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Authors: Pauline Gedge

Tags: #Histórica

La dama del Nilo

 

Mil seiscientos años antes que Cleopatra, reinó en Egipto Hatshepsut, una mujer extraordinaria no sólo por su inteligencia y su belleza, sino también por ser la primera mujer en la historia que gobernó con plenos derechos en un mundo dominado por los hombres.

Según la tradición secular, los faraones de Egipto sólo podían gobernar si se casaban con una mujer de sangre real que, mediante el matrimonio, otorgaba al hombre la condición de soberano. Tan arraigada costumbre iba a romperse por primera vez hace treinta y cinco siglos, cuando el faraón reinante dictaminó que su hija Hatshepsut, de quince años, fuera consagrada primera emperatriz de la historia de Egipto.

Hábil en la administración, audaz en la guerra y, sobre todo, entregada a su tierra y a su pueblo, la dama del Nilo supo defenderse de los celos y la insidia de sus enemigos y mantener el poder del imperio en el apogeo de su gloria.

Pauline Gedge

La dama del Nilo

ePUB v1.0

Liete
22.08.12

Título original:
Child of the morning

Pauline Gedge, 1977.

Traducción: Nora Watson

Editor original: Liete (v1.0)

ePub base v2.0

Para Airini, mi madre,

y Lloyd, mi padre,

con todo afecto.

Agradecimientos

Tengo una deuda de gratitud con el personal de la Biblioteca de la Universidad de Alberta, en Edmonton, por el excelente asesoramiento que me brindaron. Quisiera también expresar mi agradecimiento a los autores de las obras que he consultado, cuyo minucioso trabajo de investigación sobre el antiguo Egipto permitió que una neófita como yo escribiera este libro. Lo único que lamento es que la lista sea tan extensa que me impida nombrarlos a todos en forma individual.

Mis acciones han sido fruto del amor que le profeso a mi Padre Amón.

He seguido sus designios para éste, mi primer jubileo.

La excelencia de su Espíritu me volvió sabia, y me impidió descuidar ninguno de sus deseos.

Mi Majestad es prueba de que él es Divino.

Todo lo hice siguiendo sus designios; fue él quien guió mis pasos.

No llevé adelante ninguna empresa sin su beneplácito; fue siempre él quien me indicó el camino.

Su santuario me quitó el sueño; no me aparté jamás de sus dictados.

Mi corazón se volvió prudente delante de mi Padre; y yo me dediqué de lleno a los asuntos que le eran más caros.

No le di la espalda a la Ciudad del Soberano Señor de todos los Dioses sino que volví mi rostro hacia ella.

Sé bien que Karnak es la morada de Dios sobre la tierra; del Augusto remontarse a los Orígenes.

Del Ojo Celestial del Soberano Señor de todos los Dioses; el lugar atesorado por él.

Que ostenta su belleza y contiene a aquéllos que lo siguen.

Oración compuesta por el rey Hatshepsut I, en ocasión de su Jubileo.

PRÓLOGO

Se retiró temprano de los festejos, tras hacerle una seña a su esclava y deslizarse del salón casi sin que los demás lo advirtieran, mientras la comida seguía humeando sobre las pequeñas mesas doradas y la fragancia de las flores, diseminada por todo el recinto, la acompañaba como una nube invisible por el corredor flanqueado de columnas. A sus espaldas se oyó una oleada de repentinos aplausos cuando los músicos ocuparon sus lugares y comenzaron a interpretar una melodía de ritmo rápido y alegre, pero ella siguió su camino y Merire tuvo que correr para no quedar sus aposentos, no prestó atención al saludo de su guardia, entró rápidamente a la alcoba y se quitó las sandalias con una sacudida de los pies.

—Cierra las puertas —dijo.

Merire le obedeció y luego escrutó con ojos cansados a su ama, tratando de evaluar el estado de ánimo en que se encontraba. Hatshepsut se dejó caer sobre la banqueta delante del espejo y le dijo:

—Quítame todo esto.

—Si, Majestad.

