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Authors: Angus Donald

Tags: #Aventuras, #Histórico

El hombre del rey (31 page)

BOOK: El hombre del rey
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Aunque me dolía verme obligado a cumplir las órdenes de sir Ralph de imponer nuevos tributos a aldeas que ya habían pagado mucho más de lo razonable y justo, no tenía más opción que obedecer. Intenté asegurarme de que hacíamos el mayor ruido posible, lanzando gritos de guerra y tocando las trompetas cuando nos acercábamos a un pueblo o a una mansión noble, para dar a sus habitantes la oportunidad de desaparecer antes de que llegáramos. Y prohibí a mis hombres perseguir a los campesinos que huían al bosque, asegurándoles que era demasiado peligroso: nadie podía saber qué o quién nos esperaba emboscado detrás de la lujuriosa cortina verde de árboles. Aquello me dio fama de comandante cauteloso, algo apocado y en exceso atento a su propia seguridad…, lo cual me fastidió mucho, aunque lo tomé como un mal menor inevitable.

Otros caudillos de grupos de recaudadores de impuestos no fueron tan benévolos o puntillosos como yo. Me llegaron noticias terribles de aldeanos colgados después de juicios sumarios, de hombres y mujeres torturados con fuego o agua hirviendo hasta entregar sus escasos peniques, de animales de granja muertos o confiscados, iglesias saqueadas e incendiadas y muchachas (y también muchachos) violadas para diversión de los soldados del príncipe. Las tropas del voluble Juan actuaban como una fuerza de ocupación, como un enemigo que arrasaba el territorio, y no como ingleses que recaudaban impuestos legales en nombre del rey. Pero cuanto más exhaustivos y crueles eran los saqueos llevados a cabo por los hombres del príncipe Juan, más hombres se alistaban bajo las banderas de los proscritos de Robin, y más y más poderoso era el conde de Locksley.

Sin embargo, Nottingham no era el único bastión desde donde los hombres del príncipe Juan realizaban incursiones para arrebatar la plata de una población cada vez más hostil. La poderosa fortaleza de Tickhill, en las fronteras del Yorkshire, guardada por el famoso caballero sir Robert de la Mare, había estado amontonando dinero para el príncipe Juan durante los pasados seis meses, y, en una destemplada mañana de septiembre, quince caballeros y hombres de armas, incluido yo mismo, cabalgamos de Nottingham hacia Tickhill durante cuarenta y cinco kilómetros al norte, con instrucciones de sir Ralph de escoltar un tren de carros cargados de plata en el camino de regreso a Nottingham.

El día antes, Murdac me había llamado a su gran cámara privada en el lado oeste de la gran torre y me informó.

—Los hombres dicen de usted, Dale, que es demasiado apocado a la hora de perseguir a los traidores, y que actúa como un cobarde cuando hay que correr riesgos.

Yo me mordí la lengua hasta notar el sabor de la sangre, pero logré contenerme.

La lujosa estancia estaba vacía cuando entré en ella, pero Ralph Murdac había aparecido unos momentos después desde detrás de una cortina que ocultaba los aseos. El asiento para aliviarse se encontraba al final de un pasillo corto, habilitado en el muro exterior occidental de la cámara. Era un lujo raro disponer en una cámara privada de un
guardarropa
, como se llamaba a veces a ese tipo de accesorio, pero permitía a un hombre aliviarse con toda comodidad (sus deposiciones caían al vacío e iban a parar, bastantes metros más abajo, a un montón de basura acumulada en el exterior de los muros del castillo), sin tener que recorrer a oscuras largos pasillos de piedra para utilizar las comunas frecuentadas por los soldados ordinarios.

—Ya es hora de que empiece a ganarse su salario aquí —siguió diciendo malhumorado, mientras se sentaba a una mesa cubierta de rollos de pergamino—. No estará al mando. Francamente, por lo que he oído, no me parece que pueda estar a la altura… El problema está en su sangre plebeya, desde luego. No sé lo que pensaba su alteza el príncipe Juan al daros títulos y tierras. Recibirá órdenes de sir Roger Fotheringay para esta misión, y partirá al alba. Eso es todo. Cierre la puerta al salir.

Dicho lo cual me dedicó una mirada despectiva, tomó del tintero colocado sobre el escritorio una pluma de ganso, acercó a su pecho un pliego de pergamino y empezó a escribir algo. Yo no dije nada; me limité a encogerme de hombros, di media vuelta y salí de la habitación.

Dejé la puerta abierta… Pero aquélla era sin duda una venganza muy pobre por haber tenido que tragarme la acusación de ser un cobarde.

No hubo novedad en el viaje hasta el castillo de Tickhill, toda una jornada a caballo: era una sólida fortaleza de piedra con una muralla alta rodeando el recinto y una atalaya elevada en el centro, construida sobre un espolón rocoso de unos siete metros de altura. A los quince caballeros al mando de sir Roger se nos asignó un espacio para dormir en la sala, pero apenas había sitio para instalarse porque el castillo parecía estar repleto de hombres de armas: incluido nuestro grupo, conté casi un centenar de soldados de diferentes rangos a la hora de la cena, y el patio de armas estaba lleno a rebosar de caballos y bestias de carga de todas las formas y tamaños. Algo se prepara, pensé para mí. ¿De dónde ha venido toda esta gente…, y con qué intención ha sido convocada aquí?

