Mala hostia (6 page)

—Nada descarta que la línea xenófoba no sea la correcta; podrían haberle atacado en la playa y luego haberle trasladado a la calle de la Rosa, vete a saber la razón.

En cuanto lo dije me di cuenta de que mi razonamiento tenía la misma consistencia que un merengue expuesto al calor del trópico. Los tipos que apalean a un hombre por motivos xenófobos no se toman tantas molestias, pero allí el detective era yo, y la puta, Maruchi, así que no iba a dejarme pisar el terreno. Ella tampoco permitiría que le explicase como se hace una buena mamada.

—¿Sabes por dónde acostumbra a parar el Ciego?

—Me dicen que todas las noches va por la zona de la plaza Pieyre de Mandiargues, la calle Sant Ramon y alrededores, lo propio de un putero barato. Es un tipo alto y gordo, casi siempre lleva puesta una gorra de cuadritos con visera. Si no le ves, pregunta, por allí le conoce todo el mundo.

Maruchi desprecia a las putas baratas y a los tipos que las frecuentan. Su amor por el dinero es, casi con seguridad, consecuencia del temor que siente de llegar a convertirse en una puta barata en unos años.

—Te debo una, Maruchi.

—Yo a ti ninguna, Atila. Pórtate como un amigo y piérdete una buena temporada. Espero que cuando nos volvamos a ver ya estés calvo, tengas cataratas y la picha muerta.

—Maruchi, antes de que te marches, ¿me podrías contar cómo demonios consigues tanta información?

—Claro, hombre, ningún problema. Además, esta te va a salir gratis, me gusta contarlo: resulta que los hombres, cuando tenéis ganas de follar habláis demasiado, y mis chicas saben escuchar, les pago un extra para que lo hagan. La pena, con vosotros, es que cuando conseguís follar os quedáis mudos, además de sordos y torpes.

Le sonreí agradecido. Siempre es bueno que te levanten la moral. Además Maruchi y yo nunca hemos follado, a mí me incluía en el paquete por referencias cruzadas. Me quedaba, por tanto, la esperanza de que se equivocase.

Maruchi se levantó y se dirigió hacia la calle Hospital. Los negros que esperaban el maná siguieron el meneo de su culo con la mirada iluminada por un exceso de voltaje. Relamían sus gruesos labios con una lengua pastosa por el deseo.

Uno más de los sueños incumplidos de aquellos tipos. Mientras estaban en la patera, entre otras cosas, soñaban con mujeres como aquella.

Ahora que las tenían cerca seguían soñando. Poco después yo también me fui; aún se podía seguir la estela que había dejado el perfume de la chica. Un perfume caro.

Yo le acababa de financiar un par de frascos.

Estuve a punto de ir a contárselo a los negros del maná. Tal vez de esa manera no se sintieran tan desgraciados.

Lo dejé correr. Ellos desfilaban hacia el comedor de beneficencia vecino, donde las voluntarias se preocupaban de paliar su hambre y procuraban al mismo tiempo no dejarse arrastrar por las miradas erráticas de deseo de los chavales. Estaban advertidas de que una de aquellas pollas ateas las podía conducir fácilmente a la condenación eterna.

Al escritor francés Pieyre de Mandiargues, la ciudad le ha honrado con una de las plazas más lamentables del país. En un espacio modesto limitado por paredes a ambos lados pululan tipos de economía deprimida en busca de sexo barato, hombres que observan con avidez la calidad, más imaginada que real, de la carne ceñida con colores llamativos, y comentan entre sí lo bien que se menea en la cama tal o cual puta. De hecho, los habituales de la plaza hablan más que follan, aunque eso también lo hacen de vez en cuando. En caso contrario, ¿cómo podrían luego hacer juicios de valor?

Por la tarde la plaza es un lugar tranquilo, el bullicio comienza alrededor de las siete de la tarde y llega a su punto álgido entre la hora de la cena y las dos o tres horas siguientes. En este lapso de tiempo podemos encontrar:

En la plaza y la continuación de la calle Sant Ramon, putas jóvenes, mayoritariamente árabes y negras de diversas procedencias.

En la parte final de la calle Sant Ramon, a las putas viejas, gloriosas veteranas nacionales que cimentaron su más o menos bien ganada fama en aquellas mismas calles durante su ya notoriamente lejana juventud.

Ahora dan pena.

Eso en el mejor de los casos.

Yo buscaba a un tipo gordo tocado con una gorra con visera.

A mi lado, un grupo de tres individuos con maneras de puteros expertos se hacía pajas mentales viendo cómo entraba en el portal del hostal San Ramón una muchacha de rasgos asiáticos. La chica, una belleza marginal de apenas veinte años, iba con un negro sonriente que a juzgar por los movimientos espásticos de sus manos alrededor del culo de la muchacha, le costaba esperar a llegar a la habitación para comenzar a desnudarla.