Con sus manos hábiles levantó la pesada y trabajada peluca, le quitó el reluciente collar de oro y cornalina y despojé sus brazos de las campanilleantes pulseras. La habitación estaba agradablemente caldeada por dos braseros de carbón en cada rincón y las vacilantes llamas de las lámparas apenas alcanzaban a turbar la penumbra.

Hatshepsut permaneció de pie mientras Merire soltaba los lazos de la sutil túnica de lino y se la quitaba. Luego vertió en un recipiente agua caliente y perfumada y comenzó a lavarle el kohol que rodeaba sus ojos oscuros y la roja alheña de las plantas de los pies y de las palmas de las manos. La mujer de más edad siguió contemplándose en las bruñidas profundidades del enorme espejo de cobre.

Cuando Merire terminó su tarea, Hatshepsut se acercó a la cabecera del lecho y se apoyó contra él, con los brazos cruzados.

«Cuando el palacio bullía con las idas y venidas de mi corte y, siguiendo mis órdenes, el incienso se elevaba noche y día en el templo, entonces sí que todos estaban dispuestos a servirme hasta la muerte. Sí, de acuerdo, pero ¿hasta la muerte de quién? ¿Dónde están ahora los que tanto me aclamaban? Y, ¿qué he hecho yo para que todo terminara así? A los dioses les he entregado oro y esclavos a manos llenas; para honrarlos he construido y he dedicado todos mis esfuerzos. A este país, mi eterno y hermoso Egipto, le he brindado mi Divino Ser; he transpirado y he pasado noches en vela para que mi pueblo pudiera dormir y estar a salvo. Ni siquiera los campesinos hablan en este momento de otra cosa que no sea la guerra. Guerra: no incursiones de saqueo ni escaramuzas de frontera, sino grandes batallas para la conquista de un imperio. Y yo debo quedarme cruzada de brazos, impotente. No hemos nacido para la guerra. Reímos, cantamos, hacemos el amor, construimos, comerciamos y trabajamos, pero la guerra es algo demasiado solemne para nosotros y terminará por destruirnos».

Merire se llevó el agua y regresó con la bata de dormir.

Pero Hatshepsut la apartó con un gesto.

—Esta noche, no. Deja todo como está. Puedes poner orden por la mañana. Ahora vete.

No era la muerte lo que le inspiraba temor: sabía que ese momento se aproximaba, que tal vez se produciría al día siguiente y que no le resultaría prematura, pues estaba muy cansada de vivir y anhelaba descansar. Pero sentía una enorme soledad y el silencio de la habitación vacía le producía un extraño desasosiego. Se deslizó en el lecho y se quedó allí sentada, muy quieta.

—Oh, Padre mío —oró—. Poderoso Amón, Rey de todos los reyes; fue así, desnuda, que hice mi entrada a este mundo, y será así, desnuda también, que seré transportada a la Casa de los Muertos.

Se levantó y comenzó a caminar por el cuarto, sin que sus pies descalzos produjeran sonido alguno sobre el piso de mosaicos rojos y azules. Se acercó a la clepsidra y la contempló un momento: faltaban todavía cuatro horas para el amanecer. Cuatro horas. Y luego otro día de agotadora frustración y ocio forzado: sentarse en el jardín, navegar por el río, recorrer con su carro de combate la pista del campo de adiestramiento del ejército, al este de la ciudad. El mismo carro que sus propias tropas le habían ofrecido como homenaje aquella mañana fresca y luminosa. ¡Qué joven era en aquella época! ¡Cómo se había estremecido su corazón con una mezcla de temor y excitación, y cómo se había aferrado a su caja dorada y bruñida mientras los caballos galopaban como una exhalación sobre la arena compacta hendiendo el aire inmóvil y abrasador del desierto con fuego y muerte!

