La fabulosa historia de Henry N. Brown (12 page)

En aquella época, aún no sabía cómo mueren las personas, cómo es cuando la vida cesa lentamente en ellas y solo sus ojos y su boca muestran apenas una frágil agitación. Todavía no conocía el silencio que precede a la muerte.

Pensé que alguien que hacía semejantes ruidos no podría sobrevivir de ningún modo. En nuestras expediciones por casa, cuando a un descubridor lo devoraba un león o lo hería un nativo, moría más o menos a ese volumen.

Me embargó el miedo.

Mi pequeña, querida Lili. Con su camisón blanco, parecía aún más vulnerable. Los mechones se le pegaban a la frente, y lágrimas de agotamiento le rodaban por la cara.

Lili, ¡no te mueras! ¡Yo te consolaré! Estoy contigo
.

Tal vez sirvió que lo pensara una y otra vez. En los intervalos en que la pequeña criatura no se veía sacudida por terribles convulsiones, me estrechaba con fuerza.

Yacía en una especie de duermevela, aletargada, y me pasaba el dedo por la barriga incesantemente. Su pulgar se movía una y otra vez sobre mi piel, me estuvo frotando ese punto durante horas como una pequeña máquina.

Aún existe, ese punto. Lo llamo el punto de consuelo. No por esas horas de mareo, no, sino por los muchos pulgares infantiles que buscaron ese punto en mi barriga cuando la enfermedad o el miedo se les metía en el cuerpo, o cuando simplemente estaban cansados y querían dormirse. Pero Lili fue la primera de la lista, y el roce me resultó extraño y familiar a la vez. En cualquier caso, fue una sensación agradable porque noté que yo brindaba consuelo.

Después de que pasáramos horas terribles en el camarote, mientras Leo no paraba de criticar, «Que deje de vomitar ya, aquí apesta», Victor decidió que lo mejor sería que Lili comiera un poco de pan tostado y luego saliera a tomar el fresco; eso nunca le había hecho daño a nadie.

James, que se había ocupado de vaciar el bacín, agradeció poder acompañar fuera a Lili. Estaba tan cetrino que probablemente él también habría empezado pronto a echar la primera papilla.

Lili se vistió, luego me vistió a mí y después nos fuimos a cubierta. Allí estuvimos, aferrados a la borda, desafiando el viento y las olas. Fue maravilloso y, en cualquier caso, yo no me encontraba mal.

Lili se sentó en una tumbona, se tapó con la manta de lana que le trajo un camarero y se lamentó quedamente hasta que el agotamiento y el aire fresco la durmieron.

Esa tarde se olvidó de mí por primera vez. Me dejó atrás cuando se fue al camarote. Dadas las circunstancias, la disculpo. Además, he de confesar que disfruté de la noche en cubierta. Fue una noche extraña.

El viento había amainado y se había llevado las nubes. En la negrura de la noche, las estrellas brillaban claras en el cielo invernal. Me quedé extasiado con aquella multitud de puntos centelleantes. Victor les había explicado las constelaciones a los niños y les había contado que cada uno de aquellos puntos era tan grande como la Tierra o incluso más. Esa idea supera aún hoy mi entendimiento, aunque por eso me parece más fascinante todavía.

Una sombra salió de la oscuridad. Un hombre. Se acercó a la borda y se quedó un buen rato allí, inmóvil. No llevaba abrigo, su camisa blanca ondeaba y los cabellos le revoloteaban por la cara. Tenía que estar pasando mucho frío, pero no parecía notarlo.

La tranquilidad había llegado al barco, la mayoría de los pasajeros se habían ido a la cama, no se oía más que el runrún sordo de los motores y el murmullo de las olas, muy abajo.

Hasta que el hombre no se dio la vuelta y se acercó a mí, no vi que era Mortimer Wright. Se dejó caer, cansado, en la tumbona donde yo estaba, y volvió a levantarse rápidamente cuando se dio cuenta de que se había sentado encima de mi cabeza.

Me cogió.

—Ah, eres tú, osito —dijo—. Me has asustado.

Me puso en su regazo y contemplamos el cielo.

—Qué cielo estrellado más increíble, ¿verdad?

¿Hablaba conmigo?

—Cuando veo esos millones de luces, soy consciente de lo insignificante que es una vida humana.

No es insignificante. Nadie vive sin dejar huella
.

—Son los únicos momentos que hacen soportable mi existencia.

¿
Qué tiene de malo tu vida para que te sientas insignificante? ¿Por eso estás tan triste
?

—No se me ha perdido nada en este mundo —prosiguió—. La gente me resulta extraña. Sus pensamientos, sus sentimientos, no los entiendo. Pero ¿qué digo? Seguro que tú tampoco me entiendes.

Sí, te entiendo perfectamente. Por desgracia. A mí me ocurre lo mismo
.

Mister Wright calló un momento y se reclinó en el asiento. Lo oía respirar. Se sorbía los mocos.

