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Authors: Patricio Sturlese

El inquisidor (55 page)

Las doce tribus de Israel acabarán con el Nazareno.

Los doce Apóstoles serán su perdición.

La primera frase se refiere al Necronomicón, pues él es el instrumento para terminar con el Cristianismo. Darko tenía que localizar en él doce párrafos que contuvieran los doce nombres de las tribus de Israel. Así ha obtenido parte de los doce conjuros. Para completarlos tenía que acudir al Codex, «el que señalará su perdición», y encontrar en él doce párrafos en los que estuvieran los nombres de los doce apóstoles. Ya tiene los doce textos que completan los extraídos del
Necronomicón
. Y la correspondencia entre ambos no es difícil de decidir. Ni para un brujo, ni para un teólogo, ni para un masón.

Desde que la Cristiandad antigua construyera las primeras iglesias, la imagen de Jesucristo en majestad rodeado por los doce apóstoles es representación del cosmos, del orden y la estabilidad del Universo. Pero los astrólogos tuvieron otra interpretación: Nuestro Señor es el Sol alrededor del que discurren las constelaciones, representadas por los doce signos del zodíaco, elementos paganos que jamás fueron admitidos en la enseñanza eclesial. Ese orden astrológico fue perseguido y condenado. Pero no eliminado, y el significado perduró, aunque en las sombras de la herejía. Cada apóstol es asociado a un signo y a su virtud, que no es otra cosa que una manifestación parcial de Dios. Así, las estrellas pueden seguir su curso sometidas a la voluntad del Señor. Doce apóstoles, doce signos del zodíaco, también doce tribus de Israel, una fusión perfecta de cristianismo, judaismo y astrología. Para Darko, estos esquemas gnósticos son la guía que le permite unir los fragmentos de ambos libros:

—Aquí está —murmura—, tan oscuro como las tinieblas y tan claro como agua cristalina. ¡Satanás os guarde, mis ancestros! ¡La clave para devastar la Iglesia está naciendo ante mis ojos!.

El orden en el que los conjuros deben ser pronunciados tampoco es un misterio para él pues lo marca la sucesión de los signos en el año. Pero algo falta... Pues si el doce es el número del orden cósmico, doce conjuros no pueden abrir la puerta al caos. Hace falta un paso más, un conjuro final, el conjuro número trece. El paso que romperá el orden está dado por el conjuro olvidado, el conjuro oscuro, el que corresponde a Judas Iscariote, el discípulo borrado, que más tarde fue reemplazado por Matías.

Darko lee la última página del Codex, y encuentra un extraño pasaje dedicado a Judas el traidor; dice:

Escribe sin aliento las palabras de los doce, señálalas con cinco puntas y la puerta se abrirá en la conjunción del dos con el dos.

El conjuro de Judas es la clave para obtener la fecha propicia más cercana en la que se dan las condiciones idóneas para abrir la puerta del Caos. Darko observa el destello de las velas y sonríe. Los doce versos satánicos han nacido y él ya sabe cómo abrirlos.

Ya nadie puede detenerlo.

Ha vencido al Papa. Ha vencido a la Iglesia.

En ese momento una gota de sangre cae de la garganta del chivo sacrificado y recorre la mejilla de la Madre de Dios.

La daga recorre la oscuridad y se para justo en su nuca. Las velas iluminan el oráculo, mas la penumbra es suficiente para que alguien muy sigiloso y conocedor de su oficio sea capaz de sorprender al brujo.

Darko se vuelve y contempla con ojos serenos a su asaltante. El puñal se desliza desde su nuca hasta su garganta y allí se detiene, con una débil presión que es una advertencia. El Gran Maestro suelta la pluma y derrama el tintero.

—Las puertas del infierno no podrán con los apóstoles —susurra el asaltante—. Bien, es hora de que veamos de qué trata este misterio...

El Gran Brujo suplica con el frío metal sobre su garganta.

—Os ruego que no me matéis. Todavía no he completado mi labor, aunque apenas me queda trabajo. Lleváoslos, podéis cogerlos si queréis. Pero los versos aún están en blanco...

—No. Acabad primero vuestro trabajo y luego ya veremos... —susurra el intruso.

—¿Me estáis proponiendo un trato? —replica Darko, sorprendido.

Hay un silencio. El intruso sólo observa las velas que arden en la cripta blasfema del brujo. Y Darko no vacila. Sabe perfectamente que se encuentra ante un asesino implacable, que ha sabido encontrarle y que ahora le domina con la ley milenaria del hierro afilado.

Giulio Battista Évola se vuelve hacia el brujo, lo mira fijamente. Aún herido y vehemente, el benedictino sonríe deformando su rostro en una mueca espantosa. El Gran Brujo tiembla, aterrado.

La gárgola de Cristo ha llegado.

Agradecimientos

La obra es de mi responsabilidad.

Con ellos comparto lo bueno.

A mi maestro.

A Mima, por llevarme a tantos lugares a los que jamás hubiese llegado con mis propios pies. A Willy e Iván, por todas aquellas historias, por el interés permanente y nuestras eternas charlas de café. A Lucas. A los historiadores y teólogos jesuitas Daniel Miño y Hugo Pisana. A Alvaro Bertoni (q.e.p.d.), que me enseñó lo más preciado de Genova, quien planificó las mil y una conquistas de los ducados italianos, quien se despidió con un abrazo. A los misioneros Redentoristas de Bella Vista, por atenderme y facilitarme su biblioteca. A Lidia, por ese optimismo cuando aún la escritura me acosaba. A Alicia Fernández, por ese libro. Al teólogo e historiador salesiano Alberto Capboscq, por su ayuda en la lectura, correcciones y traducciones del griego. A Jorge, Mariano, Coco y Alejo, lectores desde un comienzo. A Alicia Delbosco. A Verónica Trentini, por los textos en italiano sobre la Inquisición. A Juan Grasset. A la sociedad italiana de San Miguel. A Anita. A Hernán, por sus libros. A Jorge Ferro y Juan Fuentes, por su ayuda en latín tardío. A amigos escalabrinianos de México, Haití, Brasil, Paraguay y Uruguay. A los vicentinos. A Nacho y a Humbi, jesuitas. A Osvaldito, por la filosofía que encontré en su bar y los raccontos inolvidables sobre el viejo cine checoslovaco. A Guadalupe. A Rut Beresovsky, por sus correcciones y atención personal. Al colegio Máximo de San José, por permitirme la divulgación de esta obra en la biblioteca teológica más grande de Sudamérica. A Guillermo Muzzio (q.e.p.d.) por interesarse en el borrador de esta novela. A Matteo y Sara, por seguirme desde Genova hasta los castillos medievales del Valle de Aosta. A Daniela Rinaldi, por su interés en mis ideas. A los bosques cargados y oscuros de Bella Vista. A Chuck Schuldiner (q.e.p.d.), por enseñarme que hay genios ignotos y ocultos en este mundo; a Chuck toda mi admiración y respeto.

A vos, Claudia.

Este libro fué escrito entre el 2 de Abril de 2001 y el 23 de Octubre de 2003. A las 20.17 horas de un templado anochecer de jueves, despejado y estrellado, con la inconfundible constelación de Escorpio sobre poniente, doy por finalizada esta mi segunda novela a la que he bautizado
EL inquisidor

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