger? ¿Quién era Tiger? Hasta entonces no me había dado cuenta de que, aparte de Alice y de mí, había alguien más allí. Alice me recogió y volvió a dejarme en el alféizar. Entonces lo vi. Tiger. Se sentaba con aires de indulgencia en nuestra (o sea, de Alice y mía) butaca y miraba desde unos ojos entornados hasta dejar ver solo una ranura, como si fuera una mosquita muerta. El peligroso Tiger a rayas. Unas patas sedosas con zarpas escondidas no son en realidad nada para alguien invencible como yo. No llevaba ni veinticuatro horas en el mundo y ya tenía un enemigo declarado. Aunque solo fuera un gato.

Cabe imaginar comienzos más gloriosos en la vida, ¿verdad? Yo no lo había imaginado así. Las conclusiones de mi primer día:

No podía hablar.

No podía moverme.

Tenía que escuchar.

Tenía que mirar.

No podía defenderme (contra ataques de gatos).

Tenía un enemigo (o incluso dos, si se contaba a Elizabeth, pero ella solo me parecía tonta, y no peligrosa).

Tenía un nombre con una «N.» de más.

Sin embargo, en aquella época ya era yo mismo, y no me di por satisfecho con esas conclusiones melancólicas. De acuerdo, me hicieron falta una o dos horas para salir de la autocompasión. No obstante, pronto comprendí que todo tiene siempre dos caras. Quizá había tenido un mal comienzo, pero, bien mirado, mis recursos no era tan malos:

Podía ver.

Podía oír.

Podía pensar (mejor que Tiger, en todo caso).

Tenía un nombre (bastante potable).

Tenía una amiga (la propia Alice lo había dicho: «Tú y yo nos las arreglaremos». No había mencionado a Tiger).

Tenía un amor (fuera lo que fuese exactamente, era valioso en todo caso).

Decidí que, en esas condiciones, se podía vivir con plenitud.

Alice era realmente muy vivaracha. Había días en que se la veía despreocupada y contenta. Su corazón rebosaba buen humor y alegría, y nunca se mostraba contraria al alborozo a pesar de su timidez. A eso había que añadir cierta propensión a soñar y al desorden, que siempre la ponía en situaciones embarazosas, por las que después se enfadaba terriblemente. Tenía carácter y sabía lo que quería. Pero la vida no se lo había puesto fácil. A menudo le asaltaba una terrible melancolía, y pronto supe que la pérdida de William era la causa. En esos momentos, una sombra se posaba en su sonrisa, y cualquier diversión podía causar el efecto contrario. Echaba de menos a William. Echaba de menos una parte de sí misma, pero intentaba valerosamente llenar de algún modo ese vacío.

No pasó mucho tiempo hasta que se acostumbró a hablar conmigo sin parar. Era muy agradable, porque sentía que me tenían en cuenta y también me enteraba de muchas cosas de Alice y, sobre todo, de la vida, que para mí seguía siendo una gran desconocida. Además, eso parecía ahuyentar su tristeza. Sin embargo, entablaba por su parte unos curiosos monólogos, que pronto me hicieron comprender que no iban conmigo. Simplemente, necesitaba un interlocutor. En realidad, necesitaba a William.

Lo que el primer día había sonado a comentario en broma, era extrañamente cierto: yo era el hombre en la vida de Alice.

Me contaba cómo le había ido el día en la oficina donde trabajaba; me hablaba de libros que leía. Compartía conmigo sus preocupaciones por el dinero y su ilusión por la fiesta en los jardines de Conward House, a la que Elizabeth la había invitado. Si se compraba un chal nuevo, me lo enseñaba. Y si se trataba de escoger sombrero, también me pedía consejo. No es que mi opinión fuera tenida en cuenta. De hecho, me atribuía una preferencia por el sombrero marrón sobre el azul, cuando era al contrario. Pero a quien no puede hablar, nadie lo escucha. A quien nadie escucha, no puede dar su opinión. Quien no puede dar su opinión, está de acuerdo (al menos en apariencia). Yo era un presunto conformista. Esa circunstancia me pareció un terrible contratiempo desde el principio. Hasta que un día descubrí las ventajas: podía pensar lo que quisiera, sin que nadie se molestara o me contradijera. No comprendí la enorme libertad que aquello significaba hasta muchos años después, cuando tuve que presenciar cómo obligaban brutalmente a la gente a negar sus ideas y a mantenerlas en secreto, y a salvar sus vidas y las de los demás con mentiras.

Cuanto más notorio se hacía que en los diálogos monologados de Alice no se requería mi parecer, más se acentuaba este. Pronto tuve una opinión en todos los temas que ella discutía conmigo.

