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Authors: Federico Axat

Tags: #Intriga, #Terror

Benjamín

 

Ben tiene nueve años, está furioso con su madre y fantasea con la idea de marcharse de casa. Agobiado, se escabulle en la oscuridad del desván: un sitio prohibido e inexplorado que ha caído en desuso hace años. Tras una búsqueda exhaustiva en los inmensos bosques de Carnival Falls, es considerado oficialmente un niño perdido, y a medida que los días pasan, su familia empieza a aceptar lo inevitable. Ben ha muerto. Sin embargo él está allí, sobre sus cabezas. A través de diminutos orificios es capaz de espiarlos, escuchar sus conversaciones íntimas, descubrir sus secretos más terribles y presenciar cómo, lenta pero decididamente, sus vidas se reanudan… sin él.

Federico Axat

Benjamín

ePUB v1.0

AlexAinhoa
26.01.13

Título original:
Benjamín

© Federico Axat, 2010

Portada © Charles Gullung/Getty Images

Editor original: AlexAinhoa (v1.0)

ePub base v2.1

A mis padres,

Luz L. Di Pirro

y Raúl E. Axat

Primera parte: Ben
Capítulo 1: Viaje nocturno
1

Viernes, 20 de julio, 2001

Era la segunda vez que Ben viajaba en el viejo Chevrolet de su abuelo. El trayecto hasta su casa podía llevarles veinticinco minutos, o quizás más; suficiente para sentirse aterrado.

Emergiendo del asiento delantero, sus abuelos eran dos siluetas oscuras balanceándose rítmicamente en una coreografía hipnótica. La de Ralph, armonizando con el tamaño del coche: una espalda inmensa de hombros rectos, el cuello estirado y la cabeza casi tocando el techo. Las líneas que definían la versión plana de su cuerpo eran rígidas, y aunque Ben no podía ver su rostro, sabía que su expresión era fría como el agua estancada en un pozo profundo. El cuerpo de Debbie, en cambio, asomaba tímidamente por encima del asiento de una sola pieza. Su cabeza estaba delimitada por cabellos electrizados que adquirían una tonalidad azulada en presencia de la escasa luz de las farolas en el exterior.

Ben se sintió agradecido de poder entretenerse con detalles que no le interesaban particularmente, pero que constituían una manera efectiva de consumir el tiempo. El espacio interior del coche siempre lo había maravillado; sin embargo, era ahora la atmósfera allí dentro la que captó su atención. No era precisamente desagradable, pensó, sino el resultado de años de corrosión de la carrocería y el cuero gastado de los tapizados. Por debajo de éstos había un olor ligeramente rancio —algo enmohecido que Ben no supo identificar— aunque supuso que las manchas color café en la tela que recubría el techo podían ser las responsables.

El Chevrolet viró hacia la izquierda. La silueta de Ralph se inclinó hacia Debbie y luego se enderezó. Ben albergó la ilusión de ver la calle Madison y luego la entrada particular de su casa, pero no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Ni siquiera reconoció el sitio en que se hallaban. Hasta ese momento había encontrado formas efectivas de no pensar en
ya sabía quién,
pero no sabía por cuánto tiempo más podría hacerlo. Con el rabillo de su ojo izquierdo podía advertir el constante movimiento basculante que tanto temía.

Adelante atrás adelante atrás adelante atrás adelante atrás.

Se volvió. No supo exactamente por qué. La visión de Marcia, con su espalda curvada y el cabello corto y acampanado pegado a la cabeza, hizo que de inmediato volviera la vista al asiento delantero. ¡Su tía seguía allí, lógicamente! ¡No tenía sentido echar un vistazo cada cinco minutos para cerciorarse de algo tan obvio!

Interpuso su mochila de pana entre su cuerpo y el de su tía autista, y se dijo que hasta ese momento había mantenido la mente alejada de Marcia, y que no había ninguna razón para que tal cosa cambiara. Se obligó a observar por la ventanilla.

