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Authors: Iain M. Banks

Tags: #Ciencia Ficción

El uso de las armas (42 page)

BOOK: El uso de las armas
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Lanzó otra patada hacia la cabeza de Mollen.

–¿Qué desea? –preguntó la caja.

Mollen logró esquivar la patada y se lanzó hacia adelante. Su cuerpo se deslizó por encima de la superficie de cemento, rodó sobre sí mismo y acabó irguiéndose en un solo movimiento.

Mollen tenía el cuello ensangrentado. Dio un par de pasos hacia él, se tambaleó, pareció recordar algo y empezó a meterse la mano derecha dentro de la chaqueta.

–Estoy aquí para ayudarle-dijo la caja.

Saltó hacia adelante y su puño chocó con la cabeza de Mollen cuando el hombretón empezaba a sacar una pistolita de su chaqueta. Estaba demasiado lejos para poder cogerla, por lo que giró sobre sí mismo y alzó una pierna. Su pie entró en contacto con el puño que sostenía el arma y lo hizo subir. El hombre de la cabellera canosa retrocedió poniendo cara de dolor y se frotó la muñeca.

–Me llamo Mollen. No puedo hablar.

Había albergado la esperanza de que su patada resultaría lo bastante fuerte para que Mollen soltara el arma, pero vio que la pistolita seguía entre sus dedos. Sabía que Beychae y Shiol estaban detrás de él, y se quedó inmóvil durante una fracción de segundo que Mollen aprovechó para apuntarle con el arma. Movió rápidamente el cuerpo primero a un lado y luego a otro. Mollen meneó la cabeza y su mano no tuvo más remedio que desplazarse siguiendo sus movimientos.

–Encantado de conocerle.

Saltó hacia adelante. Su objetivo eran las piernas de Mollen, y logró dar en el blanco.

–No, gracias. –Volvieron a caer sobre la cuneta–. Disculpe…

Alzó un puño e intentó asestar un nuevo golpe en la cabeza de Mollen.

–¿Podría decirme dónde estoy?

Pero Mollen rodó sobre sí mismo y el puñetazo sólo encontró el aire. Mollen se retorció y casi logró golpearle con la cabeza. Tuvo que agacharse, y se golpeó una sien contra las piedras de la cuneta.

–Sí, por favor.

Sintió que el interior de su cabeza se llenaba de luz. Desplegó los dedos de una mano, la movió hacia adelante en la dirección donde creía que estaban los ojos de Mollen y sintió que las puntas de sus dedos chocaban con algo blando que cedió enseguida. Mellen gritó.

–No puedo replicar a eso.

Se irguió apoyándose en las manos y los pies y pateó a Mollen con todas sus fuerzas.

–Gracias. –Su pie había dado de lleno en la cabeza de Mollen–. ¿Tendría la bondad de repetir eso?

Mollen rodó lentamente sobre sí mismo hasta caer en la cuneta y se quedó inmóvil.

–¿Qué hora es? ¿Qué hora es? ¿Qué hora es?

Le observó durante unos momentos y fue con paso tambaleante hacia la acera.

–Me llamo Mollen. ¿Puedo ayudarle en algo? No puede entrar ahí. Esto es propiedad privada. ¿Adonde cree que va? Alto o dispararé. El dinero carece de importancia. Tenemos amigos muy poderosos. ¿Podría indicarme dónde está el teléfono más próximo? Está bien, puta, tú lo has querido. ¿Qué te parece esto?

Dejó caer el tacón de una bota sobre el sintetizador vocal de Mollen.

–¡Graaaaap! El interior de esta máquina no contiene partes de interés paraelusu…

Otro taconazo silenció definitivamente a la caja.

Alzó los ojos hacia Beychae y vio que estaba encogido junto al vehículo. El anciano sostenía la cabeza de Ubrel Shiol sobre su regazo.

–¡Zakalwe, maldito loco! –gritó Beychae.

Se pasó las manos por la ropa para quitarse el polvo y volvió la mirada hacia el hotel.

–Tsoldrin –dijo con voz tranquila y firme–, esto es una emergencia.

–¿Qué has hecho? –gritó Beychae.

Tenía las pupilas muy dilatadas y el rostro tenso por una mezcla de emociones. Sus ojos fueron del cuerpo inerte de Shiol al de Mollen y se desviaron hacia los pies de la mujer que yacía inconsciente dentro del vehículo, con las flores del ramo esparcidas a su alrededor, para acabar volviendo a Shiol y posarse en los morados que ya estaban empezando a formarse sobre su cuello.

Observó durante unos momentos al anciano, alzó los ojos hacia el cielo y vio un puntito. Lanzó un suspiro de alivio y bajó nuevamente la mirada hacia Beychae.

