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Authors: Antonio Gómez Rufo

La abadía de los crímenes (7 page)

Cuenta la leyenda que, cuando ella lo expulsa de la casa que deshonró, él se indigna y lleno de ira se lanza a un nuevo galope hasta llegar a una cueva que conoce: la que oculta un pasadizo subterráneo que conduce al claustro de San Juan de las Abadesas. Allí se encuentra con Adalaiza, la invita a acompañarlo y ella monta en un caballo negro y cabalga al lado del conde. Juntos se precipitan a una galopada furiosa, a la cabeza de los suyos. La luna lo ilumina todo. De pronto se cruza ante ellos un ciervo, saltando arroyos y barrancos, un ciervo tan ágil que se diría que tiene alas, y entonces el conde Arnaldo saca su cuerno de caza y llena el aire de frenéticas llamadas. Los perros, enloquecidos, se lanzan tras el ciervo, al igual que Arnaldo y su amante Adalaiza. En el estruendo de la algarabía, Arnaldo azuza a los perros con la voz y el látigo.

Pero, de repente, como si de un espectro se tratara, el ciervo desaparece y la jauría de perros, babeando saliva y furia, se revuelve y acecha al conde y a la abadesa. Arnaldo y Adalaiza tratan de huir, espoleando a sus caballos, pero los perros se han convertido en lobos sedientos de sangre. La carrera es a vida o muerte. Los perros van ganando terreno y al fin alcanzan a los caballos, mordiéndolos y derribándolos, al igual que derriban a los jinetes. La jauría aúlla, asegurada su presa. El conde y Adalaiza se tratan de defender, pero todo es en vano. Los animales se tiran a ellos como fieras. El festín es sangriento: los arrastran por el bosque y no los sueltan hasta destrozarlos. La sangre queda en la tierra formando un gran charco en el que beben los perros.

Es una cacería nocturna que se repite todos los años en la noche del día de Difuntos, cuando asoma la luna. Y nadie quiere presenciarla en las tierras de Ribes y Puigcerdá. O así, al menos, se lo contaron a don Jaime cuando aún era muy pequeño. De este idéntico modo.

El rey regresó del ensimismamiento en sus recuerdos y miró la situación del sol a través de la ventana. Las monjas no habían concluido su trabajo y, cruzando la sala, se detuvo en el fondo de la estancia, ante una pequeña puerta cerrada. Intentó abrirla, pero el picaporte no pudo vencerla. Se volvió y preguntó a la abadesa:

—¿Y esta entrada? ¿Adónde conduce?

—Conduce a mi celda de trabajo, señor —respondió doña Inés al rey, levantando apenas los ojos del papel donde estaba redactando la relación de religiosas asesinadas—. Esa puerta da paso a un pequeño taller en el que...

—¿Y qué trabajos son ésos? —preguntó don Jaime—. Creía que con orar y dirigir la abadía tendrías labor bastante.

—La señora abadesa es muy habilidosa con sus manos, mi señor don Jaime —intervino Lucía, una de las religiosas.

—Luego, si me lo permitís, os lo muestro —ofreció doña Inés—. Son pequeñas distracciones.

—Me encantará conocer esas maravillas. Y también el
scriptorium
del monasterio, en cuanto dispongamos de un rato libre.

—Por supuesto, mi señor.

Sonaron campanas y campanillas anunciando la hora sexta. Siguiendo la regla de San Benito, a diferencia de la imposición que se refería a los tres rezos más importantes del día, maitines, laudes y vísperas, no hacía falta dirigirse a la capilla, sino que cada cenobita lo rezaba allá en donde se encontrase. Las cuatro religiosas, al oír la llamada, se pusieron de pie y rezaron sus oraciones con gran recogimiento. El rey se santiguó y musitó una breve oración, tras lo cual aguardó a que las mujeres acabasen de orar para continuar curioseando por la estancia mientras ellas volvieran al trabajo.

—Y con esta oración, ¿llevamos? —se rascó el rey la cabeza—. ¿Cuántas oraciones van ya hoy, Constanza?

—Las preceptivas de la regla, señor —alzó los hombros la monja navarra—. Maitines en la medianoche, Laudes antes de empezar el trabajo diario, la hora prima, la tercia, la sexta... Luego será el Ángelus y la nona y, al atardecer, las Vísperas. Sin olvidar las Completas, señor, que las rezamos en nuestras celdas antes de dormir.

—Se te olvida el Oficio de las Lecturas, hermana Constanza —la abadesa seguía las cuentas de la navarra—. Lo hacemos mientras comemos. ¿En Tulebras no es así?

—Es cierto, es cierto —reconoció Constanza—. Los tres salmos y las dos lecturas santas...

—Eso es —confirmó la abadesa, enérgica.

El rey alzó las cejas y respiró profundamente. Luego exclamó:

—¡Bendito sea Dios!

