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Authors: Anne Helene Bubenzer

Tags: #Relato

La fabulosa historia de Henry N. Brown (3 page)

Y de sus labios rojos habían salido las palabras que acababa de oír. Mis sentidos habían cobrado vida.

Oía. Veía. Era.

Alice me sentó cómodamente en su regazo, me acarició la cabeza y sus ojos vagaron hacia la ventana.

—A William le habrías gustado, ¿sabes? Estoy segura —dijo con voz queda, y en ese instante pareció olvidarme.

Me rodeaba fuertemente con sus brazos por detrás, como se sostiene a un bebé. Y, mientras yo veía mi nuevo hogar por primera vez, su mirada se perdió en la penumbra del otro lado de la ventana.

Ese instante, ese abrazo, es lo que me ha quedado como primer recuerdo claro: la mano cálida de Alice sobre mi barriga, y la calma y la familiaridad que entrañaba aquel gesto. Pero hasta mucho, muchísimo después no comprendí cuánto me habían marcado esos instantes.

En aquel momento estaba tan emocionado y tan ocupado en percibir mi entorno que no me molestó que Alice estuviera con el pensamiento en otra parte. Me encontraba allí, desbordado por las impresiones que se precipitaban sobre mí: imágenes, olores, ruidos… Me sentía extasiado. ¡Era maravilloso estar en el mundo!

Lo observé todo: los dedos de Alice eran finos y delicados; en cambio, la piel de la butaca estaba reseca y agrietada. A la luz de la lámpara bailaba liviano el polvo. Una pequeña araña colgaba encima de la puerta y sobre la mesa había quedado un alfiler. Era fascinante. Años después, cuando tuve la oportunidad de mirar a través de la lupa de Grandpa Greg en Nueva York, recordé esos primeros minutos de mi vida: a través del cristal de aumento, los detalles se volvían gigantescos, y las cosas que normalmente no se perciben se hacían perceptibles de repente. De una manera similar vi el mundo en mi primer día: nítido y claro, y extraordinariamente variado. El pequeño apartamento inglés de Alice Sheridan era
terra incognita
, y yo había ido a explorarla.

Mi sala de partos fue el salón. El papel pintado de seda de color beis estaba lleno de ornamentos florales blancos y quedaba bien, aunque era un poco anticuado ya para la época. Había una librería de madera oscura en la pared, y los lomos de distintas tonalidades de los libros aportaban un poco de color.

En el centro de la sala había una
chaise longue
de terciopelo rojo; delante, una mesita, y debajo de la lámpara de pie en el rincón había una enorme butaca de piel marrón que hacía juego con la butaca que había junto a la ventana, donde estábamos sentados nosotros y donde nos sentaríamos a menudo. Al lado descansaba un gran cesto del que brotaban desordenados todo tipo de retales de tela, bobinas de hilo, botones y otros utensilios de coser. Era el cesto del que yo debía de haber surgido: reconocí una tela que se parecía bastante a mi pelo y, cuando comenzaba a preguntarme de dónde procedía yo exactamente, Alice despertó sobresaltada de sus sueños. Se levantó, meneó un poco la cabeza, como para ahuyentar los pensamientos que la habían mantenido cautiva unos instantes, y dijo:

—Dios mío, yo aquí sentada y soñando, y Elisabeth llegará en cualquier momento. —Me miró—. Ahora solo falta encontrar un nombre adecuado para ti.

Su mirada vagó hacia la izquierda, pensativa pero despierta, y su voz sonó casi alegre al exclamar:

—Te llamaremos Henry. Pareces un auténtico Henry. Los Henry tienen mucho carisma, ¿lo sabías? Y eres marrón. Pues Brown. Bueno, Henry Brown, tienes que ser un oso bueno, ¿de acuerdo?

