Read El club erótico de los martes Online

Authors: Lisa Beth Kovetz

Tags: #GusiX, Erótico, Humor

El club erótico de los martes (5 page)

—Es sólo un pequeño relato guarro en el que seduzco a mi cartero —la tranquilizó Brooke.

—Ah, entonces vale —dijo Lux a modo de invitación.

Brooke desplegó su papel y empezó a leer.

Aimee suspiró, perdiendo una vez más frente al entusiasmo que suscitaba el culo de Brooke. Debería haber dicho algo, pero entonces podría haberse creado una situación violenta, y no valía la pena sólo por leer los tres párrafos que le quedaban sobre su baño de pies y su descripción del whisky.

Cuando Brooke comenzó a leer, Lux sacó su cuaderno lleno de palabras que le interesaban. Palabras que quería conocer mejor.

Enrique llamó al timbre —empezó Brooke—. Me puse un albornoz y corrí hacia la puerta.

—¿Quién es?—pregunté, intentando que no se notara la lascivia que sentía.

—El cartero —dijo él—. Traigo un paquete para usted.

Lux rió y apuntó la palabra «lascivia» en su cuaderno.

Con el albornoz en el suelo cubriendo únicamente mis tobillos, abrí la puerta lo justo para que él viera lo que le esperaba dentro.

—¿Tengo que firmar por el paquete? —pregunté.

—Oh, sí—dijo él.

—¿Le gustaría traerlo por la puerta trasera?

Enrique abrió los ojos como platos, y supe que era la primera vez que le proponían algo así. Abrí la puerta y entró en mi casa.

Lux suspiró con fuerza, pero no por lo que iba a ocurrir en la puerta trasera de la casa de Brooke. Brooke habría seguido leyendo su historia, pero Aimee le dio rápidamente un cachete.

—Margot —dijo Trevor abriendo la puerta de cristal, y asomó su bonita cabeza en la sala de reuniones. Tenía el pelo gris y arrugas en la cara, pero su espíritu era jovial y divertido.

Margot sentía que su tripa se contraía de deleite cada vez que lo veía. Un mantra cruzó su cabeza, recordándole: «es tan guapo, es tan sexy, es tan agradable». Aunque «agradable» había sido el adjetivo fulminante de antiguas pasiones, Margot, a los cincuenta, anhelaba lo «agradable».

—Se supone que tenías que haber terminado todos los contratos de fabricación para el catálogo navideño de Peabody —le informó Trevor—. Crescentia Peabody está ahora mismo sentada en mi despacho, esperando para firmar. ¿Qué estáis haciendo todas aquí?

—Reunión del club literario —dijo Lux con una sonrisa encantadora.

—¿En serio? ¿Qué leéis? ¿Aceptáis nuevos miembros?

—Sólo mujeres —dijo Aimee.

—No te gustaría —le advirtió Brooke—. Leemos cosas de chicas.

—Me gustan las cosas de chicas —dijo Trevor con una sonrisa.

—Pero no estás invitado —le informó Lux.

—Ha quedado claro.

Trevor rió mientras mantenía la puerta abierta para que Margot saliera pitando de la reunión. Pero Margot no se movió de la mesa.

—Todos los contratos están sobre mi mesa, Trevor —dijo Margot, intentando sonar profesional—. Voy en un minuto.

—Un minuto es demasiado. Te necesito ahora. La señora Peabody está un poco... cómo decirlo... «rígida» sería una forma eufemística de describirlo. Vamos a dejar esto zanjado antes de que empiece a ponerle pegas.

Margot miró a sus amigas y suspiró. Abandonó la reunión del grupo de escritoras de los martes, corrió hacia la puerta de la sala, entró volando en su despacho, cogió los contratos y los llevó rápidamente al despacho de Trevor. Se movía a una velocidad considerable para ser una mujer de cincuenta años con una falda de tubo ajustada que le obstaculizaba el paso y zapatos de tacón con punta.

«Si consigo que el contrato se firme rápidamente —pensó Margot—, puede que llegue al clímax de la historia de Brooke.»

«¡Anda, clímax! Qué bueno», se dijo a sí misma mientras esperaba fuera del despacho de Trevor y se serenaba. Con los contratos en la mano, Margot borró la imagen de Enrique y Brooke de su mente, se estiró la blusa y entró en el despacho de Trevor.

