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Authors: Gary Jennings

Tags: #Histórico

Azteca (11 page)

La costumbre era que todos los que estábamos congregados en la plaza debíamos saludarle con
tlalqualiztli
, el gesto de arrodillarse tocando con un dedo la tierra y luego llevarlo a nuestros labios, pero simplemente no había suficiente espacio para hacerlo; el gentío emitió una especie de fuerte murmullo en imitación de sonidos de beso. El Venerado Orador Axayácatl devolvió el saludo silenciosamente, inclinando el espectacular penacho de plumas rojas y levantando hacia lo alto de su mazo de caoba y oro.

Entonces fue rodeado por una horda de sacerdotes, quienes con sus vestiduras sucias y negras, sus rostros ennegrecidos e incrustados de mugre y sus largos cabellos ensangrentados y enmarañados, hacían un sombrío contraste con la grandiosidad de las vestiduras de Axayácatl. El Venerado Orador nos explicó el significado de la Piedra del Sol, mientras los sacerdotes cantaban oraciones e invocaciones cada vez que él hacía una pausa para respirar. No puedo recordar ahora las palabras de Axayácatl y probablemente no las entendí todas en aquel momento, pero la esencia era ésta: aunque la Piedra del Sol tenía grabado al dios-sol Tonatiú, éste tenía que compartir los honores con el dios principal de Tenochtitlan, Huitzilopochtli, Chupamirto del Sur.

Ya he dicho cómo nuestros dioses podían tener nombres y aspectos diferentes. Pues bien, Tonatiú
era
el sol, y el sol es indispensable, ya que toda vida en la tierra perecería sin él. Nosotros los de Xaltocan y las gentes de muchas otras comunidades, estábamos satisfechos de venerarlo
como
el sol. Sin embargo, parece obvio que el sol necesita nutrirse para tener fuerza y así poder continuar en sus labores diarias. ¿Y qué podríamos darle para vitalizarlo e inspirarlo más, que estuviera a la altura de lo que él nos daba? Solamente la misma vida humana. Por lo tanto el bondadoso dios-sol tenía otro aspecto de ferocidad, el dios de la guerra Huitzilopochtli, quien nos guiaba a nosotros los mexica en todas nuestras batallas para saquear y procurar prisioneros para ese necesario sacrificio. Era bajo este aspecto austero de Huitzilopochtli, como el dios era más reverenciado aquí en Tenochtitlan, porque aquí era donde todas nuestras guerras se planeaban, se declaraban y donde se reunían todos los guerreros. Bajo otro nombre, el de Tezcatlipoca, Espejo Humeante, el sol era el dios principal de nuestra nación vecina de los acolhua. Yo he llegado a sospechar que en otras naciones innumerables, que nunca he visitado e incluso en algunas más allá del mar de donde ustedes los españoles llegaron, veneran igualmente a este mismo dios-sol, naturalmente llamándole por algún otro nombre de acuerdo a como ellos lo ven, sonriente o ceñudo.

Mientras el Uey-Tlatoani iba hablando, mientras los sacerdotes seguían cantando una monodia y cierto número de músicos empezaron a tocar las flautas, huesos hendidos y tambores de cuero, nuestro vieja guía, el hombre de color cacao, nos contaba privadamente la historia de la Piedra del Sol:

«Al sudeste de aquí está la nación de los chalca. Cuando fue sometida por el difunto Motecuzoma y hecha nación vasalla, hace veintidós años, los chalca fueron, naturalmente, obligados a pagar tributo a los victoriosos mexica. Dos jóvenes chalca, que eran hermanos, se ofrecieron voluntariamente a tallar una pieza cada uno, para ser colocada aquí en El Corazón del Único Mundo. Escogieron piedras parecidas, pero diferentes temas y trabajaron aparte; nadie más que ellos vio su propio trabajo».

«Seguro que sus esposas lo verían furtivamente», dijo mi padre que tenía esa clase de mujer.

