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Authors: Angus Donald

Tags: #Aventuras, #Histórico

El hombre del rey (29 page)

BOOK: El hombre del rey
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Nadie en aquel recinto abarrotado de gente creyó ni por un momento que el príncipe Juan tenía intención de entregar el dinero una vez hubiese sido recaudado. Y eso estaba bien; éramos sus leales vasallos, y todos íbamos a compartir su futura fortuna en el caso, Dios no lo permitiera, de que el rey Ricardo sufriera algún contratiempo fatal.

Y así fue como me convertí en recaudador de impuestos, que es, os lo aseguro de todo corazón, uno de los trabajos más desagradables a los que alguna vez me he dedicado.

Pocos días después, salíamos de Nottingham al trote largo yo mismo, un sargento gordo y seis hombres de armas a caballo, más un cura con cara de rata llamado Saintephen. Yo había enviado a Hanno a algún recado el día antes, y no le esperaba de vuelta en varios días. El padre Saintephen llevaba en sus alforjas los rollos de pergamino con las largas listas en las que se registraba la riqueza de cada sencilla cabaña, vivienda, granja y parroquia del feudo de Mansfield, el área que se me había asignado para recaudar ingresos a partir de ese día. Otros grupos de caballeros y hombres de armas habían sido enviados a otros feudos, ciudades, distritos y aldeas con el mismo propósito, y había habido muchas discusiones y algunas quejas cuando sir Ralph Murdac hizo el reparto. Algunos hombres habían pedido áreas mayores, y otros se habían quejado de que las propiedades del sector que les habían correspondido eran demasiado pobres para sacar gran cosa de ellas. Estaba claro que muchos de los caballeros congregados bajo la bandera del príncipe Juan calculaban en privado cuánto podrían exprimir a las gentes de los lugares donde iban a recaudar, y sobre todo cuánto podrían quedarse para ellos. Jurar lealtad al príncipe Juan, pensé deprimido, era recibir licencia para saquear.

Inglaterra se mostraba especialmente hermosa en aquella mañana de abril en que me dirigía al norte, a través de Sherwood, a la cabeza de una columna de ocho hombres. El sol nos dirigía sonrisas templadas; el cielo era de un azul intenso e inmaculado; las hojas nuevas de un verde brillante se mecían arrulladas por una brisa ligera; las campánulas alfombraban el suelo en sombra bajo los altos árboles; los arrendajos revoloteaban de rama en rama y las tórtolas se arrullaban dulcemente a nuestro paso. Vi fugazmente pasar un jabalí por entre la espesura del sotobosque, en busca de las últimas bellotas del año, y un gamo esbelto e inmóvil nos miró atento con sus enormes ojos; al instante, me sentí transportado a días más felices, cuando cazaba con Robin y sus proscritos en estos lugares: días pletóricos de cerveza, de risas y de camaradería, amparados por la excitación de la caza.

Cuando cruzábamos las aldeas, espantando a nuestro paso a lechones, gallinas y ocas delante de los cascos de nuestros caballos, vi que los campesinos plantaban cebollas y puerros en los pequeños huertos que se extendían delante de sus casas, así como guisantes y alubias en los campos de cultivo comunales de las afueras del pueblo. Éstos eran los hombres y mujeres que con su trabajo sostenían todo el reino sobre sus anchas espaldas. Mi familia había sido en tiempos una más entre ellos, y aunque yo había mejorado mi condición al convertirme en un guerrero, siempre mantuve mi lealtad para con los campesinos, y mi respeto por su resistencia y su valor tranquilo. Conocía a esas buenas gentes, había crecido a su lado, como uno de ellos. Eran las personas que con su sudor y su esfuerzo producirían la plata que algún día, recé, traería al rey Ricardo libre y a salvo a su patria.

Nos detuvimos al mediodía en una taberna, y mientras mis hombres comían pan y queso y trasegaban la cerveza local en una rústica mesa colocada al sol en el exterior de la casa, yo les hablé de nuestra misión y les dije lo que esperaba de ellos cuando llegáramos al feudo de Mansfield.

—No vamos allí a saquear —dije con firmeza a una colección de hombres grandes y violentos enfundados en cotas de malla de acero y con largas espadas colgando de sus cintos—. No vamos a robar. Vamos allí a recaudar los impuestos que se nos deben por ley, y ni un penique más.

Hubo gruñidos y murmullos de descontento al oír aquello. Esperé con paciencia a que se hiciera el silencio, y continué:

—Muy en especial no vamos allí a violar, ni a abusar de nadie, y menos aún a matar. ¿Me he expresado con claridad?

—Con vuestro perdón, señor, ¿cuál va a ser entonces nuestra parte del botín? —preguntó el sargento, un hombre grueso, con el cabello que griseaba en las sienes y varias cicatrices de heridas en la cara.

—No nos corresponde ninguna parte en lo que llamas «botín». ¿No recibís un sueldo diario de dos peniques del príncipe Juan, en recompensa por el servicio a vuestro señor? Ése es el dinero que se os paga por llevar a cabo este trabajo. Quiero que todos lo entendáis. Cada moneda que recaudemos irá a Nottingham. El padre Saintephen tiene la lista de las cantidades que hemos de recaudar en sus pergaminos; las recaudaremos, con firmeza y amabilidad, y entregaremos cada penique a los tesoreros del castillo.

