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Authors: Gregory Benford

Tags: #Ciencia ficción, #spanish

A través del mar de soles (6 page)

Ya habían pasado seis años desde que aparecieron los primeros signos de los extraterrestres. Cada año aumentaban los buques que se iban a pique, con el casco perforado en alta mar y sin protección desde el aire. Las naves pequeñas, pesqueros y similares, habían sido los primeros. Eso no cambiaba mucho las cosas. Después los Pululantes se multiplicaron y empezaron a irse al fondo los buques de carga. El comercio en alta mar se hacía imposible.

Por esa época los oceanógrafos y biólogos dijeron que estaban empezando a comprender el apareamiento de los Pululantes y los métodos de ataque. Resultaba un trabajo lento. Estudiarlos en alta mar era peligroso. Al ser capturados se golpeaban contra las paredes de los contenedores hasta quebrarse los prominentes huesos de la frente y se clavaban astillas en el cerebro.

Posteriormente, los Pululantes comenzaron a hacerse con buques más grandes. Hallaron un medio de congregarse y perforaron incluso el casco de los grandes superpetroleros.

Por entonces también los oceanógrafos estaban pereciendo, en sus navíos de investigación con el casco reforzado. Los Pululantes podían hundir cualquier cosa y nadie acertaba a explicar cómo habían aprendido a modificar sus tácticas. En verdad, tales seres no poseían cerebros particularmente grandes.

Hubo informes sobre Pululantes de extraña apariencia, sobre algunos que se alejaban del grupo, sobre voluminosos Pululantes que podían mandar a pique una nave en cuestión de minutos. Luego llegaron fotografías de un espécimen totalmente nuevo, los Espumeantes, que brincaban y se zambullían y eran de menor tamaño que los Pululantes. Los especímenes habían sido muertos por robosondas, en profundidades por debajo de las doscientas brazas, donde nunca habían sido vistos los Pululantes.

En aquella época el único medio que tenían los hombres de estudiar a los Pululantes eran las estaciones automáticas y los cazadores. Los grandes buques de carga no podían navegar con seguridad. El petróleo no salía del Antartico, ni de China, ni de las Américas. El trigo se quedaba en las naciones agrícolas. La intrincada economía del mundo se desplomó.

Warren se encontraba sin empleo y bloqueado en el caos de Tokio. Su mujer le había dejado años atrás y no tenía ningún sitio en concreto a donde ir. Cuando el
Manamix
anunció que tenía planchas especiales en el casco y defensas de cubierta, se contrató en un fondeadero. La paga era buena y no había ninguna otra faena marítima en parte alguna. Podía haberse enrolado en las embarcaciones ligeras que cruzaban los estrechos de Taiwán o en dirección a Corea, pero esos buques no precisaban ingenieros. Si se les averiaban las máquinas estaban acabados antes de que pudiera hacerse ninguna reparación, porque los estruendosos motores siempre reunían a los Pululantes en torno a su estela.

Warren era ingeniero y deseaba aferrarse a lo que conocía. Había trabajado duro por ese rango. Las pesadas planchas de las bodegas de proa y popa le habían parecido resistentes. Pero se combaron en media hora.

Rosa aguantó bien al principio. No vieron a ningún otro superviviente del
Manamix.
Cogieron más pecios y troncos y los unieron con cuerdas. Flotando con la madera hallaron un carrete de alambre y una barandilla de aluminio. Sujetó la barandilla con clavos y construyeron un cobertizo para protegerse del sol.

Al principio fueron a la deriva hacia el norte. Luego la corriente cambió y les llevó al este. Se preguntaba si el plan de rescate tomaría aquella circunstancia en consideración y daría con ellos. Una noche tomó a Rosa, con una fortaleza y una confianza que no había sentido, desde hacía años, con su esposa. Le sorprendió.

