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Authors: Elvira Lindo

Tags: #Drama

Lo que me queda por vivir (7 page)

—Venga, tienes que vestirte ya. Tenemos la nevera vacía y nos van a cerrar las tiendas —le decía al niño aquella mañana de sábado.

Gabi me suplicaba que le dejara solo. Decía: «Anda, déjame aquí en casa, solito. Qué te importa.» Empleaba ese diminutivo tantas veces usado por los padres que los niños acaban imitando, añadiendo, sin ser aún conscientes, un elemento de cariño y de compasión hacia sí mismos. Quería quedarse «solito». No me gustaba la idea, pero al mismo tiempo me agotaba de antemano el interminable camino entre las tiendas de la galería comercial con él dos pasos por detrás de mí, distraído con las cosas que iba encontrando por el suelo, lento, poniendo a prueba los límites de la madre impaciente. Le dejé solito.

Fui comprando algunas cosas en las mismas tiendas a las que tantos sábados, de mala gana, había tenido que acompañar a mi madre. Antes que nada, me acerqué al Puesto Azul, el kiosco de los niños, y le compré a Gabriel una de aquellas bolsas pobretonas de papel que tenían submarinos o aviones desmontables. Se la entregaría antes de que se fuera con su padre, en el momento en que le diera el beso de despedida en el portal. Luego entré en la tienda de Pepe el Feo, el carnicero al que yo recordaba mirando irónicamente a mi madre desde detrás de las ristras de chorizos que colgaban del techo. «¿Es tu hija o tu hermana?», le preguntaba a mi madre, señalándome a mí con la cabeza. Yo miraba para otro lado, pensando, menudo imbécil. Pero ahora que me tocaba a mí estar en el papel de madre no trataba de juguetear conmigo de ninguna manera. Era evidente que la prefería a ella, por una cuestión económica y también de encanto, imagino. Yo sólo le pedía los sábados medio kilo de carne picada y salchichas. Con esa precaria adquisición consideraba renovado mi intento semanal de convertirme en una madre como fue la mía.

Cuando me sentía perezosa y no salía ni a comprar ese medio kilo de carne de los sábados acabábamos comiendo en el chino de los soportales. Allí solíamos ser los dos únicos clientes (tal vez un padre separado con sus niños). No por eso se esmeraban demasiado en el trato. Debíamos ser rápidos pidiendo la comanda, palillos, Coca-Cola, más arroz, porque el camarero chino sólo aparecía una vez cada media hora, alimentando mi sensación de que nuestra presencia interrumpía la apacible comida de sábado de una familia china que había elegido este barrio entre todos los barrios del mundo para forjarse una vida nueva. Qué estampa más única hacíamos. Los dos solos, al fondo, comiendo arroz y pollo en salsa de limón. No puedo recordar qué tipo de conversación conseguirían mantener una madre con dificultades para centrarse en los placeres del presente y un niño ensimismado de cuatro años. La imagen misma del divorcio. Me acuerdo, sí, de cómo la escena se animaba invariablemente a la hora de la galleta de la suerte.

—¿Qué pone, qué pone? —decía Gabi nervioso, se levantaba, se colocaba de pie a mi lado, con la mano sobre mi brazo. Yo me inventaba algo pueril, que él pudiera entender.

—Sólo los niños que obedecen a sus madres conseguirán aquello que tanto desean.

—¿El barco pirata?

—Ah, no sé.

—¿No dice nada el sabio chino del barco pirata?

—No, lo dice en general.

—Yo siempre voy a obedecer.

—Eso ya lo veremos.

—El sabio chino es infalible.

