La fabulosa historia de Henry N. Brown (27 page)

Hasta que un día levantaron sin más la piedra que me aplastaba la pierna desde hacía una eternidad.

Luz. Aire. El sol brillaba. Tuve que parpadear.

—¡Atiza! —exclamó una voz de mujer, y me cogieron del brazo.

¡
Cuidadoooooo
!

La voz prosiguió:

—¡Qué susto me he llevado! Pensaba que era una persona.

Una mano me sacudió la espalda, y una nube de polvo me rodeó. Alguien me sopló en la cara.

—¡Pero si es Ole! ¡Todavía ocurren milagros!

¿Ole?

Alguien que conocía mi nombre. Me fijé mejor. Era Fritzi Rosner, el ángel de la guarda de la familia, en la que yo me incluía en el sentido más amplio.

No solo me habían quitado una piedra de la pierna, sino también del corazón. Era tan reconfortante ver una cara conocida…

Que me encontrara precisamente ella fue un verdadero milagro; lo reconoció incluso Fritzi, que normalmente tenía los pies en el suelo.

—Estás bastante estropeado, osito. Pero al menos estás entero. Y lograremos remendarte esos pocos rasguños. Por algo soy enfermera.

Se rió, y yo me sentí feliz.

Fritzi me llevaría a casa con Marlene y Charlotte. Iríamos al piso del barrio de Nippes, olería a café aguado y a patatas, y las dos estarían al menos tan contentas como yo de volver a vernos. Todo iría bien. Tan bien como era posible en aquellas circunstancias.

Oh, soñar es tan bonito… Con tal de que el despertar no fuera tan terrible.

El piso de Nippes ya no existía. Por todas partes habían dejado de existir edificios enteros y también hileras de casas. Las ruinas se alzaban hacia el cielo en señal de aviso, edificios cortados por la mitad que de un modo extraño permitían echar un vistazo a las viviendas y a las vidas. Había butacas colgando de dos patas en el aire, alfombras y cuadros tirados al raso. Me costó reconocer dónde nos encontrábamos.

Un convoy militar nos adelantó, los vehículos se detuvieron delante de una casa cercana. Diez soldados desaparecieron a paso ligero por la entrada, los demás adoptaron la posición de firmes. Otro vehículo giró por la esquina. Un oficial abrió la puerta del coche. Los soldados gritaron «Heiljitla», y saludaron. El hombre levantó un momento el brazo derecho y se inclinó hacia el interior del vehículo.

—Baje, Speer, tiene que ver esto.

Otro hombre bajó del coche, y con el rabillo del ojo vi que los dos se plantaban delante de un hombre enjuto al que habían sacado esposado del edificio.

Así se veía la guerra en Alemania cuando se estaba en medio. Nadie podía sentirse seguro.

Mientras Fritzi y yo subíamos por las ruinas, ella murmuraba para sí misma:

—Entonces, Franziska tenía razón. Marlene y Charlotte debían de estar en el búnker durante el ataque. Ay, Ole, ¡si pudieras hablar! Seguro que tú sabes qué ha sido de ellas.

El susto que me pegó al decir eso se me quedó metido en el cuerpo.

¿
No lo sabéis vosotras? ¿No sabéis dónde está mi familia
?

—Bueno, si hemos dado contigo, también las encontraremos a ellas, ¿no crees?

Al menos, Fritzi parecía convencida de que Marlene y Charlotte no habían muerto en el derrumbamiento del búnker. Pero ¿dónde estaban? ¿Dónde estaba la sonrosada Charlotte con sus dientecitos? ¿Dónde estaba Marlene?

Quizá habían escapado, quizá habían sobrevivido, quizá aún había esperanza.

Pero quizá no.

Un gran peso me oprimía el corazón.

Henry N. Brown, optimista desde sus inicios, había tocado fondo.

Fritzi reparó mis heridas la misma noche de mi regreso. No me había ocurrido mucho: un pequeño desgarro en el brazo, y la oreja que Charlotte siempre me acariciaba se había soltado un poco. Pero el amor continuaba en su sitio, lo notaba perfectamente, aunque me preguntaba qué haría con él ahora que todos aquellos a los que amaba se habían ido.

Franziska me había cogido en brazos sin decir nada cuando Fritzi llegó a casa conmigo a remolque. Me había estrechado contra su pecho y había respirado hondo. Y vi en sus ojos la nostalgia por su hermano, por su cuñada, por su sobrina y por la paz.

Recordé que Friedrich siempre se preocupaba por su hermana, Franziska, de naturaleza delicada, había dicho una vez y había sonreído lleno de preocupación. Pero aquella mujer era tenaz y aguantaba.

—Lo arreglaré —le dijo Fritzi a su cuñada.

Y Franziska asintió y sonrió.

Melanie, la hija de Franziska y de Hänschen, abatido en el aire, esperó impaciente a que Fritzi diera la última puntada con hilo marrón y lo mordiera; luego me cogió resuelta con la mano izquierda, rodeó mi brazo derecho con su puñito infantil sudoroso y me lo giró hacia arriba.

