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Authors: Orson Scott Card

Tags: #Ficcion, fantasía

El séptimo hijo (3 page)

Y lo que vio entonces fue lo mismo en todos los corazones. Una carreta en medio del Hatrack, el agua que subía, y todo lo que tenían en el mundo, en esa carreta.

La pequeña Peggy no era muy habladora, pero todos sabían que era una tea, conque siempre que anunciaba problemas, la escuchaban con respeto.

Especialmente cuando se trataba de esa clase de problemas. Los asentamientos de la región ya tenían unos cuantos años, seguro. Más años que la misma Peggy, pero nadie había olvidado que una carreta atrapada en la crecida era una tragedia para todos.

Salió disparada por la colina tapizada de hierba, saltando madrigueras y esquivando los puntos escarpados. No habían pasado veinte segundos desde que viera esas chispas lejanas cuando ya estaba gritando delante de la tienda del herrero. Al principio el granjero de West Fork intentó detenerla hasta que dejara de contar sus historias de tormentas. Pero Pacífico conocía a la pequeña Peggy. La escuchó y ordenó a los jóvenes que ensillaran los caballos, con herraduras o sin ellas. Que había gente atrapada en el vado del Hatrack y que no había tiempo que perder con estupideces. La pequeña Peggy no tuvo ocasión de verlos partir. Pacífico la envió de inmediato a la casa grande a buscar a su padre y cuantos viajeros y peones hubiera. Hasta el último de ellos había puesto en una ocasión todo lo que tenía en este mundo sobre una carreta y la había arrastrado por caminos de montaña hasta estos espesos bosques del oeste. No había uno que no supiera lo que se siente cuando el río quiere apoderarse de una carreta y llevársela. Todos salieron como una exhalación. Así eran las cosas entonces. La gente advertía la desgracia ajena tan deprisa como si se tratara de la propia.

Capítulo 4
EL RÍO HATRACK

Vigor iba a la cabeza de los varones, tratando de empujar la carreta, mientras que Eleanor contenía los caballos. Alvin Miller llevaba a las niñas de una en una hasta la orilla opuesta, donde estuvieran seguras.

La corriente era un demonio que se ensañaba con él y le susurraba: me quedaré con tus hijas, con todas ellas, pero Alvin decía que no con cada músculo de su cuerpo. Mientras resistía el embate, rumbo a la orilla, fue diciendo que no, una y otra vez, hasta que todas sus hijas quedaron empapadas sobre tierra firme, mientras la lluvia les bañaba el rostro como si arrastrase consigo todas las lágrimas del mundo.

También habría llevado a Fe, con el niño en el vientre y todo, pero ella no pensaba ceder. Estaba sentada dentro de la carreta, aferrada a los muebles y petates mientras el carromato se mecía y bamboleaba. Los rayos crujían y las ramas caían. Una de ellas desgarró la lona y el agua empezó a entrar en la carreta, pero Fe siguió firme, con los nudillos blancos y los ojos desorbitados.

Alvin leyó en sus ojos que nada podía hacer para persuadirla de que saliera.

Había una única forma de hacer que Fe
y
el niño por nacer estuvieran fuera de ese río, y eso significaba sacar la carreta.

—Los caballos no están siendo de ningún provecho, Papá —gritó Vigor—. Se tambalean, y en cualquier momento acabarán con una pata quebrada.

—Bueno, pero no podemos tirar de la carreta sin los caballos...

—Los caballos son importantes, Papá. Si los dejamos aquí perderemos la carreta y además nos quedaremos sin ellos.

—Tu madre no saldrá de la carreta.

Vio que Vigor empezaba a comprender. Lo que había en el vehículo no merecía que nadie se arriesgara a morir para salvarlo. Pero Mamá sí valía la pena.

—Aun así —dijo Vigor—, desde la orilla podrían tirar con más fuerza. Aquí en el agua no sirven de nada.

