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Authors: David Eddings

Tags: #Fantástico

El trono de diamante

 

Tras diez años de exilio, Sparhawk regresa a Elenia para reanudar sus obligaciones como caballero pandion y paladín de la reina. Sin embargo, su joven reina, Ehlana, sufre una fatal enfermedad, supuestamente la misma que llevó a la tumba al rey Aldreas, su padre.

Permanece con vida gracias al poderoso hechizo invocado por Sephrenia, la mujer de edad indefinida que inicia a los pandion en los secretos de la magia. Ehlana está sentada en su trono, petrificada dentro de un bloque de cristal y abocada a la muerte, a menos que alguien encuentre un remedio antes de que transcurra un año.

David Eddings

El trono de diamante

Elenium I

ePUB v2.1

Dyvim Slorm
24.12.11

Título original:
The Diamond Throne

David Eddings, 1989.

Traducción: Mª Dolors Gallart

Ilustraciones: Geoff Taylor

Diseño/retoque portada: Orkelyon

Editor original: Dyvim Slorm: (v1.0 a v2.1)

ePub base v2.0

Para Eleanor y Ralph, para que tengan coraje y fe.

Confiad en mí.

Prólogo

«Ghwerig y el Bhelliom.»

Leyendas de los dioses Troll.

En el albor de los tiempos, mucho antes de que los ancestros de los estirios, cubiertos de pieles y armados de garrotes, bajaran de las montañas y bosques de Zemoch a las llanuras de Eosia central, bajo las nieves perpetuas de Thalesia del norte moraba en una profunda caverna un troll enano y contrahecho llamado Ghwerig. Este desgraciado troll había sido apartado de la sociedad a causa de su deformidad y de su monstruosa codicia, y trabajaba solo en las profundidades de la tierra buscando oro y piedras preciosas para añadirlas al inmenso tesoro que acumulaba con celo. Un día penetró en una recóndita galería lejos de la helada superficie de la tierra, y a la luz vacilante de su antorcha percibió una piedra preciosa de un azul profundo y de un tamaño mayor que su puño incrustada en la pared. Con sus nudosos y retorcidos miembros, temblorosos a causa de la excitación, se sentó en cuclillas en el pasadizo y contempló anhelante la enorme gema, consciente de que su valor superaba el de la totalidad del botín que había adquirido tras siglos de esfuerzo. Después comenzó a cortar con sumo cuidado la piedra que la rodeaba, lasca tras lasca, con el objeto de poder exhumar la preciada joya del hueco donde había reposado desde el inicio del mundo. A medida que iba emergiendo de la roca, advirtió que poseía una forma peculiar y concibió una idea: si lograba extraerla intacta, la tallaba y la pulía meticulosamente, tal vez conseguiría mejorar sus contornos, con lo que su inapreciable valía se incrementaría de manera exorbitante.

Cuando por fin liberó suavemente la joya de su rocoso lecho, la trasladó de inmediato a la cueva, donde había dispuesto su taller y al mismo tiempo guardaba su tesoro. Sin dudarlo, hizo añicos un diamante de incalculable valor y con sus fragmentos construyó herramientas para esculpir la gema encontrada.

Durante décadas, alumbrado por humeantes antorchas, Ghwerig modeló y pulió pacientemente, mientras murmuraba los hechizos y encantamientos que infundirían a aquel inestimable hallazgo todo el poder para el bien y el mal de que estaban dotados los dioses troll. Concluida su labor, la piedra poseía la forma de una rosa que destellaba el más intenso azul del zafiro. Le dio por nombre Bhelliom, la flor gema, en la creencia de que, gracias a su potencia, no habría ya nada que le resultara imposible.