—Pensaba que si me mezclaba con la gente todo sería distinto, pero la verdad es que es todavía peor. Las personas como Augusta Hobhouse me sacan de quicio. Su palabrería me saca de quicio. Incluso alguien tan tonto como ella se las arregla. Y yo me siento como un extraño, como si viniera de una de esas estrellas del cielo. No me entiendo a mí mismo. Y eso me da miedo. Ojalá desapareciera esa sensación. Estoy atrapado en mí mismo.

¿
Por qué no te liberas
?

—Necesito paz. ¡En mi cabeza tiene que reinar la paz de una vez! Todos estos pensamientos. Ojalá me entendiera alguien.

Se mesó los cabellos, se frotó la cara y sacudió la cabeza como si de esa manera pudiera conseguir ponerla en orden.

Yo te entiendo. No estás solo, ¿me oyes? Estamos literalmente en el mismo barco. Yo tampoco puedo actuar como quiero, no puedo hablar. También estoy indefenso
.

—Reconforta haberlo dicho.

No sé si esa frase se la dijo a sí mismo o me la dijo a mí. Pero yo también me alegré de que lo dijera. También alumbró mi existencia con una nueva luz, porque hasta entonces yo no había contado con que también había personas que se sentían tan solas en el fondo de su corazón como a veces me ocurría a mí. En mí se agudizó la sensación de haber encontrado un alma gemela en Mortimer Wright.

Seguimos en silencio en la oscuridad, absortos en nuestros pensamientos. Hasta que no empezó a clarear, mister Wright no se levantó. Me llevó consigo debajo del brazo y me dejó delante del camarote de Lili y Leo.

—Gracias, osito —dijo.

Lo miré mientras recorría el pasillo, con pasos un poco tambaleantes, un poco triste. Solo.

La orquesta tocó unos acordes de fanfarria y los pasajeros se levantaron de sus asientos. Faltaba poco para las doce. Fin de año.

En los dos años anteriores, había constatado que, una semana después de Navidad, era costumbre que hubiera fuegos artificiales, abrir botellas de champán, abrazarse y desearse feliz Año Nuevo. Así pues, pronto acabaría aquel año y comenzaría otro. Lástima, ya me había acostumbrado a él. En este mundo, no parecía haber nada duradero. Los años tampoco podían permanecer eternamente.

Algunos de los comensales pidieron sus abrigos y salieron a cubierta, pero nosotros nos quedamos en el restaurante. Lo pidió Augusta, que no soportaba demasiado bien el aire frío de la noche. Excepcionalmente, compartí su opinión, porque no lograba imaginar qué había que ver en el exterior.

Desde el día antes que no se veía tierra, ni siquiera un pedacito y, de noche, el mar y el cielo eran del mismo color negro insondable, que prometía poca esperanza. La luna, que el día antes se mecía como un huevo en el cielo, estaba cubierta por una gruesa capa de nubes. Pero los niños se impacientaron y Emily les permitió salir finalmente, acompañados por James, para que vieran los fuegos.

Yo me quedé con los adultos, probablemente porque no llevaba una indumentaria adecuada; el impermeable se había quedado en el camarote y, para celebrar el día, Lili me había atado una cinta blanca al cuello. Desde mi posición en la silla de Lili, apenas podía mirar por encima del borde de la mesa, de manera que no divisaba ninguna cara, pero vi que solo tres pares de manos se servían fruta del frutero.

—¿Dónde está nuestro querido mister Wright? —preguntó Augusta.

—Habrá salido fuera —dijo Emily—. Quizá le gustan los fuegos artificiales. En eso, los hombres son un poco distintos…

La oí reír. El champán había ahuyentado su migraña, cosa que acrecentaba claramente su buen humor.

—Ha estado muy callado durante la cena —dijo luego más seria—. Creo que tiene preocupaciones.

—Pero él no ha comentado nada —exclamó Augusta—. ¡Y yo he insistido en darle conversación! ¡Pero no dice nada!

No es extraño. No dejas hablar a nadie. Además, tú serías la última persona a la que se confiaría

—A mí me cae muy simpático —replicó Emily—. Tiene algo… profundo.

—Vaya, vaya —dijo Victor.

Yo estaba seguro de que sonreía burlón. Y estaba seguro de que Emily ponía los ojos en blanco. Siempre era así.

—A lo mejor está enfermo —siguió conjeturando Augusta Hobhouse—. Creo que parece, en cierto modo, tiene aspecto de, bueno, de tísico.

—No, no… —dijo Emily, y oí la risita disimulada de Victor.

Las conjeturas de Augusta Hobhouse apuntaban en una dirección equivocada, pero gracias a sus dotes de observación al menos había constatado que a mister Wright le pasaba algo.

Durante la cena me había dado la impresión de que nuestro encuentro nocturno solo había sido un sueño. No me miró, no miró a nadie. Sus dedos finos se agarraban al tenedor y al cuchillo. Mantuvo la cabeza gacha mientras comía, y solo abrió la boca para hacer desaparecer en ella bocados minúsculos. Cada vez que le dirigían la palabra, parecía tan sorprendido como si no se hubiera dado cuenta de que a la mesa se sentaban más personas además de él. Solo Lili consiguió arrancarle una pequeña sonrisa de vez en cuando.

