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Authors: Gary Jennings

Tags: #Histórico

Azteca

 

Año de publicación:
1980

Sinopsis:
Azteca
está escrita como una serie de cartas que el Obispo Fray Juan de Zumárraga dirige al Rey Carlos V como respuesta a su solicitud de documentar la historia de los habitantes de los pueblos del territorio que hoy es México, basados en relatos de los ancianos. Fray Juan de Zumárraga entrevista a Tiléctic-Mixtli (Nube Oscura), un anciano Azteca que cuenta con detalle la historia de su vida, y con ella las costumbres de su pueblo antes de la llegada de los españoles. El autor vivió durante doce años en México realizando investigaciones para escribir la novela.

Gary Jennings

Azteca

ePUB v2.0

akilino
12.08.12

Título original:
Aztec

Gary Jennings, 1980.

Editor: akilino

ePub base v2.0

PARA ZYANYA

Ustedes me dicen, entonces, que tengo que perecer

como también las flores que cultivé perecerán.

¿De mi nombre nada quedará,

nadie mi fama recordará?

Pero los jardines que planté, son jóvenes y crecerán…

Las canciones que canté, ¡cantándose seguirán!

HUEXOTZÍNCATZIN

Príncipe de Texcoco, 1484

Corte de Castilla

Valladolid

Al Legado y Capellán de Su Majestad,

Fray Juan de Zumárraga, recientemente

presentado Obispo de la Sede de México
[1]
,

a su cargo:

Deseamos informarnos de las riquezas, de las creencias y ritos y ceremonias que tuvieron en tiempos ya pasados, los naturales habitantes en esa tierra de la Nueva España. Es nuestra voluntad ser instruidos en todas estas materias concernientes a la existencia de los indios en esa tierra antes de la llegada de nuestras fuerzas libertadoras, evangelistas; de nuestros embajadores y colonizadores. Por lo tanto, es nuestra voluntad que seáis informado en persona, por indios ancianos (a quienes debéis hacer jurar para que lo que digan sea verdadero y no falso) de todo lo concerniente a la historia de su tierra, sus gobernantes, sus tradiciones, sus costumbres, etcétera. Añadiendo a esa información la que aporten testigos, escritos, tablillos u otros registros de esos tiempos ya idos, que puedan verificar lo que se dice, y enviad a vuestros frailes a que busquen e indaguen sobre esos escritos entre los indios.

Os mando atender dicha instrucción y servicio con la mayor prontitud, cuidado y diligencia, porque éste es un asunto muy importante y necesario para la exoneración de nuestra real conciencia, y que dicho relato sea escrito con mucho detalle.

(ecce signum)
CAROLUS R I

Rex et Imperator

Hispaniae Carolus Primus

Sacri Romani Imperi Carolus Quintus

I H S

S. C. C. M.

Santificada, Cesárea, Católica Majestad,

el Emperador Don Carlos, nuestro Señor Rey:

Que la gracia, la paz y la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo sea con Vuestra Majestad Don Carlos, por la gracia divina eternamente Augusto Emperador y que con vuestra estimada madre la Reina Doña Juana que, junto con Vuestra Majestad, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de las Islas Caribes, de Algecira, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano; Condes de Flandes y del Tirol, etcétera.

Muy afortunado y Excelentísimo Príncipe: desde esta ciudad de Tenochtitlan-Mexico, capital de su dominio de la Nueva España, a doce días después de la Asunción, en el año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo, de mil quinientos veinte y nueve, os saludo. Solamente hace diez y ocho meses, Vuestra Majestad, que nos, el más humilde de vuestros vasallos, en atención a vuestro mandato, asumimos este cargo por triple folio nombrado: el primer Obispo de México, Protector de los Indios e Inquisidor Apostólico, todo en uno en nuestra pobre persona. En los primeros nueve meses desde nuestra llegada a este Nuevo Mundo, hemos encontrado mucho y muy arduo trabajo por hacer.

De acuerdo con el real mandato de este nombramiento, nos, nos hemos esforzado celosamente «en instruir a los indios en el deber de tener y de adorar al Único y Verdadero Dios, que está en el cielo, y por Quien todos viven y se mantienen», y además «para instruir y familiarizar a los indios en la Muy Invencible y Católica Majestad, el Emperador Don Carlos, quien por mandato de la Divina Providencia, el mundo entero debe servir y obedecer». Inculcar estas lecciones, Señor, no ha sido fácil para nos. Hay un dicho aquí entre nuestros compañeros españoles, que ya existía mucho antes de nuestra llegada: «Los indios no oyen más que por sus nalgas». Sin embargo, tratamos de tener en mente que estos indios —o aztecas, como actualmente la mayoría de los españoles llaman a esta tribu o nación en particular— miserables y empobrecidos espiritualmente, son inferiores al resto de la humanidad; por consiguiente, en su insignificancia merecen toda nuestra tolerante indulgencia. Además de atender a la instrucción de los indios de que únicamente hay Un Solo Dios en el cielo y el Emperador en la tierra, a quien deben servir todos ellos, que han venido a ser vuestros vasallos, y además de tratar otros muchos asuntos civiles y eclesiásticos, nos, hemos intentado cumplir el mandato personal de Vuestra Majestad: preparar prontamente una relación de las condiciones de esta
térra paena-incognita
, sus maneras y modos de vida de sus habitantes, sus costumbres, etcétera, que anteriormente predominaban en esta tierra de tinieblas.

