La fabulosa historia de Henry N. Brown (32 page)

Cuando Isabelle se fue corriendo con la cartera de piel roja a la espalda, yo me quedé sobre la cama sin sospechar nada, cansado y confuso, pensando todavía en la noche anterior.

Aquella mañana nos habíamos dormido porque Isabelle me había estado hablando hasta bien entrada la noche de un hombre que se llamaba James Dean y que había muerto unos días antes en un accidente de coche en Estados Unidos. Marilou, la hermana mayor de Isabelle, se había pasado la tarde encerrada en su habitación, llorando, y había proclamado que no quería seguir viviendo si James había muerto realmente. No sé qué tenía aquel James. Al parecer, era una estrella de cine a la que Marilou idolatraba, porque esa era su ocupación principal en aquella época. Idolatraba a las estrellas de cine, ojeaba con mirada soñadora las revistas de moda de París, donde se reproducían imágenes de enaguas y otras prendas, y suspiraba por Pierre, el hijo del alcalde.

—Estás chalada —le dijo Michel, el hijo mayor de Jules y Hélène, a su hermana, dos años menor que él—. Montar un drama por ese guaperas. Mira qué peinado. ¡Elvis es la única estrella de verdad!

—Cállate, no tienes ni idea. ¿Quién quiere escuchar a ese músico estrafalario? Un saltarín ridículo. James tenía clase. ¡Era profundo y tenía sentimiento de verdad! Pero, claro, tú nunca lo entenderás. Ojalá estuviera muerta, así estaría a su lado y no tendría que tratar con idiotas superficiales como tú.

—¡Niños, ya basta! No digas tonterías, Marilou. Y tú, Michel, ¡deja en paz a tu hermana! —intervino Hélène.

Isabelle y yo estábamos sentados en el sofá y mirábamos a uno y a otro. No nos interesaban aquel James ni aquel Elvis, pero siempre era instructivo ver pelear a los dos hermanos mayores. Al principio, me resultó muy desagradable, puesto que detestaba las peleas (y todavía las aborrezco), pero con el tiempo descubrí el entretenimiento de aquellas discusiones.

—Crece de una vez, hermanita; entonces hablaremos de sentimientos verdaderos —siguió chinchando Michel.

—Cuando yo sea mayor, ¡tu ya irás en silla de ruedas!

Eso dolió.

Marilou sabía perfectamente que había dado en la llaga. A Hélène le entraba un miedo terrible cada vez que Michel se subía a su Vespa. Hizo falta una buena dosis de persuasión para que le permitieran invertir sus ahorros en la compra de una moto.


Maman
también lo dice —le espetó triunfal Marilou.

Hélène miró atormentada a su hijo.

Michel fue hacia su hermana.

—Tú, mala pieza —gritó furioso, y le agarró una trenza.

—Ay, ¿y a esto lo llamas tú crecer? —chilló Marilou—.¿Desde cuándo los hombres adultos pegan a sus hermanas pequeñas?

Luego puso pies en polvorosa, y Michel salió corriendo detrás de ella.

La conducta de sus hermanos no había impresionado lo más mínimo a Isabelle.

—Marilou siempre se pone así. Seguro que algún día acabará en el cine, porque se comporta de una manera tan teatral. Sabes, Mon ami,
papa
dice que las chicas de dieciséis años son así. Pero yo no quiero volverme así, en serio que no.

No te preocupes, seguro que tú no serás una de esas estrellitas de cine
.

Esa expresión la había cogido al vuelo un día que Hélène le abría su corazón a la vecina junto al seto del jardín, y me gustó enseguida. Marilou era veleidosa como una estrellita de cine, muy a pesar de su madre. Hélène tenía un marcado talento para llamar a las cosas por su nombre, y eso me gustaba de ella. Aunque debería haberme hecho reflexionar mejor, puesto que también había dicho explícitamente que yo olía. Y, de hecho, en esas palabras no se podía malinterpretar nada.

Así pues, el día después de que Marilou deseara desesperadamente morir, Hélène entró en la habitación de Isabelle para hacer la cama y me descubrió al instante. No dudó ni un segundo en llevar a la práctica su pérfido plan.