Ahora era invierno, el mes de Athor, un mes que ya parecía interminable, aunque apenas se hubiese iniciado. En las noches destempladas y los días un poco menos calurosos que los del verano, comenzó a sentir una creciente desesperación, fruto de su forzada inactividad. Y aquel viejo tormento, ese tormento que parecía siempre nuevo, comenzó a clavársele con tal intensidad que la obligó a abrir los ojos. Frente a ella, por entre la penumbra, su propia imagen flotaba en el inmenso bajorrelieve de plata labrada que ocupaba una parte del muro. El mentón que portaba la Barba Faraónica se erguía altanero, la mirada firme y obstinada asomaba bajo el peso de la imponente y majestuosa Doble Corona de Egipto. De pronto sonrió.

«Así pues, yo, Hija de Amón, he sido y seré siempre Rey de Egipto. Y en los días venideros, los hombres lo sabrán y se maravillarán, como también yo lo he hecho al contemplar los monumentos y las formidables obras llevadas a cabo por mis antepasados. No estoy sola. Después de todo, viviré eternamente».

I
1

A pesar de que la pared norte del aula se abría al jardín, la brisa estival no corría por entre las deslumbrantes columnas blancas salpicadas de colores. Hacía un calor sofocante. Los alumnos estaban sentados uno muy junto al otro sobre sus respectivas esteras de papiro, con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada sobre los trozos de terracota, tratando trabajosamente de copiar la lección del día. Khaemwese, cruzado de brazos, sintió que una leve somnolencia comenzaba a invadirlo y miró disimuladamente la clepsidra de piedra. Ya era casi mediodía. Tosió para llamar la atención, y una serie de rostros diminutos se alzaron para mirarlo.

—¿Habéis terminado ya? ¿Quién está dispuesto a leerme los conocimientos que aprendió hoy? O tal vez sería mejor preguntar quién posee los conocimientos necesarios para leerme la lección de hoy. —Se regodeó con su ingenioso juego de palabras, y un leve murmullo de risas corteses recorrió la habitación—. ¿Tú, Menkh? ¿O tal vez User-amun? Sé muy bien que Hapuseneb puede hacerlo, así que queda descartado. ¿Quién más se anima? Tutmés, te escucho.

Tutmés se puso de pie de mala gana mientras Hatshepsut, sentada a su lado, se burlaba de él y le hacía morisquetas. El muchachito no le prestó atención y, sosteniendo la vasija con ambas manos, la escrutó con expresión atribulada.

—Puedes comenzar. Hatshepsut: quédate quieta.

—Me dicen que… que…

—Corréis.

—Ah, sí. Corréis. Me han dicho que corréis tras los placeres. No cerréis vuestros oídos a mis exhortaciones. ¿O es que sólo prestáis atención a todo… a todo…?

—Tipo de palabras necias.

—Claro… a todo tipo de palabras necias?

Khaemwese lanzó un suspiro mientras el muchachito seguía leyendo en voz monótona. Era evidente que Tutmés jamás llegaría a ser un hombre instruido y culto. La magia de las palabras no ejercía ninguna atracción sobre él; al parecer, su única aspiración era que lo dejaran dormitar durante las clases. Tal vez el faraón haría bien en hacer ingresar a su hijo en el ejército a una edad temprana. Pero Khaemwese sacudió la cabeza al imaginar a Tutmés, arco y lanza en mano, marchando a la vanguardia de una compañía de aguerridos soldados. En ese momento el chiquilín volvió a estancarse en la lectura y se quedó mirando al maestro con torpe azoramiento, con el dedo clavado en el indescifrable jeroglífico.

El anciano sintió un arrebato de furia.

—Este pasaje —afirmó coléricamente, golpeando malhumorado su propio rollo de papiro— se refiere a la necesidad del empleo prudente y merecido del látigo de cuero de hipopótamo en el trasero de un jovencito holgazán. ¿No crees, Tutmés, que quizás el escriba pensaba precisamente en alguien como tú? ¿Qué te vendría bien recibir un buen par de azotes? ¡Tráeme inmediatamente mi látigo de hipopótamo!

Varios de los chicos más grandes comenzaron a lanzar risitas ahogadas, pero Neferu-khebit extendió la mano en son de súplica.

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