La galería de tiendas había sido diseñada en los años sesenta para aquel barrio nuevo que se anunciaba en la radio. No era bonita, desde luego, aunque ese paseo de soportales de materiales pobres y trazado funcional guardaba cierta armonía y tenía más gracia que la arquitectura periférica que se construyó luego. Las tiendas eran modestas pero mantenían una clientela fija de madres y abuelos venidos de los pueblos andaluces y extremeños, que todavía no habían sucumbido al atractivo del gran hipermercado que acababan de construir a la entrada del barrio. Había un trasiego agradable de vecinos en la mañana de los sábados, compraban, tomaban cañas y tapas en los bares, se encontraban con las bolsas en la mano y hacían las preguntas de rigor sobre esos hijos a los que habían visto crecer y que se iban casando y abandonando el barrio.

Yo saludaba a algunas viejas conocidas de mi madre, me preguntaban por el niño e intuitivamente dudaban si preguntarme o no por mi marido. Acusaba yo entonces un indefinible complejo por haberme quedado estancada en el paisaje de mi adolescencia, por haber vuelto allí después de un matrimonio fugaz y fracasado en la periferia de la periferia. Ahora vivía a doscientos metros de la casa de mis padres, como si hubiera buscado ser testigo del progresivo envejecimiento de esas mujeres que un día fueron jóvenes como mi madre y dieron carácter, con su sola presencia, a aquellas calles entonces recién construidas y a ese barrio en el que los árboles eran palitroques recién plantados y en el que los niños decíamos «¡Vamos a Madrid!», cuando nos montábamos en el autobús para ir a esa ciudad cuya línea del cielo se veía desde el piso de mis padres.

Entre las pequeñas tiendas de alimentación de la galería había una corsetería, pequeña y primorosa, con dos maniquíes en el escaparate a los que en el último año les habían cubierto las cabezas peladas con unas pelucas afro de colores. Lucían unos conjuntos de ropa interior, uno en morado y otro en rojo, que poco tenían que ver con las necesidades de las mujeres que pasaban por la puerta. Me quedé mirándolos. Llamé al timbre de la corsetería. El miedo a los asaltos de los yonquis había socavado el espíritu confianzudo del comercio pequeño y las puertas cerradas eran el signo indudable de los nuevos tiempos. Cuando me estaba abriendo la dependienta, cruzó la calle Paula, la gran amiga de mi madre. Enérgica, dueña de sí misma, tesorera de secretos y confidencias de su amiga muerta, que a mí me iba confesando poco a poco, como si el volumen del recuerdo que atesoraba fuera más extenso y valioso que el mío y se regodeara en ir administrándolo. Esas historias, a veces tan simples como aquella de la amiga audaz, ella, arrastrando a la otra más puritana, mi madre, hasta la sala de un cine para ver
Emmanuelle negra
, me provocaban cierto desasosiego, porque nunca sabía si acabaría escuchando una frase rescatada del pasado o una faceta insólita de mi madre que hubiera preferido desconocer.

Los actos de los muertos no pueden modificarse, ni discutirse, así que cualquier hallazgo sobre su pasado nos trastorna más que consolarnos. Algo así ocurrió aquella vez en que Paula vino a visitarnos y acabó bañando al niño, con un esmero y una solicitud de abuela. «Cuánto le hubiera gustado a tu madre este nieto», dijo, «este niño tan tierno le hubiera alegrado la vida». Esa escena del todo imposible, la de mi madre bañando a Gabriel, nos dejó en silencio. Pero entonces ella añadió: «Además, es el niño de la hija por la que ella sentía más inquietud. “Si me muero”, me decía siempre, “qué será de ella”.» «¿Por qué me cuentas eso?», le dije yo, «¿no ves que me haces sufrir?». «Me haces sufrir», le repetí. Ella me pidió perdón pero yo ya no supe controlarme: «¿Me lo cuentas porque crees que en el fondo tenía razones para sentir angustia por mí, que sus malos presagios se han cumplido? A lo mejor mi madre estaba muy equivocada.» Esas palabras no iban destinadas a ella, sino a quien ya no podía escucharlas.

