Read Lo que me queda por vivir Online

Authors: Elvira Lindo

Tags: #Drama

Lo que me queda por vivir (2 page)

Fuimos paseando despacio por la calle Alcalá hasta el semáforo de la plaza de la Independencia, hicimos incluso algunas pausas. Si alguien nos hubiera observado, habría pensado que disfrutábamos de un paseo en la tarde fresca preotoñal y de una compañía de la que nos costaba desprendernos. Pero no. Se trataba del vicio que produce una conversación patológica, que se enreda durante horas en lo mismo, y de la que yo, al menos, padecí cada frase, por no saber entonces distinguir entre franqueza y falta de piedad o la diferencia entre escuchar las razones de otro y ser agredido.

Varias veces cambió el semáforo de color. Es posible que fuera yo quien, mórbidamente, alargara la despedida. Ella se cerró el cuello del chaquetón para protegerse la garganta, sin rastro alguno de inseguridad en su gesto, esperando un adiós de palabra más que un beso. Pero yo me acerqué y se lo di. Tuve el impulso de abrazarla, el impulso de entrega que tiene el animal más débil hacia quien va a destrozarle, pero me contuve. Cuando ya nos habíamos dado la espalda me volví. Tenía una última pregunta, la que en ese momento me parecía la más definitiva. A una distancia que ya no facilitaba en absoluto las confidencias, le pregunté:

—¿Y querrás tener hijos?

—Quién sabe. ¿Con cuánta anticipación lo decidiste tú?

Esa respuesta, como las otras, fue la justa. Irreprochable. Pero camuflaba una actitud beligerante. No, yo no había decidido tener un hijo. A los veintiún años, edad en la que me quedé embarazada, se toman decisiones sobre lo accesorio, nunca sobre lo fundamental.

Decidí caminar hasta el barrio. Tres kilómetros, cuatro, qué importaba. Sabía que debía haber llamado a casa hacía horas pero la inquietud que con toda seguridad sentía en estos momentos Alberto, mientras me esperaba, me sirvió de bálsamo. Su ansiedad me aliviaba. Necesitaba que alguien se preocupara por mí aunque fuera de manera tan precaria. Fui bordeando el parque del Retiro hasta llegar al barrio del Niño Jesús, y en el trayecto se hizo ya noche cerrada. El camino junto a la valla, el rumor de los coches y el olor de la vegetación que levanta la noche me trajo intacto el recuerdo de otra caminata de unos tres meses atrás, a comienzos del verano.

Había viajado a Madrid para pasar el fin de semana y era de madrugada cuando regresábamos Alberto y yo caminando. Veníamos del cumpleaños de Marga. Andábamos deprisa, silenciosos, tratando de eliminar con el fresco de la noche la maraña mental que provoca el alcohol. De mi pensamiento, del suyo también, imagino, surgía de pronto el eco de algún comentario, el brillo de alguna mirada. Íbamos rumiando las voces y las frases de la noche.

Yo trataba de reconocer a aquel Alberto al que había observado durante toda la fiesta. Entraba y salía de la cocina, servía bebidas, llenaba la cubitera. Se comportaba con tal familiaridad que parecía el anfitrión. Se le veía satisfecho, como el hombre que está conscientemente representando el papel de individuo gregario y alegre. Pero ante quién, me preguntaba, ¿ante mí? Tal vez yo, me decía, padecía el resentimiento de los que están lejos sin querer estarlo y acusan la distancia que en unos meses de ausencia se aprecia en los detalles más banales. La cubitera. El limón frotado en el borde del vaso. La sal para los margaritas. Los tres tipos de vodka o de ginebra. ¿Qué sabíamos nosotros entonces de todo eso? ¿Por qué no había mostrado esa disposición social alguna vez en nuestra casa?

Una frase menuda y punzante como un alfiler me hería en el recuerdo etílico, desordenado.

—Bueno, vosotras lleváis una vida regalada.

