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Authors: Michael Moorcock

Tags: #Fantástico

El Campeón Eterno (4 page)

El rostro de Katorn adoptó un extraño rictus cuando añadió a las palabras de su rey lo siguiente:

—No se puede confiar en esos lobos Eldren, traicioneros, inmorales y perversos. No estaremos libres hasta que toda su raza quede destruida, total y absolutamente. Hasta que no quede un fragmento de su carne, una gota de su sangre, una astilla de sus huesos o un mechón de cabello que manchen la Tierra. Y hablo literalmente, Erekosë, pues mientras sobreviva en nuestro mundo el menor rastro de un Eldren, seguirá existiendo la posibilidad de que Azmobaana pueda recrear a sus secuaces y volver a atacarnos. Esa raza diabólica debe ser reducida a cenizas, incluyendo a todos los hombres, mujeres y niños. Deben ser reducidos a cenizas, y éstas dispersadas al viento, al claro viento de nuestro mundo. Esa es nuestra misión, Erekosë. Esa es la misión de la humanidad, y contamos con la bendición de los Bienhechores para cumplirla.

Entonces escuché otra voz, mucho más dulce, y me volví hacia la puerta. Allí estaba Iolinda.

—Tienes que conducirnos a la victoria, Erekosë —musitó la muchacha con vehemencia—. Lo que dice Katorn es cierto, por muy fieras que puedan parecerte sus palabras. Los hechos son tal como te los cuenta. Tienes que llevarnos a la victoria.

Volví a clavar mi mirada en sus ojos, suspiré profundamente y noté mi rostro tenso y frío.

—Yo os conduciré —dije por fin.

4. Iolinda

A la mañana siguiente me desperté con el ruido de los esclavos que preparaban el desayuno. ¿Realmente eran mis esclavos? ¿No sería más bien mi esposa revoloteando por la habitación, disponiéndose a despertar a nuestro hijo como todas las mañanas?

Abrí los ojos esperando encontrarla ante mí.

Pero no la vi. Ni tampoco reconocí la estancia como el dormitorio donde reposaba cuando era John Daker.

Pero tampoco vi a ningún esclavo.

Quien se movía alrededor del lecho era Iolinda. Al comprobar que me había despertado, me dedicó una sonrisa mientras terminaba de preparar el desayuno con sus propias manos.

Por un instante, me sentí culpable, como si hubiera traicionado a mi esposa de alguna oscura manera. Entonces advertí que no había nada de lo que tuviera que avergonzarme. No era más que una víctima del destino, de unas fuerzas que no podía alcanzar a comprender. Yo no era John Daker, sino Erekosë. Me di cuenta de que sería mejor para mí convencerme de ello. Un hombre dividido entre dos identidades es un ser enfermo, y por ello resolví olvidar a John Daker lo antes posible. Dado que ahora era Erekosë, debía concentrarme en ser únicamente Erekosë. En este punto, era rotundamente fatalista.

Iolinda me acercó una bandeja de frutas.

—¿Quieres comer, lord Erekosë?

Escogí una fruta blanda y extraña, de piel amarilla y rojiza. La muchacha me tendió un pequeño cuchillo. Intenté pelar la fruta pero, al serme desconocida, no estaba seguro de por dónde empezar. Iolinda me quitó suavemente la fruta y el cuchillo y empezó a pelarla para mí, sentada en el borde de mi cama y concentrada, en mi opinión incluso excesivamente, en la fruta que sostenía.

Por fin, terminó de quitarle la piel y partió la fruta en cuatro trozos que colocó sobre un plato. Después me entregó éste, evitando todavía mirarme directamente, pero con una sonrisa algo misteriosa en los labios mientras rebuscaba a su alrededor. Tomé un pedazo de fruta y lo mordí. Tenía un sabor intenso y dulce, y resultaba muy refrescante.

—Gracias —musité—, es muy buena. Jamás había probado esta fruta hasta ahora.