—Que los chicos los desenganchen. Pero primero que tiendan una cuerda hasta el árbol para que sostenga la carreta.

En dos minutos los mellizos Moderación y Previsión estaban en la orilla atando una gruesa soga a un árbol robusto. David y Mesura pasaron otra cuerda por los aparejos que sujetaban a los caballos, mientras Calma cortaba las correas que los unían a la carreta. Buenos hijos. Hacían su trabajo con prontitud, mientras Vigor les daba instrucciones a gritos y Alvin miraba impotente desde la parte trasera del carro. Miraba el rostro de su esposa, que trataba de no parir al niño, miraba el río Hatrack, que trataba de llevárselos a todos al infierno.

No era gran cosa, había dicho Vigor, pero entonces las nubes se juntaron y la lluvia cayó, y el Hatrack sí fue una gran cosa. Aun así, cuando llegaron a él parecía fácil de cruzar. Los caballos pisaban firme y Alvin dijo a Calma, quien llevaba las riendas:

—Hagámoslo sin perder un minuto.

Y entonces el río enloqueció. La corriente se aceleró y cobró fuerza en un instante, y los caballos fueron presa del pánico y perdieron la dirección, para tironear cada uno por su cuenta. Los chicos se lanzaron al agua para tratar de conducirlos hacia la orilla, pero para entonces la carreta había perdido el impulso y las ruedas ya estaban atrapadas en el barro. Casi como si el río hubiera sabido que iban hacia él y hubiera reservado su peor furia para cuando estuvieran en el centro y no pudieran regresar.

—¡Mirad, mirad allí! —grito Mesura desde la orilla.

Alvin levantó la vista hacia la corriente para ver qué plan diabólico preparaba el río, y distinguió un tronco inmenso que venía flotando sobre las aguas, de punta, como un ariete enfurecido, con la raíz dirigida al centro de la carreta, justo donde Fe estaba sentada con su hijo a punto de nacer. Alvin no supo hacer otra cosa que invocar el nombre de su esposa con todas sus fuerzas.

Tal vez íntimamente pensara que podía mantenerla con vida con sólo repetir su nombre, pero no había esperanza, ninguna esperanza.

Sólo que Vigor no lo sabía. El joven saltó cuando el árbol estaba a unos metros, y su cuerpo cayó precisamente sobre las raíces. El impulso del salto lo desvió ligeramente, y luego lo hizo rodar y alejarse de la carreta.

Naturalmente, Vigor rodó con él y fue arrastrado bajo las aguas, pero dio resultado. Las raíces del árbol esquivaron la carreta por completo, aunque el tronco la embistió de lado.

El árbol avanzó por la corriente y se estrelló contra un peñasco que había en la orilla. Alvin estaba a unos treinta metros, pero desde ese momento en su recuerdo siempre vio la escena como si hubiera estado en el mismo lugar. El árbol estrellándose contra la roca, y entre los restos, Vigor. Fue una fracción de segundo que duró una existencia. Los ojos de Vigor desorbitados por la sorpresa, la sangre que manaba a borbotones de su boca para salpicar el árbol que lo estaba matando. Y luego el río Hatrack arrastró el árbol corriente abajo. Vigor se hundió en las aguas: todo menos el brazo, que quedó enredado entre las raíces y tieso en el aire, como un invitado al despedirse tras una visita.

Alvin veía morir a su hijo con tal desesperación que apenas advertía lo que le sucedía a él mismo. El empellón del tronco había sido suficiente para des-atascar las ruedas encajadas. La corriente arrastró consigo la carreta, aguas abajo, mientras Alvin se aferraba a la parte trasera, Fe gemía en su interior y Eleanor gritaba con todas sus fuerzas en el asiento del cochero. Desde la orilla, los chicos clamaban con desesperación:

—¡Aguanta! ¡Aguanta!