¡Lo dijo como si nada! Como si todos los días bautizara ositos de peluche. Sin embargo, para mí fue un momento sublime. Porque una cosa sí sé: nadie elige su nombre. Los nombres te vienen, encajan contigo y son lo único que realmente te define. No es que en cierta época me llamase Henry Brown. Yo soy Henry Brown, lisa y llanamente, aunque después recibiera muchos otros nombres (algunos de los cuales preferiría relegar al olvido).

Henry Brown, that’s me
.

No muy apasionante a primera vista, pero un nombre con futuro, eso es indiscutible. Y, dicho sea de paso, yo llevé el apellido Brown en una época en la que todavía no habían nacido ni el dibujante ni la idea de un tal «Charlie», y también fueron posteriores a mí James, Gordon, Rita Mae, Dan y todos los demás Brown famosos.

Paladeé con fruición ambas palabras: «Henry Brown». Ese era mi nombre, y me sentía muy satisfecho con él. Sí, ya sé, también está ahí la «N.». Pero no lo estuvo desde el principio y, personalmente, sigo considerando que sobra. Ese hecho se abrió camino a empujones entre el nombre y el apellido en el transcurso de la tarde, y acabó alzándose, por así decirlo, en monumento conmemorativo eterno a mi primera humillación. Porque no todo fue como una seda en mi primer día…

Alice me dio una palmadita en la espalda, me aupó y se levantó de la butaca.

—Ahora tengo que darme prisa y poner a hervir el agua para el té —exclamó, y desapareció de mi campo de visión.

Me quedé solo sobre el alféizar de la ventana. Un aire frío azotó mis flamantes orejas. Me apoyaba con la mejilla tocando el cristal, mis ojos como canicas apuntando al vidrio, y divisé el nuevo mundo. Una luz mortecina penetraba en la habitación, era la penumbra de una tarde lluviosa. Me gustó. Hasta hoy, nunca he tenido nada contra la lluvia. Tampoco comprendo por qué la gente no se cansa de quejarse de ella. La lluvia apremia a la gente a recogerse en la calidez del hogar. Por lo que recuerdo, a los niños siempre se les ocurren los mejores juegos en días de lluvia, excepto a Robert, que tenía ideas hiciera el tiempo que hiciese.

No sé decir cuánto rato transcurrió. Tal vez fueron minutos o segundos los que pasé contemplando personas, automóviles y autobuses, coches de caballos y gotas de lluvia. El pequeño saledizo de la planta baja estaba encarado a Manvers Street, y permitía ver lo que acontecía en Bath. No salía de mi asombro y me embargaba un ansia incontenible de vida.

Llamaron al timbre con impaciencia.

—Cielos, es Elizabeth, y yo aún no me he peinado —oí exclamar a Alice, aunque no la veía, y me pregunté con quién hablaría.

Percibí ruidos de todo tipo, y de pronto llegó Elizabeth Newman y, con ella, entró un aluvión de aire frío y muchas palabras.

—Qué día, con este tiempo nadie echaría a un perro callejero de delante de su puerta, ¿tengo razón? Dios mío. Mira mis zapatos, totalmente empapados. Ya te digo, ni un perro vagabundo. Pero lo prometido, prometido está, ¿no?, y no me repliques, Alice. Además, por desgracia, tú no tienes teléfono.

Meneó la cabeza en señal de desaprobación, sacudió el paraguas con energía, y Alice consiguió introducir un «El té está a punto» antes de que Elizabeth prosiguiera con su cantinela de lamentaciones.

—Querida, ya te digo, es un escándalo por lo que te hacen pasar hoy en día. El autobús ha llegado diez minutos tarde, y yo allí esperando bajo la lluvia torrencial. Y luego no había asientos libres y he tenido que ir de pie en la plataforma de atrás. Habría que presentar una queja, si supiéramos dónde.

En ese tono siguió su parloteo, como un bullicioso manantial de montaña después del deshielo. Yo estaba asombrado y absorbía ávidamente todas y cada una de las palabras. Ah, todo era tan nuevo para mí. Si hubiera sabido que una de mis tareas más importantes sería escuchar a la gente, tal vez en aquel momento no me habría entusiasmado tanto.