Pasó un buen rato antes de que doña Inés, Lucía y Petronila terminaran de preparar los listados solicitados. Lo que menos les costó fue redactar los nombres, procedencia, rasgos físicos y tiempo de antigüedad en el cenobio de las víctimas, aunque tardaron algo más en ajustar la edad de todas ellas, hasta el punto de que incluso alguna fue establecida por aproximación. Pero lo que les supuso un verdadero compromiso fue ponerse de acuerdo en esa extraña requisitoria sobre su atractivo personal, debatiendo en alguna ocasión si se trataba de atractivo espiritual o puramente de mujer, a lo que el rey, harto de la espera, mostró una cierta brusquedad para remarcar que se refería a esto último, y añadió irritado que si se trataba de agresiones sexuales no había razón para preguntarse por su santidad ni por su ejemplaridad en el desempeño de sus prácticas místicas. Al cabo, las relatoras optaron por señalar a todas ellas de igual modo, calificación que no las comprometía porque, como comentó doña Inés, la apariencia, lo mismo que el alcance de la sabiduría, son apreciaciones personales sobre las que no cabe establecer pautas.

El ángelus marcó el mediodía justo antes de que las religiosas dieran por acabado el informe y entregaran a don Jaime las cuartillas escritas con una excelente caligrafía digna de un amanuense experimentado. El rey no quiso tomarlas, sino que indicó a Constanza de Jesús que se hiciera cargo de ellas, y a continuación permanecieron todos de pie persignándose ante la llamada de las campanas que anunciaban la oración del mediodía. Al acabar, don Jaime informó a la abadesa de que volvería a su celda después de comer para que le mostrara su habilidad con aquellas manualidades en las que decía trabajar en el cuarto contiguo.

—¿Te parece bien, doña Inés?

—Siempre a vuestra disposición, señor —la abadesa inclinó la frente con las manos cruzadas sobre el pecho, reverenciando al rey en su salida del aposento.

Por los pasillos del monasterio, don Jaime encargó a Constanza que estudiara con detenimiento las cuartillas para ver si lograba establecer algún nexo que sirviera para encontrar una causa única tanto en las muertes como en las violaciones.

—Y, si te place, acompáñame durante la comida. Para entonces podremos intercambiar opiniones sobre tus descubrimientos.

—¿Y la reina, señor? ¿No compartirá mesa con vos? Hablar ante ella de estas cosas no creo que sea algo que...

—Voto al Cielo para que no asista —el rey sacudió la cabeza, como si lo necesitara—. Algún día te hablaré de ella, Constanza. Pero te aseguro que no será mi esposa durante mucho tiempo.

—¿Señor...? —se escandalizó la benedictina navarra—. ¿Cómo podéis...?

—No creo haber pedido tu opinión, amiga mía.

—Cierto, mi señor —Constanza levantó los papeles y puso en ellos su mirada—. No me la habéis pedido.
Aut tace aut loquere meliora silentio.
[4]

El rey afirmó con la cabeza sonriendo: definitivamente aquella monja le ponía de buen humor; y anunció que iría a dar un paseo por los jardines del claustro, que luego se llegaría hasta el cementerio del monasterio para ver su disposición y que en la hora nona la esperaba en la sala donde se servía la comida.

—Para entonces podrás hallar algo interesante que decir, ¿verdad?

—Si Dios me ayuda..., así será.

—Labor omnia improba vincit
[5]
—sentenció don Jaime.

Capítulo 4

Mientras tanto, una vez terminada de contar por Águeda la historia de don García, y ante el congojo de la reina, Teresa pidió permiso para relatar cuanto sabía del propio Ordóñez para completar cuanto había narrado su amiga; y empezó dejando entrever la poca salud del caballero para menesteres de atención a damas y su predilección por rodearse de escuderos jóvenes, lo que acompañó con una risa contenida que cambió el rictus sombrío de la reina, devolviéndole el ánimo, y produjo una gran algarabía en las demás damas durante un buen rato. Luego, una vez acabado el bullicio de la charla, volvió el silencio a la estancia y cada cual retomó sus labores con la dedicación acostumbrada.

Doña Leonor de Castilla, otra vez recogida en sus pensamientos, permanecía bordando con desinterés pétalos del color de las violetas sobre un bastidor de gran tamaño. A su alrededor, sentadas en sillas, reclinatorios y un cojín tendido en el suelo, las cinco damas hacían labores de costura y destrenzado de hilos. Desde maitines andaban levantadas, ya habían cumplido con el ritual de rezos de laudes y de las dos primeras horas menores, la prima y la tercia, a las seis y a las ocho de la mañana, respectivamente, y luego habían desayunado. Y ahora, a la espera de la hora sexta, que llamaría a las once de la mañana, sin las ocurrencias de Águeda, se mostraban silenciosas y algo mustias. Hasta la llegada del ángelus, a mediodía, no había nada nuevo que hacer. Incluso a la propia reina le pareció excesivo proponer una nueva oración para huir de sus tristezas y prefirió ver si Águeda, otra vez, la entretenía con alguna de sus ocurrencias.

—Te has quedado muy callada, Águeda —dijo la reina, esbozando una breve sonrisa—. ¿Te preocupa algo?

—No estoy preocupada, señora —respondió la dama—. Pensaba en cosas sin gran enjundia, nada más.

—¿Puedes compartir tus pensamientos con tu reina? Ya nos has contado la historia de don García, pero seguro que con otros cuentos nos entretendrías a todas —sonrió de nuevo doña Leonor.