Comieron de las latas de provisiones. Él utilizó algunos restos como cebo y capturó varios peces, pero eran pequeños. Ella conocía un método para dar tirantez y elasticidad al sedal. Él lo utilizó para hacer un arco y flechas y resultó lo bastante certero como para alcanzar a los peces si se aproximaban.

Empezó a acabárseles el agua. Rosa guardaba las reservas bajo el cobertizo y Warren descubrió a los siete días que casi no quedaba agua. Ella había estado bebiendo más de lo que le correspondía.

—He tenido que hacerlo —repuso, apartándose de él y agazapándose—. No puedo soportarlo. Me... me pongo tan enferma. Y el sol, es demasiado caluroso. Sólo...

Quiso contenerse pero no pudo y la golpeó varias veces. No le aportó ninguna satisfacción.

Rosa permaneció acurrucada a lo largo de la tarde y Warren yació bajo el cobertizo, meditando. Encontró una especie de descanso en los fríos y ordenados límites del problema. Se acuclilló sobre un madero meciéndose con el oleaje y, en su fuero interno, donde había llegado a habitar más y más en los últimos años, el mundo no era únicamente el gorgoteo y el ímpetu de las olas y la quemadura aguda de la sal y el sol. En el interior estaban los libros y los diagramas y las cosas que había conocido. Se debatió por aunarlos.

Química. Practicó una pequeña hendidura en una tapadera de goma de una lata de agua y la hundió en el mar con un sedal largo.

Las aguas mas profundas eran frías. Izó la lata y la metió dentro de una mayor. Restalló como un tapón de champaña. El agua formó gotas en la superficie de la lata pequeña. La grande las contuvo. El agua contenida en esta lata no tenía sal, pero era escasa.

Al cabo de nueve días se terminó el agua. Rosa lloró. Warren trató de hallar un medio mejor de hacer la condensación, pero no disponían de muchas latas. La producción no excedía de un trago por día.

Ese mismo día por la tarde Rosa le golpeó súbitamente y se puso a gritarle improperios. Dijo que él era marinero y debía conseguir agua y llevarles a tierra y que, cuando fueran recogidos finalmente, le contaría a todo el mundo cuan pésimo marinero era él y cómo habían estado a las puertas de la muerte, porque no sabía hallar la tierra.

La dejó desahogarse y se mantuvo a distancia. Si le arañaba con sus largas uñas la herida se curaría mal y de nada servía correr el riesgo. Llevaban ya mucho tiempo sin coger un pez en los sedales y se estaban debilitando. El esfuerzo de subir latas desde el fondo le hacía temblar los brazos.

El mar se encrespó al día siguiente. La balsa crujía, elevándose indolentemente y cabeceando con fuerza. Las olas los bañaban una y otra vez, por lo que era imposible dormir o siquiera descansar. Al ocaso, Warren descubrió gelatinosos caballitos de mar tan grandes como una uña del pulgar cabalgando en la espuma que saltaba sobre la balsa. Los miró e intentó recordar lo que había aprendido de biología.

Si empezaban a beber cualquier cosa con un alto contenido de sal el final llegaría deprisa. Pero tenían que tomar algo. Se puso unos cuantos en la lengua, para probar, y esperó a que se disolvieran. Eran salobres y sabían a pescado, aunque parecían menos salobres que el agua de mar. La fría humedad le resultó adecuada y su garganta le dio la bienvenida. Habló con Rosa, se los mostró y recogieron puñados de caballitos de mar hasta el anochecer.

Al undécimo día no quedaba ningún caballito de mar y el sol les hostigaba. Rosa había confeccionado sombreros, usando trapos procedentes del naufragio. Eran una ayuda en lo más riguroso de la jornada, pero para dejar pasar las horas, Warren tenía que sentarse con los ojos cerrados bajo el cobertizo, afanándose cautelosamente por los vericuetos accesibles de su mente.

La tentación de beber agua de mar le acuciaba, inundaba los lugares despejados de su interior a los que se había retirado. Mantuvo ante sí la cadena de los acontecimientos para seguir incólume.