Los sentimientos hacia Marcia lo avergonzaban y apesadumbraban profundamente. Si bien había esperado que con el transcurso del tiempo se desvanecieran, lo cierto es que tal cosa no había ocurrido ni siquiera en una medida ínfima. No tenía sentido engañarse. Las explicaciones acerca del autismo fueron adquiriendo para él mayor sentido a medida que crecía, e incluso Robert, su padre, le había hablado muchas veces de lo especial que era su hermana mayor y de cómo a veces percibía el mundo de un modo
diferente
. Sin embargo, ninguna de sus explicaciones habían hecho que Ben dejara de sentir temor cuando estaba cerca de Marcia. Tenerla en su proximidad era suficiente para que sus conocimientos de libro desaparecieran en un abrir y cerrar de ojos, y renaciera un miedo visceral e inexplicable. Él sabía cómo reaccionaba ella ante la cosa más insignificante; sólo pensar en ello era suficiente para que un sudor frío le surcara la frente. Era como caminar a tientas en una habitación repleta de gases inflamables, en la que basta el más mínimo tropiezo para que la atmósfera apacible sea reemplazada por la más virulenta de las explosiones.

Ni siquiera algo tan simple como mirarla a los ojos era sencillo; aunque Marcia no fijaba la vista en los rostros de las personas. Nunca. Se limitaba a dejar vagar la mirada a su alrededor, sin detenerse en nada en particular. Sus ojos eran dos esferas gigantes y celestes, guardianes de una nariz minúscula que marcaba el nacimiento de dos líneas que se extendían hasta las comisuras de sus finos labios. Los años habían hecho que una cantidad considerable de arrugas parcelaran su rostro, convirtiéndolo gradualmente en el de
E.T
.

Ben era probablemente el único niño del mundo que no sentía demasiada simpatía por el extraterrestre de Spielberg.

Pero pensar en Marcia no ayudaba en absoluto. Apenas habían recorrido un par de manzanas y Ben sentía que la atmósfera dentro del coche se tornaba opresiva. Decidió que debía concentrar su atención en
cualquier otra cosa,
y las manchas color café en el techo fueron las primeras que acudieron a su mente. Alzó la vista, y fue entonces cuando Marcia gritó por primera vez. Fue un grito desgarrador, que hizo que Ben diera un respingo y que su corazón iniciara una serie de espasmos violentos.

Había oído a su tía proferir gritos anteriormente, pero lo imprevisto de éste hizo que instintivamente se aferrara a la portezuela del Chevrolet como si quisiera fusionarse con ella. No pudo evitar volverse, para descubrir el cuello de Marcia convertido en un conjunto de cuerdas tensas. El grito se había apagado, pero el eco aún reverberaba dentro de su cabeza.

Su tía dejó de balancearse. Una pésima señal.

La silueta de Debbie se alzó por encima del asiento, y al volverse se dibujó en su rostro una expresión de preocupación. Se inclinó en dirección a Marcia lo máximo que pudo —que no fue mucho— y extendió sus brazos delgados hasta enlazar con uno de ellos el cuello de su hija, para con la mano libre acariciar su rostro. Los ojos de Marcia viajaron perdidos otra vez. Su respiración se regularizó, y lo mismo ocurrió con la de Ben, que lentamente soltó la portezuela.

Debbie volvió a su posición anterior al cabo de un par de minutos, y Marcia retomó su balanceo característico. Ralph siguió conduciendo sin inmutarse, como si nada hubiese ocurrido.

Ben no tenía idea de qué le había hecho a Marcia gritar de semejante forma. Su padre solía decir que había algo en la interfaz entre Marcia y el mundo que no funcionaba correctamente. Su tía podía reaccionar como lo acababa de hacer por una simple flor o la textura del objeto más normal del mundo. Aquel alarido podría haber sido la reacción
lógica
ante un insecto o un vehículo que los sobrepasara con sus luces traseras encendidas. Quién sabe.

Debbie habló con voz suave desde el asiento delantero:

—Ben, coloca la mochila a tus pies, por favor. Quizás sea la pana la que incomoda a Marcia.

Ben se apresuró a hacerlo. Sabía que ciertas texturas podían inquietar a su tía de un modo misterioso. Interponer la mochila entre ellos había sido una total estupidez. En silencio, la ocultó entre sus piernas.