Ahí iba Paula, sábado por la mañana, siempre apresurada, la mejor en su género, madre, cocinera, inventora de mil negocios femeninos para sacarse un dinero, maestra de flores hechas con pan Bimbo, de paisajes esmaltados, emprendedora. Ay, qué hubiera llegado a ser Paula en otros tiempos, en los míos, de no ser por esa guerra que le arrebató a su padre y lo mandó para siempre al exilio. Qué hubiera sido fuera de este país en el que una mujer no podía ser otra cosa que buena en su género. Me saludó alegre con la mano. Me preguntó por el niño.

—Se ha quedado en casa viendo la tele. No ha querido venirse conmigo.

Casi sin detenerse, movió la cabeza de un lado a otro, como cuando se reprende suavemente a una hija, y siguió su camino murmurando algo que no llegué a escuchar bien. «¡Bueno, bueno, tú sabrás!», creo que dijo.

La dependienta, que tenía la palidez de las antiguas merceras, me llevó los sujetadores al probador. De vez en cuando entraba y metía la mano dentro de la copa para amoldarme el pecho. No había pudor por su parte, sino diligencia profesional. Había turbación por la mía. Tomaba cada pecho con la maestría de quien se pasa la jornada acoplando masas de carne dentro de un molde y no hubiera una sola variedad de pecho que le fuera desconocida. Tetas flácidas, excesivamente asimétricas, extendidas hacia las axilas o apelotonadas hacia el centro; de pezones metidos hacia dentro o salientes, enormes y oscuros. Tetas duras y pequeñas de niñas que van a comprarse su primer sostén. Tetas de mujeres que han tenido varios hijos y las muestran con el desparpajo de quien ha enseñado muchas veces su cuerpo a punto de reventar por un parto o por las múltiples dolorosas secuelas de las recién paridas. Tetas llenas de leche que necesitan sujetadores que se abran para alimentar a la criatura.

La corsetera entraba y salía. Resuelta y comentando con juicio de experta lo que el espejo nos mostraba a las dos: una mujer joven, muy delgada, con un sujetador morado que le levantaba el pecho. La joven, en silencio, esperando el dictamen de la doctora del sostén. «Es caro», dijo estudiándome, «pero es que no es una prenda que vayas a ponerte todos los días. Es, digamos, para momentos especiales».

Cuando me quedé sola, ensayé algunas posturas, improvisé algunas frases que diría con aquel sujetador cuando tuviera la oportunidad de exhibirlo a la vista de alguien. Me senté en el taburete, entre las dos bolsas de la compra. Si el niño hubiera venido conmigo, se habría tirado en la moqueta y habría empezado a montar el submarino en el rincón, resignado a pasar allí media hora. «¿Te gusta, te gusta, el morado o el rojo?», le habría preguntado yo, y él habría contestado, mirando sólo un momento pero demostrando un gran criterio, «el morado».

El vestuario no tenía ventilación y sentí que podía desvanecerme. Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra la pared. La dependienta llamó a la puerta, «¿todo bien?». ¿Cuánto tiempo hace, pensé, que no he echado un polvo? ¿Quince, veinte días? ¿Y Alberto? ¿Cuánto tiempo hará? Ayer mismo, imaginé. Era imposible no sentir una competencia insana con él. Quería ganarle en polvos, en amor, en mentiras.

—Ya, ya sé que no me arrepentiré; una vez que me gasto el dinero ya no le doy vueltas; sé disfrutar de lo que compro —le dije a la mercera.

—Así se habla —dijo ella—, viene tanta gente aquí que se lleva prendas con culpabilidad… ¿Por qué? No puedo entenderlo. Esto es lo más íntimo, lo que está más cerca de nuestro cuerpo —al decir «nuestro cuerpo» se llevó la mano al pecho. Me pareció incongruente: caído, desparramado de las axilas a la cintura, como si no tuviera dinero para predicar con el ejemplo, o como si la mercera sólo estuviese para contribuir a la felicidad ajena y no a la propia.

