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Authors: Franck Thilliez

Tags: #Thriller, Policíaco

El ángel rojo (2 page)

–¿No será un poco demasiado brutal para Sibersky? Usted sabe que es cien veces más eficaz tras un ordenador que sobre el terreno.

–Hazme caso, Shark, este asesinato lo espabilará un poco…

Los tentáculos hormigonados de la capital desaparecieron cuando me introduje en el bosque de Ermenonville. Después de Senlis, tomé la carretera nacional 330 y luego la departamental 113 para finalmente aterrizar, tras una buena tunda de kilómetros, en la tranquilidad lunar de Fourcheret. Ante mí, el sol proyectaba oleadas de luz dorada sobre los fardos de paja en un paisaje sepia, magnífico, arrancado al instante. El último día de un verano espléndido, el otoño que se anunciaba suave…

Un ambiente de velatorio barría las calles estrechas y desiertas del pueblo. Guiado por las indicaciones del mapa, llegué, tras tres kilómetros por campo raso donde incluso las vacas eran una excepción, a la villa de Martine Prieur. Técnicos de la policía científica se agachaban ante eventuales rastros de neumáticos, cristales rotos o huellas de pasos, acompañados por los inspectores de la DCPJ que se consagraban a la delicada y fastidiosa investigación de proximidad. Tras mostrar mi placa a los plantones, me uní cerca de la entrada a los dos oficiales de la policía judicial que flanqueaban a lo que parecía un bolo hecho carne: el comisario Bavière. Las estalactitas frías del miedo le empañaban el destello de los ojos. De inmediato me acordé del encargado panzudo de una gasolinera, perdido en medio de un campo de molinos de viento en pleno corazón de Estados Unidos. Tras un corto protocolo para las presentaciones, abordé el meollo del asunto.

–Bueno, comisario, ¿qué tenemos entre manos?

Bavière carraspeó antes de hablar. Una terraza de hielo, un terror negro, le mermaba la voz.

–El cuerpo sin vida de Martine Prieur ha sido descubierto esta mañana a las cinco y media por un repartidor de periódicos, Adam Pirson. La puerta de entrada estaba abierta de par en par, pero las luces se hallaban apagadas. Gritó y luego, al no oír respuesta, entró preocupado, ha dicho, por el silencio y la oscuridad. Mientras subía seguía gritando. Y fue entonces cuando la vio… -La violenta borrasca de un pensamiento lo condujo a otra parte.

–Continúe, comisario, por favor -le animé, para que retomara la conversación.

–Mis hombres llegaron los primeros al lugar de los hechos, luego se les unieron los técnicos de la policía científica, el forense y sus inspectores. El levantamiento del cadáver se produjo alrededor de las doce.

–¿Tan tarde?

–Enseguida entenderá por qué; sígame.

Se limpió con un pañuelo la capa grasienta de sudor que tenía pegada a las sienes: una capa de mantequilla que rezumaba hamburguesa y patatas fritas. «El hombre perdido de la gasolinera», pensé. Añadió:

–Dios mío… Incluso sin el cadáver, esa habitación podría figurar en la próxima película de Wes Craven.

El teniente Crombez salió para dirigir las operaciones en el exterior, entre ellas la investigación de proximidad. Mientras subíamos la escalera, pregunté a Sibersky:

–¿Te encuentras bien?

–El comisario Bavière tiene razón. Jamás he visto nada igual, ni siquiera en la tele…

Lo he probado todo. El salto en paracaídas, el salto elástico, las peores atracciones de feria, los acelerones fulminantes en moto y, sin embargo, nada me conmociona tanto como la explosión de la escena de un crimen sobre la película cristalina de la retina. Aún hoy me siento incapaz de expresar lo que me trastorna tanto. Quizás es el miedo o, simplemente, el instinto humano de no poder soportar el rostro del horror en su expresión más dura.

Nunca contaba a Suzanne esas erupciones sanguinolentas, las guardaba para mí como las páginas negras del libro de mi existencia. Cuando volvía a casa, tarde por la noche la mayoría de veces, intentaba abstraerme de la jornada una vez que cruzaba el umbral de mi hogar. Pero uno nunca se libra de las malas hierbas que se arrancan por los tallos.

Y cada noche, una vez que mi espíritu se abandonaba a los amplios territorios del sueño, las pesadillas acudían como caballeros bien armados para maltratarme hasta la mañana siguiente.

Y mi vida en pareja se resentía de ello, como en todas las parejas en que el trabajo aventaja a los sentimientos…

En el centro de la habitación, bajo las luces matizadas del crepúsculo, ocho ganchos de acero, suspendidos al extremo de unas cuerdas agrupadas en la base en un haz único, vibraban en el aire como las ramas de un móvil de bebé. Mediante una compleja red de nudos y de poleas de freno, el levantamiento del sistema y, consecuentemente, el de la masa ensartada en el metal se controlaba tirando de una cuerda más gruesa que colgaba y se enrollaba sobre el suelo. La carne firme del cuerpo que imaginaba colgado debía de haberse deshecho como una fruta demasiado madura y, bajo cada punta aún colmada de fragmentos de piel rasgada, destellaban lagrimillas relucientes. Un lustre rojizo, un arrebato de ardor artístico salpicaba la pared oeste hasta el techo, como si la sangre hubiese huido de su propio cuerpo a causa del terror.