Y la soga aguantó. Un extremo la sujetaba a un árbol robusto, y el otro, a la carreta. El río no pudo llevársela, pero en cambio la proyectó contra la orilla del modo en que un niño podía haber lanzado una roca atada a una cuerda.

Cuando se detuvo, el carromato quedó cerca de la ribera, con el frente mirando aguas arriba.

—¡Resistió! —gritaron los chicos. —Gracias a Dios... —gritó Eleanor. —El niño va a nacer —susurró Fe. Pero lo único que oía Alvin era el débil gemido que su primogénito había exhalado por última vez; no podía ver más que al joven aferrado al árbol mientras rodaba y rodaba sobre las aguas; no podía decir sino una sola palabra, una única orden:

—¡Vive! —murmuró. Vigor siempre le había obedecido antes. Había sido un compañero trabajador y voluntarioso. Más un hermano o un amigo que un hijo. Pero esta vez supo que le desobedecería. Y sin embargo, repitió a media voz—: Vive... —¿Estamos a salvo? —preguntó Fe, con voz temblorosa.

Alvin se volvió para mirarla y trató de ocultar la agonía que asomaba a su rostro. Para qué darle a conocer el precio que Vigor pagaba para que ella y el niño se salvasen. Ya tendría tiempo de saberlo una vez que el pequeño naciera.

—¿Puedes trepar para salir de la carreta? —¿Sucede algo malo? —preguntó Fe al ver su rostro.

—Me asusté mucho. El árbol pudo habernos matado. ¿Puedes trepar, ahora que estamos junto a la orilla?

Eleanor se inclinó desde la parte delantera de la carreta.

—David y Calma están allí para ayudarte a subir. La cuerda ha resistido, Mamá, pero no sabemos cuánto tiempo más lo hará.

—Vamos, Mamá, es sólo un paso —dijo Alvin—. Podremos arreglárnoslas mejor con la carreta si estás en tierra firme.

—El niño está naciendo... —comenzó Fe.

—Será mejor en la orilla que aquí —la cortó Alvin con brusquedad—. Baja.

Ahora.

Fe se puso de pie y trepó torpemente hasta el pescante. Alvin venía tras ella para ayudarla si resbalaba. Hasta él podía advertir la forma en que el vientre había caído. El niño ya debía de estar asomando la cabecita para respirar.

Pero en la orilla ya no estaban sólo Calma y David. Había desconocidos, hombres corpulentos, y varios caballos. Incluso una pequeña carreta, lo cual fue una agradable visión. Alvin no tenía la menor idea de quiénes pudieran ser, ni de cómo habían llegado hasta allí en su ayuda, pero no era momento de entretenerse en presentaciones.

—¡Eh, gente! ¿Hay alguna comadrona en la posada?

—La posadera se las arregla con los partos —dijo uno grandote, de brazos que parecían patas de buey. Seguramente un herrero.

—¿Podéis llevar a mi esposa en la carreta? No podemos perder un solo instante.

Alvin sabía que era algo impúdico que los hombres hablaran tan abiertamente de un alumbramiento, delante de la misma mujer que iba a parir. Pero Fe no era tonta. Sabía qué cosas importaban, y conseguirle un lecho y una hábil partera era más importante que andarse con remilgos sobre la cuestión.

David y Calma ayudaron a su madre a descender de la carreta con suma cautela. Fe se partía de dolor. Desde luego una parturienta no tendría que andar saltando de una carreta para caminar hasta la orilla, seguro. Eleanor venía detrás de ella, tomando las riendas de todo, como si no fuera menor que sus hermanos varones, salvo los mellizos.

—¡Mesura! Que las niñas se reúnan. Ellas vendrán en la carreta con nosotras.

Vosotros también, Previsión y Moderación. Sé que podríais ayudar a los chicos, pero os necesito para que cuidéis de las pequeñas mientras yo estoy con Mamá. —Con Eleanor no se jugaba, y la gravedad de la situación era tal que ni siquiera la llamaron Eleanor de Aquitania mientras la obedecían. Hasta las niñas más pequeñas dejaron de refunfuñar e hicieron lo que se les mandaba.

