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Authors: George MacDonald Fraser

Tags: #Humor, Novela histórica

Harry Flashman (9 page)

—¡Maldito sinvergüenza! ¡Maldito demonio ladrón, lujurioso y violador! ¡Le haré ahorcar por eso, pongo a Dios por testigo! ¡Con mi propia hija y en mi propia casa! ¡Señor Jesús! Ha entrado aquí furtivamente como una maldita víbora...

Se pasó un buen rato desbarrando hasta que, al final, pensé que le iba a dar un ataque. La señorita Elspeth había satisfecho casi todas mis expectativas... sólo que no se lo había dicho a su mamá, sino a Agnes. El resultado fue el mismo, naturalmente, y se armó un gran revuelo en la casa. La única que estaba tranquila era Elspeth, lo cual no sirvió de nada, pues cuando yo negué las acusaciones del viejo Morrison y éste arrastró a su hija delante de mí para mostrarme mi infamia, tal como él la llamaba, ella afirmó con la mayor naturalidad del mundo que sí, que la cosa había ocurrido junto a la orilla del río durante el camino hacia Glasgow. Me pregunté si sería un poco retrasada. Es una cuestión que jamás he podido dilucidar por completo. En vista de ello, ya no pude negarlo por más tiempo, y opté por seguir otro camino. Maldije a Morrison y le pregunté qué otra cosa podía esperar si dejaba a su bella hija al alcance de un hombre. Le dije que en el ejército no éramos unos monjes, y él se puso a gritar como un energúmeno y me arrojó un tintero que, afortunadamente, no dio en el blanco. Para entonces, ya habían entrado en la estancia las demás componentes de la familia, las hijas se habían desmayado —menos Elspeth— y la señora Morrison se estaba acercando a mí con una expresión tan asesina que di media vuelta y eché a correr como alma que lleva el diablo.

Levanté el campamento sin tiempo siquiera para recoger mis efectos personales —que, por cierto, no me fueron enviados—, y llegué a la conclusión de que lo mejor sería establecer mi base en Glasgow. Lo más probable era que en Paisley se armara un revuelo, por lo que decidí ir a ver al comandante local y, de hombre a hombre, explicarle la conveniencia de encomendarme otras tareas que no me obligaran a regresar allí. La situación sería un poco embarazosa, pues el comandante era un maldito puritano presbiteriano. Al final, no fui a verle y, en su lugar, recibí una visita.

Era un tipo de unos cincuenta años, de hombros envarados, modales un tanto bruscos, gallardía casi militar, rostro moreno y fríos ojos grises. Parecía un sujeto más bien inofensivo, pero en cuanto entró fue directamente al grano.

—¿El señor Flashman, supongo? —me preguntó—. Me llamo Abercrombie.

—Otro día será, buen hombre —repliqué—. Hoy no pienso comprar nada, por consiguiente, cierre la puerta al salir.

Ladeó la cabeza y me miró fijamente.

—Muy bien —dijo—. Eso me facilita las cosas. Pensé que era usted un blandengue, pero veo que es eso que se llama un fullero.

Le pregunté qué quería decir.

—Muy sencillo —me contestó, tomando tranquilamente asiento—. Tenemos una amistad común. La señora Morrison de Renfrew es mi hermana. Elspeth Morrison es mi sobrina.

Fue una noticia muy desagradable, pues el tipo no me gustaba ni un pelo. Se le veía demasiado seguro de sí mismo. Le miré sin pestañear y le dije que tenía una sobrina muy guapa.

—Me alegro de que así lo crea —contestó—. Lamentaría pensar que los húsares no saben distinguir.

Me miró en silencio y entonces yo empecé a pasear por la habitación.

—El caso es —añadió— que tenemos que tomar disposiciones para la boda. Estoy seguro de que no querrá usted perder el tiempo.

—¿Qué demonios quiere decir? —pregunté, soltando una carcajada—. No pensará que me vaya casar con ella, ¿verdad? Dios bendito, debe de estar usted loco.

