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Authors: Gary Jennings

Tags: #Histórico

Azteca (3 page)

Y ella dijo: «Siete Flor, tu deber más importante es dar a beber al sol la sangre de tus enemigos y alimentar la tierra con los cadáveres de tus oponentes. Si tu
tonali
es fuerte, estarás por muy poco tiempo con nosotros y en este lugar. Tu verdadero hogar estará en la tierra de nuestro dios-sol Tonatíu».

Y ella dijo: «Siete Flor, si tú creces hasta morir como un
xochimiqui
, uno de los muy afortunados que alcanzan el mérito suficiente de tener una Muerte Florida, en la guerra o en el sacrificio, vivirás otra vez, eternamente feliz en Tonatiucan, el otro mundo del sol y servirás a Tonatíu por siempre y para siempre y te regocijarás en su servicio».

Puedo ver recular a Su Ilustrísima. Yo también lo habría hecho si entonces hubiera podido comprender esa triste bienvenida a este mundo, o las palabras que después pronunciaron nuestros
capulí
, vecinos y parientes, que apretujándose en la pequeña estancia habían venido a ver al recién nacido. Cada uno de ellos, inclinándose hacia mí, dijo el saludo tradicional: «Has venido a sufrir. A sufrir y a perseverar». Si todos los recién nacidos pudieran entender este saludo se retorcerían dolientes, volviéndose hacia la matriz, consumiéndose en ella como una semilla.

No hay duda de que venimos a este mundo a sufrir y a perseverar. ¿Qué ser humano no lo ha hecho? Sin embargo, las palabras de la comadrona acerca de ser guerrero y sobre el sacrificio, no eran más que la repetición del canto del
censontli
. Yo he escuchado otras muchas arengas tan edificantes como ésas, de mi padre, de mis maestros, de nuestros sacerdotes y de los suyos, todas ellas ecos insensatos de lo que a su vez ellos escucharon de generaciones pasadas a través de los años. Por mi parte, he llegado a creer que los que murieron hace mucho tiempo no eran en vida más sabios que nosotros, y que con sus muertes no añadieron ningún lustre a su sabiduría. Las palabras pomposas de los muertos siempre las he considerado, como nosotros decimos
yca mapilxocóitl
, con mi dedito meñique, o como ustedes dicen: «como un granito de sal».

Crecemos y miramos hacia abajo, envejecemos y miramos hacia atrás.
Ayyo
, pero qué era ser un niño… ¡ser un niño! Tener todos los caminos y los días ensanchados a lo lejos, adelante, hacia arriba. Todavía ninguno de ellos desperdiciado, perdido o del que podernos arrepentir. Todo era nuevo y novedoso en el mundo, como una vez lo fue para nuestro Señor Ometecutli y nuestra Señora Omecíhuatl, la Primera Pareja, los primeros seres de toda la creación.

Sin ningún esfuerzo recuerdo los sonidos recogidos en mi memoria, que llegan otra vez nebulosamente a mis oídos envejecidos. Los sonidos que escuchaba al amanecer en nuestra isla de Xaltocan. Muchas veces me despertó el reclamo del Pájaro Tempranero, Papan, gritando sus cuatro notas: «¡Papaquiqui!, ¡papaquiqui!», invitando al mundo a «¡elevarse, cantar, danzar, ser feliz!». Otras veces me despertaba un sonido todavía más temprano; era mi madre moliendo el maíz en el
métlatl
de piedra, torteando y dando forma a la masa del maíz, para luego convertirla en los grandes panes delgados y redondos, los deliciosos
tlaxcali
, que ustedes conocen por tortillas. Incluso hubo mañanas en que me desperté más temprano que todos, con excepción de los sacerdotes del dios-sol Tonatíu. Acostado en la oscuridad los podía escuchar soplando las caracolas marinas, que emitían balidos roncos y ásperos, en lo alto del templo de la modesta pirámide de nuestra isla, en el momento en que quemaban el incienso y cortaban ritualmente el pescuezo de una codorniz (porque esta ave está moteada como una noche estrellada) y cantaban en un rítmico son a su dios: «Ve como la noche ha muerto. Ven ahora y muéstranos tu obra bondadosa, oh joya única, oh encumbrada águila, ven ahora a alumbrar y a dar calor al Único Mundo…».