La Real Cédula de Su Más Altiva Majestad especifica a nos, que para poder hacer la crónica requerida seamos informados personalmente «por indios ancianos». Esto ha sido causa de una pequeña búsqueda puesto que, a la total destrucción de la ciudad por el Capitán General Hernán Cortés, quedaron muy pocos indios ancianos de quienes poder tener una historia oral verídica. Incluso los trabajadores que actualmente reconstruyen la ciudad son en su mayor parte mujeres, ancianos decrépitos que no pudieron tomar parte en las batallas, niños y zafios campesinos traídos a la fuerza de los alrededores. Todos ellos estúpidos. Sin embargo, pudimos rastrear a un indio anciano (de más o menos sesenta y tres años) capacitado para ayudarnos con esta crónica. Este
mexícatl
—pues él niega los apelativos de azteca e indio— tiene para los de su raza un alto grado de inteligencia, es poseedor de la poca educación que se daba en tiempos pasados en estos lugares y ha sido en su tiempo escribano de lo que pasa por ser escritura entre estas gentes.

Durante su vida pasada tuvo numerosas ocupaciones aparte de la de escribano: guerrero, artesano, mercader viajante e incluso una especie de embajador entre los últimos gobernantes de este lugar y los primeros libertadores castellanos. Debido a esa tarea, pudo absorber pasablemente parte de nuestro lenguaje. A pesar de que rara vez comete faltas en castellano, nos, por supuesto, deseamos precisar todos los detalles. Así es que hemos traído como intérprete a un joven que tiene bastantes conocimientos en náhuatl (que es como los aztecas llaman a su lenguaje gutural de feas y alargadas palabras). En la habitación dispuesta para estos interrogatorios, hemos reunido también a cuatro de nuestros escribanos. Estos frailes son versados en el arte de la escritura veloz con caracteres conocidos como puntuación tironiana, que se usa en Roma cada vez que el Santo Padre habla para su memoranda y también para anotar los discursos de muchas gentes a la vez.

Nos, pedimos al azteca que se siente y nos relate su vida. Los cuatro frailes garrapatean afanosamente con sus caracteres tironianos, sin perder ni una sola de las palabras que saltan de los labios del indio.
¿Saltar?
Sería mejor decir que las palabras llegan a nosotros como el torrente de una cascada, alternativamente repugnantes y corrosivas. Pronto vos veréis lo que deseamos decir, Señor. Desde el primer momento en que abrió la boca, el azteca mostró una gran irreverencia por nuestra persona, nuestro hábito y nuestro oficio como misionero, que su Reverenda Majestad escogió personalmente para nos, y consideramos que esta falta de respeto es un insulto implícito a nuestro Soberano.

Siguen a esta introducción, inmediatamente después, las primeras páginas de la narración del indio. Sellado para ser visto solamente por vuestros ojos, Señor, este manuscrito saldrá de Tezuitlan de la Vera Cruz pasado mañana, a la salvaguarda del Capitán Sánchez Santoveña, maestre de la carabela
Gloria
.

Dado que la sabiduría, sagacidad y distinción de Su Cesárea Majestad son conocidas universalmente, podemos dar pesadumbre a Vuestra Imperial Majestad, atreviéndonos a hacer un prefacio a estas páginas unidas con
caveat
, pero, en nuestra calidad episcopal y apostólica, sentimos que estamos obligados a hacerlo. Nos, estamos sinceramente deseosos de cumplir con la Cédula de Vuestra Majestad, en mandar una relación verdadera de todo lo que vale la pena de conocer de esta tierra. Otros aparte de nos, os dirán que los indios son criaturas miserables en las cuales apenas se pueden encontrar vestigios de humanidad; que ni siquiera tienen un lenguaje escrito comprensiblemente; que nunca han tenido leyes escritas, sino solamente costumbres y tradiciones bárbaras; que siempre y todavía son adictos a toda clase de intemperancias, paganismo, ferocidad y lujuria; que hasta recientemente torturaban y quitaban la vida violentamente a causa de su diabólica «religión».

No creemos que una relación válida y edificante pueda ser obtenida de un informante como este azteca arrogante o de cualquier otro indígena, aunque ésta sea clara. Tampoco podemos creer que nuestro Santificado Emperador Don Carlos no se sentirá escandalizado por la iniquidad, la lascivia y la impía charlatanería de este altanero ejemplar de una raza despreciable. Los papeles anexados son la primera parte de la crónica del indio, como ya hemos referido. Nos, deseamos fervientemente y confiamos en que también por órdenes de Vuestra Majestad sea la última.

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