—¿Y eso por qué? —preguntó.

—Porque no soy tan tonto como para eso —contesté. De repente, me molestó su insolencia y el tono de voz que estaba empleando conmigo—. Si todas las chicas que están dispuestas a darse un revolcón con el primero que encuentran consiguieran casarse, quedarían muy pocas solteronas, ¿no cree? ¿Y supone usted que vaya dejar que me empujen a una boda por semejante nimiedad?

—Se trata de la honra de mi sobrina.

—¡La honra de su sobrina! ¡La honra de la hija de un fabricante de tejidos! ¡Vamos, hombre, se le ve demasiado el plumero! Ha visto una estupenda oportunidad de cazar un buen partido, ¿eh? La oportunidad de casar a su sobrina con un caballero, ¿no es cierto? Han olfateado una fortuna, ¿verdad? Bueno pues, permítame decirle...

—En cuanto a la excelencia de la boda —dijo él—, antes preferiría verla casada con un macaco. ¿Debo deducir que rechaza usted el honor de aceptar la mano de mi sobrina?

—¡Menudo descaro! Deduce usted muy bien. ¡Y ahora, largo de aquí!

—Muy bien —dijo con un extraño brillo en los ojos—. Era lo que esperaba —añadió, alisándose la chaqueta mientras se levantaba.

—¿Qué quiere usted decir, maldita sea su estampa?

Me miró sonriendo.

—Le enviaré a un amigo para que hable con usted. Él se encargará de todo. No soy partidario de los duelos personalmente, pero, en este caso, me encantará alojarle una bala en el cuerpo o hundirle la hoja de un arma blanca en el vientre —se encasquetó el sombrero en la cabeza—. Supongo que debe de hacer por lo menos cincuenta años que no se celebra un duelo en Glasgow. Causará una gran sensación.

Le miré boquiabierto de asombro, pero me sobrepuse enseguida.

—Señor mío —le dije, mirándole con desdén—, no pensará que me vaya batir con usted, ¿verdad?

—Ah, ¿no?

—Los caballeros se baten con los caballeros —le expliqué con arrogancia—. No se baten con los tenderos.

—En eso se vuelve usted a equivocar —me dijo jovialmente—. Soy abogado.

—Pues entonces quédese con sus leyes. Tampoco nos batimos con los abogados.

—Siempre que pueden evitarlo, supongo. Pero va usted a tener dificultades para negarse a batirse con un compañero oficial, señor Flashman. Verá usted, aunque ahora sólo tengo un destino en la milicia, he pertenecido al 93 de Infantería (¿habrá usted oído hablar de los Sutherlands, supongo?) y he tenido el honor de alcanzar el grado de capitán. E incluso he prestado servicio en el campo de batalla —me miró con una sonrisa casi benévola—. Si duda usted de la veracidad de mis palabras, puede hablar con mi antiguo jefe, el coronel Colin Campbell.
[10]
Buenos días, señor Flashman.

Ya había llegado a la puerta cuando yo recuperé el habla.

—¡Váyanse usted y él al carajo! ¡No pienso batirme con usted!

Se volvió.

—En tal caso, tendré el gusto de azotarle en la calle. Su propio jefe, milord Cardigan, si no me equivoco, disfrutará de una amena lectura cuando vea la noticia en el
Times
.

Comprendí inmediatamente que me tenía atrapado. Sería mi ruina profesional... nada menos que a manos de un maldito oficial de infantería y, encima, retirado. Permanecí de pie, dominado por la furia y el temor, y maldije el día en que había puesto los ojos en su infernal sobrina mientras mi mente buscaba afanosamente una salida. Probé a utilizar otra táctica.

—Es posible que no se dé usted cuenta de con quién está hablando —le dije, preguntándole si no había oído hablar del incidente con Bernier y suponiendo que era algo universalmente conocido, incluso en la primitiva región de Glasgow, algo que también le hice notar.