—Vaya, Mon ami, te ha llegado la hora —dijo, y me cogió de encima de la almohada—. Apestas como un tonel de vino. ¿Qué te hicieron? ¿El viejo Brioche intentó ahogarte en Beaujolais?

Se echó a reír.

No tiene gracia
.

Me llevó al cuarto de baño y llenó hasta arriba una tina. Me olí lo peor.

—Vamos a ver si conseguimos dejarte bien limpio.

¡
No
!

Cuando me metió la cabeza debajo del agua, unas burbujas subieron a la superficie. Lo vi perfectamente. Estaba a punto de ahogarme.

Vi pasar mi vida en rápidas imágenes, pero antes de que pudiera morir, volví a salir al aire. ¿Tengo que ser aún más explícito? Estoy traumatizado, así de simple.

Hélène me enjabonó.

Oh, ¡no, por favor
!

El jabón me escoció en los ojos, y no ocurrió mucho más, solo que me volví más pesado y más torpe y más gordo. Quedé empapado. El jabón me llegó hasta lo más hondo, remojó el amor. Ahora solo falta que me cuelgue de las orejas, pensé. Y, efectivamente, eso es lo que hizo. Sujetó mis orejas a una cuerda con pinzas de la ropa, y yo ondeé indefenso al viento. Fritzi las había arreglado con tanto cariño, ¡y ahora las sometían a una prueba de resistencia! Me pareció indignante y disfruté para mis adentros pensando en el inminente ataque de rabia de Isabelle.

Mis pies y mis brazos goteaban. Ploc, ploc, ploc, siempre en el mismo punto del césped. Debajo de mí se formó un charco.

A mediodía, cuando Jules Marionnaud había cerrado su bodega y llegó a casa para comer, se fijó enseguida en la humillante estampa. Se echó a reír.

—Cuando Isabelle lo vea —le dijo a su mujer—, ¡se va a armar un drama! A su lado, ¡
Hamlet
será teatro infantil!

—Tiene que aprender que no puede ser siempre lo que ella quiera —dijo Hélène, mientras ponía la mesa de la terraza—. No creerías la de porquería que ha salido. Ni que Brioche lo hubiera mojado en vino cada día.

Jules asintió con la cabeza y dijo:

—Hoy he comprado la última botella de Brioche. Un Cuvée de 1943. Es realmente triste. Hacía muy buen vino.

—Pegaba a su mujer y a su hija. Eso sí que es triste.

—Eso no hacía peor el vino.

—Jules, te lo ruego.

Monsieur Brioche no había sobrevivido al fuego. Su mujer y Lucille se habían ido del pueblo sin enterarse jamás de que yo había sido el único superviviente del incendio. Pero no estaba enfadado por ello. Me iba bien. Por fin.

Como era de esperar, Isabelle se enfadó y se puso furiosa cuando me vio balanceándome en la cuerda de tender la ropa. Quedé muy satisfecho con su actuación. Menos no habría sido suficiente para aquel ataque a mi integridad.

—Perdona, Mon ami —dijo, y me sacó de la cuerda—. No saben lo que se hacen.

Me frotó con cuidado los puntos donde las pinzas de la ropa habían dejado huella, me secó con ternura, me susurró palabras dulces al oído y estuvo muy cariñosa. Saboreé el consuelo que se me dispensó durante toda una tarde. Era maravilloso que te consolaran, y de repente comprendí por qué para la gente era tan importante tener a alguien como yo: para los momentos en que la vida es insoportable. Después de esa experiencia, dicho sea de paso, consolé todavía con más fervor que antes.

Era feliz. Y fue bastante agotador ser feliz, porque inmediatamente me dio miedo que esa felicidad acabara. Así funciona la felicidad, es un asunto fugaz. Temía cambiar otra vez de dueño involuntariamente. Cuando Isabelle me llevaba con ella a bañarse, tenía miedo de que me dejara a orillas del mar; si íbamos en bicicleta, temía caerme del cesto. Pero no ocurrió nada de eso. Isabelle me cuidaba como a la niña de sus ojos. Se ocupaba de su Mon ami todavía más de lo que Robert había velado por su Doudou. Un día comprendí que Isabelle nunca me perdería por descuido, y me tranquilicé.