«Nadie echó ni siquiera una mirada —repitió el viejo— durante todos esos veintidós años, cada uno de ellos esculpió y pintó su propia piedra, y también durante ese tiempo ellos llegaron a la edad madura y Motecuzoma se fue al mundo del más allá. Luego, cuando terminaron sus obras, separadamente las envolvieron con heno y esterillas de fibra y el Señor de los chalca reunió unos mil cargadores forzudos para transportar las piedras hasta aquí, a la capital».

Gesticuló hacia el objeto que, todavía cubierto, estaba en lo alto de la terraza. «Como podéis ver, la Piedra del Sol es inmensa: más de dos veces la estatura de dos hombres, y terriblemente pesada: el peso de trescientos veinte hombres juntos. La otra piedra era más o menos igual. Fueron traídas aquí a través de sendas escabrosas y hasta por donde no había senderos. Fueron deslizadas sobre rodillos de troncos, moviéndose despacio sobre varaderas y transportadas en grandes balsas a través de los ríos. Pensad sólo en el trabajo, en el sudor, los huesos rotos y en la cantidad de hombres que cayeron muertos cuando ya no pudieron jalar más o soportar los látigos de los capataces que los fustigaban».

«¿Dónde está la otra piedra?», pregunté, pero me ignoró.

«Al fin llegaron a los lagos, de Chalco y de Xochimilco, que cruzaron en balsas, hasta llegar al camino-puente que corre hacia el norte de Tenochtitlan. Desde allí, no había más que un camino ancho y recto de no más de dos carreras largas, hasta aquí. Los escultores suspiraron con alivio. Tanto ellos como otros muchos hombres habían trabajado muy duro; sin embargo, esos monumentos tan difícilmente transportados ya estaban a la vista de su destino…».

La muchedumbre que nos rodeaba hizo un ruido. El grupo de hombres que ofrecería su sangre vital en ese día de la consagración de la Piedra del Sol estaban en filas en ese momento, y el primero de ellos ya ascendía los escalones de la pirámide. No parecía ser un guerrero enemigo cautivo; era un hombre medio rechoncho, más o menos de la edad de mi padre, que llevaba puesto un blanquísimo taparrabo y a pesar de verse macilento e infeliz, iba voluntariamente desatado y sin que los guardias tuvieran que empujarle. Allí, parado en la terraza, miró estoicamente, mientras los sacerdotes columpiaban sus incensarios humeantes y hacían los gestos rituales con sus manos y sus bastones. Entonces, uno de los sacerdotes tomó al
xochimiqui
, gentilmente lo volteó y le ayudó a acostarse de espaldas sobre el bloque de piedra que estaba enfrente del monumento velado. El bloque era una simple piedra a la altura de las rodillas, en forma más o menos como de una pirámide en miniatura, así es que cuando el hombre se acostó, estirado sobre la piedra, su cuerpo se arqueó de tal manera que su pecho sobresalió como si estuviera deseoso del cuchillo.

Él estaba tendido, a nuestra vista, de costado y a lo largo, y sus brazos y piernas eran asidos por cuatro sacerdotes-ayudantes, mientras que atrás de él estaba el sacerdote principal, el ejecutor, sosteniendo el cuchillo de obsidiana negra, ancho y de forma casi plana. Antes de que el sacerdote hiciera algún movimiento, el hombre alzó su cabeza colgante y dijo algo. Se cruzaron algunas otras palabras entre ellos en la terraza y entonces el
tlamacazqui
, entregando el cuchillo a Axayácatl cambió de lugar con él. La multitud hizo un ruido de sorpresa y perplejidad. Esa víctima en particular, por alguna razón, se le concedió el gran honor de ser sacrificado por el Uey-Tlatoáni en persona.