–Iban a matarte –le dijo–. Me enviaron aquí para impedirlo. Tenemos que…

Hubo un ruido muy fuerte al otro lado de los edificios que se extendían alrededor del río y el Mercado de las Flores; un estallido seguido por una especie de silbido estridente. Los dos alzaron los ojos hacia el cielo. El puntito que era la cápsula fue aumentando rápidamente de tamaño y quedo envuelto en una flor de luz. El haz que terminaba en la aureola luminosa y que se originaba en un punto invisible oculto detrás de los edificios cercanos al Mercado de las Flores creaba la ilusión de que la flor tenía un tallo. La cápsula se abrió paso a través de la nube de incandescencia, pareció vibrar ligeramente y emitió una lanza de luz que siguió el mismo trayecto del haz que la había envuelto en aquella aureola.

El cielo se iluminó por encima del Mercado de las Flores. La carretera tembló debajo de sus pies y una detonación terrible pasó a toda velocidad sobre sus cabezas y rebotó en los riscos que había por encima de las pendientes de la ciudad volviendo hacia ella convertida en ecos.

–Disponíamos de un minuto antes de que fuera preciso partir –dijo mirando a Beychae.

El cilindro de oscuridad de cuatro metros de longitud que era la cápsula bajó del cielo y se posó sobre la superficie de la carretera. Las escotillas se abrieron. Fue corriendo hacia una de ellas, cogió un arma de gran tamaño y manipuló un par de controles.

–Ahora ya no tenemos tiempo…

–¡Zakalwe! –exclamó Beychae. Parecía haber recobrado el control de su voz–, ¿Te has vuelto loco?

Un ruido terrible mezcla de alarido y chirriar metálico resonó por encima de la ciudad. Los dos alzaron los ojos para contemplar una silueta de contornos ahusados que venía hacia ellos descendiendo a toda velocidad.

Se puso delante de Beychae y escupió sobre la cuneta. Alzó el rifle de plasma, apuntó el cañón hacia el punto que se aproximaba y disparó.

El haz luminoso brotó del arma y voló hacia el cielo. La aeronave empezó a echar humo, se desvió del rumbo que la habría llevado hasta donde estaban y fue dejando detrás de ella una espiral de escombros para acabar estrellándose en algún lugar del desfiladero con un zumbido estridente que se convirtió en trueno. Los ecos del impacto pudieron oírse por toda la ciudad.

Volvió la cabeza hacia el anciano.

–¿Qué me habías preguntado?

V

L
a tela negra del techo de la tienda estaba a medio metro de su cabeza, pero no le impedía ver el cielo que se extendía al otro lado. El cielo tenía el azul intenso y límpido del día y hacía sol, pero él podía ver a través de aquel azul engañoso y sabía que el cielo también estaba negro, y que más allá de esa capa de color había una oscuridad mucho más profunda que la que reinaba dentro de la tienda, una oscuridad en la que ardían los soles dispersos, y los soles eran puntitos de claridad tan diminutos como luciérnagas perdidos en las frías tinieblas de las calles desiertas.

Una oscura cosecha de estrellas se inclinó sobre él y le cogió delicadamente entre sus dedos inmensos llevándoselo como si fuera una fruta exótica que por fin había madurado. Estar encerrado dentro de aquella prisión inmensa hizo que se sintiera delirantemente cuerdo, y se dio cuenta de que le bastaría con esperar unos momentos para comprenderlo todo –la comprensión podía llegar en cualquier instante, y sólo exigiría el más impalpable de los esfuerzos–, pero también era consciente de que no la deseaba. Tuvo la sensación de que una maquinaria impresionante eternamente oculta bajo la superficie del universo y cuyo poder era capaz de hacer vibrar toda la galaxia había logrado establecer una conexión con su pobre persona y que le había investido con su poder.

Estaba sentado dentro de la tienda. Tenía las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Llevaba varios días inmóvil en esa postura. Vestía una de las túnicas muy holgadas que usaban los nómadas. Su uniforme estaba pulcramente doblado a un metro de su espalda. Llevaba el cabello muy corto; la piel de su rostro estaba empezando a quedar cubierta por la barba y la capa de sudor que lo recubría brillaba suavemente en la penumbra. Había momentos en los que creía estar fuera de sí mismo contemplando el cuerpo sentado sobre los almohadones bajo la lona oscura de la tienda. Los pelitos negros que se iban abriendo paso a través de su piel hacían que su rostro pareciera aún más moreno que de costumbre, pero los reflejos de las lámparas y los rayos de sol que entraban por el agujero para la salida de humos que había en el techo arrancaban destellos a la capa de sudor y casi compensaban ese oscurecimiento de la piel. Esa simbiosis de adversarios enzarzados en una competición que creaba una situación de tablas le divertía. Sabía que acabaría volviendo a su cuerpo o que se alejaría todavía más, y también sabía que ocurriera lo que ocurriese tendría la sensación de que el desenlace era el adecuado y que encajaba con el gran plan oculto en el núcleo de todas las cosas.