—Me parece recordar un párrafo —contestó—. Dios bendito, señor Flashman, ¿tengo que echarme a temblar? ¿Quiere que me ponga de rodillas? Bastará con que sostenga con firmeza la pistola, ¿verdad?

—¡Maldita sea —grité—, espere un momento!

Se quedó de pie, mirándome fijamente.

—Muy bien, ojalá reviente —le dije—. ¿Cuánto quiere?

—Pensé que llegaríamos a eso —dijo—. Los cobardes como usted suelen echar mano de la bolsa cuando están acorralados. Pierde usted el tiempo, señor Flashman. Le arrancaré la promesa de casarse con Elspeth... o la vida. Yo preferiría lo segundo. Pero tendrá que ser o lo uno o lo otro. Elija.

De ahí no lo pude sacar. Supliqué, juré y prometí toda suerte de reparaciones excepto una boda; estaba casi a punto de echarme a llorar, pero fue como intentar mover una roca. O casarme o morir... a eso se reducía todo, pues no me cabía la menor duda de que aquel hombre era un experto en el manejo de la pistola. No hubo nada que hacer: tuve que ceder y decir que me casaría con la chica.

—¿Está seguro de que no prefiere batirse en duelo? —me preguntó casi con tristeza—. Qué lástima. Me temo que los convencionalismos obligarán a Elspeth a cargar con un hombre despreciable, pero qué le vamos a hacer.

Después pasó a discutir los detalles de la boda... ya lo tenía todo preparado.

Cuando finalmente conseguí librarme de él, me tomé un buen trago de brandy y las cosas no me parecieron tan negras. Por lo menos, no se me ocurría pensar en nadie con quien prefiriera casarme y acostarme y, cuando uno tiene dinero, una esposa no tiene por qué ser necesariamente un gran estorbo. Además, nos iríamos enseguida de Escocia y yo no tendría que aguantar a su condenada familia. Aun así, sería una molestia infernal... ¿qué le diría a mi padre? No tenía ni la más remota idea de cómo se lo iba a tomar... no me desheredaría, pero probablemente se pondría hecho una furia.

No le escribí hasta que todo terminó. La ceremonia se celebró en la abadía de Paisley, cuyo interior era tan negro como mis pensamientos. La contemplación de los alargados y mojigatos rostros de los parientes de mi novia me revolvió el estómago. Los Morrison me habían vuelto a dirigir la palabra y se mostraban muy amables conmigo en público. La cosa se había presentado como un repentino flechazo entre un deslumbrante húsar y una hermosa provinciana y, por consiguiente, tenían que simular que yo era su yerno ideal. Pero el muy bruto de Abercrombie no se apartaba en ningún momento de mi lado, sin duda para cerciorarse de que yo cumpliera todas las expectativas, lo cual resultó bastante desagradable.

Cuando todo terminó y los invitados empezaron a emborracharse como cubas según la costumbre escocesa, Elspeth y yo nos fuimos en un carruaje no sin antes despedirnos de sus padres. El viejo Morrison estaba completamente bebido y ofreció un espectáculo repugnante.

—¡Mi pequeña corderita! —gimoteó—. ¡Mi pobre y pequeña corderita!

Debo señalar que su corderita estaba encantada y tan poco emocionada como si acabara de comprarse un par de guantes en lugar de atrapar a un marido. Lo había aceptado todo sin un murmullo y, al parecer, no estaba ni contenta ni disgustada, lo cual me mosqueaba bastante.

Sea como fuere, su padre se pasó un buen rato lloriqueando, pero, cuando se volvió hacia mí, se limitó a emitir un gutural gruñido y le cedió el lugar a su mujer. Después, yo hice restallar la fusta y nos fuimos.