—¿De veras? —respondió ella con auténtica sorpresa—. Pero si el
ecrex
es la fruta más común de Necranala.

—Olvidas que soy un extraño en Necranala—señalé.

La muchacha torció la cabeza hacia un costado y me miró con el ceño ligeramente torcido. Apartó el vaporoso velo azul que cubría su dorado cabello y se arregló la túnica azul a juego, con gestos algo nerviosos. Realmente, parecía un tanto confusa.

—Un extraño... —murmuró.

—En efecto, un extraño —asentí.

—Pero... —hizo una pausa—, pero tú eres el gran héroe de la humanidad, lord Erekosë, y has conocido Necranal cuando estaba en la cúspide de su gloria, cuando tú mandabas aquí como el Campeón. Tú has conocido la Tierra en tiempos remotos, cuando la liberaste de las cadenas con que la habían sometido los Eldren. Tú conoces más de este planeta que yo misma, Erekosë.

—Reconozco que muchas de las cosas que veo me resultan familiares, cada vez más familiares —asentí, encogiéndome de hombros—. Pero hasta ayer mi nombre era John Daker y vivía en una ciudad muy distinta de Necranal y mi ocupación no era la de guerrero ni nada parecido. No niego ser Erekosë, pues ese nombre me suena familiar y me siento cómodo con él, pero desconozco quién era antes Erekosë. Ignoro todo cuanto rodea a esa personalidad, sé menos de él que tú misma. Lo único que sé es que fue un gran héroe de otros tiempos que juró, antes de morir, que regresaría para decidir el conflicto entre los Eldren y la humanidad si era necesario. También sé que le enterraron en un sepulcro un tanto lóbrego sobre una colina, junto con su espada, que únicamente él podía blandir...

—La espada Kanajana—murmuró Iolinda.

—Así pues, tiene nombre...

—Sí. Kanajana. Es, creo, algo más que un nombre. Es una especie de descripción mística..., una descripción de su naturaleza exacta, de los poderes que contiene.

—¿Y existe alguna leyenda que explique por qué sólo yo puedo utilizarla? —le pregunté.

—No una, sino varias.

—¿Cuál de ellas prefieres? —dije con una sonrisa.

Entonces, por primera vez en toda la mañana, la muchacha me miró directamente a los ojos, bajó la voz y me dijo:

—Prefiero la que dice que tú eres el hijo predilecto del Benefactor, del Grande, que la tuya es una espada de los dioses y que puedes blandiría porque tú mismo eres un dios, un Inmortal.

—No creerás eso en serio, ¿verdad? —dije echándome a reír.

Iolinda volvió a bajar la mirada.

—Si tú me dices que eso no es cierto, tendré que creerte —respondió—. Por supuesto.

—Reconozco que me siento estupendamente —añadí entonces—, pero de eso a sentirse como debe sentirse un dios, hay un gran trecho. Además, creo que si fuera un dios lo sabría en mi fuero interno. Y conocería a otros dioses. Y viviría en el lugar donde moran los dioses. Y tendría a diosas entre mis amistades...

Me detuve. La muchacha parecía conturbada. Extendí la mano y la toqué mientras le decía suavemente:

—Pero quizá tengas razón. Quizá sea un dios, pues desde luego he tenido el privilegio de conocer a una diosa.

—Te estás burlando de mí, mi señor —replicó ella al tiempo que retiraba su mano.

—No, no. Lo juro.

Iolinda se puso en pie.

—Debo parecer una estúpida ante un señor tan lleno de grandeza como tú. Disculpa que te haya hecho perder el tiempo con mi charla.

—No me has hecho perder nada —repliqué—. En realidad, me has ayudado mucho.

La muchacha abrió la boca con aire sorprendido.

—¿Ayudado?

—Sí. Has llenado parte de ese pasado tan especial que llevo a mis espaldas. Todavía no recuerdo gran cosa de mi pasado como Erekosë, pero al menos ya sé tanto del mismo como cualquiera de los que me rodean, lo cual no es en absoluto una desventaja.