Crescentia Peabody y su secretaria Barbara, cuya apariencia recordaba a la de dos amas de casa acomodadas de Connecticut, bebían té y charlaban con Trevor.

—¡Ah, aquí está! —dijo Trevor con voz demasiado alta cuando entró Margot.

—¡Recién salidos del horno! —dijo Margot alegremente, agitando los contratos en la mano—. ¡Los contratos para tu clítoris navideño!

Las clientas la miraron patidifusas, formando una «o» con sus bocas a juego pintadas de color rosa.

—Catálogo, Margot —dijo Trevor.

—¿Qué?

—Catálogo de Navidad.

—¿No es lo que he dicho?

—No, juraría que has dicho «clítoris» —dijo Barbara.

—Ah, gracias a Dios —dijo Crescentia—, yo también he oído «clítoris» y por un momento he pensado que le estaba oyendo mal, pero si vosotros dos también lo habéis oído, me quedo tranquila. No era sólo cosa mía.

—Oh, bueno —dijo Margot con esa voz clara y serena—. Mis disculpas. Quería decir catálogo, no... lo otro. ¿Nos ponemos con ello?

4

Vivienda

Tras la reunión del club erótico de los martes, Lux volvió a su puesto, donde vio un correo electrónico que le había enviado su abogado en relación al cincuenta por ciento que le correspondía de una casa unifamiliar independiente situada en el barrio de Queens. Su tía, que era prostituta (o fulana, como llamaba la madre de Lux a su cuñada), había reunido dinero junto con una compañera de trabajo y la habían comprado hacía muchos años, cuando la vivienda estaba mucho más barata. Las dos mujeres la habían utilizado discretamente de forma ilegal para sus asuntos durante veinte años largos. Cuando se retiraron, se lo alquilaron a otras fulanas.

Lux, que tenía plena conciencia de la procedencia del dinero, había querido mucho a su tía la fulana. Dado que Lux era el único pariente directo que visitó a la mujer cuando estaba en el hospital, heredó su cincuenta por ciento de la casa y el dinero correspondiente que generaba el alquiler. El primer día de cada mes llegaba al despacho del abogado de Lux un sobre blanco con el dinero en efectivo, que era entregado en mano. La mitad iba a parar a la cuenta de Lux. En los últimos años, la cuenta había sobrepasado los 30.000 dólares. Lux nunca vio el sobre blanco ni el dinero físico, que generalmente se entregaba en un fajo de billetes manidos de veinte dólares, meticulosamente contados y colocados por la misma cara.

Lux leyó el correo electrónico de su abogado rápidamente y tomó una decisión de inmediato. La otra prostituta se estaba muriendo y le vendería de buena gana su mitad de la casa por 20.000 dólares, dado que ella podía conseguir el dinero sin llamar la atención, con rapidez y en efectivo. ¿Estaba Lux interesada?

«Sí —tecleó Lux en su ordenador—. ¿Podría aceptar un cheque?»

«No. Sólo puede ser en efectivo —le escribió su abogado—. ¿Puedes tener el dinero para el jueves?»

«¡Sí! Dale las gracias de mi parte.»

«¿Nos tomamos una copa después? —le escribió el abogado como respuesta—. ¿Para celebrar que eres propietaria?»

«Esta noche no —escribió Lux—. Estoy ocupada.»

Lux sonrió al imaginar a la mejor y prácticamente única amiga de su tía cogiendo los 20.000 dólares y yéndose por última vez a Las Vegas antes de que llegara su hora. Le agradaba darle la casa a Lux, y ésta haría un esfuerzo por compensar de alguna forma a la anciana antes de que se fuera a Las Vegas y al más allá.

A pesar de que ahora toda la casa le pertenecía, Lux no podía vivir en ella. A su madre le daría un síncope si supiera que tía Fulana había legado la casa a Lux, y otro más si supiera que Lux disponía de tanto dinero en efectivo. Ahora que el cien por cien de la casa era suya, Lux pensó en limpiarla y quizá venderla. O quizá la alquilaría por meses en vez de por horas. Puede que incluso se lo dijera a su madre.

Tía Fulana pensaba que la madre de Lux tenía la tendencia de adular a personas con poder y un interés malsano en controlar el poder de otros, en vez de buscar y mantener el poder y el placer para sí misma. Tía Fulana no utilizó exactamente este lenguaje. Le dijo a Lux que su madre era una «chupapollas».