Hubo un conato de tumulto, con hombres furiosos que golpeaban la mesa con sus jarras de peltre y me gritaban. No había hecho nuevos amigos con mi pequeño discurso. El cura, nuestro secretario y escribano, me miró con sus ojos penetrantes de rata, y luego se apresuró a desviar la mirada. No iba a encontrar apoyo por ese lado.

—Entonces, ¿qué sacáis vos de esto? —dijo el sargento. Tenía la cara colorada y agitaba su dedo debajo de mi nariz—. Tened la amabilidad de decírnoslo, a mí y a estos chicos. ¿Cuál va a ser
vuestra
recompensa? Apostaría a que bastante más que el puñado de peniques extra que podríamos haber arañado.

Yo le agarré el dedo con la mano izquierda y la muñeca con la derecha, y se lo retorcí, empujando el dedo atrás contra el nudillo. El dolor le hizo dar un grito agudo de animal, que silenció de pronto aquella mesa alborotada. Me incliné hacia él, de modo que nuestros rostros quedaron separados sólo por unos centímetros.

—Cuando se dirija a mí, sargento, llámeme «señor». ¿Me ha comprendido?

—Sí —dijo, y vi su gorda cara grasienta empapada por el sudor que le producía el dolor que sentía.

—¿Sí, qué? —pregunté, y di un nuevo tirón al dedo retorcido. Aulló de nuevo, pero consiguió balbucear:

—¡Sí, señor! ¡Sí, señor!

—Ni un penique del dinero de los impuestos se quedará pegado a mis dedos…, ni a los suyos. ¿Entendido?

—¡Sí, señor!

El humor de nuestra pequeña cabalgata después de aquello se hizo tan agrio como un cubo de leche de la semana anterior en el que alguien hubiera orinado. Yo cabalgaba a la cabeza de la columna, con el sargento inmediatamente detrás de mí, acariciándose el dedo retorcido y fulminándome con miradas cargadas de odio. Sospeché que aquella tarde yo era el capitán menos popular de Inglaterra, pero no me importó. No creía que se atrevieran a asesinarme, ni a correr el riesgo de incurrir en la ira del príncipe Juan. Y si yo no les gustaba, bien, era algo que podía soportar. Lo más molesto era el zumbido en mis oídos de los ecos de la voz de Robin, que me decía: «Interesante… Otra vez has recurrido a la violencia, Alan; y has causado dolor para imponer tu voluntad. ¡Acabaré por hacer de ti un hombre de verdad!».

Empecé a cantar en voz alta para mí mismo mientras cabalgaba, sobre todo para dejar de oír en mi cabeza el eco de la risa de Robin.

Capítulo XIII

N
uestra primera parada aquella tarde fue en una parroquia que atendía a una pequeña aldea, a unos cinco kilómetros al sur de Mansfield. El anciano sacerdote protestó cuando envié a los soldados a llevarse del altar un par de candelabros de oro y una bandeja de plata, pero calló cuando el padre Saintephen le informó de que lo que estábamos recaudando era para el rescate del rey. Pudo creerlo o no, pero no era tan temerario como para discutir con ocho hombres armados.

Uno de los soldados sugirió que aplicáramos una antorcha encendida a las plantas de los pies del viejo sacerdote para averiguar si tenía más plata escondida en algún lugar pero, con un suspiro, dije que no y volví a explicar las normas de nuestra misión de aquel día. Nada de robos o abusos, ni de violaciones o asesinatos. Pareció que el mensaje calaba por fin en ellos, y en menos de media hora salíamos de la iglesia con todos los objetos de valor que habíamos encontrado.

Nuestra siguiente parada fue la mansión de Mansfield. Era una auténtica casa solariega, que se alzaba en un valle en el límite occidental del bosque de Sherwood regado por varios ríos, administrado por un mayordomo de cabeza ovejuna llamado Geoffrey, que había perdido un pie luchando junto a Ricardo en Francia, en las interminables guerras entre el duque de Aquitania y el difunto rey Enrique.

Geoffrey pagó con gusto los tres chelines y ocho peniques que el padre Saintephen le pidió y, como el día declinaba, nos ofreció alojamiento para pasar la noche y ahorrarnos la cabalgada de regreso de veintitantos kilómetros hasta Nottingham. Pasamos el resto de la tarde recaudando dinero en el pueblo, sin incidentes, a excepción de una vieja que protestó porque no tenía monedas de ninguna clase, por lo que nos vimos obligados a aceptar un gallo viejo y esquelético a cambio. Luego volvimos a la mansión y ofrecimos el ave al cocinero de Geoffrey, como pago por la cama y la cena.

Geoffrey regaló a los hombres un barrilete de cerveza, varias hogazas de pan y una gran olla de fromenta, un potaje de trigo triturado y enriquecido con col, puerro y chirivía, y les permitió acomodarse a su gusto en los establos. Y mientras los hombres se relajaban con una pareja de dados y los restos de la cerveza, el padre Saintephen y yo nos quedamos en la mansión, donde cenamos un guiso de gallina y bebimos vino con el mayordomo.

