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Authors: Pauline Gedge

Tags: #Histórica

La dama del Nilo (8 page)

—Muy bien. Hapuseneb, busca la pelota. El resto de vosotros, enrollad vuestras esteras y guardarlas. ¡Y que sea con mucha rapidez! —Se produjo un alboroto general y una batahola de voces agudas, así que, como de costumbre, sus últimas palabras se perdieron en el griterío. Se dirigió a su silla y se sentó, complacido—. De acuerdo. Comenzad el juego. Tutmés, ¿no piensas participar?

La cara tersa y apuesta se levantó y lo miró.

—No tengo ganas —dijo Tutmés sacudiendo la cabeza—. Toda esta arena hace que el suelo esté demasiado resbaladizo.

Ya los vitoreos y gritos de los chicos que corrían por la habitación retumbaban hasta el techo. Hatshepsut se había apoderado de la pelota y parecía decidida a no permitir que se la quitaran. Cuando Menkh arremetió en picado contra ella, la niña cayó al suelo con un chillido y se la apretujó debajo del cuerpo. Los otros chicos fueron tropezando y cayendo en alegre montón, y Khaemwese contempló la escena sin inmutarse.

Por muy adorable que fuera la pequeña princesa, había algo en ella que lo atemorizaba: cierta faceta salvaje e insondable. A medida que iba creciendo, más evidente resultaba que salía a su padre. Pero ¿a cuál de ellos? No sabía si creer o no en los rumores que habían circulado diez años antes, en el sentido de que Amón-Ra había visitado cierta noche a la Gran Esposa Real Ahmose y había derramado en ella su Divina Simiente, y que en el momento de la concepción, Ahmose había exclamado en voz alta el nombre de la criatura prometida, ¡Hatshepsut! Pero entonces recordó que habían elegido ese nombre antes de que la pequeña naciera, y que poco después su padre, Tutmés, la había llevado al templo, y le había conferido el título de Khnum-amun. Si bien hubo algunos otros soberanos que alegaron tener un parentesco más cercano que el habitual con el Dios, pocos se atrevieron a elegir un nombre semejante: «La que está estrechamente emparentada con Amón». A nadie se le pasó por alto lo que ello significaba. No cabía duda que en Hatshepsut despuntaban la belleza, la inteligencia, la obstinación y una vehemente vitalidad que la hacían atractiva a todos los hombres aunque todavía no tuviera once años. Cabía preguntarse de quién heredaba todas esas dotes. Pues si bien Tutmés era fuerte, no era exactamente sutil; y Ahmose, amada y reverenciada por todos, nunca había sido más que una respetuosa esposa real. Khaemwese pensó que era preciso buscar en otra parte el origen de esa infinita energía y ese encanto irresistible. Al oír el zumbido agudo y monótono del viento recordó cómo, unos años antes, los dos hijos que el faraón tuvo con Mutnefert habían muerto en poco tiempo. Miró a Tutmés sentado en el suelo y enfurruñado, y luego a Hatshepsut que saltaba sobre un pie, riendo divertida, e instintivamente, lleno de inquietud, se llevó la mano al amuleto. Agradezco a los dioses, pensó, que soy un hombre viejo y no es mucho lo que me queda de vida.

El juego finalizó pronto debido al mal tiempo. Los jóvenes nobles se apresuraron a regresar a sus casas, pero Nozme se retrasó en buscar a Hatshepsut.

La niña se sentó en el suelo junto a Tutmés, sucia y jadeando.

—¿Cómo te fue ayer, Tutmés, con los caballos? ¿Crees que te gustará manejarlos?

Estaba tratando de mostrarse cordial. Tutmés parecía sentirse tan desdichado e incómodo que ella se arrepintió de lo mucho que lo mortificaba.

En otro tiempo podrían haber sido amigos, pero había cinco años de diferencia entre ambos, demasiados, y a Tutmés le resultaba degradante correr por el palacio, trepar a los árboles y descolgarse de ellos, entrar y salir del lago con Hatshepsut y sus revoltosos amigos.

