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Authors: Kurt Vonnegut

Tags: #Humor, Relato

Pájaro de celda (28 page)

BOOK: Pájaro de celda
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Y entonces, la pesadilla de la última hora se aclaró sola, indicando que había habido una razón lógica. Yo sabía algo que el propio Leen no sabía, que probablemente sólo sabía yo. Era imposible, pero tenía que ser verdad: Mary Kathleen O’Looney y la señora de Jack Graham eran la misma persona.

Fue entonces cuando Arpad Leen se llevó mi mano a los labios y la besó.

—Perdóneme por descubrir su disfraz, madame —dijo—. Pero supongo que lo hizo usted tan fácil de descubrir a propósito. Su secreto estará seguro conmigo. Me siento muy honrado de verla al fin cara a cara.

Y volvió a besarme la mano, la misma mano que aquella mañana me había cogido la zarpita sucia de Mary Kathleen.

—Ya era hora, madame —dijo—. Hemos trabajado juntos tan bien durante tanto tiempo. Ya era hora.

¡La repugnancia que sentí de que me besara un hombre fue tan automática que me convertí en una auténtica reina Victoria! Mi cólera era imperial, aunque mis palabras viniesen directamente de los patios de mi adolescencia en Cleveland:

—¿Pero qué cono hace usted? —exigí saber—. ¡No soy una mujer!

Ya he hablado de la pérdida de la dignidad a lo largo de los años. Arpad Leen había perdido la suya en unos segundos, con aquel ridículo error.

Se quedó mudo y pálido.

Intentó recobrarse, pero no se recobró mucho. Ni siquiera podía disculparse. Estaba demasiado conmovido para desplegar cualquier género de simpatía o ingenio. Sólo podía tantear para ver dónde podía hallarse la verdad.

—Pero usted la conoce —dijo, al fin. Había resignación en su voz, al mismo tiempo, pero reconocía lo que también para mí empezaba a ser evidente: que yo era más poderoso que él, si lo deseaba.

Así que se lo confirmé:

—La conozco bien —dije—. Hará lo que yo le diga, estoy seguro.

Esto último era gratuito. Y era pura venganza.

Aún estaba muy afectado. Yo me había interpuesto entre él y su dios. Ahora le tocaba a él bajar la cabeza.

—Bueno —dijo, y siguió una larga pausa—, hable bien de mí, si puede.

Lo que yo más deseaba en aquel momento era salvar a Mary Kathleen O’Looney de aquella vida espectral que los dragones de su mente le habían obligado a llevar. Sabía dónde podía encontrarla.

—No sé si podrá usted decirme —dije al maltrecho Leen— dónde puedo encontrar un par de zapatos que me vayan bien, a estas horas de la noche.

Su voz me llegó como si procediese del lugar al que iba a ir yo a continuación: la caverna de debajo de la Gran Estación Central.

—Eso no es problema —dijo.

23

Pronto me vi solo, cerciorándome de que nadie me seguía y bajando hacia la caverna por las escaleras metálicas. Cada pocos pasos, llamaba, en un arrullo confortante:

—Soy Walter, Mary Kathleen. Soy Walter.

¿Qué calzado llevaba? Llevaba unas pantuflas de charol negras con lacitos en los empeines. Me las había dado el pequeño Dexter, el hijo de Arpad Leen, de diez años. Eran justo de mi número. A Dexter le habían obligado a comprarlas para clase de baile. No las necesitaba ya. Había lanzado su primer ultimátum positivo a sus padres: les había dicho que se suicidaría si insistían en que siguiera yendo a clase de baile. Hasta tal punto odiaba las clases de baile.

Era un chaval muy majo... con su pijama y su albornoz después de darse un chapuzón en el salón. Mostró tal simpatía y tal preocupación por mí, por aquel viejecillo que no tenía con qué calzar sus piececitos. Yo podría haber sido un amable elfo de un cuento de hadas y él podría haber sido un principito que regalase al elfo un par de zapatillas mágicas de baile.