—Quizá los largos siglos que has pasado dormido han dejado tu mente libre de recuerdos —dijo ella.

—Quizás —asentí—. O quizá durante ese sueño han habido otros muchos recuerdos, nuevas experiencias, otras vidas...

—¿A qué te refieres?

—Bueno, tengo la impresión de haber sido otras muchas personas, además de ser Erekosë y John Daker. Otros nombres vienen a mi mente, nombres extraños en idiomas desconocidos. Tengo la vaga, y quizás estúpida sensación de que mientras dormía como Erekosë, mi espíritu adoptaba otras formas y nombres. Quizás ese espíritu no puede dormir, sino que debe permanecer siempre en actividad...

Me detuve. Estaba metiéndome en terrenos profundamente metafísicos, y la metafísica jamás había sido mi punto fuerte. En realidad, me consideraba un pragmático. Siempre me había burlado de ideas como la reencarnación, y todavía ahora me parecía algo poco serio, pese a la evidencia de la realidad en que me hallaba.

Sin embargo, Iolinda me instó a continuar lo que yo consideraba una especulación sin sentido.

—Sigue —dijo—. Continúa, por favor, lord Erekosë.

Aunque sólo fuera para tener junto a mí un rato más a la hermosa muchacha, hice lo que pedía.

—Verás —expliqué a Iolinda—, mientras tú y tu padre intentabais traerme aquí, creí recordar otras vidas distintas a las de ese Erekosë o de ese otro John Daker. Recordé confusamente otras civilizaciones..., aunque no sabría decirte si existían en el pasado o en el futuro. De hecho, la idea del pasado y el futuro me parece ahora sin sentido. No tengo idea, por ejemplo, de si esta civilización vuestra está en el «futuro» o en el «pasado» de mi existencia como John Daker. Sólo está aquí. Sólo estoy aquí y ahora. Hay ciertas cosas que tendré que hacer, y eso es lo único que puedo decir.

—Pero ¿y esas otras reencarnaciones? —dijo ella—. ¿Qué sabes de ellas?

Me encogí de hombros antes de responder.

—Nada. Estoy intentando describir una sensación difusa, no una impresión exacta. Unos cuantos nombres que ahora he olvidado. Un puñado de imágenes que ya casi se han desvanecido como suele suceder con los sueños. Y quizá jamás hayan sido otra cosa que eso, meros sueños. Quizá mi vida como John Daker, que también está empezando a difuminarse en mi mente, no haya sido tampoco más que un sueño. Desde luego, no sé nada de los entes y agentes sobrenaturales de que me han hablado tu padre y Katorn. No conozco a ningún «Azmobaana», a ningún dios ni a ningún Grande, a ningún demonio y tampoco a ángel alguno. Lo único que sé es que soy un hombre y que existo.

Una expresión seria cubría las facciones de la muchacha.

—Eso es cierto, eres un hombre y existes. Yo te he visto materializarte.

—Sí, pero ¿de dónde venía?

—De las Otras Regiones —dijo ella—. Del lugar donde van todos los grandes guerreros cuando mueren y donde van sus mujeres para reunirse con ellos y vivir juntos en un estado de eterna felicidad.

Volví a sonreír, pero reprimí rápidamente la sonrisa porque no deseaba ofender sus sentimientos. No recordaba en absoluto tal lugar.

—Yo sólo recuerdo luchas de todas clases. Si he estado en algún lugar distinto a éste, no ha sido en una tierra de felicidad eterna, sino en varias tierras, todas ellas envueltas en luchas eternas.

De pronto, me sentí triste y deprimido.

—Luchas eternas... —repetí con un suspiro.

Ella me contempló con aire conmiserativo.

—¿Crees que ése es tu destino, una lucha permanente contra los enemigos de la humanidad?

Fruncí el ceño antes de responder.

