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Authors: Laura Gallego

Tags: #Aventuras, #Fantástico

El libro de los portales (8 page)

Llamó, pues, al capitán de la cuadrilla, que no era otro que Rodren, el padre de Tash, y le informó de que había que agrandar la galería.

—Pero es bastante profunda —objetó el minero—. El tiempo que perdamos en ampliarla podríamos pasarlo picando en la veta…

—Y, sin embargo, no lo hacéis —replicó Tembuk—. ¿Por qué? Pues porque la galería es estrecha. Así que apuntalad el techo y empezad por abrir un poco más la entrada. Mientras la mitad del equipo trabaja dentro, vosotros agrandaréis el túnel. ¿Ha quedado claro?

Rodren se rascó la barba, pensativo.

—No sé —dijo despacio—. Acuérdate de lo que pasó hace dos años. Entonces decidimos que no volveríamos a ampliar galerías en este sector.

—Pues andad con cuidado, y no se hable más. ¿Quieres dejar pasar esta oportunidad, Rodren? —añadió, antes de que el minero pudiera replicar—. Tu chico y su descubrimiento podrían suponer la salvación de la mina. Esa veta azul es importante, te lo digo yo. Pero tengo a seis de vosotros trabajando en ella y apenas conseguís llenar medio capazo al día. Necesito que haya más gente picando ahí dentro. Apuntalad bien el techo y ya está. Sabéis cómo hacerlo, ¿no?

Rodren sacó pecho, herido en su orgullo.

—Por supuesto que sabemos. Pero —prosiguió, bajando la voz—, ya que fue mi hijo quien descubrió la veta, exijo que se nos pague un porcentaje mayor de cada cargamento que enviemos a los
granates
.

—¿Cómo dices? —estalló el capataz.

Rodren se cruzó de brazos.

—Es lo justo, y lo sabes. El descubridor de una veta importante siempre se queda la parte más grande. Es la costumbre.

—Pero tu hijo es solo un niño…

—Es casi un hombre. Y trabaja tan duro como cualquiera.

Tembuk abrió la boca para replicar, pero lo pensó mejor. Sacudió la cabeza y suspiró.

—Muy bien. Así será. Pero agrandaremos la galería para que pueda trabajar toda la cuadrilla a la vez. A ti también te conviene: cuanto más mineral saquéis de ahí, mayores serán vuestros beneficios.

Los dos hombres sellaron el trato con un apretón de manos.

Tash, que había estado merodeando por allí, se las había arreglado para escuchar toda la conversación mientras fingía que ordenaba los capazos. Cuando el capataz se marchó y su padre llamó a su equipo para organizar el trabajo, Tash se deslizó hasta el interior de la grieta, «su» grieta, para pensar con claridad. Al principio le había desagradado la idea de compartir aquel agujero con otros mineros, pero era un trabajador serio y disciplinado, y se había habituado pronto a la nueva rutina. Además, no había imaginado que su padre lo defendería de aquella manera ante el capataz. Siempre se estaba quejando de que era pequeño, débil y enclenque para su edad. No importaba cuánto se esforzara Tash, cuántos capazos acarreara o cuántas horas pasase picando en las paredes, porque para su padre nunca parecía ser suficiente. Tash era el primero en llegar a la mina por la mañana y el último en marcharse. Era consciente de que no rendía como los mineros adultos, y de que hasta los muchachos de su edad empezaban a superarlo con relativa facilidad: crecían muy deprisa, les cambiaba la voz y les salía barba, y sus brazos se hacían más fuertes. Pero Tash seguía pareciendo un niño, y lo sabía, de modo que trataba de compensarlo trabajando más horas que ninguno.

Ahora, por fin, parecía que sus esfuerzos habían llamado la atención de su padre. Acarició la pared de roca con las yemas de los dedos. La veta era buena, los
granates
lo habían dicho. Y, de la noche a la mañana, Tash era poco menos que el héroe de la mina, y su padre lo apoyaba. Había dejado de ser una constante decepción para él.

Se juró a sí mismo que se dejaría la piel en aquella galería, si era necesario. Sacaría más mineral azul que ninguno y ayudaría a su padre a sacar a su familia de la pobreza.

Rodren descendía de una antigua y orgullosa estirpe de mineros. Sus antepasados habían picado en la mina cuando la ciencia de los portales aún estaba en mantillas, y habían sido los primeros en extraer rocas granates de sus entrañas. Como consecuencia de ello, la familia había nadado en la abundancia durante varias generaciones. Pero ahora la mina se estaba agotando, y Tash y su padre se mataban a trabajar para sobrevivir a duras penas. En cierta ocasión, Tash había planteado la posibilidad de buscar otro trabajo, pero Rodren no había querido ni oír hablar del tema. Eran mineros, lo llevaban en la sangre. Debían continuar con la tradición familiar, al menos mientras siguiesen arañando algo de polvo rojo en las galerías. Tash había sugerido, pues, que la familia podría buscar trabajo en alguna otra explotación más próspera. Pero Rodren no quería dejar a Tembuk en la estacada. Los dos hombres se conocían desde niños y habían trabajado juntos durante demasiados años.