Me habían aceptado, tenía un verdadero hogar y era el confidente más íntimo de una niña que quería lo mejor de la vida y que siempre iba en busca de una nueva aventura. Por mí, podía seguir siempre así.

Isabelle no me abandonó. No lo hizo cuando se le desarrolló el pecho y una mañana ya no era una niña, sino una jovencita. No lo hizo cuando acabó la primaria y se convirtió en una distinguida mujercita del liceo. No lo hizo cuando se enamoró por primera vez, y en el mundo no había nada más que André.

Fue un día gris de noviembre de 1960 cuando revoloteó por la habitación, radiante como el sol de julio, y se dejó caer sobre la cama. Quedé atrapado debajo de su hombro derecho, asombradísimo con aquel ataque por sorpresa.

—Mon ami —dijo mientras giraba de lado y me ponía a su lado—. Me he enamorado, ¿te imaginas?

Ah
.

—¿No es maravilloso? André y yo estamos hechos el uno para el otro, para siempre jamás. Es el chico más fantástico en leguas a la redonda. Tendrías que ver sus ojos, nadie me había mirado como él.

Puso los ojos en blanco, sentimental.

Confieso que no me sentí especialmente eufórico cuando me confió ese secreto. ¿Tendría que compartirla? ¿Se convertiría otro en el confidente de su corazón? De nuevo brotó en mí el miedo a que Isabelle me abandonara. Estaba celoso. Por primera vez en mi vida. Pero Isabelle era como una mariposa que volaba de flor en flor y nunca se detenía mucho tiempo, era demasiado curiosa. No obstante, si dejó tan deprisa a André fue más bien porque el chico también les hizo ojitos a otras dos chicas guapas. Durante dos o tres horas, Isabelle estuvo realmente desesperada.

—Ese cerdo —dijo echando pestes dos días más tarde, y golpeó la almohada—. Me dijo que le gustaba, y resulta que también se había camelado a Colette y Jeanne. Y yo me lo creí. ¡Pensé que me quería!

Lágrimas de rabia aparecieron en sus ojos.

Ay, pequeña Isabelle, el amor es otra cosa. Ya lo aprenderás. El amor sale del corazón
.

Llamaron a la puerta. Hélène entró.

—¡Cómo está esto! —exclamó—. Al menos podrías colgar el uniforme… ¿Qué te pasa?

—¡Nada! ¡No pasa nada! Vete. Déjame en paz.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Algo no va bien en la escuela? —siguió preguntando Hélène.

—¡No! Déjame. Vete.

—Pero,
ma belle
, a lo mejor puedo…

—¡No!

Hélène salió sin decir nada.

—¡Los odio a todos! —gritó furiosa Isabelle—. ¡A todos!

¿
A mí también
?

—Solo a ti no, Mon ami. En ti se puede confiar siempre. Eres la única persona normal que hay aquí.

Gracias, es agradable oírlo
.

Me avergüenza decirlo, pero me alegré de que aquel enamoramiento desapareciera tan deprisa como había venido. Mi exclusividad seguía estando asegurada. Hoy en día, a veces me pregunto qué me figuraba realmente. ¿Acaso creía de verdad que Isabelle solo me querría a mí en toda su vida? Sueños de oso.

Muy pronto volvió a estar radiante de aquel modo inequívoco. Ahora va en serio, pensé. Pero aquel enamoramiento también acabó enseguida.

—No era el indicado, Mon ami —dijo Isabelle—. El hombre que yo quiero tiene que poner el mundo a mis pies. Tiene que ir conmigo en busca de aventuras. Tiene que ver películas de Audrey Hepburn conmigo sin refunfuñar. Tiene que robar flores para mí y amar las bellas artes. Quien no haga todo eso no es el indicado. François ha comprado las flores en una tienda. Qué poco romántico, ¿no? Y, además, en el cine no quería ver la película. Solo quería hacer manitas y besarme.