Y era un chaval muy guapo. Tenía los ojos grandes, de color castaño. Su pelo era una orla de negros bucles. Habría dado mucho por tener un hijo así. Claro que creo que mi propio hijo también habría dado mucho por tener un padre como Arpad Leen.

Todo hay que decirlo.

—Soy Walter, Mary Kathleen —repetí—. Soy Walter. Al final de las escaleras, tropecé con el primer indiciode que podrían no salir bien las cosas. Era una bolsa de plástico de Bloomingdale... que estaba en el suelo, vomitando harapos y una cabeza de muñeca y un ejemplar de
Vogue
, publicación de la RAMJAC.

La cogí y volví a meter todo dentro, como si pretendiese que bastaba con hacerlo para arreglarlo todo. Fue entonces cuando vi una mancha de sangre en el suelo. Eso era algo que no podía volver a colocar en su sitio. Había muchas más.

Y no es que quiera prolongar la ansiedad del lector sin ningún objetivo, para darle un
frisson
, para que suponga que voy a encontrar a Mary Kathleen con las manos cortadas, agitando hacia mí sus ensangrentados muñones. En realidad, la había golpeado de refilón un taxi en la Avenida Vanderbilt y había rechazado servicios médicos, diciendo que estaba bien, perfectamente.

Pero no estaba bien, ni mucho menos.

Había en el asunto una posible ironía, ironía que yo, sin embargo, no soy capaz de confirmar. Había muchas posibilidades de que Mary Kathleen hubiera sido atropellada por uno de sus propios taxis.

Tenía la nariz rota, y era de la nariz de donde había salido la sangre. Pero tenía problemas más graves. No puedo enumerarlos. Jamás se hizo inventario de todo lo que Mary Kathleen tenía roto.

Se había escondido en uno de los retretes. Las gotas de sangre fueron indicándome dónde tenía que mirar. No podía haber duda alguna de dónde estaba. Por debajo de la puerta, se veían los playeros.

Al menos, no había dentro un cadáver. Cuando canturreé de nuevo mi nombre, abrió la puerta. No estaba utilizando el inodoro, simplemente estaba sentada en él. Podría también haber estado utilizándolo, la vida la había humillado ya tan absolutamente. Había dejado de sangrar por la nariz, pero la hemorragia le había dejado un bigote a lo Adolf Hitler.

—¡Oh, pobrecilla! —exclamé.

A ella no le impresionaba gran cosa su propio estado.

—Supongo que eso es lo que soy —dijo—. Eso es lo que era mi madre.

Su madre, acordaos, había muerto por envenenamiento radiactivo.

—¿Qué te ha pasado? —dije.

Me explicó que le había atropellado un taxi. Acababa de enviarle una carta a Arpad Leen, confirmándole todas las órdenes que le había dado por teléfono.

—Voy a buscar una ambulancia —dije.

—No, no —dijo ella—. No te vayas, quédate ahí.

—¡Pero necesitas ayuda! —dije.

—Ya no hay tiempo —dijo ella.

—Pero si ni siquiera sabes lo que te pasa —dije.

—Estoy muriéndome, Walter —dijo—. Me basta con saber eso.

—Mientras hay vida, hay esperanza —dije yo, disponiéndome a correr escaleras arriba.

—¡No se te ocurra volver a dejarme sola! —dijo ella.

—¡Tengo que salvarte la vida! —dije.

—¡Primero habrás de oír lo que tengo que decirte! —dijo—. He estado aquí sentada pensando: «Dios mío... después de todo lo que he pasado, después de todo lo que he trabajado, no habrá nadie que oiga lo último que tengo que decir.» Si consigues una ambulancia, no vendrá nadie en ella que sepa inglés.

—¿Puedo colocarte para que estés más cómoda? —dije.

—Estoy cómoda —dijo ella.