Si bebía agua de mar ingeriría una cantidad de sal disuelta. El cuerpo no necesitaba mucha sal, así pues tenía que deshacerse de la mayor parte de la que tomaba. Los riñones absorberían la sal de su sangre y la secretarían. Pero llevar esto a cabo requería agua pura, al menos medio litro diario.

Las olas bullían ante él y sintió el bamboleo de la cubierta e hizo de ello un sonsonete.

Bebe medio litro de agua de mar al día. El cuerpo lo convierte en unos veinte centímetros cúbicos de agua pura.

Pero los riñones necesitan más para procesar la sal. Reaccionan. Toman agua de los tejidos del cuerpo.

El cuerpo se seca. La lengua se vuelve negra. Náusea. Fiebre. Muerte.

Se quedó allí durante horas recitándolo, puliéndolo hasta unas cuantas palabras clave, perfeccionándolo. Se lo contó a Rosa y ella no lo entendió, pero daba igual.

En la larga tarde entrecerró, los ojos ante el resplandor y el mundo se convirtió en un universo de sonidos. Por encima del murmullo del mar le llegó el tintineo de las latas y el batir de las olas contra la parte inferior de la balsa. Luego se produjo un ruido sordo. Miró a estribor. Un rizo en el agua. Rosa se incorporó. Él le indicó silencio. Las tablas y los troncos entrechocaron y nuevamente se dejó oír el sordo ruido.

Había escuchado antes el golpeteo de los delfines bajo la balsa y ésta no era su juguetona retahíla de tabaleos. Warren salió arrastrándose del cobertizo hasta el fulgor amarillo del sol. De pronto, una gran silueta verde emergió rodando sobre la panza, mirándoles con un ojo desorbitado. Su boca era como un tajo en la obtusa faz. Los dientes eran finos y aguzados.

Rosa gritó aterrorizada y el Pululante pareció oírla. Rodeó la balsa, siguiendo la torpe retirada de la mujer. Rosa gritó y se movió más deprisa, pero el ser sacudió la cola y se mantuvo a su altura.

La concentración de Warren se redujo a un problema crucial que incluía al Pululante y sus rodeos y la cerrada geometría de la balsa. Si lo dejaban venir cuando quisiera arremetería contra la balsa, les haría perder el equilibrio y tendría una buena oportunidad de hacerles caer al agua o de destrozar la balsa.

La forma verdosa se giró y se zambulló por debajo de la balsa.

— ¡Rosa! —Se arrancó la camisa—. ¡Escucha! Agítala en el agua junto al costado. — Sumergió la camisa, acuclillado en el borde—. Así.

Ella retrocedió.

—Yo... pero... no, yo...

— ¡Maldita sea! Lo detendré antes de que te alcance.

Ella le miró boquiabierta y el Pululante salió a la superficie en el extremo opuesto de la balsa. Se volteó pausadamente, como si tuviera problemas para entender cómo atacar algo de mucho menos tamaño que una nave, y atacarlo solo.

Rosa cogió la camisa con grandes dudas. La alentó y ella se inclinó meneándola por una punta con el oleaje.

—Bien.

Warren sacó la basta flecha que había hecho con una astilla de un centímetro de grosor proveniente del bote salvavidas del
Manamix.
La había afilado y le había colocado un clavo en la cabeza. Insertó la flecha en el cordaje de goma y la comprobó. La flecha tenía un surco y no volaba muy recta. Valía para poco más que para pescar.

Entornó los ojos ante el resplandor y escrutó las someras depresiones entre las olas. El mar bullía y se rizó allí donde el ser acababa de desaparecer. Warren estimó que ya les había evaluado y que volvería surcando las azules sombras de debajo de la balsa, trazando un círculo para dar la pasada final. No vería la camisa hasta que se girase y eso lo haría emerger cerca de donde Warren se hallaba ahora, entre su camino y Rosa. Tiró hacia atrás de la flecha en ágil ademán, observando, escudriñando...