Pero lo cierto es que o bien la mochila no había sido la causante del ataque de Marcia, o el hecho de tenerla alejada no sirvió de mucho, porque apenas habían transcurrido unos minutos cuando Ben sintió una mano arácnida aferrándose a su brazo izquierdo. Otra vez su corazón se aceleró y tuvo que hacer acopio de valor para volverse…

Cuando vio a su tía, fue él quien estuvo a punto de gritar.

Los ojos de Marcia estaban fijos en los suyos: dos círculos inmóviles como nunca antes los había visto.

E.T.… teléfono… casa
.

Tiró de su brazo con violencia, arrancándolo de la mano prensil de su tía.

No podía moverse. La inusitada actitud hizo que sus articulaciones se congelaran. Ella había dejado de balancearse, lo cual, sumado a la quietud de sus ojos, la hizo parecer por un instante…
normal.

Ben permaneció expectante, como un animal agazapado a la espera de la partida de algún predador. Marcia finalmente retrocedió…, sus ojos regresaron a su habitual actitud viajera y reapareció el vaivén característico. Esto tenía que haber sido suficiente para que Ben se tranquilizara, pero no fue así. Demasiados sobresaltos juntos. Ni siquiera el hecho de apartar la vista le parecía ahora una buena idea. No señor. Si aquella mano iba a posarse de nuevo sobre su brazo…, prefería verla.

Mantuvo la vista fija en el asiento delantero, resignado, pero atento a lo que sucedía a su lado.

Fue al cabo de unos minutos cuando Marcia arremetió con su segunda batería de gritos.

Esta vez, Ben sintió pánico y, de nuevo, la necesidad de aferrarse a la portezuela, pero también lo embargó la sensación de haber alcanzado cierto límite interior de tolerancia. Mientras los gritos de Marcia brotaban de lo más profundo de sus entrañas hasta niveles ensordecedores, repasó los incidentes del día, y cada uno de sus pensamientos fue subrayado por aquellos chillidos agudos e inhumanos.

Debbie se volvió otra vez, pero en esta ocasión sus intentos por calmar a su hija no resultaron efectivos. Fueron segundos que a Ben se le antojaron eternos. El episodio adquirió las características de un sueño en el que el tiempo se estira infinitamente. La silueta de Ralph, enorme y negra, ajena; Debbie procurando tranquilizar a Marcia pero sin éxito. Era imposible saber qué pasaba por la cabeza de su tía, pensó Ben, pero debía de ser algo horrible para ella.

Por primera vez, Ralph pareció hacerse eco de la situación. Volvió su rostro imperceptiblemente hacia la derecha, todavía sin apartar la atención de la carretera. El ángulo en el que se encontraba permitió a Ben advertir la tez bronceada y curtida de su abuelo, y el modo en que decenas de arrugas nacieron en su entrecejo y se extendieron por su frente como fuegos de artificio. Debbie también advirtió que su marido la observaba, lo que provocó que de inmediato sus movimientos se volvieran torpes y un evidente nerviosismo se apoderara de ella.

Las cosas estaban a punto de empeorar, pensó Ben con resignación. Él podía sentirse incómodo ante la presencia de Marcia —podía incluso sentirse aterrado cuando ella gritaba—, pero tratándose de su abuelo todo era mucho peor. El miedo que Ben sentía por Ralph, para empezar, tenía una cualidad inexplicable. Su abuelo no era autista ni tenía problemas para comprender el mundo. Ralph Green era
cuerdo;
y el miedo reverencial que Ben sentía por él se debía a una mezcla de experiencias diversas. Incluso un niño de nueve años era capaz de advertir el poco interés que Ralph sentía por su único nieto. Sin embargo, habían sido las reacciones de otras personas, como Debbie o Robert, las que habían sido determinantes a la hora de hacerse una idea completa del tipo de persona que era su abuelo; un individuo irascible y violento, taciturno e intolerante hasta el hartazgo. Todo aquel que se acercaba a él podía dar por sentado que sus actos estaban siendo escrutados de cerca.

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