—Si nosotros nos vamos —había dicho—, otros mineros lo harán también. ¿Y qué será entonces de este lugar?

Tash opinaba que la mina estaba muerta y que había que marcharse antes de que fuera demasiado tarde; pero su padre estaba convencido de que en alguna parte debía de existir alguna otra veta, rica en mineral, cuya explotación los salvaría a todos de la miseria. Solo había que encontrarla. ¿Y quién era Tash para llevarle la contraria?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por las voces de los hombres de la cuadrilla, que regresaban al trabajo. Tash se apresuró a salir por la galería.

—¿Dónde te habías metido? —gruñó su padre; él y los demás mineros iban cargados con largos palos de madera, destinados a apuntalar el techo y las paredes—. Vamos a ampliar la galería. Ya sabes cómo funciona esto: hasta que no acabemos, no te quiero ver por aquí.

—Pero ¿por qué? —protestó él, dolido—. Puedo ayudaros a…

—No, no puedes —cortó Rodren—. El capataz quiere que sigamos picando la veta mientras ensanchamos el túnel, pero hemos decidido que vamos a trabajar los cinco en ello para terminar cuanto antes, y tú nos estorbarías. Vete con el grupo de Olden, necesitan apoyo. Ya te avisaré cuando hayamos acabado; entonces podremos picar todos juntos ahí dentro.

Tash no dijo nada, pero se sintió furioso. Era su veta, su descubrimiento. No quería que lo dejaran al margen. Sabía perfectamente cómo se ampliaba una galería y se veía muy capaz de colaborar, ya fuera apuntalando techos o machacando paredes; no le parecía justo que su padre lo relegase, una vez más, al puesto de chico de los recados. La cuadrilla tardaría por lo menos unos cuantos días en acabar su tarea y, mientras tanto, él no podría hacer otra cosa que esperar y desear que se acordasen de llamarlo después.

Pasó el resto del día acarreando capazos y subiendo a la superficie para rellenar las lámparas de aceite. Uno de sus compañeros se burló de él al verlo pasar.

—¿Otra vez te han mandado con los niños, Tash? —le espetó.

El chico se sintió herido y aún más furioso que antes. Aquel muchacho solo tenía un año menos que él, lo sabía muy bien, pero ya era miembro de pleno derecho de una cuadrilla, porque era alto y fuerte como un hombre. Años atrás, cuando todos eran niños, habían compartido tareas, juegos y risas; entonces, Tash formaba parte de un grupo compacto en el que todos eran iguales. Pero ahora sus amigos crecían mientras él se quedaba atrás. Otros mineros lo consolaban diciéndole que no tardaría en dar el estirón y crecer como los demás.

Sin embargo, Tash se había cansado de esperar.

Aquella noche, durante la cena, Rodren compartió, como tenía por costumbre, las anécdotas del día con su mujer y su hijo. Tash escuchó con ansiedad, pero sufrió una decepción cuando su padre dijo que los trabajos de ampliación de la galería tardarían más de lo que había calculado en un principio.

—La pared oeste no parece muy estable —dijo—. Solo apuntalarla con ciertas garantías nos llevará al menos un par de jornadas de trabajo.

—Déjame ayudaros, padre —insistió Tash—. Sé que puedo ser útil.

Rodren le dirigió una sonrisa. El chico contuvo el aliento; su padre no le sonreía muy a menudo.

—No me cabe duda de que tienes buenas intenciones, hijo. Pero es un trabajo para hombres, y tú todavía no…

—¡Yo soy un hombre! —estalló Tash, poniéndose en pie de un salto—. Es lo que siempre dices, ¿no? ¡Pues deja que te demuestre que puedo hacer ese trabajo tan bien como cualquiera!

No pudo seguir hablando, porque Rodren castigó su insolencia con una bofetada. Tash se llevó una mano a la mejilla dolorida y volvió a sentarse, confuso, rabioso y avergonzado, todo al mismo tiempo.

—He dicho que te quedarás con el grupo de Olden hasta que hayamos terminado —reiteró su padre sin alzar la voz—. Después, volverás con nosotros para explotar la veta de mineral azul que has encontrado. ¿Ha quedado claro?

Tash respiró hondo y tragó saliva.

—Sí, padre —murmuró con voz ahogada.

—¿Ha quedado claro? —insistió Rodren.

—¡Sí, padre!