—No exactamente, pues me parece recordar ocasiones en que no era humano en el sentido que entenderías la palabra. Si poseo un espíritu que habita muchas formas distintas, como he dicho, entonces ha habido ocasiones en que ha habitado formas que eran... diferentes...

Rechacé mentalmente tal pensamiento, pues resultaba demasiado difícil de entender e intolerablemente aterrorizador. Noté la agitación que mis palabras causaban en Iolinda. La muchacha se levantó y me dirigió una mirada de incomprensión.

—No... no sería la de un...

—¿La de un Eldren? —completé su pregunta con una sonrisa—. No lo sé, pero no lo creo, pues ese nombre no me suena familiar en este aspecto.

La muchacha pareció bastante aliviada.

—Resulta tan difícil confiar... —murmuró con aire triste.

—¿Confiar en qué? ¿En las palabras?

—En cualquier cosa —respondió ella—. Una vez creí comprender el mundo, pero quizás era demasiado joven. Hoy no comprendo nada. No sé siquiera si seguiré con vida el próximo año.

—Yo diría que ese es un temor común a todos nosotros, a todos los mortales —dije con suavidad.

—¿Mortales? —repitió con una sonrisa carente de humor—. ¡Tú no eres un mortal, Erekosë!

Hasta aquel instante, no me había planteado tal posibilidad. Después de todo, había surgido a la existencia en aquel tiempo y lugar materializándome en el aire. Me eché a reír.

—Pronto sabremos si lo soy o no —murmuré—. Ya lo veremos cuando entremos en batalla con los Eldren.

En ese instante, un breve gemido escapó de los labios de Iolinda.

—¡Oh! —exclamó—. ¡No pienses así!

Se encaminó hacia la puerta, se detuvo y, volviéndose, añadió:

—¡Tú eres inmortal, Erekosë! ¡Eres invulnerable! ¡Eres..., eres eterno! Eres la única cosa de la que puedo estar segura, la única persona en quien puedo confiar. ¡No te rías! ¡No te burles más, te lo ruego!

Me quedé asombrado ante aquel estallido. Me habría levantado de la cama para abrazarla y consolarla, pero estaba desnudo bajo las sábanas. Era cierto que Iolinda ya me había visto desnudo cuando me materialicé en el sepulcro de Erekosë, pero no conocía suficientemente las costumbres de aquellas gentes como para saber si tal comportamiento la escandalizaría.

—Perdóname, Iolinda —murmuré—. No me había dado cuenta...

¿De qué no me había dado cuenta? ¿Del grado de inseguridad de la pobre muchacha, o de algo más profundo?

—No te vayas —le supliqué.

Ella se detuvo junto a la puerta. Se volvió hacia mí y vi lágrimas en sus enormes ojos.

—Tú eres eterno, Erekosë. Eres inmortal. ¡No puedes morir jamás!

No supe qué contestar.

Por lo que sabía, podía considerarme muerto en el primer encuentro con los Eldren.

De pronto, tuve plena conciencia de la responsabilidad que ahora tenía. Una responsabilidad no sólo para con aquella hermosa mujer, sino para con toda la raza humana. Tragué saliva profundamente y me recosté entre los cojines mientras Iolinda salía a toda prisa de la alcoba.

¿Estaba yo en condiciones de soportar aquella carga?

¿Deseaba soportarla?

No. No tenía una gran fe en mis propios poderes y no tenía razón alguna para creer que fueran superiores a, por ejemplo, los de Katorn. Éste era, después de todo, un guerrero mucho más experto en las batallas que yo, y tenía derecho a sentir cierto resentimiento contra mí. Se me había adjudicado su lugar y se le había privado de su poder y de una responsabilidad que él estaba preparado y dispuesto a llevar sobre sus hombros. Y, además, sin que yo hubiera demostrado el menor merecimiento. De pronto, comprendí el punto de vista de Katorn y sentí simpatía por él.

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