La tienda estaba muy oscura y la atmósfera del interior era al mismo tiempo rancia y aromática. Podía oler los vapores del incienso y la fragancia del perfume que la habían ido impregnando. Todo era agradable, blando y recargado. Los tapices que colgaban de las paredes eran muy gruesos y estaban repletos de colores y bordados hechos con hilos de metales preciosos, la alfombra que cubría el suelo se amontonaba sobre sí misma imitando a un campo de espigas doradas y los almohadones perfumados y las colchas que invitaban a la inmovilidad y la inacción creaban un paisaje fabuloso que se extendía bajo la oscura lámina del techo. Los incensarios dejaban escapar perezosas hilachas de vapor; los braserillos para combatir el frío de la noche estaban apagados y los cálices de cristal, recipientes para guardar las hojas de los sueños, cajitas enjoyadas y libros adornados con metales y piedras preciosas yacían dispersos sobre el ondulante paisaje de tela como si fuesen templos iridiscentes edificados sobre las llanuras.

Mentiras… La tienda estaba vacía y su trasero reposaba sobre un saco relleno de paja.

La chica le vio moverse y pensó que el movimiento resultaba casi hipnótico. Al principio apenas si era perceptible, pero bastaba con que lo hubieras captado para que se convirtiera en algo imposible de pasar por alto, y cuando los ojos se habían acostumbrado a él no tardaban en hallarlo fascinante. El movimiento se originaba en la cintura y se iba transmitiendo a la cabeza haciéndole trazar un círculo de diámetro no muy amplio. Los giros no eran ni rápidos ni lentos, y le recordaban las perezosas contorsiones del humo cuando se dirigía hacia el agujero que había en el techo de una tienda. El movimiento de los ojos del hombre casi parecía una especie de compensación a esa agitación tan sutil como incesante, y sus pupilas siempre estaban cambiando de posición detrás de la cortina entre marrón y rosada de los párpados.

La tienda era lo bastante alta para que la chica pudiera ponerse en pie dentro de ella y se alzaba en una encrucijada del desierto, allí donde se encontraban dos de los caminos que cruzaban el mar de arena. Hubo un tiempo muy lejano en el que aquella encrucijada debió de albergar un pueblo o quizá incluso una ciudad, pero ahora el agua más próxima se encontraba a tres días de distancia yendo a caballo. La tienda llevaba cuatro días allí y quizá siguiera en la encrucijada dos o tres más, pero eso dependería del tiempo que el hombre siguiera sumido en el sopor provocado por las hojas del sueño. La chica cogió una jarra de una bandejita y llenó una copa con el agua que contenía. Fue hacia el hombre y acercó la copa a su boca colocando una mano debajo de su mentón mientras inclinaba la copa junto a sus labios.

El hombre bebió sin interrumpir sus movimientos y apartó el rostro después de haber bebido la mitad del agua que había en la copa. La chica cogió un paño limpio y lo pasó por su rostro para secarle el sudor.

«Elegido –se dijo a sí mismo–. Elegido, Elegido, Elegido…» El camino había sido largo y había acabado llevándole hasta un lugar muy extraño. Había guiado al Elegido a través del polvo y las tribus locas de los páramos hasta las verdes praderas y los pináculos relucientes del Palacio Perfumado que se alzaba sobre los riscos. Ahora estaba disfrutando de su pequeña recompensa.

La tienda se encuentra en una encrucijada de dos rutas comerciales con la negrura del exterior vuelta hacia dentro para soportar mejor los rigores de la estación, y dentro de la tienda hay un hombre, un soldado que ha combatido en tantas guerras que ya ha olvidado la cifra exacta y que ha sufrido cicatrices y heridas y fracturas y se ha curado y ha sido herido y se ha curado y ha sido reparado hasta dejarle como nuevo…, y por una vez ese hombre ha decidido bajar la guardia y entregar su mente a una droga de salvajes y su cuerpo al cuidado y la protección de una joven.

La chica cuyo nombre ignoraba se encargaría de acercar el agua a sus labios y el paño mojado a su frente. El hombre recordaba unas fiebres sufridas hacía más de cien años a más de mil años de distancia y las manos frescas y amables de otra chica que le habían acariciado y consolado cuando su cuerpo ardía. Podía oír a las aves que se llamaban las unas a las otras en los jardines que rodeaban la gran casa que se encontraba en la propiedad acunada por la gran curva del río, y aquel lugar era un enclave de paz perdido en el lívido paisaje de sus recuerdos.

La droga fluía por el interior de su mente trenzando y desanudando los recuerdos y los pensamientos, creando una corriente de orden regido por el azar envuelta en la pesadez del cansancio y el sopor. (Recordaba un banco de piedra en una orilla del río donde el continuo deslizarse de la corriente había ido acumulando arena, tierra, gravilla, guijarros y rocas en una progresión lineal de tamaño y peso, ordenando la elementalidad de la piedra mediante su incansable peso líquido hasta formar una curva tan perfecta que hacía pensar en el trazado de un gráfico.)

La chica le observaba y esperaba. El desconocido había tomado la droga como si fuera uno de los hombres de su pueblo y parecía haberse entregado a su influencia sin alterarse en lo más mínimo, y eso hacía que la chica pudiera observarle con la misma calma impasible que se había adueñado de él. Albergaba la esperanza de que fuese un hombre tan excepcional como daba la impresión de serlo y no un hombre corriente, pues eso significaría que el pueblo nómada en cuyo seno había nacido no era la estirpe de fortaleza incomparable que creía ser.

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