Los peluches son oyentes por naturaleza. Un oso guarda en el fondo de su corazón todo lo que le dicen. Los secretos están a buen recaudo con nosotros. He escuchado muchas cosas a lo largo de los años. Algunas habría preferido no saberlas. Muchas no las apruebo. Pero no he cerrado mis oídos a nadie. Tienen ustedes delante a uno de los mejores oyentes de este siglo y del pasado, puesto a prueba el día de su nacimiento por la señora Elizabeth Newman.

Las dos mujeres se acomodaron en el salón. Tenía unas vistas excelentes sobre lo que ocurría en los asientos y pude seguir muy de cerca la primera visita para tomar el té de mi vida. Alice había puesto unos platitos de delicada porcelana fina, pero que presentaban marcas del uso. Las tazas hacían juego con ese estilo, igual que el azucarero y la jarrita de la leche. Unas cucharillas de plata minúsculas reposaban en los platillos, y unas tenacillas para el azúcar descansaban sobre el mantel blanco. Lo que una hora antes había sido el cuarto de costura de una mujer sola se había transformado con un par de movimientos de manos expertas en un salón respetable. En un frutero de plata de tres pisos había naranjas y manzanas abajo, plátanos y cerezas en el medio y, arriba del todo, jengibre escarchado y galletas caseras. Elizabeth había llevado unas tartitas de colores, que fueron devoradas devotamente.

Los pastelillos dejaron unos momentos sin habla a la visita. Luego, entre dos bocados, preguntó:

—¿Has recibido noticias sobre William?

Alice agachó la cabeza. Se hizo un silencio. Elizabeth se interrumpió y la miró.

—Ya es oficial —contestó Alice quedamente—. Lo han dado por muerto. Anteayer.

—Oh, querida, ¡eso es terrible! Mi pobre niña. Esta espantosa guerra. ¿Qué le están haciendo a la gente? Sabes, solo me alegro de que Barney no haya tenido que ir a Irlanda. ¿Has leído el periódico esta mañana? Dicen que no se descarta un armisticio entre Inglaterra e Irlanda. Gracias a Dios.

—Sí —dijo Alice—. Habéis tenido suerte.

—Ay, cielo santo, qué falta de tacto por mi parte, perdóname, querida, perdóname por ser tan estúpida. Cómo he podido… Siempre pensando en mí. Es solo que… hace tanto que se fue —dijo Elizabeth, sinceramente compungida.

—Cuatro años, dos meses y cinco días.

Elizabeth Newman se calló realmente, de manera excepcional, y se llevó otro trozo de tarta a la boca con el tenedor como disculpa por su torpeza.

Miré a la una y a la otra. Había ocurrido algo, flotaba una tensión en el aire que me disgustaba. ¿Dolor? Fuera como fuese, el tono de charla ligero parecía haberse disipado de golpe. ¿Qué significaba aquella conversación? ¿Por qué la voz de Alice había cambiado tan de repente, y quién era ese tal William al que se referían por segunda vez aquella tarde?

Con todo, no me hizo falta entender de qué hablaban para comprender que aquello entristecía mucho a Alice. Y el hecho de que Elizabeth se comportara como un elefante en una cacharrería no mejoraba las cosas. Se había disculpado, cierto, pero ¿por qué no consolaba a Alice? Me sentí impotente.

Creo que en aquel instante abrigué el ligero presentimiento de cuál sería mi segunda tarea más importante: ofrecer consuelo. Y, desde el principio, fue algo más que una tarea. En aquel preciso instante sentí el profundo deseo de consolar a Alice. Todavía no la conocía muy bien, cierto, pero cuando me había puesto nombre la había visto alegre. Y esa alegría le sentaba mucho mejor a su cara que la voz sombría y un poco temblorosa con que había dicho: «Cuatro años, dos meses y cinco días».