Sin embargo, aunque Bhelliom estuviera imbuida de toda la fuerza de los dioses troll, no la ponía al servicio de su feo y deforme propietario. Ghwerig, presa de rabia e impotencia, golpeaba sus puños contra el suelo pétreo de su caverna. Consultó a sus dioses y les presentó en ofrenda pesadas piezas de oro y centelleantes objetos de plata. Los dioses le revelaron que debía existir una llave que bloqueara el poder de Bhelliom para impedir que hiciera uso de él cualquiera que llegara a tenerla en sus manos. A continuación los dioses troll dijeron a Ghwerig lo que debía hacer para gobernar la gema que había tallado. Utilizando los cascos que habían caído inadvertidamente a sus pies mientras moldeaba la rosa de zafiro, forjó un par de anillos. Ambos eran de oro finísimo, y llevaban engastado un fragmento ovalado de la propia Bhelliom. Cuando hubo terminado, se puso un anillo en cada mano y luego levantó la rosa de zafiro. El intenso y brillante azul de las piedras montadas en los anillos regresó a Bhelliom, con lo que los dos adornos que lucían sus nudosas manos quedaron pálidos como el diamante. Mientras mantenía en alto la flor gema, sintió el flujo de su poder y comprendió con regocijo que la piedra que había forjado había consentido en rendirse a su voluntad.

Grandes fueron las maravillas que Ghwerig creó gracias a las facultades de Bhelliom mientras los siglos, innumerables, se sucedían uno tras otro.

Un día los estirios llegaron por fin a la tierra de los troll y, al tener noticias de la existencia de Bhelliom, todos los dioses mayores de Estiria codiciaron sus poderes. No obstante, Ghwerig era astuto y selló las entradas de su caverna con encantamientos para contrarrestar los esfuerzos para arrebatarle su preciada posesión.

Finalmente, una noche los dioses menores de Estiria se reunieron en consejo, pues les inquietaba pensar en el poder que podría conferir Bhelliom al dios que lograra utilizarla, y llegaron a la conclusión de que una potencia tan destacable no podía permanecer incontrolada en la tierra. Por tanto, resolvieron neutralizar las propiedades de la rosa mineral. De entre ellos eligieron a la ágil diosa Aphrael para llevar a cabo la tarea. Aphrael viajó hacia el norte y, debido a su ligero cuerpo, consiguió abrirse camino a través de una pequeña grieta que Ghwerig había desdeñado tapar. Cuando se halló en el interior de la caverna, Aphrael comenzó a cantar. Tan dulce era su canto que Ghwerig quedó perplejo ante la melodía y bajó la guardia en su presencia. De esta forma Aphrael lo adormeció y, cuando con sonrisa soñadora el troll enano cerró los ojos, le arrebató el anillo de la mano derecha y lo sustituyó por un diamante común. Ghwerig se incorporó al sentir el tirón, pero, como percibió un anillo que continuaba rodeándole el dedo, volvió a sentarse plácidamente, dispuesto a escuchar con deleite la canción de la diosa. Al cerrar nuevamente los ojos el troll, sumido en dulces ensoñaciones, la veloz Aphrael le sustrajo el anillo de la mano izquierda y colocó en su lugar otro aro con un diamante engastado. Ghwerig se puso en pie una vez más y observó alarmado su mano izquierda; sin embargo, lo tranquilizó la visión de una joya prácticamente igual a la que había creado con los restos de la flor gema. Aphrael prosiguió su dulce melodía hasta que finalmente Ghwerig cayó presa de un profundo sopor. Entonces la diosa se escabulló con pasos silenciosos; llevaba con ella los anillos que constituían la clave del poder de Bhelliom.

Unos días más tarde, Ghwerig extrajo la piedra de la caja de cristal donde la guardaba para realizar una tarea mediante sus facultades. Mas, en esta ocasión, Bhelliom no se le rindió, dado que ya no poseía los anillos que proporcionaban el dominio sobre ella. La rabia de Ghwerig era indescriptible. Recorrió los confines de la tierra en busca de la diosa Aphrael, pero pese a los siglos dedicados a su persecución, no logró encontrarla.