Eh, así no, por favor

Alice me había dotado de articulación en los hombros, pero aquella posición no me agradaba demasiado. En esa postura, me desequilibraba ligeramente cuando estaba sentado y, además, la cabeza se me ladeaba un poco hacia la izquierda. Pero eso a Melanie no le importaba. Ya no me soltó.

Era una niña arisca, pálida y callada. Miraba el mundo con los ojos muy abiertos. No quería jugar conmigo. No quería hablar conmigo. No quería contarme historias ni confiarme sus preocupaciones. No quería convertirme en el capitán de un barco ni en compañero de sus muñecas. Solo quería llevarme arriba y abajo. Era como si yo le hubiera crecido en su mano. Eso nunca me había pasado antes.

A menudo pensaba que aquella niña había encontrado una vida mejor en el silencio de su alma. Yo no era un peluche para ella, era su ancla en la realidad.

Al principio, me costó asumir ese papel. Reconozco que me habría hecho falta un poco de charla. Me habría gustado perderme en juegos despreocupados, solo para no tener que pensar en lo que tanto echaba de menos.

Me sentía solo en brazos de Melanie, me sentía en cierto modo abandonado cuando, a cada paso, mi cabeza se estrellaba contra su rodilla. Pero así era Melanie, y me necesitaba, aunque de una manera distinta a lo que estaba acostumbrado. Y, como siempre, no valía la pena compadecerse. Un oso hace lo que un oso tiene que hacer.

Colonia había quedado reducida a cenizas y, aun así, no se preveía el fin de los ataques. El edificio de la Schillingstrasse donde se alojaban Franziska y Melanie también había sido arrasado, como todo en las cercanías de la estación del ferrocarril (que la enorme catedral siguiera hasta cierto punto ilesa rayaba en el milagro). Las chicas Rosner, como las llamaban cariñosamente, no tenían un lugar fijo donde albergarse y, además de un otoño frío y húmedo, también se cernía la amenaza de la ocupación de las potencias extranjeras.

Yo no sé nada de política, de estrategia militar ni de debilitar la moral civil. Yo solo sé que la amenaza se hizo incontenible. Por todas partes se aproximaban ejércitos de soldados. Al oeste de Colonia, en Jülich, la tierra ya temblaba bajo los pasos acompasados de los soldados americanos. Por esa dirección llegaban largas caravanas de refugiados.

Un único pensamiento impulsaba por aquel entonces a la gente: ¡no caer en manos del enemigo! Los comprendía. Yo había caído una vez en manos del enemigo y solo había salido bien parado porque era un oso de peluche y porque Friedrich había sentido debilidad por mí.

Aquello era un
déjà-vu
.

Aprendí esa expresión en Inglaterra. De Virginia.

«Es como si ya hubiera vivido esto antes —había explicado en una de las reuniones de los jueves—, como imágenes que uno hubiera visto ya alguna vez».

Me había quedado con esa expresión porque comprendí muy bien a qué se refería. En la vida de un oso, los
déjà-vus
están a la orden del día. Muchas cosas se repiten, buenas y malas.

En otoño de 1944 se repitió el miedo al enemigo. Fue como antes en París. Solo que alguien había invertido los términos. Ahora eran los alemanes los que temían a los soldados extranjeros. Verduleros alemanes, maestros, taberneros, madres, hijos; su miedo no se diferenciaba del de los franceses. Y, como antes los Bouvier, los miembros que quedaban de la familia Rosner tuvieron que liar los bártulos. No había mucho que llevarse. No hizo falta decir nada para ponerse de acuerdo. Las dos mujeres se sonrieron. Se ayudaban mutuamente. Se ocupaban una de la otra. Huirían juntas.

—¿Y qué pasa con Marlene? —preguntó Franziska mientras embutía el álbum familiar en la mochila.

—Las encontraremos —contestó Fritzi—. Quizá no enseguida. Pero si sobrevivimos, las encontraremos.

Tenéis que encontrarlas. Son todo lo que tengo
.

¿Eran realmente todo lo que tenía? También había encontrado una familia sustituta. Era un huérfano, acogido cariñosamente por las Rosner y aceptado sin preguntas. Pero mientras todos pensaran que Marlene y Charlotte seguían vivas, yo tendría la seguridad de que algún día podría volver con ellas.

Un día, Charlotte me cogería en brazos, reconocería mi olor y me estrecharía.

No sospechaba cuánto tiempo se dilataría esa búsqueda.

Fuimos a parar al diminuto pueblo de Dreihausen. Se había librado de las bombas. Las cuatro casas seguían en pie.

Llamamos a la casa con el número 1. Viktoria Rosner se alegró lo indecible cuando el mugriento grupo de viajeros formado por dos mujeres, una niña y un oso de peluche apareció en su puerta. Miró perpleja a uno y a otro, se llevó las manos a la boca y llamó a su hermano. Luego, por fin, se echó en brazos de su hija Fritzi.

También Franziska recibió un abrazo y un apretujón. Fuerte.

Melanie y yo nos mantuvimos un poco aparte. La niña de cinco años observaba cómo las mujeres se estrujaban. Y volví a ser dolorosamente consciente de cuánta falta hacían Hänschen y Friedrich, Marlene y Charlotte, para que ambas familias estuvieran completas. Fue un triste reencuentro feliz.