—No, —le respondió, mirándola muy serio—. Sé que mi padre me excluyó del adiestramiento militar y me mandó a los establos porque jamás seré un buen soldado. Pero tampoco seré buen conductor de carros de guerra. Odio los caballos. Me parecen unas bestias desagradables. Ojalá los hubiéramos sacado del país junto con los hicsos que los trajeron.

—Papá dice que son un gran paso adelante para las operaciones militares de Egipto. Gracias a ellos, nuestros soldados pueden ahora avanzar con rapidez y superar a nuestros enemigos. A mí me parece de lo más excitante.

—¿De veras? Cómo se ve que no tienes que bambolearte todos los días en un carro, mientras sientes que prácticamente te arrancan los brazos, con Aahmes pen-Nekheb gritándote y Ra concentrando malhumoradamente sus rayos desde el cielo sobre éste su hijo indigno. Soy muy desdichado, Hatshepsut. Lo único que deseo es ocuparme de mis monumentos y estar con mi madre. ¡Mi padre no debería ensañarse así conmigo!

—Pero, Tutmés, lo más probable es que algún día te conviertas en faraón. ¡Y Egipto no aceptaría un faraón que no supiera guerrear!

—¿Por qué no? Todas las luchas ya se han llevado a cabo. De eso se encargaron nuestro padre y nuestro abuelo. ¿Qué tiene de malo que me limite a aprender a gobernar?

—Supongo que lo aprenderás dentro de pocos años. Pero opino que deberías tratar de disfrutar de tu paso por los establos. ¡No sabes cómo ama el pueblo a un faraón que puede controlar todas las cosas y todas las personas!

—No sabes lo que dices. Jamás has salido del palacio —dijo Tutmés con una carcajada—. Déjame en paz. Busca a alguien más para contarle lo maravillosa que eres. Yo no pienso seguir escuchándote.

—Muy bien, me iré —dijo Hatshepsut, poniéndose de pie de un salto—. De todos modos ya no tengo ganas de seguir hablando contigo. Jamás volveré a mostrarme cordial. Espero que Sebek te devore con sus enormes fauces de cocodrilo. ¡Ve y quédate colgado de las faldas de tu madre vieja y gorda!

Antes que él atinara a expresar su airada protesta, ella había abandonado la habitación con la elasticidad de una joven gacela.

Desganadamente, Tutmés se puso de pie y se encaminó hacia la puerta. ¡Algún día le pagaría esas palabras; gatita insolente y consentida! ¿Qué sabía ella de lo que se sentía al saberse torpe; los denodados esfuerzos que hacía para que su poderoso padre le dirigiera aunque sólo fuera una crítica? ¿Cuántas veces había permanecido con las manos detrás de la espalda, un pie sobre el otro, aguardando cohibido a que su padre le prestara atención, mientras Hatshepsut parloteaba sin cesar y el faraón reía y farfullaba, y sólo tenía ojos para ella? ¿Cuántas veces había temblado ante su padre, con el corazón rebosante de un amor que no le estaba permitido manifestar a pesar de que contribuiría a limpiar su relación y a eliminar todo rastro de resentimiento e incomprensión, mientras el Poderoso Horus se mostraba impaciente por partir, y su hijo se ruborizaba y luchaba por contener las lágrimas? Adoraba a su padre, y también a Hatshepsut, con una envidia extraña e impotente y un sentimiento doloroso de culpa pues, en sus fantasías, su padre moría aferrado a su mano y suplicándole perdón, mientras una Hatshepsut cobarde aguantaba que Tutmés descargara sobre ella su ira cuando él, triunfalmente, ocupara el Trono de Horus. En las noches calurosas de verano de su infancia solía yacer en la cama despierto, soñando que la castigaba con verdadero júbilo y luego la perdonaba; pero a la luz cruel e implacable de la mañana descubría que nada había cambiado y volvía a sentir el amargo sabor de la derrota. No podía compartir estos pensamientos caóticos con nadie, ni siquiera con su madre, y así, lentamente, todo el amor que sentía por su padre, el afecto que jamás le fue permitido expresar ni sacar a la superficie, quedó estancado dentro de su ser, fermentó, y se volvió rancio.