El más vehemente del trío de puteros afirmaba con entonación de experto que él, que se había acostado tres veces con la chica, podía asegurar que era de lo mejor que corría por la plaza. Sus argumentos eran contestados por un veterano de mil polvos baratos, quien afirmaba que como la dulzura de Laila no había nada mejor, y señalaba, con gesto copiado de la estatua de Colón, a una morita que se apoyaba lánguidamente un poco más allá de la puerta del hostal. Que la asiática, que sí, hombre, claro, pero…

El más joven del grupo, un adolescente quien, a pesar de la tendencia a la autosatisfacción que mostraba su expresión ansiosa, tenía la cara llena de granos, escuchaba con respeto la opinión de sus mayores, callaba y aprendía. De pronto tuvo una inspiración, se acordó de sus huevos y se los rascó con entusiasmo.

No quise pensar en los motivos de la urgencia del chaval.

Durante los casi quince minutos que transcurrieron antes de que apareciese mi objetivo, deambulé entre los distintos grupitos de la plaza sin que ninguno de los comentarios que escuché contribuyese a mejorar mi opinión sobre el género humano.

El Ciego apareció justo cuando el negro y la muchacha de rasgos asiáticos salían por la puerta del hostal. El negro tenía impresa en su cara la expresión de quien ha gozado de seis minutos de sexo embriagador. La miseria hace difícil que cuerpo y alma convivan. Aquel tipo y su cara eran la demostración palpable.

La gorra a cuadros de Casimiro Veciana, más conocido como el Ciego, se acercaba paseando lentamente. El hombre tenía las manos cruzadas detrás de la espalda y el aire de quien ha acumulado méritos sobrados para que en el lugar se le respete. Con la gorra convivían noventa quilos de carne temblorosa coronados por siete gramos de masa cerebral y la caspa correspondiente. Daba la impresión de buscar algún grupo de habituales para aportar su docta opinión.

El Ciego, tras un corto deambular por la plaza y echar algunas miradas de fino catador a alguna de las putas que circulaban por allí, se dirigió a la calle Sant Ramon (el pobre misionero mercedario, con seguridad se horrorizaría al ver en qué menesteres se veía involucrado su santo nombre, aunque en otro sentido no se podía quejar, le habían acercado la faena a casa ya que dedicó buena parte de su vida a cuidar prostitutas), la recorrió lentamente mirando a derecha e izquierda, siguió por el breve trecho que conforma la calle Espalter, se detuvo delante de un portal, al que alguien había coronado con una chapa de madera rotulada a brocha: «Reformas en General, Electrecedad y Carpentería».

En el interior del local donde alguien se ocupaba de «la electrecedad y la carpentería», descansaba un montón de material de derribo lejanamente emparentado con las actividades que proclamaba el rótulo. Un gato mal alimentado se lamía el pelo mustio con escaso entusiasmo, más atento a huir de una previsible invasión de ratas que a su aseo personal.

Casimiro Veciana no dio la impresión de entusiasmarse con lo que veía y se dirigió entonces a la vecina calle Robador —allí, al contrario de la calle Sant Ramon, los bares estaban abiertos y las putas menos entusiastas se repartían por las mesas de formica charloteando entre ellas, mientras las más ansiosas o más necesitadas merodeaban en la calle—, y fue echando un lento vistazo por cada uno de los bares, el Filmax, el Coyote, el Andalucía, el Alegría.

En la puerta de este último acarició con ambas manos la cara de una chica de rasgos agitanados, que se apartó con visible desagrado y le dijo algo que no alcancé a oír. Entré tras él huyendo de una horrenda masa de carne, pintarrajeada con la mayor parte de los colores del arco iris, que me hacía morritos.

La quimera intentó cazarme antes de que entrase en el bar. En su afán seductor, inició un movimiento lujurioso que cortó de raíz al pensar que la minifalda no soportaría el esfuerzo a que la sometía y se rindió con un suspiro agónico.

Se lo agradecí, hubiese jurado que intentaba besarme o algo peor.

La chica de rasgos agitanados, que no parecía hacer buenas migas con el Ciego, me dijo con voz cansada que entre sus piernas encontraría la paz eterna. Si no fue eso, sería algo parecido.

En una muestra de corporativismo masculino, le acaricié la cara como había hecho Casimiro y no se apartó. Había olfateado dinero. Debía de estar resfriada.

El local era el paradigma de la miseria, aunque estaba asumida con la mayor dignidad posible. Nadie aullaba de dolor. Una de las putas, una mujer que representaba edad suficiente para no desentonar en un geriátrico, masticaba una empanadilla con la dedicación suficiente para no morderse un dedo. Un hilo de aceite proveniente de la empanadilla se escurrió entre sus dedos, manchando la mesa; chupó el aceite de sus dedos y se olvidó de las gotas que habían manchado la mesa.

Miré hacia otro lado.

El Ciego se había acodado en la barra con gesto profesional y le dijo algo al camarero al tiempo que le mostraba un billete de diez euros, que el otro olfateó con distinción. El aroma le debió convencer de la bondad de los argumentos del Ciego, porque le llenó un vaso con algo de color rojo que sacó de un rincón situado bajo el mostrador de formica. Me acodé en la barra al lado de Casimiro, miré su vaso y dije:

—No me jodas, tío, estas no son horas de beber granadina.