En casa de Viktoria y Albert hallamos un hogar donde por fin llegó un poco de paz, aunque el final de la guerra aún se hizo esperar. La familia se había mantenido siempre unida. Guerra, pobreza, hijos; los hermanos lo habían superado todo juntos. Ahora, envejecían lentamente. Se alegraron del aumento inesperado de la familia.

Viktoria era una mujer bajita y robusta, que estaba totalmente decidida a llevar las riendas. Pronto comprendí de quién había heredado Fritzi su carácter resuelto. Se parecía a su madre, y no solo físicamente.

El tío Albert se sometía en silencio y solo replicaba ocasionalmente cuando su hermana pretendía prohibirle fumar o beber. Entonces podía ocurrir que irguiera su espalda encorvada y se enderezara hasta sus ciento setenta y ocho centímetros. Cuando se enfadaba, la nariz se le afilaba de un modo curioso y sus cejas pobladas se contraían por encima como nubes de tormenta. Pero generalmente no estaba enfadado, sino ocupado a su manera solitaria con su colección de mariposas. Se sentaba ante un viejo secreter con muchos cajoncitos y trabajaba con lupas y alfileres.

Se habían repartido la casa. En la cocina, a Albert no se le había perdido nada salvo en casos excepcionales; a cambio, Viktoria se mantenía alejada de su «pisito de soltero», como él llamaba a su habitación. La sala de estar y el comedor eran zona neutral, y en el cuarto de baño había que hacer lo que ella ordenaba. Viktoria dejó fuera de toda duda que los recién llegados también tendrían que adaptarse a sus normas, pero eso no molestó realmente a nadie. Por fin volvíamos a tener un techo sobre nuestras cabezas, eso era de momento lo principal.

Comenzó una época más calmada.

Los aviones de caza también pasaban atronando por allí, pero no llegaba el aullido de las sirenas que anunciaba la desgracia. Las noches solían ser tranquilas, y los días se colmaban con la tarea de conseguir abastecerse de comida para las cinco bocas que había que llenar.

La vida en el pueblo, los extensos prados de los alrededores, los sonidos de la naturaleza y también la paz aparente que allí dominaba me recordaban a menudo a Gol. Con todo, sabía que la distancia de la guerra podía ser engañosa, y no tuve ánimos para fiarme de aquel bucolismo. La guerra se había grabado hasta lo más hondo de mi corazón.

Sin embargo, la vida cotidiana alcanzó a las personas que me rodeaban. No pasó mucho tiempo hasta que conocimos al resto de los habitantes de Dreihausen.

En la casa vecina, con el número 2, vivían Marga Möhrchen y su hija Julchen. Desde la ventana de la habitación de Melanie y Franziska, donde yo solía estar cuando Melanie no me llevaba consigo, podía ver bien la casita de paredes de entramado. Estaba un poco alejada de la calle y rodeada de abedules. El jardín era un paraíso silvestre para pájaros, caracoles y ranas, y más de una vez pensé que a Robert le habría encantado. Comparado con él, el jardín de madame Denis parecía un parque bien cuidado.

Marga Möhrchen y Julchen vivían solas. Como en muchas familias en aquella época, no había ningún hombre en casa; así pues, nada especial. Pero su caso era distinto.

En la gran cocina comedor de Viktoria, su reino, como ella lo llamaba, la primera noche ya nos enteramos de la situación de los vecinos.

—Marga lo puso de patitas en la calle —explicó Viktoria bajando la voz cuando estábamos reunidos en el banco rinconero después de cenar—. Tenéis que saber que era un auténtico borracho. Fue toda una historia, ya os digo. La pequeña Julitschka tenía entonces dos años, debió de ser en el 37. Una noche que volvió a casa, otra vez como una cuba, por supuesto, Marga no le abrió la puerta. Él gritó y vociferó toda la noche. Cómo rabiaba el hombre, hijas. Luego vino a casa. «¡Vicky! Abre la maldita puerta. Os haré la vida imposible, ¡mujerzuelas miserables!», gritó. Nos llamó mujerzuelas, ¡imaginaos! Evidentemente, no abrí. «Albert», dije. «Albert, como te acerques ni que sea un poco a la puerta, tú y yo hemos terminado. Ahora tenemos que apoyar a Marga, ya lo ha tenido bastante difícil con ese borracho». ¿Y sabéis qué hizo Albert? Se sirvió un aguardiente. Bueno, pero esa es otra historia. Marga parapetó toda la casa. Las ventanas, las puertas, hasta tapó la chimenea. Luego se metió a la pequeña Julitschka en la cama y se cubrió hasta la cabeza con la manta. El marido nos quitó el sueño durante tres noches. Primero amenazó con matarla. Luego amenazó con llamar a la policía y, al final, amenazó con matarse él. No hizo nada de todo eso. Al cuarto día, se había marchado. Estábamos preparados para Dios sabe qué. Pero no ha vuelto nunca. Voló, fuera. Así te puedes quitar también de encima a los hombres…

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