Mientras escuchaba las razones por las que gastar dinero en sostenes era una manera de aumentar el sosiego espiritual y la autoestima, vi pasar de vuelta a Paula, con el carro rebosante de verduras. Sentí una especie de golpe seco en la nuca que me aceleró el corazón. Ay, Dios mío, qué hora es. «No, no hace falta que me lo envuelvas, me lo llevo en la bolsa, no, que da igual, de verdad, me lo llevo aquí mismo, sí, con la comida, no importa, si son cinco minutos hasta casa, si vivo ahí mismo.»

En vez de salir corriendo esperé dentro a que ella, Paula, desapareciera. El miedo infantil a llevarte una bronca de quien sabes que puede echártela porque te conoció de niña venció a la angustia que, de pronto, me producía esa situación. ¿Cuánto fui capaz de esperar? ¿Dos minutos, cinco? Cuando desapareció de mi vista, salí corriendo, sudando mucho antes de que la carrera hiciera efecto, sin apreciar el peso de las bolsas que cargaba en las manos. Bordeé la biblioteca, crucé la plaza y llegué al portal desesperada, como si de pronto me hubiera asaltado el miedo de no volver a verlo. Se me cayeron varias veces las llaves de las manos antes de conseguir abrir el portal y, viendo que el ascensor estaba ocupado, no esperé. Subí de dos en dos, de tres en tres, las escaleras. Llamé al timbre antes de meter la llave. Esperaba que él se levantara del sofá y me abriera. Esperaba su mano gordita sobre el pomo, mirándome maliciosamente con esa expresión tan querida: «No me fui contigo, pero sé que me has traído algo.» Esos ojos que parecían decir, «me quieres aun cuando no me quieres». Pero no. Nadie abrió. En el salón no había nadie, la tele estaba apagada. Crucé el pasillo. Estaba loca, loca, mi mente encontraba consuelo en un pensamiento macabro: «Bueno, si le ha pasado algo me tiro por la ventana.»

El rastro de una colonia familiar me hizo apoyarme contra la pared, las bolsas todavía en mis manos. Tragué saliva, sentí el sudor en el pecho y el corazón acelerado.

Me asomé al cuarto amarillo y los dos, padre e hijo, levantaron la cara para mirarme. Estaban sentados en el suelo, haciendo un puzzle de una escena de
Tintín en el Tíbet
. El padre tardó un momento en levantarse, como si su lentitud quisiera contener el reproche que iba a hacerme. Se sacudió los pantalones y empezó a salir del cuarto haciéndome a mí retroceder.

—¿Se puede saber dónde estabas?

—Comprando.

—¿Comprando? ¿Comprando qué? ¿Dejas solo a un niño de cuatro años y te vas a comprar?

—Sólo ha sido media hora.

—¿Media hora? De media hora, nada. Me llamó al trabajo. ¿Sabes cómo he venido? He venido loco, loco.

—No quiso venirse conmigo.

—¿Y tú haces lo que él dice?

—Se quedó viendo la tele, qué coño le podía pasar.

—De todo, podía haber pasado de todo, pero lo que pasó exactamente es que salió a esperarme a la escalera y con un golpe de viento se le cerró la puerta. Es decir, que durante unos quince minutos estuvo en la escalera, solo. ¿Y si hubiera decidido esperarme en la calle?

Fui a mi cuarto y me senté en la cama. Sentí escozor en las palmas de las manos por llevar las bolsas agarradas con una fuerza excesiva. Las solté. Me llevé las manos a la cara.

Por perdonarme, porque no tenía adónde ir o por las dos cosas, se quedó a comer. No hubo más comentarios sobre el asunto. En la mesa se respiraba una calma verdadera, casi hipnótica, la placidez que sienten los que, a pesar de su orgánica incompatibilidad, han generado un vínculo difícil de romper. Parecíamos cualquier familia en la comida del sábado.

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