Él fijó en mí una mirada turbia, la paseó lentamente por toda mi anatomía, y contestó:

—Eso es absenta, pringao.

—Joder, tío, perdona, ya me extrañaba a mí que un hombre hecho y derecho como tú bebiese una mariconada. ¿Te puedo invitar a otra?

—Claro, y no te preocupes, macho, todos la pringamos una u otra vez. Naide ha nacío enseñao, ¿verdá, tú? —dijo mirando al camarero, quien movió la cabeza afirmando sin dignarse a mirarnos.

—Vale, así me gusta, tío, sin rencores. Oye, está buena la gitanilla de la puerta, ¿te la has tirao alguna vez?

—Te diré…, si a mí casi ni me cobra. El fulano se había acabado la absenta y a una señal suya el camarero le volvió a llenar el vaso. Yo pedí un whisky y lo paladeé lentamente.

Era de garrafa.

—¿A ti no te va la absenta?

—No, tío, yo soy un flojo, no tengo tu saque. Oye, colega, ¿cómo te llamas?

—Casimiro.

—¿Como el tío que vio cómo se cargaban al sudaca?

—Soy yo. Fue una pasada de la hostia, si lo hubieras visto… Fueron a por él, seis rapaos de esos, grandes como osos; entraron tres por un lao del callejón y tres más por el otro lao, pa que no se escaquease. Así lo trincaron los broncas aquellos, los tíos llevaban esos palos de los americanos.

—¿Bates de béisbol, quieres decir?

—Sí, tío, bates de esos. Como te decía, yo venía de tomar un par de copas, aquí mismo estaba yo, y antes de llegar a casa, los vi.

—Jooooder, ¿y qué hacía el sudaca en ese callejón? Allí no hay nada, que yo recuerde.

—Pues eso, como allí no hay nadie, ningún bar abierto ni na, el tío estaba meando arrimao a la pared, los otros se le abalanzaron y del primer golpe, ¡zas! le estamparon la cabeza en los ladrillos.

—¡No jodas!

—Como lo oyes, pringao. Se dejó la mitad de los sesos allí, todavía estará la mancha. El vaso de absenta estaba medrando con rapidez. Miré al camarero y le dije:

—Ponme a mí otro whisky y al hombre lo que él quiera.

El camarero estudió mi vaso aún lleno y se encogió de hombros. Me puso un nuevo vaso y rellenó el de Casimiro.

El whisky nuevo era de la misma garrafa.

Me lo bebí igual, solo me importaba no «cocerme» antes que el tipo de la absenta. Por la claridad menguante de su discurso íbamos por el buen camino.

—Eran seis tíos, como mulas, y llevaban los bates de béisbol. Se acercaron sin decir palabra y, ¡zas!, palo va y patada viene. —Las palabras de Casimiro Veciana se lentificaban con el trasiego de absenta y sus ojos mostraban una turbulencia algodonosa que hacían prever un derrumbe inminente. Decidí apretar.

—Oye, ¿y eran todo tíos o iban también tías?

—Dos, dos eran tías, con buenas tetas, cuando movían el bate de béisbol ese, se les iban parriba y pabajo, supongo que luego se irían a follar. Ya sabes cómo son esas, la sangre las pone cachondas.

—¿Y a ti no te vieron?

—No, yo me escondí en un portal. Oye tío, creo que la mierda esta me está haciendo efecto. Me parece que me voy a casa.

—Si quieres te acompaño. Oye, ¿no pasas cerca del callejón ese para ir a tu casa?

—No, no paso, bueno… cerca, pero tú no serás maricón, ¿eh?

—No, qué va, pero es que a mí esas cosas de los asesinatos me dan una especie de morbo raro, y teniéndote a ti, que lo viste todo, me parece una oportunidad increíble. Por cierto, ¿quieres la última?

—Bueno, vamos a por ella, y luego pa casa.

—¿Dónde vives?

—En la pensión que hay en la calle de la Lleona. Me mudé hace poco, en mi casa la parienta no me dejaba vivir en paz, y me largué.

—Sí, es lo que pasa con las mujeres, no paran de tocar los huevos.

—Claro, pero a mí la pensión me la paga ella, ¿eh?

—Con un par de cojones, tío, claro que sí. Cuando salimos, la puta sobredimensionada que antes me había hecho morritos, midió la distancia que la separaba de mi bragueta.

Le dije con la mirada que no la dejaría acercarse ni protegido con una escafandra.

Debía de conocer la mirada, porque me enseñó el dedo medio levantado en su puño y sus ojos buscaron lugares menos inhóspitos donde fijarse.

El Ciego mantenía un equilibrio inestable que le hacía zigzaguear erráticamente. Sus frases se habían convertido en un balbuceo ininteligible, y esquivar la emisión de saliva que los acompañaba se hacía más complicado a medida que los vapores alcohólicos iban nublándole el cerebro.

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