Axayácatl no titubeó ni tentaleó. Tan experto como cualquier sacerdote, apuñaló el pecho del hombre exactamente sobre el lado izquierdo, justo debajo de la tetilla y entre las dos costillas, luego hizo un tajo con el filo del cuchillo, girando la parte ancha de éste para separar las costillas y poder hacer la herida mucho más ancha. Con la otra mano buscó dentro de la herida sangrante, sacó el corazón completo, todavía palpitante, y lo desgarró, perdiendo el entrelazado de sus vasos sanguíneos. No fue sino hasta entonces, que el
xochimiqui
profirió su primer quejido de dolor, un sollozo gimoteante, el último sonido de su vida. Mientras el Venerado Orador sostenía en lo alto ese reluciente objeto rojo-púrpura, que todavía goteaba, un
tlamacazqui
, sacerdote, dio un tirón a un cordón oculto en alguna parte, el velo que cubría la Piedra del Sol cayó y la multitud dio un grito concentrado de admiración:

«
¡Áy-yo-o-o-o!
». Axayácatl se volvió, levantando en lo alto el corazón de la víctima y lo colocó en el centro exacto de la piedra circular, dentro de la boca tallada de Tonatíu; machacó y restregó el corazón hasta que no quedó nada de él en su mano y no fue más que una mancha más sobre la piedra.

Los sacerdotes me habían contado que una persona sacrificada generalmente vivía lo suficiente como para ver lo que pasaba con su corazón, pero ese hombre no pudo ver mucho. Cuando Axayácatl terminó, la sangre y los pedazos de carne difícilmente eran visibles, pues la cara tallada del sol estaba pintada de un color semejante a la sangre del corazón.

«Estuvo bien hecho —dijo el hombre encorvado que estaba al lado de mi padre—. He visto corazones que laten tan vigorosamente que han saltado de los dedos de los ejecutores, pero creo que este corazón en particular, ya estaba roto».

El
xochimiqui
yacía inmóvil, excepto por su piel que se contraía aquí y allá, como la piel de los perros cuando son atormentados por las moscas. Los sacerdotes quitaron sus despojos de la piedra y los dejaron tirados en la terraza, sin ninguna ceremonia, mientras la segunda víctima ascendía bregando los escalones. Axayácatl no hizo más honor a ningún otro de los
xochimique
, sino que les dejó el resto a los sacerdotes. Como la procesión continuó, con cada corazón extraído de cada hombre para ungir la Piedra del Sol, yo miré atentamente ese objeto impotente para poder describírselo a mi amigo Tlatli, quien ya había empezado a practicar para llegar a ser un escultor, tallando pequeños trozos de madera para convertirlos en muñecos.

Yyo ayyo
, reverendos frailes, ¡si sólo hubieran podido contemplar la Piedra del Sol! Ya veo por sus caras que desaprueban la ceremonia de la dedicación, pero si ustedes hubieran podido ver esa piedra, aunque hubiera sido solamente una vez, se darían cuenta de que valió todo lo que costó en esfuerzo, años y vidas humanas.

La pura entalladura estaba más allá de lo que se pueda creer, pues ésta era de pórfido, una piedra tan dura como el granito. En el centro estaba el rostro de Tonatíu, sus ojos miraban fijamente, su boca estaba abierta y a cada uno de los lados de su cabeza había unas garras apretando los corazones humanos que lo nutrían. Después, y en círculo, estaban los símbolos de las cuatro épocas del mundo, las cuales precedían a la era en que ahora vivimos, y alrededor de éstos, en otro círculo, se encontraban los de nuestros veintidós nombres de los días, y alrededor de ellos los glifos alternativos de piedrajade y turquesa, las gemas más preciadas de todas las encontradas en nuestras tierras. Alrededor, se encontraba otro círculo con los rayos del sol diurno alternando con las estrellas nocturnas, todo esto cercado en su totalidad por dos esculturas de la Serpiente de Fuego del Tiempo, con sus colas rematando la parte de arriba de la piedra, sus cuerpos enroscándose alrededor de ella y sus cabezas encontrándose en su base. En una sola piedra, ese artista único había plasmado todo nuestro universo, todo nuestro tiempo.