Sirvió la cena una bonita muchacha de unos catorce años, según me pareció, rubia y de ojos azules como un ángel. Me recordó un poco a mi encantadora Goody por su aspecto, aunque no tenía el alarmante temperamento y la pasión inflamada de Goody. Pero nos trajo la comida pronto, la sirvió con desparpajo y se ocupó de retirar la mesa sin resultar molesta cuando hubimos acabado de comer. Vi que el padre Saintephen observaba sus movimientos con sus ojillos de rata, y me pregunté hasta qué punto se tomaría en serio su voto de castidad.

Después de la cena, pedí al mayordomo noticias de la comarca, y me contó dos cosas que me interesaron mucho. En primer lugar, que el famoso proscrito Robin Hood se había mostrado muy activo en la región en las últimas semanas, robando iglesias y a eclesiásticos que pasaban por el bosque de Sherwood. Robin había atacado incluso una mansión fortificada cerca de Chesterfield (mansión que pertenecía a sir Ralph Murdac): la había saqueado, se había llevado el ganado y la había quemado y arrasado hasta los fundamentos. Pensé que mi señor no había estado ocioso mientras yo viajaba por Alemania, y que no había olvidado su código de venganza: Murdac había prendido fuego a su castillo de Kirkton, de modo que Robin le pagaba en la misma moneda.

Pero, según Geoffrey, la población local tenía peores cosas que temer que las depredaciones de proscritos sin ley. Se contaban muchas historias acerca de una bruja negra, una arpía repugnante dotada de extraños poderes diabólicos, que había sido vista por muchas personas en un área bastante amplia, que llegaba hasta Derby y Sheffield. Se decía que podía convertir a un hombre en una estatua de piedra con una mirada de sus terribles ojos, que era capaz de maldecir al hijo no nacido de una mujer preñada, y que el diablo la visitaba todas las noches y fornicaban de un modo sucio e innatural bajo las estrellas, mientras la bruja daba grandes gritos de éxtasis en una lengua satánica. El padre Saintephen se apresuró a santiguarse, y el mayordomo le imitó al acabar su historia. Era evidente que la
hag
de Hallamshire tampoco había permanecido ociosa mientras yo estaba fuera. Recordé lo que me había dicho Elise aquel invierno, cuando me transmitió la advertencia de la curandera Brigid, y sentí un extraño hormigueo en la base de mi espina dorsal. También yo me santigüé.

Justo en ese momento, un largo lamento resonó en la noche y yo me puse de pie de un salto. Era el grito de una mujer torturada, y venía del patio que estaba junto a la mansión. Eché mano a la empuñadura de mi espada y, mientras el padre Saintephen caía de rodillas con las manos juntas en oración y gimoteaba de terror, el mayordomo tomó una linterna y él y yo salimos de la sala, cruzamos el patio y entramos en el establo.

En el interior del establo, mis ojos se encontraron con un espectáculo repugnante. A la débil luz de la linterna, vi un par de nalgas redondas y peludas agitándose como el fuelle de un herrero encima de la chiquilla rubia que nos había servido la cena. El culpable era uno de los hombres de armas bajo mi mando, y estaba sin la menor duda violando a la pobre muchacha sobre un montón de heno. De nuevo ella exhaló un largo gemido, y se aferró a la espalda de él y arqueó el lomo, sin duda para apartarlo de su cuerpo joven y frágil.

Me adelanté un paso y aferré al hombre por el cuello de su túnica, apartándolo de encima de la chica. Le di un golpe en la cara para aturdirlo, desenvainé mi espada y puse la punta en su cuello.

—Te colgaré por esto —rugí—. Te he avisado dos veces, y ahora verás que no bromeaba. Ningún hombre bajo mi mando tendrá excusa si comete una violación u otro crimen.

El hombre tenía unos ojos como platos por el susto y la sorpresa; vi en la mata de pelo de su escroto que su virilidad se encogía deprisa. Quiso murmurar algo, pero las palabras no le salían. A mi espalda, oí removerse al resto de los hombres. Volví la cabeza, y vi que el sargento gordo se acercaba desde el fondo del establo, frotándose los ojos para ahuyentar el sueño.

—¡Trae una cuerda! —le grité—. Vamos a ahorcar a este hijo de puta ahora mismo.

Detrás de mí oí gritar a la muchacha rubia:

—No, por favor, señor…

—Pero, señor… —dijo el sargento, colocándose delante de su camarada, que todavía no había pronunciado una sola palabra en su defensa—. No la violaba. Ella consentía, de verdad consentía, sólo que es una chica que grita mucho, señor, todos se lo pueden decir. Lo lamento si le ha molestado.

La punta de mi espada siguió rozando el cuello del hombre semidesnudo, pero volví la cabeza para mirar a la criada. El mayordomo Geoffrey había encontrado una manta con la que cubrir su desnudez, y también ella tenía los ojos muy abiertos y cuajados de lágrimas.

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