Cuando Emily y Augusta se lamentaron por enésima vez de la falta de derecho a voto para las mujeres y luego se enfrascaron en una polémica sobre la injusticia en general, los hombres y las mujeres y la educación de los hijos (missis Hobhouse no tenía), oí que Lili le susurraba sabihonda:

—La vida me parece muy complicada. ¿A usted no le parece extraña, mister Wright?

—Sí, tiene usted mucha razón, señorita Lili —contestó él—. Me parece incluso muy extraña. —Calló y sonrió atormentado.

En mis oídos resonaban sus palabras de la noche anterior, y me oprimían el corazón. Mortimer Wright no le confiaba a nadie cómo se sentía o, mejor dicho, no lo hizo hasta que fue demasiado tarde.

1924. El nuevo año comenzó con baile y alegría. Las copas se alzaron infinidad de veces, un brindis siguió a otro y la gente se puso cada vez más contenta.

Fue una noche maravillosa. Me quedé en la silla de Lili y observé el ajetreo. Celebré el buen humor de mi familia, sus rostros radiantes, la concordia y el entendimiento que reinaba entre ellos. Son esos momentos lo que hace más feliz a un oso.

Nadie, y tengo que confesar que tampoco yo, echó de menos a Mortimer Wright esa noche. Pensé en él, pero, después de lo que me había dicho, no me extrañó que decidiera entrar en el nuevo año sin Augusta. Emily y Augusta se olvidaron de él tan pronto como concluyeron que era un hombre profundo, y se entregaron a la fiesta. Solo a la mañana siguiente, cuando se reunieron para tomar el
brunch
—no consiguieron salir antes del camarote— y tomaron café en grandes cantidades, Leo preguntó:

—¿Dónde está mister Wright?

—Seguramente se habrá dormido, cariño —dijo Emily, frotándose cansada los ojos.

A la hora del té, seguía sin aparecer.


Mum
, ¿puedo llamar al camarote de mister Wright y desearle un feliz Año Nuevo?

—No, cariño. Seguramente no querrá que lo molesten —dijo Emily con determinación, pero en su frente se dibujó una arruga de preocupación.

La buena de Emily no tendría nada que reprocharse más tarde. Aunque hubieran irrumpido en su camarote antes del desayuno, no habrían podido salvar a Mortimer Wright. Había saltado al mar durante la noche. Sigilosamente, sin hacer ruido, se había quitado la vida.

—Seguramente saltó desde la popa —dijo el primer oficial—. Es lo que hace la mayoría.

Augusta palideció. Lili me estrechó contra su pecho. La niña estaba paralizada de horror, de incomprensión, de miedo.

Inclinándose hacia Victor, el oficial prosiguió en voz tan baja que solo mi fino oído de oso de peluche pudo oírlo:

—Así los atrapa la hélice antes de morir ahogados. Es más rápido.

Emily seguía sosteniendo en su mano trémula la nota que Lili había encontrado sobre la almohada de mister Wright, y que nos había empezado a leer con voz despreocupada:

«Es como si no pudiera hablar, ni actuar, ni hacer nada…»

Lili se detuvo. Comprendió que aquello no era un saludo amistoso a un buen amigo. Continuó más despacio:

«El mundo arremete contra mí, y yo estoy a su merced, indefenso. Tengo que salvarme. Nadie me echará de menos».

No. No les hagas eso. No puedes hacerlo. ¡No me refería a ESO cuando te dije que tenías que liberarte
!

Lili paseó la mirada de uno a otro con los ojos muy abiertos. Observó a su madre, a su padre, a su hermano, y lentamente pareció abrirse paso en su conciencia lo que aquel mensaje significaba. Lili estaba aturdida.


Mum
, ¿qué quiere decir? —preguntó.

Noté que su corazoncito latía como una máquina de vapor. Cada vez más deprisa, cada vez más fuerte.

—¿Qué quiere decir eso de salvarse? ¿Qué ha hecho?

—Verás, pequeña —dijo Victor, estrechándonos a mí y a su hija—, seguramente prefería viajar solo.

—¡No! —gritó Lili, y se soltó—. No le he deseado feliz Año Nuevo. ¿Por qué ya no está aquí?

Se hizo un silencio, tan pesado y denso y doloroso como yo nunca lo había vivido antes, y nadie lo rompió. Ni siquiera Augusta.

Volví a reflexionar sobre las palabras de Mortimer Wright. A mí ya me lo había revelado, pero yo no había intuido que se le habían agotado las energías. Que no quería seguir luchando.

No hablar, no actuar, no hacer nada, indefenso.

Mortimer Wright había dado nombre a la sensación que caracterizaba mi vida. Lo había anotado y se había quitado la vida. Se había arrojado al mar porque no soportaba la soledad interior. Una soledad que a mí me estaba reservada para siempre.

Si mi credo con Alice rezaba «escuchar y consolar», los años que pasé con los Brown podrían resumirse bajo el título de «aprender a vivir», y no me refiero a «vivir como la gente», sino a «vivir con la gente». ¿Dónde está la diferencia? Muy sencillo: yo no tenía que cometer sus errores, pero debía vivir con sus errores.

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