Tenía motivos para estarlo. Las capas y capas de ropa que llevaba le mantenían caliente. Tenía la cabeza apoyada en un rincón y protegida contra el metal por una almohada de andrajos.

Se oía de vez en cuando un estruendo en la roca viva que nos rodeaba. Había algo más muriendo arriba, y ese algo era el sistema ferroviario de los Estados Unidos. Locomotoras medio rotas arrastraban vagones de pasajeros completamente destrozados, metiéndolos y sacándolos de la estación.

—Conozco tu secreto —dije.

—¿Cuál? —dijo ella—. Hay tantos ya.

Yo esperaba que sería un momento de gran intensidad dramática cuando le revelase que sabía que era la accionista mayoritaria de la RAMJAC. Fue, claro, un fracaso. Ella ya me lo había dicho y yo no lo había oído.

—¿Es que te estás quedando sordo, Walter? —dijo.

—Ahora te he oído perfectamente —dije.

—A ver si encima voy a tener que decir a gritos mis últimas palabras —dijo.

—No —dije yo—. Pero no quiero oírte hablar más de últimas palabras. ¡Con lo rica que eres, Mary Kathleen! Puedes ocupar un hospital entero, si quieres... ¡Y obligarles a curarte!

—Esta vida me resulta odiosa —dijo ella—. He hecho todo lo posible para que fuese mejor para todos, pero tal vez eso sea imposible. Estoy harta de luchar tanto. Quiero descansar ya.

—¡Pero no tienes por que vivir de este modo! —dije—. Eso es lo que he venido a decirte. Yo te protegeré, Mary Kathleen. Contrataremos gente en la que podamos confiar. Howard Hughes contrataba mormones... por su alto nivel moral. Contrataremos mormones también.

—Por Dios, Walter —dijo—. ¿Crees que no he probado ya con los mormones?

—¿Sí? —dije.

—Quedé hasta las narices de mormones una vez —dijo; y me contó una historia de lo más espantosa.

Sucedió cuando ella aún vivía a lo grande, aún intentaba hallar medios de disfrutar de sus inmensas riquezas, al menos un poquillo. Era un bicho raro, algo excepcional que todo el mundo deseaba fotografiar, capturar o atormentar de algún modo... o matar. La gente quería matarla por sus manos o por su dinero, pero también por venganza. La RAMJAC había devorado o destruido muchas otras empresas y había participado incluso en el derrocamiento de gobiernos de países pequeños y débiles.

Por eso no se atrevía a revelar su verdadera identidad más que a sus fieles mormones, y tenía que estar en continuo movimiento. Y en cierta ocasión, estaba alojada en la planta más alta del hotel de la RAMJAC en Managua, Nicaragua. En aquella planta había veinte suites de lujo, y las alquiló todas. Las dos escaleras que subían de la planta de abajo fueron cegadas con paredes de obra, igual que la arcada del vestíbulo del Arapahoe. Se establecieron controles en los ascensores para que sólo uno pudiese llegar arriba del todo, y ése lo manejaba un mormón.

En teoría, ni siquiera el director del hotel sabía quién era ella en realidad. Pero, desde luego, todo el mundo debía sospechar en Managua quién era realmente.

De todos modos, decidió salir a la ciudad sola un día, para saborear, aunque fuese brevemente, lo que llevaba años sin saborear: lo que era ser sólo un ser humano más en el mundo. Así que se fue a la calle con peluca y gafas oscuras.

Y trabó amistad con una norteamericana de mediana edad a la que se encontró llorando en un banco en un parque. La mujer era de San Luis. Su marido era maestro cervecero de la sección Anheuser-Busch de la RAMJAC. Habían ido a Nicaragua en una segunda luna de miel por consejo de un agente de viajes. El marido había muerto aquella mañana de disentería amébica.

Así que Mary Kathleen se la llevó al hotel y la instaló en una de las suites no utilizadas que tenía, y dijo a sus mormones que dispusiesen lo necesario para trasladar al cadáver y a la viuda a San Luis en un avión de la RAMJAC.