Vosotras. El plural lo conformábamos Valeria, una compañera de la radio, y yo. La frase la había pronunciado Marga. «¿Una vida regalada?», le dije yo. Hablábamos de condiciones laborales, pero en la frase pronunciada por Marga había un resentimiento antiguo que yo ya había captado otras veces: el de quienes acusan estar fuera de un mundo que les parece más atractivo que el que a ellos les ha tocado en suerte. Rabia. Había esa rabia que se esconde tras una sonrisa y que se elimina mediante el sarcasmo. Pero en aquellos momentos me parecía improcedente, injusto, ser envidiada. El que envidia aumenta la fortuna del envidiado. A mí me parecía mentira que una mujer como yo, desterrada de su ciudad por un tiempo ilimitado, viviendo no una vida fácil sino la de una madre solitaria en una ciudad donde había desembarcado sin conocer a nadie, pudiera provocar ese sentimiento.

—¿Lo oíste? —le pregunté a Alberto.

—Que si oí qué.

—Sí, lo que dijo Marga. Que yo llevaba una vida regalada.

—Ah, eso. No hablaba exactamente de ti, se refería a la gente de vuestro mundo. Había como unas cinco personas.

—Yo entre ellas.

—Ya…

—Yo no llevo una vida regalada.

—Creo que estás malinterpretando su frase, la verdad.

—¿Y cómo debería haberla interpretado?

—En el contexto —carraspeó, se dio cuenta de que yo no pensaba dar la discusión por concluida—. No es lo mismo levantarse por la mañana para trabajar como administrativo en la Seguridad Social que para ir a presentar un programa de radio.

—Yo trabajo más horas que ella, no soy funcionaria.

—Estás a un paso de serlo.

—Pero no es igual. Tú sabes que hace quince días hubo unas elecciones y me tocó cubrirlas. Y en esos casos no hay horario, trabajé de la mañana a la noche.

—No compares: te gusta tu trabajo.

—También me lo he ganado.

—No todo en la vida es cuestión de méritos. Cuentan otros factores.

—¿Y yo, dime, por qué tengo yo menos mérito?

—¿Que quién?

—Que Marga.

—Yo no he dicho eso.

—Bueno, más o menos lo has dicho.

—Quiero decir que ella no ha tenido tanta capacidad de elección como otras personas. Nadie elige la clase social en la que nace. Es una funcionaria rasa, está sometida ocho horas al día a un trabajo rutinario, anodino. Es normal que cuando se ve rodeada de personas que trabajan en aquello que les gusta no considere heroico que un día tengan que duplicar su jornada.

—Yo no me considero una heroína —miré al suelo.

Deseaba que él me pasara la mano por los hombros, anhelaba algún reconocimiento a tantas horas de soledad, a tantos domingos frente al televisor, viendo melancólicamente en mi pisito alquilado de muebles de formica
Canción triste de Hill Street
. ¿No me había ido de Madrid buscando, al fin y al cabo, una estabilidad económica que habríamos de disfrutar los dos en el futuro? El futuro.

—Nadie espera que lo seas.

—Ella podía haber intentado dedicarse a otra cosa.

—Eso es muy superficial por tu parte. Viene de una familia muy humilde y tuvo que empezar a trabajar a los dieciséis años.

—Hay otras personas en su misma situación que se empeñaron en estudiar y estudiaron mientras trabajaban.

—No seas injusta. Tú no has terminado la carrera y pudiste hacerlo. No te viste forzada a dejarla y en cambio la dejaste y ahora nada te impide estudiar mientras trabajas, también podrías hacerlo…

—Me costaría mucho, lo sabes —se me quebró la voz—. Estoy fuera, fuera, yo sola, con Gabi. Salgo de trabajar y tengo que volver corriendo a casa. Estamos los dos solos hasta el día siguiente.

—Lo sé, lo sé —ahora sí, ahora me pasó la mano por el hombro—. Sólo quería demostrarte que no se puede juzgar a los demás alegremente.

Caminábamos por la avenida fantasmal y oscura de Menéndez Pelayo sin que un alma se nos cruzara en el camino. Pero no teníamos miedo. O es que el espacio natural del miedo estaba asediado por un presentimiento más negro que lo invadía todo.