Debo decir que la organización de Tickhill bajo el mando de sir Robert de la Mare era impresionante. Sus sirvientes trabajaron toda la noche para preparar los tres carros para el convoy y cargarlos con los pesados cofres de la plata. Seis cofres cerrados con llave, rodeados de cadenas apretadas y sellados personalmente por De la Mare, fueron cargados en los carros y cubiertos por fin con sacos de arpillera para disimular su contenido y, justo antes del amanecer, se uncieron a ellos las tres yuntas de ocho bueyes que debían arrastrar el peso de la mal ganada plata del príncipe Juan hasta Nottingham. Nuestros quince hombres, bostezando y rascándose después de una breve noche de sueño, formaron a ambos lados de los carros tirados por los bueyes. Las puertas del castillo se abrieron muy despacio, los boyeros hicieron restallar sus trallas, empezaron a lanzar gritos a sus animales y picaron con las aguijadas las grupas de los bueyes; los hombres de armas chascaron la lengua a sus monturas, y todo el convoy se puso pesadamente en marcha, rumbo al sur.

Viajamos a la velocidad del más lento de los bueyes y así, cuando nos detuvimos a mediodía para comer un mendrugo de pan y beber unos sorbos de cerveza, sólo habíamos llegado a la altura del pueblo de Carlton, en el distrito de Lindrick. En una taberna cerca de la antigua iglesia sajona de San Juan Evangelista, sir Roger consiguió comida y bebida para toda la partida. Parecía nervioso y agitado, y me dirigía frecuentes miradas de reojo muy extrañas, como si recelara de mí. Tal vez no se sentía a gusto por el hecho de que yo hubiera sido asignado a esta expedición, a sus órdenes, cuando antes yo había sido comandante de mi propio equipo de recaudadores. Fuera como fuese no le presté mucha atención. El día era frío, con cielos grises, y el viento traía gotas de lluvia, y todos almorzamos en Carlton sin bromear, casi en silencio. Lo único que yo deseaba era llegar a Nottingham con la menor dilación posible, y no estaba de humor para intercambiar chanzas con mis compañeros de armas. Media hora más tarde, mis deseos se cumplieron, y reanudamos la marcha.

No habíamos recorrido aún ni siquiera un kilómetro desde Carlton cuando, al pasar por un lugar donde el camino bordeaba un bosque denso por el oeste, mientras al este se abría a campos de cultivo, empezaron a volar las flechas. La primera noticia que tuve del ataque fue un repentino zumbido y un golpe sordo, seguido por el gemido de dolor del hombre de armas situado delante de mí, que se encogió en su silla de montar para aferrar el astil de una flecha que sobresalía de su vientre como una rama delgada y recta del tronco de un árbol.

Sir Roger gritó algo, y yo hice girar a
Fantasma
hacia la derecha para enfrentarme a lo que fuera que nos esperara en el bosque. Pude ver siluetas confusas que se movían en la penumbra y flechas que brotaban de entre los árboles como un granizo horizontal. Decenas de flechas volaban aquí y allá, y en pocos instantes hombres y caballos gemían y morían a izquierda y derecha. Hombres encapuchados, oscuros y amenazadores, empuñando arcos largos de batalla, se acercaban hacia mí entre los árboles como espectros maléficos, y disparaban al tiempo que avanzaban.
Fantasma
se agitaba inquieto entre mis piernas, e intenté calmarlo mientras los letales proyectiles pasaban casi rozando sus flancos e iban a hundirse en la carne de otros animales. Un caballo fue alcanzado en el cuello, relinchó y se echó atrás. Vi a un hombre de armas maldecir la flecha que había impactado en su brazo izquierdo e intentar arrancarla, justo en el momento en que otros dos proyectiles se clavaban en su pecho. Yo lo observaba todo, inmóvil salvo por el inquieto removerse de mi montura. Sir Roger, a mi izquierda, recibió un flechazo en la cara, que perforó su cabeza protegida por el casco y la proyectó hacia atrás, antes de que se deslizara, muerto, inerte como una piedra, por el costado de su caballo. La muerte daba vueltas a mi alrededor, próxima hasta casi rozarme, tanto como para que pudiera olerla y percibir sus movimientos al pasar, y oír su zumbido y su golpeteo sordo. Un caballero, con su montura herida por tres flechas, y él mismo con una cuarta hincada en la cintura, consiguió desenvainar su espada e intentó cargar contra los arqueros fantasmales que avanzaban desde el interior del bosque. Picó espuelas, y emitió un cuasi ridículo grito de guerra; su caballo saltó adelante y recibió una docena más de flechas que surgieron simultáneamente de entre los árboles. Algunas impactaron en el cuello del animal, y cuatro o cinco perforaron el pecho cubierto de acero del caballero. Tanto él como su montura estaban muertos antes de haber recorrido siquiera cinco metros.