Alice era valiente. Se irguió, se obligó a esbozar una sonrisa y cambió de tema.

—¿Quieres conocer a Henry? —preguntó como quien no quiere la cosa en medio del silencio concentrado.

Elizabeth se detuvo con el tenedor camino de su boca.

—¿Henry? —dijo, y apenas se la entendió.

Completó el movimiento, masticó, tragó y le dio un ataque de tos. Alice calló y dejó que su amiga recuperara el aliento para proseguir.

—Querida, siempre te lo he dicho. Es muy importante que no te encierres en tus penas. Sigues siendo un buen partido, y en absoluto una solterona. Seguro que superarás lo de William. Es el hombre del ferrocarril. ¿Me equivoco? Te lo has vuelto a encontrar. Increíble, Alice. ¿Lo dices en serio? «¿Quieres conocer a Henry?» —la imitó exagerando—. Suena como si lo tuvieras escondido en un armario. Dios mío —bajó la voz—, ¿es guapo?

—Tiene mucho carisma —contestó Alice tranquilamente.

—Ay, querida, cuánto me alegro por ti. Henry. ¿Cómo se llama de apellido?

—Brown.

—Henry Brown. Hum. Es un nombre bastante común. ¿Es de Somerset? ¿Tal vez familia política de Clarisse Brown, o de lady Diana de Dawson Manor?

—No lo sé. —Alice negó moviendo pausadamente la cabeza.

—No lo sabes. Alma de cántaro, ¿has perdido el juicio? Te aventuras con un hombre y ni siquiera sabes de dónde es. Tienes que haberte vuelto loca. —Elizabeth siguió murmurando y se volvió hacia la mesa—. ¿Es rico?

—Creo que no —contestó Alice—, todavía no nos conocemos tanto.

Un silencio tenso se propagó por la sala. Elizabeth se arregló el pelo y se alisó el vestido por encima de las rodillas.

—¿Vendrá a tomar el té? —preguntó.

Alice asintió.

Me latió el corazón. Noté que todas mis fibras se tensaban, sentí un ligero hormigueo debajo de la piel y estuve preparado. Había oído mi nombre. Por primera vez en mi vida lo había pronunciado alguien. «Henry Brown». Mi primera aparición en público era inminente. Los ojos de Elizabeth Newman se posarían en mí, me observarían, me darían el visto bueno. Ahora empieza, pensé. ¡Ahora empieza de verdad mi vida!

Es posible que la pequeña travesura de Alice tuviera la culpa de que mi primera aparición en el escenario del mundo fuera un fracaso absoluto. En cualquier caso, Elizabeth Newman resopló despectivamente mientras me sostenía delante, balanceándome por un brazo y sometiendo mi hombro a una primera prueba de resistencia.

—Henry Brown. Muy divertido. Pero eres un poco daltónica, señorita payasa —dijo Elizabeth, picada.

¿Por qué divertido? No había nada cómico en mi nombre.

Sin embargo, Alice se reía por lo bajo y por lo alto. Se había tapado la boca con un pañuelo y era incapaz de calmarse. Yo estaba muy confuso, y su amiga tan decepcionada conmigo como yo con ella. Aun así, me dio la sensación de que Alice se sentía aliviada por volver a pisar terreno seguro y no tener que seguir hablando del misterioso William.

Elizabeth Newman estaba en su elemento. Las uñas largas de sus dedos me taladraron la piel y me mareó el olor dulce de su perfume.

Ni una caricia, ni una palabra bonita. Ni un gesto de aprobación para el magnífico ejemplar de osito de peluche. Y, a pesar de todo, mi corazón se alegró porque Alice reía y la tristeza había desaparecido de su voz. Ahora pensaba en otra cosa, y yo la había ayudado. Había funcionado, aunque me ofendiera el modo en que Elizabeth hablaba de mí:

—Si esto es marrón, mis pasteles de chocolate son negros como el carbón, te lo digo yo. Tu osito es naranja. O más bien ocre, querida.

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