La historia siguió su curso mientras los estirios mantenían bajo su dominio las montañas y llanos de Eosia. No obstante, llegó el día en que los elenios vinieron del este y se asentaron en aquellas tierras. Tras siglos de vagabundeo errante por el continente, algunos de ellos ganaron por fin el norte de Thalesia y desposeyeron a los estirios y a sus dioses. Cuando los elenios tuvieron noticia de Ghwerig y Bhelliom, buscaron las entradas de la caverna del troll enano a través de las colinas y valles de Thalesia, enardecidos por el ansia de hallar y poseer la mítica gema de incalculable valor. Por el momento, desconocían el poder encerrado de sus pétalos de azur.

Correspondió el honor de resolver el misterio a Adian de Thalesia, el más valeroso y hábil héroe de la antigüedad, quien, a riesgo de condenar su alma, imploró consejo a los dioses troll y les presentó ofrendas. Éstos se ablandaron y le informaron de que Ghwerig salía en ciertas ocasiones a buscar a la diosa Aphrael de Estiria para reclamarle un par de anillos que ésta le había robado, pero no le revelaron la verdadera finalidad de dichas joyas. Adian se trasladó al lejano norte y allí aguardó, todos los crepúsculos durante seis años, la llegada del troll.

Cuando por fin apareció, Adian se dirigió a él con intención engañosa y le contó que sabía dónde podía hallar a Aphrael y que le haría partícipe de su descubrimiento a cambio de un yelmo repleto de fino oro dorado. Ghwerig cayó en la trampa y condujo de inmediato a Adian a la boca oculta de su caverna. Allí tomó el yelmo del héroe, penetró en la cámara del tesoro y lo llenó de oro hasta rebosar. Al entregárselo, Adian volvió a mentirle y le comunicó que encontraría a la diosa en el departamento de Horset, en la costa occidental de Thalesia. Ghwerig partió raudo hacia el lugar indicado. Luego Adian puso nuevamente en peligro su alma, pues rogó a los dioses troll que rompieran el hechizo que Ghwerig había realizado sobre la entrada de la cueva, de modo que pudiera franquearse el paso hacia el interior. Los caprichosos dioses troll consintieron a su petición y rompieron el encantamiento.

Mientras el alba rosada incendiaba con su fulgor los helados campos del norte, Adian emergió de la cueva de Ghwerig con Bhelliom en su puño. Después emprendió viaje a su capital, en Emsat, donde se hizo forjar una corona que remató con la piedra preciosa.

El dolor de Ghwerig no tuvo límites cuando, al regresar a su morada con las manos vacías, averiguó que no sólo había perdido las claves del poder de Bhelliom, sino que la flor gema ya no se hallaba en su posesión. A partir de entonces, solía pasar las noches al acecho en los campos y bosques que rodeaban la ciudad de Emsat, con objeto de reclamar su tesoro, pero los descendientes de Adian lo protegían ahora estrechamente y le impedían acercarse a él.

Azash, uno de los dioses mayores de Estiria, hacía años que anhelaba fervientemente apropiarse de Bhelliom y de los anillos que abrían las puertas de su poder, y envió a sus hordas de Zemoch para hacerse con las joyas por la fuerza de las armas. Los reyes de occidente se pusieron en pie de guerra, unidos a los dirigentes de la Iglesia, para enfrentarse a los ejércitos de Otha de Zemoch y a su tenebroso dios estirio, Azash. El rey Sarak de Thalesia se embarcó con algunos de sus vasallos y navegó con rumbo sur desde Emsat; dejando tras de sí el mandato real que sus condes debían seguir una vez que se hubiera completado la movilización de toda Thalesia. No obstante, el rey Sarak no alcanzó el gran campo de batalla emplazado en las llanuras de Lamorkand, ya que sucumbió a una lanza zemoquiana en el fragor de una escaramuza sin nombre cerca de las costas del lago Venne, en Kelosia. Un fiel vasallo, herido de muerte, tomó la corona de su señor abatido y se abrió camino hasta la fangosa orilla oriental del lago. Allí, moribundo y acosado, arrojó la corona de Thalesia a las cenagosas y turbulentas aguas del lago ante la oculta mirada horrorizada de Ghwerig, el cual, después de haber rastreado su tesoro, contemplaba su pérdida definitiva desde un pantano de turbera.

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