Cuando Mary Kathleen fue a explicarle todo esto a la mujer, se la encontró estrangulada con uno de los cordones de las cortinas. Pero lo más horrible era esto, sin embargo: quien lo hubiese hecho había creído, evidentemente, que la mujer era Mary Kathleen, porque le habían cortado las manos. Nunca llegaron a encontrarse aquellas manos.

Mary Kathleen se fue a Nueva York poco después. Empezó a observar con los prismáticos, desde su suite de las torres Waldorf a las señoras de las bolsas de plástico. Por cierto que en el piso de arriba vivía el general Douglas MacArthur.

Ella nunca salía, jamás tenía visitas, nunca llamaba a nadie. Allí no se permitía entrar al personal del hotel. Los mormones subían la comida y hacían las camas y toda la limpieza. Pero, de todos modos, un día recibió una nota amenazadora. Estaba en un sobre rosa perfumado encima de su ropa interior más íntima. Decía que el autor sabía quién era, la hacía responsable del derrocamiento del gobierno legítimo de Guatemala. Y estaba dispuesto a volar el hotel. Mary Kathleen no pudo soportarlo más. Prescindió de sus mormones, que sin duda eran leales, pero incapaces de protegerla. Y empezó a protegerse ella misma, con capas y capas de ropa que encontraba en cubos de basura.

—Si te hace tan desgraciada tu dinero —dije—, ¿por qué no prescindes de él?

—¡Eso hago! —dijo—. Cuando me muera, mira en mi zapato izquierdo, Walter. Allí encontrarás mi testamento. Dejo la RAMJAC Corporation a sus legítimos propietarios, el pueblo norteamericano.

Sonrió. Resultaba inquietante ver que unas encías descarnadas y uno o dos dientes podridos expresaban aquella felicidad cósmica.

Creí que se había muerto. Pero no se había muerto.

—¿Mary Kathleen...? —dije.

—Todavía no me he muerto —dijo.

—Ahora de verdad que voy a ir a buscar ayuda —dije.

—Si lo haces, me moriré —dijo—. Puedo asegurártelo. Ahora ya me puedo morir cuando quiera. Puedo escoger el momento.

—Eso no puede hacerlo nadie —dije yo.

—Las señoras de las bolsas de plástico sí que podemos —dijo ella—. Tenemos esa virtud especial. No podemos saber cuándo empezaremos a morir. Pero una vez que empezamos, podemos elegir el momento exacto. ¿Te gustaría que muriese ahora mismo, después de contar hasta diez?

—No, ni ahora ni nunca —dije.

—Entonces quédate aquí —dijo.

Me quedé, ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Quiero darte las gracias por abrazarme —dijo.

—Cuando quieras —dije.

—Una vez al día basta —dijo ella—. Ya he tenido mi abrazo de hoy.

—Fuiste la primera mujer con la que hice realmente el amor —dije—. ¿Te acuerdas?

—Recuerdo los abrazos —dijo ella—. Recuerdo que decías que me querías. Ningún hombre me lo había dicho nunca. Mi madre sí me lo decía muchas veces... hasta que se murió.

Yo ya estaba empezando a llorar otra vez.

—Sé que nunca lo dijiste en serio —dijo.

—Claro que sí, de veras —protesté—. Oh, Dios mío... claro que sí.

—No te preocupes —dijo ella—. Tú no tenías la culpa de haber nacido sin corazón. Por lo menos, intentabas creer en lo que creía la gente que tenía corazón... así que fuiste un buen hombre, después de todo.

Dejó de respirar. Dejó de pestañear. Estaba muerta.

EPÍLOGO

Había más. Siempre hay más.

Eran las nueve de la noche de mi primer día completo de libertad. Aún me quedaban tres horas. Subí arriba y le dije a un policía que había una vagabunda muerta en el sótano.

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