—Por poder... —pareció lamentar lo que pensaba, moviendo la cabeza a un lado y otro—. Pensaba en... ¡Si es que no sé cómo la aguanto! ¡No puede ser más egoísta...!

—¿Se puede saber de qué estás hablando, Águeda? —se extrañó la reina—. Creo que tus pensamientos están prestos para brotar de tu garganta en lugar de resguardarse en tu corazón.

—Tenéis razón, señora. Me estaba refiriendo a mi hermana Blanca, vos la conocéis... ¡Y es que no dejo de darle vueltas! ¿Podéis creer lo que hizo la última Navidad? Se quedó con todo, ¡con todo! Lo mejor del caudal de joyas de nuestra madre... Y todo porque dijo que le había dicho en el lecho de muerte, ¡sólo a ella!, que quería que fuera Blanca quien conservara sus preseas. Así es que el mismo día de Navidad nos reunió a las hermanas en su palacio y extendió sobre la mesa un hatillo que contenía las joyas de la herencia. ¡Dijo que para hacer un reparto justo! Y la muy aviesa nos mostró el contenido del hato y resultó que, en efecto, había collares, pulseras, brazaletes, alfileres, cruces y piedras ornamentales, pero las de menos valor de nuestra madre, si sabré yo las alhajas que tenía. Mi hermana Lucila calló, ya sabéis cómo es de timorata para esas cosas, pero yo no pude contenerme. ¡A mí me iba a engañar Blanca con esa carita sonrosada de no haber roto una vasija nunca!

—Es tu hermana, Águeda —le reconvino doña Leonor.

—Lo sé, mi señora. Y por eso lo digo.

—¿Y luego qué le dijiste? —Berenguela quería saber cómo había continuado la disputa.

—Pues yo..., claro, le dije que muy bien, que se harían tres montones con esas joyas y nos las repartiríamos, pero de inmediato le pregunté en dónde estaban los collares labrados, la cruz de oro y diamantes y los broches de piedras preciosas que lucía nuestra madre. Y, ¿os figuráis? Con su carita de buena nos dijo que de sobra sabíamos que nuestra madre había querido que esas piezas fueran para ella, que se lo había dicho antes de morir y que ya nos había informado de ello durante los funerales. Por supuesto que esto último no lo dijo mirándome a los ojos, no se hubiera atrevido, sino que lo afirmó con la vista puesta en Lucila porque sabía que la tonta de nuestra hermana pequeña no tendría valor para contradecirle.

—Y tú no callarías, claro —opinó Sancha.

—Pues no. Y, aunque negué que fuera cierto, y afirmé que no tenía por qué creer que nuestra madre hubiera tomado una decisión así, en perjuicio de sus otras dos hijas, la descarada Blanca no hacía sino incomodar a Lucila para que dijera si era verdad o no cuanto decía. Nada contestó Lucila, así que Blanca aprovechó para declarar que su silencio era evidencia de cuanta verdad decía, y sin más dio por acabado el reparto, urgiéndonos para acudir a la mesa en donde ya esperaba la comida del día festivo. Me enfadé, claro que me enfadé. Porque, ¿lo comprendéis, señora?, no era la primera vez que hacía algo así.

—Águeda...

—¡Pues no, señora, no era la primera vez! Recuerdo que a la muerte de nuestra tía Ana de Aranda, viuda de don Tirso Acuña,
requiescat in pace,
ocurrida ha tres años ahora, también fue ella quien acudió presta a visitar el ajuar de la difunta, cuando aún no se habían cumplido tres días de su fallecimiento, y a sabiendas de que no tenía más herederos que nuestra familia, esgrimió no sé cuántas conversaciones privadas con nuestra tía para asegurar que había depositado en ella todo cuanto de valor había adornado su persona en vida. Dejó migajas para nuestra madre y para nosotras dos, para Lucila y para mí, y de esas migajas en poder de nuestra madre aun rebañó algo más el mismo día del último reparto en Navidad. ¿Habéis conocido egoísta mayor en todos los días de vuestra vida, mi señora?

—No sé qué decir —comentó la reina.

—Y dejo constancia —continuó Águeda— de que no es que lo quiera para mí, que joyas, adornos, reliquias y aderezos tengo de sobras, sino que algún día casaré y tendré hijas y mi deseo será que conserven algún recuerdo de su abuela materna, de nuestra madre. Porque preseas, lo que se dice preseas y alhajas, tengo las que deseo, y podría tener mil más si llegara el caso, que otra cosa no, pero fortuna en mi familia sabéis que la hay, y abundante. Pero lo que me desespera es ese afán de avaricia de Blanca...
Law šá lláh
[6]
que se le atraganten las piedras preciosas...

—¿Law šá lláh? —
se extrañó la reina—. ¿Qué es ello?

—Ah, perdonad, señora. A veces se me escapa alguna expresión infiel. Quería decir si Dios quiere, pero comprendo que Dios no va a permitir que mi hermana Blanca, a pesar de ser como es, sufra una asfixia por culpa de las alhajas que se ha quedado injustamente...

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