En el exterior, su guardia se cuadró y Tutmés inició la larga caminata hacia los aposentos de su madre. Los atrios estaban desiertos y las llamas de las antorchas flameaban sacudidas por ese viento que parecía invadir hasta los rincones más remotos del palacio. Sus pisadas y las del guardia despertaron ecos de desolación cuando atravesaron el mortecino vestíbulo, cuya selva de columnas parecía despojada de sus colores en esa semipenumbra. Dobló hacia el corredor que llevaba al ala de las mujeres; al llegar a las puertas el guardia lo abandonó y los eunucos lo saludaron con una reverencia. Siguió avanzando hasta llegar a una bifurcación. Después de echar un fugaz vistazo hacia la izquierda, donde las concubinas sin duda dormían en su prisión de mármol, tomó el pasillo de la derecha en dirección a los aposentos de su madre.

Cuando entró en el pequeño vestíbulo oyó risas y parloteo en la habitación del fondo. Mutnefert apareció enseguida para darle la bienvenida, con su velo ondeando a su paso.

—Tutmés, querido, ¿cómo te fue hoy en la escuela? ¿No te resulta desesperante este viento? Bueno, por lo menos esta tarde te libraste de los caballos. Acompáñame a la otra habitación.

El muchacho la abrazó y echaron a andar tomados del brazo. Su madre lo condujo al dormitorio, donde ardían muchas antorchas y una serie de mujeres se encontraban sentadas en grupo, conversando y participando de algunos juegos de tablero. Mutnefert se instaló en el diván y le ofreció dulces de una caja que tenía al lado, tomando luego uno y llevándoselo a la boca con fruición.

—¡Qué exquisiteces! Me los regaló el portador de las sandalias del faraón, quién a su vez los recibió del gobernador Thure. Me parece que Thure tiene mejores confiteros que el mismo faraón.

Palmoteó los almohadones ubicados junto a sus generosas caderas y Tutmés se instaló a su lado.

El viento era sólo un murmullo débil y lejano, pues los aposentos de Mutnefert se encontraban rodeados por completo de otras habitaciones, si bien tenía su propio pasadizo privado, que corría detrás de la sala de audiencias y desembocaba en los jardines. No le estaba permitido acceder al sector de la familia real a menos que fuera invitada pero, puesto que todos cenaban juntos, eso no constituía una privación penosa para ella. De todos modos, la presencia constante del faraón le habría resultado agotadora. La posición que ocupaba le parecía ideal. Tenía mucha más libertad que las mujeres extranjeras del faraón, las hermosas esclavas que traía consigo de sus múltiples campañas bélicas o que le eran ofrecidas por delegaciones de otros países y se pasaban la vida ocultas detrás de puertas cerradas, lejos de la vista de todo otro hombre que no fuera su amo. Por otra parte, el faraón la visitaba cada tanto en medio de la noche, un poco ebrio después de comer y beber en abundancia y con talante cariñoso. Por ser la madre de su único hijo real sobreviviente, siempre se mostraba amable con ella, pero con el correr de los años sus visitas se iban espaciando cada vez más, y ella sabía que prefería la compañía de la sedante Ahmose. Pero Mutnefert no le guardaba rencor: ella tenía a Tutmés, su querido hijo, y lo mimaba llena de orgullo, ufanándose por ese logro que Ahmose no había conseguido igualar. No era ninguna tonta y tenía plena conciencia de que, si su hijo llegaba a ocupar el Trono de Horus, también ella ascendería a una posición de privilegio. Pero las aspiraciones que pudo haber acariciado con respecto a su relación con el faraón durante los primeros años de su pasión se veían en ese momento suplantadas por una placentera pereza, y se pasaba los días entregada a toda clase de habladurías y chismes con sus acompañantes. Su rostro había comenzado a distenderse por la vida fácil que llevaba: debajo del mentón asomaba una papada y tenía las mejillas fláccidas, pero en sus ojos verdes ardía todavía un amor por la vida que, lamentablemente, su hijo no había heredado. Si bien el muchacho mostraba una evidente inclinación por los placeres físicos y una imperiosa necesidad de satisfacerlos, no poseía esa chispa vital de alegría que había conducido a Mutnefert al lecho del faraón. Al mirar a su hijo, ya un poco excedido de peso y con sus rasgos armoniosos velados por una expresión de malhumor, sintió cierta preocupación.