—¿Crees que a mí la vida me ha sido más fácil que a ella?

—¿Qué clase de pregunta es ésa? No quiero entrar en comparaciones.

—Dímelo, por favor. Necesito que me digas lo que piensas. ¿Crees que a mí me ha sido fácil?

—No, no te ha sido fácil, pero tu padre tenía otra situación. No es lo mismo un obrero que un empresario.

—Mi padre no es un empresario, ha sido un asalariado toda su vida.

—Un asalariado que tiene la capacidad de echar obreros a la calle.

—¡Está bien! ¡Dímelo! Dime la verdad —me paré, alcé la voz, tiré el bolso al suelo—. Dime que haga lo que haga nunca lo valorarás demasiado porque todo depende del punto de partida. ¿Sólo importa el dinero que tuvieron mis padres? Te equivocas, mis padres fueron como cualquiera…

—No tanto, estaban muy bien situados económicamente si los comparas con los míos o con…

—O con los suyos.

—O con los suyos, sí.

—Para ti, lo que se tiene o no se tiene ha de contarse sólo en términos económicos. Así de simple. Si pierdes a tu madre, por ejemplo, ¿qué pasa? ¿Cuenta menos que si a tu padre le echan del trabajo o le suben el sueldo?

—No mezcles, lo sentimental está fuera de esta discusión. Estás haciendo trampa incluyendo aspectos sentimentales en algo mucho más objetivo. No digo que no sea traumática la muerte de una madre…

—¡De la mía! La tuya no ha muerto. Ni la suya. ¿Qué me importaba a mí lo que ganara mi padre?

—No digo que no fuera trágica su muerte, no digo que no marcara tu vida. Digo que la posición económica de tu padre te facilitó el futuro, como a otros se lo vuelve imposible.

—Entonces me estás diciendo que ella tenía razón: «llevo una vida regalada».

—No, no llevas una vida regalada. Pero la suya ha sido o es más difícil.

—Le das la razón, entonces…

—Estás llevando esta discusión a un terreno personal. Y me niego a eso. Es infantil.

La luz verde de un taxi descendía por la avenida Doctor Esquerdo. Alcé la mano y paró. Me metí de un salto y antes de cerrar la puerta, le grité:

—¡Soy infantil!

El taxi avanzó unos metros hasta pararse en el semáforo en rojo. Entonces me bajé y le esperé con la puerta abierta. Él caminaba hacia mí, deprisa, con mi bolso en la mano, sabiendo que yo no podría dormirme sin antes pedirle perdón.

Cuando llegué a casa, Gabi ya estaba cenando. El pelo húmedo del baño se le pegaba a las sienes y le despejaba la frente, grande, abombada. Se me tiró a los brazos y yo hundí la cara en su cuello, donde se podían sentir las capas de diferentes olores deliciosos, la colonia, el jabón, su piel. Alberto me miró desde el sofá, su rostro reflejaba la palidez de la angustia. «¿Dónde has estado? ¿No podías haber llamado?» «No», le dije.

A partir de ese momento todo sucedió como yo esperaba. Me preguntó que si había estado todo el tiempo con Marga. Le dije que sí. Me preguntó de manera distraída de qué habíamos hablado. Le dije que de todo un poco. Del futuro, le dije, de lo incierto del futuro. Hizo un gesto muy suyo, el de quien sólo quiere comprender lo justo, el de quien no siente la necesidad de hurgar en conversaciones ajenas. Pasamos enseguida a otras cosas, a repartirnos las tareas domésticas del día siguiente. Yo tomé en brazos a Gabi y me lo llevé al cuarto. Le dije que le leería dos cuentos, sólo dos, porque esa noche estaba muy cansada. «Pero esta noche me quedaré aquí contigo», le dije al oído, como si fuera un secreto. Él sonrió, contento por aquel regalo inesperado.