Cuando explicaba que había vuelto a recibir una reprimenda de su jefe, un maleducado indescriptible, porque había llegado tarde, yo no creía que le faltara razón por llamarla al orden sobre la puntualidad. Alice siempre iba con prisas y nunca estaba lista a tiempo, lo cual le causaba problemas permanentemente. ¿Por qué no se levantaba cinco minutos antes? Su jefe no era el único que se lo preguntaba.

Un día me comentó el dramático dilema amoroso de una tal señora Bennet con un tal señor Darcy, y me dejó perplejo que se interesase por la historia de los dos con tanta comprensión. Tal como lo contó, la conducta obcecada de la mujer era tan necia, y el orgullo ofendido del hombre tan infantil, que me pregunté seriamente qué sería de Alice si tomaba como ejemplo a esas personas. Confié en que no vinieran nunca de visita a casa.

Por otro lado, si Alice hubiera oído mis consejos en cuestiones de moda, habría ido más elegante. Le habría aconsejado un chal verde y le habría recomendado un sombrero
cloche
verde oscuro a conjunto, eso habría combinado de maravilla con sus ojos. Pero ¿quién era yo para que mis gustos en temas de vestir fueran decisivos? Con todo, tenía buen gusto, cosa que no puede decir todo el mundo.

Así pues, Alice y yo no siempre nos poníamos de acuerdo, y eso estuvo bien, porque aprendí lo que constituye el sano juicio de un oso: sinceridad, honestidad y una mirada crítica. Aunque todo eso solo tuviera lugar para mí en silencio, me moldeó.

Sin embargo, cuando Alice hablaba de William —y lo hacía muy a menudo—, todo era distinto. Su mirada se volvía oscura, su voz queda y tierna, y un ligero rubor le cubría las mejillas.

Cuando se trataba de William, se trataba del amor, y rápidamente entendí que el amor era el motor de las personas. Frente a él, todo lo demás se volvía insignificante y pequeño. Poco a poco fui comprendiendo el valioso bien que llevaba en mi interior, y no me cansaba de conocer cosas de él.

—Sabes, Henry, cuando Will me miraba, yo era muy feliz —me contó un día mientras pasaba el trapo del polvo por el alféizar—. No nos hacía falta el dinero. Habríamos salido adelante. Ya sé que no se puede vivir del aire y del amor, pero a veces casi lo creía.

Continuó limpiando alegre, sin hacer caso a las marcas que la bayeta había dejado.

—He soñado con Will —dijo una mañana—. Era como si estuviera aquí de verdad. Estaba sentado junto a mi cama y me acariciaba la mano, como solía hacer antes de ir a trabajar. «Buenos días, amor mío —me ha dicho—. Es hora de saludar a un nuevo día». Me he sentido en el cielo, sabes, Henry, como en el cielo, tan ligera y tan feliz y tan reconfortada… Así se siente el amor.

Estaba sentada en nuestra butaca, con la taza de té sobre las rodillas. Yo me acurrucaba en el asiento que había heredado en el alféizar, y la escuchaba.

—Ojalá no me hubiera despertado —añadió con tristeza—. Así me habría quedado con él.

Esos momentos no dejaban de repetirse. Y yo me alegraba de que, luego, siempre dejara la taza y me cogiera. Apretaba la nariz contra mi nuca y respiraba cálida y tranquilamente hasta que la tristeza se disipaba y sus lágrimas habían desaparecido en mi piel.

Otros días estaba realmente furiosa. Al principio, me daba miedo cuando se ponía colérica y vociferaba.

—Mienten todos. Los políticos, los funcionarios, todos. Will no está muerto. No han encontrado el cadáver. Entonces, ¿cómo van a saberlo? No me lo creo, y punto. Mienten —gritaba, y faltaba poco para que se pusiera a patalear en el suelo—. ¿No es así? —decía luego bajando la voz—. Tú eres el único que no miente, Henry, ¿verdad?

Y reemprendía las labores de casa.

Alice no era tonta, al menos por lo que yo puedo juzgar. Solo era una mujer joven que había perdido a su ser más querido y buscaba consuelo. ¡Quién no le habría prodigado su comprensión! En cualquier caso, yo estaba dispuesto a hacer todo lo posible para que no se sintiera sola.

Sin ánimo de pecar de inmodestia, creo que hice muy bien mi trabajo. A veces me pregunto qué haría después sin mí, cómo se las apañaría estando sola. Tuvo que ser difícil para ella, mucho más difícil que para mí. Pero, a fin de cuentas, fue William quien nos separó. William, que para ella siguió siendo lo más importante del mundo. Tardé mucho en asumir que yo no podía sustituirlo: solo soy un oso de peluche. Pero con un gran corazón.

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