Sin ningún esfuerzo, sin ninguna dificultad, recuerdo los mediodías calientes, cuando Tonatíu el sol blandía fieramente, con todo su primitivo vigor, sus flameantes lanzas mientras se levantaba y estampaba sobre el techo del universo. En aquella deslumbrante luz azuldorada del mediodía, las montañas que rodeaban el lago de Xaltocan parecían estar lo suficientemente cerca como para poderlas tocar. De hecho, éste es mi más antiguo recuerdo; no tendría más de dos años y todavía no había en mí ningún sentido de la "distancia, el día y el mundo a mi alrededor eran jadeantes y sólo quería tocar algo fresco. Todavía recuerdo mi infantil sorpresa cuando al estirar el brazo hacia afuera
no
pude sentir el azul del bosque de la montaña que se veía enfrente de mí tan cerca y claramente.

Sin ningún esfuerzo, recuerdo también el terminar de los días, cuando Tonatíu se cubría con su manto de brillantes plumas para adormecerse, dejándose caer sobre su blanda cama de pétalos coloreados y sumergirse en el sueño. Él se había ido de nuestro lado, hacia Mictlan, el Lugar de la Oscuridad. De los cuatro mundos adonde iríamos a habitar después de nuestra muerte, Mictlan era el más profundo; era la morada de la muerte total e irredimible, el lugar en donde
nada
pasa, jamás ha pasado y jamás pasará. Tonatíu era misericordioso ya que, por un tiempo (un pequeño espacio de tiempo en el que nos podíamos dar cuenta de cuán pródigo era con nosotros) prestaría su luz (una pequeña luz, solamente atenuada por su sueño) al Lugar de la Oscuridad, de la muerte irremediable y sin esperanza. Mientras tanto, en nuestro Único Mundo, en Xaltocan, de todos modos el único mundo que yo conocía, neblinas pálidas y azulosas surgían del lago de tal manera que las negruzcas montañas que le circundaban parecían flotar sobre ellas, en medio de aguas rojas y purpúreos cielos. Entonces, exactamente por encima del horizonte, por donde Tonatíu había desaparecido flameando allí todavía un momento, Omexóchitl, Flor del Atardecer, la estrella vespertina, aparecía. Esta estrella, Flor del Atardecer, venía, siempre venía para asegurarnos que a pesar de la oscuridad de la noche no debíamos temer que
esa
noche se oscureciera para siempre en las tinieblas totales y negras del Lugar de la Oscuridad. El Único Mundo vivió y volvería a vivir en un rato más. Sin ningún esfuerzo recuerdo las noches y una en particular. Metztli, la luna, había terminado su comida mensual de estrellas y estaba llena y satisfecha, tan ahita en su redondez y brillantez que la figura del conejo-en-la-luna estaba grabada tan claramente como una escultura tallada del templo. Esa noche, supongo que tendría tres o cuatro años de edad, mi padre me cargó sobre sus hombros y sus manos sostuvieron fuertemente mis tobillos. Sus grandes zancadas me llevaron de una fresca claridad a una oscuridad todavía más fresca: la claridad veteada de luces y sombras que proyectaba la luna por debajo de las ramas extendidas de las emplumadas hojas de los «más viejos de los viejos árboles», los
ahuehuetque
, cipreses.

Para entonces, era lo suficientemente mayor como para haber oído hablar de las terribles asechanzas que nos aguardan en la oscuridad de la noche, ocultas a la visión de cualquier persona. Allí estaba Chocacíhuatl, La Llorona, la primera de todas las madres que murió al dar a luz; por siempre vagando, por siempre lamentando la muerte de su hijo y la pérdida de su propia vida. Allí estaban las calaveras descarnadas y separadas de sus cuerpos, que flotaban a través del aire, cazando a aquellos viajeros que habían sido atrapados por la oscuridad de la noche. Si algún mortal llegaba a vislumbrar algunas de estas cosas, sabía que era para él un presagio seguro de muerte o de infortunio.