Sucedió lo que yo temía. Alberto se asomó a la puerta y me dijo, «Voy a bajar un rato a la calle». «¿A la calle?», le dije, «¿para qué?». «Para dar una vuelta», me dijo, «lo necesito. Necesito estirar las piernas y respirar aire fresco, te he estado esperando toda la tarde, no podía soportar la tensión, pensé que te había sucedido algo». Eso me dijo. Nos acarició la cara, primero a mí, luego a Gabi, y se fue. Después de la lectura de tres o cuatro cuentos logré convencer al niño inagotable de que había que apagar la luz.

Lo podía imaginar ahora en la cabina de teléfono que había en una plaza recoleta cerca de casa, apoyado en la repisa metálica bajo el aparato. La imagen de un hombre abrumado ante la perspectiva de lo que ya no se podía aplazar, vigilando la posible presencia inoportuna de algún conocido.

Le oí abrir la puerta, avanzar sigilosamente por el pasillo sin dar la luz. Se detuvo en la habitación de Gabi y se quedó observándonos unos minutos. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad, distinguían su rostro serio, demasiado inmóvil para expresar algún tipo de sentimiento que no fuera el cansancio. Fue a nuestra habitación y se acostó. Antes de rendirse al sueño recordó las palabras que ella había pronunciado nada más descolgar el teléfono, las mismas palabras que le vendrían a la mente al día siguiente, cuando se despertara y hubiera de enfrentarse a esa evidencia: «Lo sabe.»

C
APÍTULO
2

MAÑANA DE SÁBADO

Bailábamos. Aquellos sábados en que se quedaba conmigo porque Alberto tenía que trabajar, el hombrecillo y yo bailábamos. Era una forma de reconciliarnos después del comienzo traumático del día o del agotador trasiego de la noche. A veces tenía la sensación de que el niño no dormía nunca. Las noches en que no se despertaba con uno de aquellos malos sueños de los que no se le podía arrancar sino zarandeándole o mojándole la cara, me llegaba, desde su cuarto, como el runrún sigiloso del ratón que comienza a vivir durante el sueño de los humanos. Escuchaba sus pasos medio sonámbulos, subiendo y bajando de la litera, decidiendo en la oscuridad qué barco o qué animal merecían estar arriba. Yo pronunciaba su nombre como una advertencia, de la misma forma que hizo mi madre con nosotros toda la vida, y él respondía un ¡yaaaa! largo, como si fuera él y no yo quien tuviera que armarse de paciencia, como si lo entendiera todo, mi nerviosismo creciente, mi falta de comprensión, pero algo más fuerte que su voluntad de obedecerme le mantuviera despierto.

Bailábamos después de que yo le dijera que aquello no podía ser, que los niños no eran así, como él era, un insomne que sólo cuando ya estaba vencido por el aburrimiento venía a mi cama y se me arrimaba, carnal y helado, respirando entrecortadamente como si viniera corriendo de la calle y colocando los piececillos en el hueco que formaban mis piernas dobladas. Todo siempre a gusto de sus pequeñas pero implacables manías, que yo toleraba con cierta grima, porque las interpretaba como imitaciones de un carácter neurótico, como había sido el mío de niña.

No, así no era como los niños tenían que ser, solía decirle. «Los niños de cuatro años no se pasan a la cama de sus madres todas las noches, los niños a la edad que tú tienes ya duermen solos. Los niños duermen.»

Tampoco los niños se levantaban a las ocho de la mañana un sábado para ponerse un vídeo a escondidas de su madre.
Poli de guardería
,
El bueno, el feo y el malo
, capítulos sueltos de
Las tortugas ninja
. «No, Gabi, tonto, todo esto te pone la cabeza loca», le decía mientras sacaba las películas de debajo del cojín donde sabía que las había escondido. «Ahora mismo van a la basura, te lo advertí.» Y me marchaba esperando a que por el camino me prometiera un cambio.

Other books

At Last Comes Love by Mary Balogh
Ebudae by Carroll, John H.
Callie's Heart by Cia Leah
The Oil Jar and Other Stories by Luigi Pirandello
Warcross by Marie Lu
Infidelity by Hugh Mackay


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024