No recuerdo ni aunque me maten dónde pasamos la luna de miel —creo que en una casita alquilada de un lugar de la costa cuyo nombre he olvidado—, pero sí recuerdo que la cosa fue muy movida. Elspeth no tenía idea de nada, pero, al parecer, lo único que la sacaba de su habitual letargo era tener a un hombre a su lado en la cama. Era una compañera siempre dispuesta, a quien yo enseñé unos cuantos trucos de Josette. Se los aprendió con tanto entusiasmo que, cuando regresamos a Paisley, yo estaba completamente exhausto.

Allí me esperaba el mayor golpe de mi vida. Cuando abrí la carta y la leí, me quedé sin habla. Tuve que leerla una y otra vez para poder captar su sentido.

Lord Cardigan se ha enterado de la boda contraída recientemente por el señor Flashman, oficial de su regimiento, y la señorita Morrison de Glasgow.

En vista de dicha boda, Su Señoría considera que el señor Flashman no deseará seguir sirviendo en el Undécimo de Húsares (del príncipe Alberto), sino que preferirá dimitir o trasladarse a otro regimiento.

Eso era todo. Firmado «Jones», el pelotilla de Cardigan. No recuerdo lo que dije, pero fue lo suficiente como para que Elspeth se me acercara corriendo. Me rodeó la cintura con sus brazos y me preguntó qué me pasaba.

—Me pasa un desastre infernal—le contesté—. Tengo que ir a Londres enseguida.

Al oírlo, lanzó un grito de entusiasmo y empezó a parlotear, comentando emocionada que podría visitar los lugares de interés, codearse con la sociedad, poner una casa en la ciudad, visitar a mi padre —pobres de nosotros— y qué sé yo qué otras idioteces. Yo estaba demasiado trastornado como para prestarle atención y, por su parte, ella ni siquiera se fijó en mí mientras permanecía sentado entre las cajas y los baúles que los criados habían llevado desde el coche a nuestro dormitorio. Recuerdo que, en determinado momento, le dije que era una tonta y le ordené que cerrara la boca, lo cual la indujo a guardar silencio un minuto; después volvió a la carga, diciendo que no sabía si contratar a una doncella francesa o a una inglesa.

Todo el viaje hacia el sur me lo pasé furioso e impaciente por hablar con Cardigan. Sabía lo que había ocurrido. El maldito imbécil se había enterado de la boda a través de la prensa y había llegado a la conclusión de que Elspeth no era «adecuada» para uno de sus oficiales. Puede que a ustedes les parezca ridículo, pero eso era lo que entonces ocurría en un regimiento como el Undécimo. Bien estaban las mujeres de la alta sociedad, pero cualquier cosa que oliera a comercio o a clase media era anatema para Su Encumbrada Señoría. Bueno, pues yo no iba a permitir que me mirara por encima del hombro, tal como él tendría ocasión de comprobar. Eso pensé en mi juvenil necedad.

Primero llevé a Elspeth a casa. Le había escrito a mi padre durante la luna de miel y él me había enviado una carta diciendo: «¿Quién es esa desventurada jovenzuela, por el amor de Dios? ¿Sabe la pobrecilla qué es lo que tiene al lado?». Por consiguiente, todo iba bien en este sentido. Cuando llegamos allí, ¿a que no adivinan quién fue la primera persona con quien nos tropezamos en el vestíbulo? Pues nada menos que Judy, vestida de amazona. Me miró con una irónica sonrisa en los labios en cuanto vio a Elspeth —seguramente la muy bruja había adivinado lo que había detrás de la boda—, pero yo le devolví la pelota durante las presentaciones.

—Elspeth —dije—, ésta es Judy, la puta de mi padre.

Se le puso la cara colorada como un tomate, y yo las dejé allí para que se fueran conociendo y fui en busca del jefe. No estaba en casa, como de costumbre, por lo que decidí ir directamente a ver a Cardigan a su casa. Cuando entregué mi tarjeta, se negó rotundamente a recibirme, pero yo, ni corto ni perezoso, aparté a un lado a su mayordomo y decidí subir de todos modos.

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