El técnico encargado de las fotografías interrumpió su trabajo laborioso para suministrarme las primeras atestiguaciones.

–El cuerpo desnudo de la víctima estaba sostenido a dos metros del suelo por los ganchos hundidos en la piel y en una parte de los músculos dorsales y de las piernas. Dos ganchos al nivel de los omoplatos, dos al de las lumbares, dos detrás de los muslos y dos en las pantorrillas. Además, se encontraba atada con más de quince metros de cuerda de nailon, en un juego de enmarañamientos tan alambicados que no podría explicárselo fácilmente. Ya lo verá usted en las muestras fotográficas y el vídeo.

–¿En qué estado se encontraba el cuerpo?

–El forense ha observado cuarenta y ocho cortes en todo el cuerpo, desde el pecho hasta las plantas de los pies, sin omitir ni brazos ni manos. Probablemente fueron realizados con un cúter industrial o con una hoja extremadamente afilada. La cabeza se colocó encima de la cama, con el rostro girado hacia su propio cuerpo. Por ahora suponemos que se seccionó con una sierra eléctrica. De ahí esa especie de regueros, proyectados por la rotación de la hoja. Había vuelto a colocar una parte de las sábanas alrededor del cráneo, como si quisiese formar una cofia o una capucha.

Me agaché al nivel de la cama, y mi mirada rozó la superficie del colchón. A mi derecha, la sangre seca se agarraba a la pared como lágrimas rojas.

–¿La cabeza se orientaba en esta dirección?

–Así es. El forense se lo confirmará, pero al parecer los ojos fueron arrancados de las órbitas y vueltos a colocar, para orientar los iris hacia el techo. La boca se mantenía abierta con dos trozos de madera insertados entre las mandíbulas, como palancas. Varias incisiones largas unían los labios a las sienes. El forense también ha observado una contusión en la parte trasera del cráneo, al nivel del occipucio, lo que hace suponer que acogotaron o mataron a la víctima asestándole un golpe violento.

Los rayos luminosos del sol poniente se proyectaban sobre las paredes como heridas oblongas. Al inspirar se me llenaron los pulmones de amargura. En las muselinas opacas de la noche, un demonio oculto en la sombra, una bestia furiosa hambrienta de crueldad había oficiado, dejando en su estela tan sólo la desolación de una tierra quemada por su furia.

–¿Se ha producido violación? – pregunté para verificar mi sospecha.

–A primera vista no, no hay rastro de penetración.

Bofetada de sorpresa en pleno rostro. A kilómetros de distancia, la habitación apestaba a sufrimiento sexual, Víctima desnuda, atadura, tortura y… ¿no había violación?

–¿Está seguro?

–Hay que confirmarlo, pero no hay ninguna marca evidente de penetración.

Me volví hacia el teniente Sibersky.

–¿Se han observado indicios de que se hayan forzado ventanas o puertas?

–No. Ni la cerradura ni las ventanas presentaban ningún tipo de daño.

–¿Qué han descubierto fuera?

–Los hombres han dado con una pista. Una concha de caracol aplastada, así como varios insectos, hormigas, arañas minúsculas, pisadas detrás de un laurel. Eso hace suponer que el asesino se había emboscado.

–Bien. Lo comprobaremos con la investigación de proximidad. ¿Qué más?

–Han vaciado el ordenador de la Prieur. Es imposible acceder a la más mínima información. Hemos mandado el disco duro al laboratorio.

–Interesante. ¿Qué ha aportado la policía científica?

Me pareció que el comisario aguzaba el oído. Costras de sudor se incrustaban sobre el pan de azúcar de su cráneo. Era tan repugnante como una basura a pleno sol.

–Esto es la feria de lo invisible -dijo el técnico-. Hay tantas huellas en la escena como sobre la Virgen de Lourdes. En los bordes de la cama, la cómoda, el parqué, los marcos. En cambio, no hemos encontrado pelos, fibras ni fragmentos de piel debajo de las uñas de la víctima, ni en otro sitio. – Señaló la bolsita plastificada enrollada en la mano, con el móvil metálico-. El conjunto que se utilizó para torturarla: cuerdas, poleas, tornillos, ganchos, saldrá hacia el laboratorio en cuanto haya terminado de cartografiar la escena.

–Estupendo; ¿qué piensas de esto, Sibersky?

El teniente aprovechó la pregunta para acercarse a mí, alejando así la nariz de los efluvios penetrantes que despedía el comisario Barrigudo.