—Haz caso a tu padre —intervino Siona, la madre de Tash—. Él sabe lo que te conviene. Seguramente es peligroso…

—Claro que es peligroso —cortó Rodren con sequedad—, como cualquier trabajo en la mina. Y, aunque Tash sabe manejar un pico con bastante soltura, sencillamente no tiene fuerza suficiente como para machacar una pared entera. —Sacudió la cabeza con disgusto—. Es un estorbo. Y no es culpa mía. Yo querría que las cosas fueran de otra manera —añadió, lanzando una mirada penetrante a su mujer—, pero es lo que hay.

Siona se encogió en su asiento y no volvió a pronunciar una sola palabra en toda la cena. Cuando la familia terminó de comer, Tash no pudo soportar más la tensión, y dijo:

—Me voy a dormir. Buenas noches.

Rodren respondió con un gruñido de despedida.

Tash fue a dar un beso a su madre, que se afanaba junto a la pila de fregar.

—Buenas noches, pequeña Tashia —dijo ella en voz muy baja.

Tash se quedó inmóvil en el sitio, como si lo hubiese alcanzado un rayo.

—No vuelvas a llamarme así —dijo entre dientes, pálido como el papel, mientras lanzaba una mirada de reojo a Rodren; él, afortunadamente, no parecía haberlas oído—. Nunca más, ¿me oyes?

Siona apretó los labios y entornó los ojos, pero Tash ya había visto el brillo de las lágrimas entre sus párpados. Resopló, molesto, y salió de la casa con un portazo.

Fuera hacía frío. Se metió las manos debajo de la chaqueta y esperó a que la brisa fresca de la noche aclarase sus ideas. Estaba furioso con su padre, por no valorar su esfuerzo, y también con su madre, porque cualquier día su imprudencia pondría en peligro a toda la familia.

Oyó ruido de pasos por el camino; se dio la vuelta y fingió que orinaba contra el muro.

—¡Hola, Tash! —saludó su vecino. Él respondió sin girarse, alzando una mano. Cuando el hombre desapareció en el interior de su casa, Tash suspiró y decidió que estaba demasiado cansado como para seguir enfadado.

Se encaminó a la caseta de madera que había detrás de la casa, donde estaba el baño. Pocas construcciones en la aldea podían permitirse semejante lujo, pero el bisabuelo de Tash la había levantado hacía mucho tiempo, cuando las cosas iban mejor en la mina, porque solía decir que un minero no tenía por qué ir siempre sucio, sobre todo si quería conservar a su lado a su mujer.

El chico entró en la caseta. Estaba algo vieja y desvencijada, pero aún seguía en pie. Al fondo había un pozo que comunicaba con un acuífero subterráneo; Tash izó un par de cubos de agua para llenar la caldera y encendió el fuego. Cuando el agua estuvo tibia, la volcó en la bañera, un enorme armatoste de hierro fundido. Repitió la operación hasta que la tina estuvo llena. Entonces se aseguró de que la puerta estuviese bien atrancada, se desnudó con rapidez y se introdujo en la bañera. Con un suspiro, se deslizó hasta el fondo, hasta que el agua lo cubrió casi por completo. Emergió a la superficie un instante después, resoplando. El agua se había teñido de un sucio color marrón, pero a Tash no le importó. Era el polvo de la mina: estaba por todas partes, y sospechaba que, por mucho que se bañara, jamás lograría deshacerse por completo de él.

De todos modos, no solía bañarse a menudo. Siempre volvía demasiado cansado del trabajo, con ganas de irse a dormir, y sin ánimo de cargar con cubos o de perder aquellos preciosos instantes de sueño meditando en remojo.

Además, su padre no dejaba de repetirle que era peligroso.

Pero el baño no lo disgustaba. Y tampoco le importaba que el agua se ensuciara en cuanto se metía en ella. Porque de aquella manera no podía ver su propio cuerpo.

A Tash no le gustaba verse sin ropa, porque su aspecto no era el adecuado. Al principio, cuando era más pequeño, aquello no tenía tanta importancia. Solo debía tener cuidado a la hora de orinar; debía hacerlo cuando nadie lo viera, y simular de vez en cuando que lo hacía de pie, como el resto de los muchachos.

Pero ahora…

Los mineros que trataban de consolarlo diciendo que no tardaría en dar el estirón no sospechaban que aquello había sucedido ya, dos años atrás. Pero no de la forma que ellos imaginaban.

Tash cerró los ojos y se palpó por debajo del agua. Allí donde debería haber un torso plano despuntaban un par de senos femeninos. Y más abajo… Tash sabía muy bien qué debía tener más abajo y no tenía. Apretó los dientes con rabia y se odió por ser así. Por no ser lo que su padre habría querido en un hijo.

Porque no era un hombre, ni lo sería jamás.

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