Y a despecho de tanta carnicería, en medio de toda aquella muerte y aquella sangre,
Fantasma
y yo seguíamos ilesos. Anudé las riendas en el pomo de la silla y alcé las dos manos, con las palmas al frente y los dedos separados en el signo universal de la rendición, al tiempo que susurraba ánimos a
Fantasma
para infundirle valor, y procuraba controlarlo con las rodillas.

Una rápida mirada a mi alrededor me reveló que todos nuestros hombres de armas habían sido abatidos, y la mayoría de sus pobres monturas estaban heridas o muertas. Los espectros encapuchados con sus mortíferos arcos largos estaban ya a menos de veinte pasos, y avanzaban pesadamente con las zancadas suaves y decididas del verdugo. Entonces una voz familiar, que no oía desde hacía más de seis meses, gritó:

—Dejad de disparar, hombres; quietos esos arcos. ¡Dejad de disparar, bribones!

Y de detrás de un árbol, a veinte metros de mí, asomó una figura alta y bien proporcionada, vestida de verde oscuro y envuelta en una capa raída de color gris, con una aljaba llena de flechas a la espalda y empuñando un arco en la mano derecha.

—Hola, Alan —dijo Robin, el proscrito—. ¿Cómo te va?

Capítulo XIV

L
os hombres del conde de Locksley, encabezados por Little John con su enorme y anticuada hacha de doble cabeza, remataron con rapidez a los hombres que aún vivían. Yo me apeé de los lomos de
Fantasma
y abracé a Robin. La emoción me había puesto un nudo en la garganta: hasta ese momento, no me di cuenta de lo mucho que lo había echado de menos durante los largos y frustrantes meses pasados en Nottingham. Y había muchos otros rostros familiares que me sonreían desde debajo de sus capuchas: Much, el hijo de un respetable molinero, que prefería la vida violenta del proscrito al honrado trabajo de moler trigo para ganarse el sustento; Owain, el jefe de los arqueros, un valeroso guerrero galés que compartió conmigo la ida y la vuelta de Ultramar, y el joven Thomas Lloyd, empuñando un arco ajustado en proporción a su juventud y su estatura. Little John se me acercó y me dio un gran abrazo de oso que hizo crujir mis costillas; luego me palmeó la espalda y me dijo que estaba orgulloso de mí.

Y ahí estaba Robin, a mi lado.

Mi señor, el conde de Locksley, me miró con atención, y sus ojos brillantes de un gris plateado penetraron profundamente en los míos.

—¿Cómo te va por Nottingham, Alan? —preguntó—. ¿No sospechan que sigues siendo un hombre mío?

—No lo creo. Bueno, no pueden estar seguros… Pero Robin, ¿cuánto tiempo más tendré que seguir representando este papel? No tardarán en descubrirme: sin duda sospechan que alguien te está pasando información sobre los movimientos de los convoyes.

Robin se acarició el mentón, cubierto por una barba incipiente.

—Creo que debes seguir el juego sólo por un poco más de tiempo, Alan, si te ves capaz de hacerlo. La plata que le quitamos al príncipe Juan va directamente a la reina Leonor, en Londres. Y cada penique que nos llevamos le debilita a él y acerca un poco más la libertad del rey Ricardo.

—¿Todos los peniques son entregados a la reina? —pregunté, ladeando la cabeza en un gesto de duda.

—Sí —dijo Robin, simulando sentirse ofendido—. Bueno, tengo que cubrir algunos gastos, obviamente. Pero la mayor parte con diferencia de ese dinero…, en fin, buena parte de ese dinero, va al sur, a Londres. ¿Acaso no me crees?

Le miré sin decir nada y alcé una ceja. De pronto, los dos nos echamos a reír como locos.

Sin aliento por aquel ataque de risa, Robin aún pudo balbucir:

—No hago esto para enriquecerme, Alan, podría jurártelo si fuera necesario. No lo necesito. El comercio con Ultramar sigue fluyendo como un caudaloso río de plata. Esto es todo para Ricardo. Y ocurre también que me divierte jugar otra vez a ladrones y proscritos… Pero por mi honor sagrado, Alan, que si asumo este juego mortal es para comprar la libertad del rey Ricardo.

Me sequé las lágrimas de los ojos, y, aún apenas conteniendo la risa, dije:

—Creo que podré continuar la comedia un poco más, si consideras que es necesario y por el bien del rey, pero no más allá de las Navidades, te lo suplico. No estoy seguro de aguantar mucho más tiempo sin volverme loco y cortarle el pescuezo a Murdac mientras duerme.

—No es mala idea —dijo Robin—. Pero no sobrevivirías para contarme la historia. No, lo lamento pero tendrás que representar tu papel durante algún tiempo más. Tres meses bastarán; hasta las Navidades, como has dicho. Pero a la primera señal de que sospechen de ti…, tú y Hanno tenéis que escapar de ese castillo. ¿Me lo prometes, Alan? Al primer signo de sospecha, salís de allí por piernas. Te necesito con vida y con salud, amigo, no colgado de un patíbulo en el mercado de Nottingham.

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