—Todavía no te he preguntado si te gusta tu adiestramiento con los carros de guerra.

—Pues eras la única que faltaba. Mi padre real me lo preguntó ayer, hoy lo hizo Hatshepsut, y ahora tú. Bueno, si de veras quieres saberlo, te diré que lo detesto. Mientras pueda mantenerme en pie en esa maldita cosa, no veo por qué tengo que saber manejarla. Los reyes no conducen sus propios vehículos.

—¡Qué dices! Los reyes deben saber hacer muchas cosas, y tú, querido mío, serás rey. El palacio es un hervidero de rumores. He oído decir que el faraón está a punto de hacer un anuncio, y ambos sabemos cuál será. Su Alteza Neferu tiene edad suficiente para casarse; y tú también.

—Sí, supongo que sí. Neferu no estuvo en clase hoy. Me parece que está enferma: todas las noches cena en sus aposentos y no asoma la nariz para nada, a pesar de que mi padre fue a verla y se lo pidió. No quiero casarme con ella. Es demasiado flaca y huesuda.

—Pero igualmente lo harás, ¿no es cierto? Y te esmerarás todo lo posible por complacer al faraón. Prométemelo.

—Trato de hacerlo, pero te aseguro que no es nada fácil —respondió Tutmés con expresión contrariada—. Supongo que no hago más que decepcionarlo. No soy guerrero, como él lo fue; no soy inteligente, como lo es Hatshepsut. Cuando yo sea faraón y tenga mis propios hijos, les permitiré hacer lo que se les antoje.

—¡No digas tonterías! Todavía te queda mucho por aprender, y más vale que te apresures y lo hagas de una buena vez. Pues, en cuanto el faraón anuncie a su sucesor, tu tiempo se verá restringido y tus libertades habrán cesado. En ese momento hijo mío, ya no podrás darte el lujo de equivocarte, así que hazlo ahora y saca provecho de tus errores. ¿Te gustaría jugar al dominó o a las damas conmigo?

—Lo que quiero es dormir, hace demasiado calor para juegos. ¡Ojalá parara de una vez ese viento infernal!

Se puso de pie, y su madre le tomó la mano con afecto.

—Vete, entonces. Te veré esta noche. Ahora dale un beso a tu madre —dijo, frunciendo sus labios rojos, mientras él se agachaba y se los rozaba con los suyos.

También las demás mujeres se pusieron de pie, hicieron una reverencia y extendieron los brazos hacia él; Tutmés giró sobre sus talones y, pasando por el oscuro vestíbulo, se internó nuevamente en el corredor. A veces el palacio le resultaba un lugar siniestro, lleno de sombras amenazadoras y murmullos incorpóreos, sobre todo de noche o cuando, como en ese momento, soplaba el khamsin. Tutmés apresuró el paso y bajó la cabeza. Mientras pasaba junto a los silenciosos guardias que flanqueaban las paredes, le parecieron seres sobrenaturales y gigantescos del desierto, revestidos de cuero como grotescas formas humanas, cada una de las cuales ostentaba el rostro de su poderoso padre. Cuando por fin llegó a sus aposentos, donde lo aguardaba su criado, estaba sudado y le faltaba el aliento, no por el calor sino por el miedo.

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