Rosa vio primero la forma difusa. Sacó los jirones del agua de un tirón. Warren vio algo que se abalanzaba, que parecía ascender desde el fondo mismo del océano, captando las bandas refractadas de luz de las olas.

Rosa chilló y retrocedió. El morro afloró, la boca como una raja les sonrió torvamente y Warren soltó la flecha,
zunk
, y siguió su avance, corriendo a gatas. El ser tenía la flecha bajo las agallas y los grandes repliegues de carne verde se hincharon y ensancharon en espasmos cuando volteó a un lado.

Warren intentó agarrar el sedal de la flecha y falló.

— ¡Coge el extremo! —gritó. La flecha era suficiente para aturdir al Pululante, pero nada más. El ser estaba conmocionado con el clavo bien hundido, pero Warren deseaba ahora algo más que el simple hecho de darle muerte, y chapoteó parcialmente fuera de la balsa para asir el morro y tirar de él hacia adentro. Cogió la resbaladiza aleta ventral azul. La boca del animal chasqueó. Se revolvió y Warren utilizó el movimiento para remolcarlo hacia la balsa. Giró sobre sí mismo, la madera se le hincó en la cadera pero afianzó parte del cuerpo sobre la cubierta. Rosa, a su vez, cogió una aleta y tiró. Él se sirvió del bamboleo de la balsa y de su peso para voltear al ser sobre el costado. Éste arqueó el lomo, retorciéndose para hacer palanca y así volver a lanzarse por la borda. Warren había sacado el cuchillo y, cuando el ser se escurría de él, hundió la hoja, sacando los blandos tejidos del flanco y abriéndolo en canal hasta la columna. Warren acuchillaba el cuerpo, sintiendo cómo se crispaba en agonía. Luego éste se enderezó y pareció empequeñecerse.

Ambos retrocedieron y contemplaron el verde cuerpo escamoso de tres metros de largo.

Su peso hizo que la balsa se escorara y virase en el oleaje.

Algo viscoso estaba empezando a manar del largo tajo. Warren fue a por una lata y recogió la sustancia. Era un fluido ligero, de un amarillo pálido. No oyó los gimoteos de Rosa, aproximándose trastabillando cuando él se llevó la lata a los labios.

Paladeó su frío sabor, ligeramente acre, por un instante. Abrió la boca para ingerirlo. Ella le arrebató la lata de las manos de un golpe y ésta repiqueteó en la cubierta.

Su puñetazo la hincó de rodillas.

— ¿Por qué? —chilló—. ¿Qué te importa...?

—Está mal —balbució ella—. Repulsivo. No son... no son normales... para... para comérselos.

— ¿Quieres beber? ¿Quieres vivir? Ella sacudió la cabeza, parpadeando.

—No... ¡ah!, sí, pero... no eso. Tal vez...

La miró fríamente y ella se apartó. La carcasa estaba goteando. La apoyó en cuña contra un tronco y sujetó latas debajo. Se bebió la primera lata llena, y la segunda. Con la muerte, las aletas dorsal y ventral quedaron fláccidas. En el agua las había visto cobrar envergadura como alas. La abultada caja craneana y los ojos prominentes parecían fuera de lugar, incluso en la extraña cara de formas aplastadas. El resto del cuerpo era liso como el de un gran pez. Había oído decir a alguien que la evolución había instigado los mismos contornos delgados a cualquier ser veloz que habitase en el océano, incluso a los submarinos.

El Pululante tenía extensiones escamosas en torno a las aletas delanteras y en cada aleta ventral. La piel parecía estar tornándose gruesa y dura. Warren no recordaba haberlo visto en las fotografías de los muertos, aunque tampoco habían dicho nada los artículos y películas sobre los Pululantes exploradores hasta hacía un año. Continuaban cambiando.

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