Eleanor se detuvo un momento en la orilla y miró hacia donde se encontraba su padre, sobre el asiento de la carreta. Sus ojos bajaron por la corriente y luego regresaron hasta su padre. Alvin comprendió la pregunta y meneó la cabeza en muda negativa. Fe no debía saber el sacrificio de Vigor. Las lágrimas asomaron ingratas a los ojos de Alvin, pero no a los de Eleanor.

Tenía sólo catorce años, pero cuando no quería llorar, no lloraba.

Previsión azuzó los caballos y la pequeña carreta avanzó. Fe se retorcía de dolor mientras las niñas la palmeaban y la lluvia caía. La mirada de Fe era opaca como la de una vaca e igualmente ausente. Miraba a su esposo, que aún permanecía en el río. En momentos como el de dar a luz, pensó Alvin, la mujer se convierte en una bestia atontada mientras el cuerpo se apodera de ella para cumplir su labor. ¿De qué otro modo podría soportar el dolor? Como si el alma de la tierra la poseyera, tal como posee las almas de las bestias, como si la hiciera parte de la vida de todo el mundo y la desligara de su familia, de su esposo, de todo vínculo con la raza humana y la condujera por ese valle de tiempos cumplidos, de cosecha, de siega y de muerte sangrienta.

—Ella ya está a salvo —indicó el herrero—. Y aquí hay caballos con que tirar de vuestra carreta...

—Está amainando —dijo Mesura—. La lluvia no es tan fuerte, ni la corriente tan poderosa.

—Comenzó a menguar apenas su esposa puso pie en tierra —aseguró otro con cara de labriego—. Puede darlo por seguro: dejará de llover.

—Lo peor pasó en el agua —señaló el herrero—. Pero ya estáis bien. Reponte, hombre. Hay trabajo que hacer.

Sólo entonces reparó Alvin en que estaba llorando. Sí, había trabajo que hacer, contrólate, Alvin Miller. No eres ningún blandengue para llorar corno un niño. Otros hombres han perdido docenas de hijos y siguen adelante. Tú has tenido doce, y Vigor vivió hasta hacerse hombre, aunque no lo suficiente para casarse y tener sus propios hijos. Tal vez Alvin llorara porque su hijo había muerto de modo tan noble. O tan repentino...

David posó su mano sobre el brazo del herrero.

—Dejadlo un minuto —dijo suavemente—. Nuestro hermano mayor fue arrastrado por la corriente hace unos diez minutos. Quedó atrapado entre las raíces de un árbol que bajaba flotando.

—No quedó atrapado —intervino Alvin con brusquedad—. Saltó sobre ese árbol y salvó nuestra carreta, y salvó a tu madre que iba dentro de ella. El río se lo hizo pagar. Eso fue lo que pasó: el río lo castigó...

Calma habló con los hombres en tono sereno.

—La corriente lo estrelló contra ese peñasco. —Todos volvieron la vista. No se veía una sola traza de sangre sobre la roca. Parecía tan inocente...

—El Hatrack tiene una corriente difícil —manifestó el herrero—. Pero nunca antes lo había visto tan endemoniado. Lo siento por su hijo. Aguas abajo hay un banco donde irá a parar seguramente. Todo lo que el río se lleva termina por aparecer allí. Cuando la tormenta amaine iremos hasta allí a buscar el... a buscarlo.

Alvin se frotó los ojos con la manga, pero no sirvió de mucho porque tenía las ropas empapadas.

—Dadme un minuto más y luego me haré cargo de las cosas —pidió Alvin.

Engancharon dos caballos más y las cuatro bestias no tuvieron dificultad en tirar de la carreta; la corriente ya no era la de antes. Cuando el carromato estuvo en tierra firme asomó un rayo de sol.

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