–El asesino preparó el terreno con especial cuidado. Víctima aislada, soltera, sola en el momento de su intervención. No escatimó el material que debía traer consigo. Taladro, tornillos, clavijas, cuerdas… en definitiva, el kit completo para disponer su «terreno de juego». Un material que abulta mucho, que no es fácil de transportar, lo que refuerza el carácter excepcional del crimen. La organización, el control y la precisión han marcado el ritmo de sus actos.

–¿Por qué?

–Porque se tomó su tiempo, y pocos son los asesinos que pueden permitírselo. La instalación de un sistema de este tipo, la manera como ató a la víctima, demuestran que domina totalmente sus sentimientos, que ningún impulso particular lo empuja a precipitar los hechos o a cometer errores.

–Como las pulsiones sexuales, por ejemplo… -Me mesé los pelos de la perilla-. ¿Por qué crees que ha dejado la puerta abierta?

–En un caso clásico, diría que las prisas o un fallo podrían ser la causa. Pero en éste no: en mi opinión, el asesino quería que se descubriese el cuerpo lo antes posible.

–Así es. ¿Por qué?

–Pues… no tengo ni idea. ¿Para demostrarnos que no nos tiene miedo?

–¿Conoces a Van Loo, un pintor del siglo dieciocho?

–Pues no…

–Charles Amédée Van Loo inmortalizaba sobre el lienzo los elementos efímeros de nuestra vida cotidiana, como las pompas de jabón, los castillos de naipes, la llama moribunda de un farol. Volvía preciosos esos objetos comunes atrapándolos en su bella instantaneidad. ¿Qué tiene de maravilloso un castillo de naipes derrumbado, una pompa de jabón que ha estallado o un farol apagado?

Me aparté de la ventana, donde los últimos haces de luz se empeñaban en brillar.

–Si hubiésemos descubierto el cuerpo unos días más tarde, el olor insoportable nos habría revuelto el estómago. La putrefacción habría devorado el cuerpo hasta que diese asco mirarlo, y puede que incluso los restos mortales se hubiesen descolgado y aplastado contra el suelo. Creo que se habría malogrado el efecto deseado por nuestro «artista».

–Quiere decir que… ¿ha firmado su crimen como una especie de obra de arte?

–Digamos que ha puesto especial cuidado en el arreglo de la escena del crimen.

Barrigudo me recordaba a un extranjero que desembarca en una región sin agua ni montañas, privada de verde y cielo azul.

Un niño anonadado que, de repente, descubre los orígenes profundos de la vida.

–Comisario, ¿cuántos hombres tiene a su disposición?

–Cinco.

–¡Menudo ejército! – suspiré-. Bueno… Se encargará en gran parte de la investigación que se realizará entre el vecindario. Quiero saberlo todo de esa mujer: dónde iba, con quién se encontraba, si salía con hombres y cuáles. ¿Frecuentaba la biblioteca, la iglesia, la piscina? Compruebe sus lecturas, sus facturas de teléfono, sus suscripciones, en definitiva, cuanto haga referencia a ella. También debe informar de dónde puede uno conseguir este tipo de material, especialmente las poleas de freno y los mosquetones, así como esa cuerda y los ganchos en grandes cantidades. Investigue todos los clubes de escalada de la región. Interrogue a las cajeras de supermercados, los vendedores de ferreterías y droguerías de los alrededores. Quién sabe, quizá nuestro asesino posee una característica física peculiar que hace que la gente se fije en él. No hay que desechar nada. Dada la poca experiencia que tiene en materia criminal, uno de los nuestros supervisará las operaciones. ¿Está preparado, comisario?

Los extremos inclinados de su bigote temblaron como las extremidades de una vara de zahorí.

–¡Por supuesto!

–En cuanto a nosotros, Sibersky, vayamos a comer algo antes de hacerle una visita al forense. El comisario de división me ha dicho que Van de Veld nos espera en su antro a las diez de la noche.

–Y… ¿tengo la obligación de acompañarle?

–Ya va siendo hora de que saques las narices de tu PC y los datos informáticos. La primera autopsia a la que asistes se parece a la primera vez que te arrancan un diente. La recuerdas toda la vida…

«La autopsia empieza con un examen minucioso del cadáver desnudo, que llevará a anotar el estado de la ropa, las principales características físicas así como los signos visibles de la muerte. El procedimiento riguroso exige el examen de la parte posterior del cadáver, incluido el cuero cabelludo…»

Cada vez que entraba en una sala de autopsias, sentía que mi ser se disociaba, como si una onda invisible vibrase en mi interior y separase al hombre del policía, al creyente del científico.

El hombre, silencioso, asqueado, observa al médico de manos enguantadas, acorazado por una mala cara y movido por gestos demasiado mecánicos, demasiado formales. El hombre sabe que no tiene nada que hacer aquí, que esta última afrenta hacia el cuerpo, hacia la humanidad, lo mancilla y lo acompañará en sus pensamientos, en su descanso, hasta los pormenores de su propia muerte.

«… Tras el examen externo se lleva a cabo la autopsia propiamente dicha.

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