Había otros habitantes de las tinieblas, pero no eran tan pavorosos. Por ejemplo, estaba el dios Yoali Ehécatl, Viento de la Noche, que soplaba fuertemente a lo largo de los caminos nocturnos, intentando agarrar a cualquier hombre incauto que caminara en la oscuridad. Sin embargo, Viento de la Noche era tan caprichoso como cualquier otro viento. A veces agarraba a alguien y luego lo dejaba libre, y cuando esto pasaba, a la persona se le concedía incluso algún deseo que ansiara su corazón y una vida larga para gozarlo. Así es que, con la esperanza de tener al dios siempre en ese indulgente estado de ánimo, hace mucho tiempo nuestra gente construyó bancos de piedra en varias de las encrucijadas de la isla, en donde Viento de la Noche pudiera descansar de sus ímpetus. Como ya dije, yo era lo suficientemente mayor como para saber acerca de los espíritus de las tinieblas y temerles. Pero aquella noche, sentado sobre los anchos hombros de mi padre, estando temporalmente más alto que cualquier hombre, siendo mi pelo cepillado por las frondas mohosas de los cipreses y mi rostro acariciado por los rayos veteados de la luna, no sentía ningún miedo. Sin esfuerzo recuerdo esa noche, porque por primera vez se me permitió presenciar la ceremonia de un sacrificio humano. Era un rito menor, un homenaje a una deidad muy pequeña: Atlaua, el dios de los cazadores de aves. (En aquellos días, el lago de Xaltocan rebosaba de patos y gansos que en sus temporadas discurrían pausadamente allí para descansar, comer y alimentarnos a nosotros). Así es que en esa noche de luna llena, al principio de la temporada de caza de aves acuáticas, solamente un
xochimiqui
, un hombre solamente, sería ritualmente sacrificado para la grandeza de la gloria del dios Atlaua. El hombre no era, esta vez, un guerrero cautivo yendo a su Muerte Florida con regocijo o con resignación, sino un voluntario avanzando tristemente hacia la muerte.

«Yo ya casi estoy muerto —había dicho a los sacerdotes—. Me ahogo como un pez fuera del agua: Mi pecho hace un gran esfuerzo para poder tomar más y más aire, pero el aire ya no me nutre. Mis miembros se están debilitando, mi vista está nublada, mi cabeza me da vueltas, estoy extenuado y me caigo. Prefiero morir de una vez, en lugar de aletear como un pez fuera del agua, hasta que al final me ahogue».