Isabelle era incansable. Siempre estaba dispuesta a abrir su corazón, y luego siempre encontraba algún defecto en el nuevo candidato.

—No hace que mi corazón palpite —dijo de Patric, el aprendiz de carpintero.

—No se me pone la piel de gallina cuando me da la mano —declaró de Pierre, su pareja del curso de baile.

—No ha sabido arreglarme la bicicleta —afirmó de Jaques después de una excursión fallida.

—Tiene una lengua que da asco —dijo después de besar a Marcel.

—No he perdido el mundo de vista —confesó después de irse con Claude a la cama.

Oyendo todas las condiciones que imponía a una pareja, me tranquilicé. Entonces comprendí en toda su extensión a qué se refería Albert cuando dijo: «Pocas veces se da la coincidencia de ser el indicado».

Pero no se volvió más cautelosa, ni más moderada ni más temerosa. Quería sentir el amor. Y tenía una idea muy exacta de cómo se sentía.

Después de cada decepción, yo la consolaba, me reafirmé en mi papel de amigo comprensivo. Actualmente, a los que son como yo les dicen que «entienden a las mujeres». Por favor, entonces yo entiendo a las mujeres. Nunca se me ha quejado nadie.

Seguí a Isabelle fascinado en su búsqueda del verdadero amor, la vi avanzar a tientas, analizar cada una de las experiencias y emprender con audacia el siguiente intento.

Así pasaron los años. Y me acostumbré tanto a estar al lado de Isabelle que en algún momento dejé de pensar en el pasado. Simplemente, dejé de pensar en nombres, personas y sucesos. Ya no extrañaba estar en las manos de mis antiguos dueños. Solo quería estar con Isabelle, ser su Mon ami. ¿Quién era Henry N. Brown? Apenas lo recordaba. Vivía el momento. Eso me bastaba.

A Isabelle le regalaron un pequeño tocador y pasaba horas delante de él. Pero no se maquillaba. Se cepillaba con pasadas rápidas y decididas el pelo castaño, que por aquel entonces llevaba corto, en un peinado elegante con pequeñas patillas.

—Córtame el pelo,
maman
—le había dicho a su madre un día que estaba lanzada, y le enseñó una página arrancada de una revista—. Quiero tener este aspecto.

—Por el amor de Dios. Eso no es un corte de pelo para una chica. ¿Quién es esa mujer flacucha?

—Esta mujer se llama Jean Seberg, y yo quiero tener el mismo aspecto que ella en
Al final de la escapada
—explicó Isabelle, remarcando cada una de las sílabas—. Por favor —añadió luego.

Hélène abrió y cerró las tijeras con el rostro desfigurado por el dolor, y después tuvo que reconocer que Isabelle estaba espléndida.

A veces, Isabelle se pintaba un poco los labios de rojo. Pero generalmente se sentaba delante de su tocador y contemplaba su imagen en el espejo. Sacaba la lengua, hacía muecas, intentaba ver en su interior. A menudo cogía un lápiz y se dibujaba. Al principio, torpemente, con trazos inseguros; pero pronto fue mejorando. Llegó un momento en que las caras sobre el papel tuvieron un verdadero parecido, y también tenían algo más, observaban al espectador. La Isabelle de papel parecía mirar desde un lugar muy lejano, sabiamente y, aun así, un poco interrogativa. ¿Acaso no había sido una de sus metas ser como Van Gogh? Bueno, al menos eso la había llevado a ser Isabelle Marionnaud, y sabía dibujar muy bien.

Other books

Wolf Hunting by Jane Lindskold
Unlucky Charms by Linda O. Johnston
Her Imperfect Life by Sheppard, Maya
Blood and Bullets by James R. Tuck
The Botanist by Hill, L. K.
La casa de los amores imposibles by Cristina López Barrio
Lizzie's List by Melling, Diane
The Black Queen (Book 6) by Kristine Kathryn Rusch


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2022