Estaba pintada en colores bien delineados, meticulosamente aplicados en aquellos lugares precisos a los que correspondía cada uno. Sin embargo, la destreza real del pintor era más evidente en donde no había color. El pórfido es una piedra compuesta por muchos fragmentos de otras y éstas incluyen mica, feldespato y cuarzo, que por sí mismas poseen diversos resplandores o intensifican cualquier color cerca de ellas. Dondequiera que estuviera empotrado uno de estos pedacitos cristalinos de roca, el artista lo dejó sin pintar. En aquel momento, cuando la Piedra del Sol estuvo en el resplandor del mediodía de Tonatíu, esas joyas pequeñitas y cristalinas parpadeaban hacia nosotros como una luz solar saliendo del brillante colorido. Ese gran objeto parecía, no tanto como si estuviera coloreado, sino más bien totalmente iluminado.

Sin embargo, supongo que para creerlo tendrían que haberlo visto en toda su gloria original. O a través de los límpidos ojos y la clara luz con que yo lo gocé en aquellos días. O quizá, bajo el influjo de la mente de un niñito pagano, todavía impresionable e ignorante… De todas formas, volví mi atención hacia nuestro guía, quien continuaba su interrumpida historia acerca de los penosos problemas para hacer llegar las piedras:

«Nunca antes el camino-puente de Coyohuacan había sostenido un peso tan grande. Debido a esto fue cuando las poderosas piedras de los dos hermanos llegaron deslizándose sobre sus rodillos, una detrás de otra; repentinamente, el camino-puente se venció bajo el peso de la primera y la piedra envuelta fue a dar al fondo del lago de Texcoco. Los cargadores de la segunda, la Piedra del Sol que está aquí, se detuvieron a muy poca distancia de la orilla del puente roto. La Piedra del Sol fue puesta otra vez en una balsa y transportada por agua, alrededor de la isla, hasta la plaza. Ésta es la única que se salvó, para ser admirada por nosotros esta mañana».

«¿Y la otra? —preguntó mi padre—. Después de todo ese trabajo, ¿no pudieron hacer un pequeño esfuerzo más?».

«Oh, así fue, mi señor. Los más expertos nadadores se sumergieron una y otra vez, pero el fondo del lago de Texcoco es fangoso y quizás insondable. También utilizaron largas estacas para sondear, pero nunca pudieron localizarla. La piedra, como haya sido esculpida, debe haber caído de lado».

«¿Cómo haya sido esculpida?», repitió mi padre.

«Sólo el artista posó sus ojos sobre ella. La piedra pudo haber sido mucho más grandiosa que ésta —el viejo señalaba la Piedra del Sol—, pero nunca lo sabremos».

«¿Y nunca dijo el artista cómo había sido?», pregunté.

«No, nunca».

Persistí: «Bueno, ¿y no podría hacerla otra vez?». El trabajo de veintidós años se me antojaba en aquel entonces algo menos de lo que me parecería ahora.

«Quizás la hubiera podido hacer, pero ya nunca lo hará. Tomó ese desastre como una evidencia de su
tonali
, como un signo de que los dioses rechazaban su ofrenda. Él fue al que el Venerado Orador acaba de honrar, dándole la Muerte Florida por su propia mano. El artista rechazado se dio a sí mismo para ser la primera víctima en sacrificio a la Piedra del Sol».

«Para la obra de su hermano —murmuró mi padre—. ¿Y mientras tanto, qué es de su hermano?».

«Él recibirá honores, ricos presentes y el -tzin para su nombre —dijo nuestro guía—. Sin embargo, él y todo el mundo se preguntará por siempre: ¿No será la piedra que yace en el fondo del lago de Texcoco, sin haber sido nunca vista, una obra mucho más sublime que esta Piedra del Sol?».

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