Ese hombre era un esclavo de la nación de los chinanteca, situada lejos hacia el sur. Este pueblo estaba, y todavía está, aquejado de una curiosa enfermedad que parece correr indudablemente por el linaje de ciertas familias. Ellos y nosotros le llamamos la Enfermedad Pintada y ustedes, los españoles, ahora llaman a los chinanteca, el Pueblo Pinto, porque la piel del que la aflige está manchada de un azul lívido. De alguna manera, el cuerpo se ve imposibilitado de hacer uso del aire que respira, así es que se muere por sofocación de la misma forma en que un pez muere al ser sacado del elemento que lo sustenta. Mi padre y yo llegamos a la orilla del lago, en donde, un poco más allá, habían dos postes gruesos hincados en la arena. La noche que nos rodeaba estaba iluminada con el fuego de las urnas, pero nebulosamente por el humo de los incensarios en donde se quemaba el
copali
. A través del humo se podía ver bailar a los sacerdotes de Atlaua: hombres viejos, totalmente negros, sus vestiduras negras, sus caras negras y sus largos cabellos enmarañados y endurecidos por el
óxitl
, la resina negra del pino con que nuestros cazadores de aves se embarraban sus piernas y la parte posterior de su cuerpo para protegerse del frío, cuando vadeaban en las aguas del lago. Dos de los sacerdotes tocaban la música ritual con flautas fabricadas con huesos de pantorrillas humanas, mientras otro golpeaba un tambor. Éste era un tipo especial de tambor que convenía para la ocasión: una calabaza gigante y vacía por dentro, parcialmente llena de agua, de manera que flotaba medio sumergida en la superficie del lago. Golpeada con huesos del muslo, el tambor de agua producía un rataplán de extrañas resonancias, que hacían eco contra las montañas, ahora invisibles, al otro lado del lago. El
xochimiqui
fue llevado hacia el círculo de luz, en donde se desprendía el humo. Estaba desnudo, no traía ni siquiera el
máxtlatl
básico que normalmente cubre las caderas y las partes privadas. Aun a la luz parpadeante del fuego podía ver que su cuerpo no tenía el color de la piel manchado de azul, sino un azul de muerto con un toque aquí y allá de color carne. Fue tendido entre los dos postes y amarrado de un tobillo y una muñeca a cada uno de ellos. Un sacerdote ondulaba una flecha en la mano, como lo haría el que dirige un coro de cantantes, mientras entonaba una invocación:

«El fluido de la vida de este hombre te lo damos a ti, Atlaua, mezclado con el agua de vida de nuestro amado lago de Xaltocan. Te lo damos a ti, Atlaua, para que tú a cambio te dignes enviarnos tus parvadas de preciosas aves hacia las redes de nuestros cazadores…». Y así seguía.

Esto continuó lo suficiente como para aburrirme, si es que no aburrió también a Atlaua. Entonces, sin ningún ritual florido, sin ningún aviso, el sacerdote bajó la flecha de repente y la clavó con todas sus fuerzas tirando después hacia arriba, retorciéndola, dentro de los órganos genitales del hombre azul. La víctima, por mucho que hubiera deseado aliviarse de esta vida, dio un grito. Aulló y ululó un grito tan agudo y penetrante que destacó sobre el sonido de las flautas, del tambor y del canto. Gritó sí, pero no por mucho tiempo. El sacerdote, con la flecha ensangrentada, marcó una cruz a manera de blanco sobre el pecho del hombre, y todos los sacerdotes empezaron a bailar alrededor de él en círculo, cada uno llevando un arco y muchas flechas. Cada vez que uno de ellos pasaba frente al
xochimiqui
, clavaba una flecha en el pecho jadeante del hombre azul. Cuando la danza terminó y todas las flechas fueron usadas, el hombre muerto parecía una especie de animal que nosotros llamamos el pequeño verraco-espín.

La ceremonia no consistía en mucho más. El cuerpo fue desamarrado de las estacas y sujetado con una cuerda a la parte de atrás de un
acali
de cazador, que había estado esperando en la arena. El cazador remó en su canoa hacia el centro del lago, fuera del alcance de nuestra vista, remolcando el cadáver hasta que éste se hundió por la acción del agua al penetrar dentro de los orificios naturales y los producidos por las flechas. Así recibió Atlaua su sacrificio.

Mi padre me colocó otra vez sobre sus hombros y regresó con sus grandes zancadas a través de la isla. A medida que me bamboleaba en lo alto, sintiéndome a salvo y seguro, me hice un voto pueril y arrogante. Si alguna vez mi
tonali
me seleccionaba para la Muerte Florida del sacrificio, aun para un dios extranjero, no gritaría, no importa lo que me fuese hecho, ni el dolor que sufriera.

Niño tonto. Creía que la muerte sólo significaba morir cobardemente o con valentía. En aquel momento de mi joven vida, segura y abrigada, siendo llevado en los hombros fuertes de mi padre hacia la casa para disfrutar de un sueño dulce del que sería despertado en el nuevo día por el reclamo del Pájaro Tempranero, ¿cómo podía saber lo que realmente significa la muerte?

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