—Sí, claro —había dicho tía Fulana a una pequeña Lux—. Cuándo tiene la polla en tu boca tú controlas su universo, pero ¿qué ocurre cuando la saca? Y tiene que sacarla en caso de que quieras pedir algo. Quiero decir, algo para ti. Y eso, niña, es lo que se llama un «callejón sin salida».

Lux, ante la insistencia de tía Fulana, había tenido cuidado de no cultivar una personalidad de chupapollas. Si quería algo, lo conseguía por sí misma.

Lux salió de su periférico instituto incapaz de deletrear, entender ideas complejas o articular una frase correctamente por sí sola. Sin embargo, había asistido a las clases religiosamente, lo que la situó en cabeza de su clase del último curso. Sus padres esperaban que empezara cuanto antes con la tarea de tener niños, pero Lux tenía acceso a buenos anticonceptivos y no le gustaba ninguno de los peces gordos que querían camelársela. Reunió el dinero necesario para cursar un módulo que en realidad consistía en cuatro años de instituto comprimidos en dos, pero sin los niños detestables y destructivos que hacían que a los demás les resultara imposible aprender nada. Lux había trabajado lo suficiente para obtener un título de técnico. Eso le llevó a trabajar en Manhattan como secretaria. Estaba encantada con el salario, alquiló un piso con unos amigos y compró una gran cantidad de ropa. Cuando heredó la casa de su tía y las rentas que había generado el alquiler, vio una luz al final del túnel.

—Sí, sí, podrías hacer eso. Es una buena idea —resolló el abogado septuagenario de su tía—. Quédate a vivir en casa de tu madre. Ahorra todo el dinero que ganes. Compra un apartamento. Empieza a alquilarlo y tus ingresos se duplicarán. Tendrás tu propio negocio. Entonces te podrás casar conmigo, me jubilaré y tendremos muchos niños. ¡Ja ja ja!

Rieron y bebieron y planificaron el brillante futuro de Lux. Ahora Lux trabajaba duro y ahorraba todo el dinero, pero no volvió a mudarse a casa de su madre.

—Trev —preguntó Lux por encima de un plato de huevos y zumo de naranja—, cuando hablo, ¿digo «y entonces» muchas veces?

—No lo he notado —dijo Trevor mientras estiraba y rascaba toda la superficie de su pecho musculoso y ligeramente canoso—. ¿Hay ahí algo sobre mí?

Lux cerró el cuaderno. La cocina del piso de Trevor, que tenía tres habitaciones y un contrato de alquiler indefinido, necesitaba una mano de pintura. Lux nunca se había planteado ese tipo de cosas hasta ese momento. Él dijo que el piso casi le salía gratis porque sus padres habían vivido allí hasta que su padre murió y el Alzheimer de su madre estuvo muy avanzado. Había podido conservar el piso, pero precisamente por lo barato que era el alquiler resultaba casi imposible conseguir que el casero hiciera nada. Lux estaba pensando en cómo un apartamento espacioso de alquiler barato podría hacer que su salario pareciera más holgado de lo que realmente era cuando su mirada se detuvo en el armario de caoba chino.

—Trevor, eso que está en el rincón del cuarto de estar, lo que tiene dentro los objetos de cristal de tu mujer.

—¿El credenza? ¿Ese en el que nosotros... la semana pasada después del partido de baloncesto?

La miró por encima de su café matutino para cerciorarse de que estaba sonriendo. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Sí, estuvo divertido.

—¿Qué pasa con él?

—¿Cómo llamas a esas cosas de arcilla que tiene dentro?

—La porcelana es Limoges, y el cristal es Baccarat.

—¡No jodas! ¿Hace mucho que lo tienes?

—Era de mi bisabuela.

—Pero no es un mueble especialmente raro, ¿no?

—En realidad creo que sí.

—Ah.

Una arruga de inquietud surcó su cara de conejito, preocupándole sobremanera. ¿Iba a dejarle por culpa del credenza de su abuela? Lux era joven y hermosa, y estaba llena de vida. Ella le necesitaba de una forma diferente de la que le hubieran necesitado nunca su ex mujer o sus hijos. A ella le fascinaba el conocimiento del mundo que él tenía más allá de los cinco distritos de Nueva York, su disposición para hacer el crucigrama de los domingos y su habilidad para deletrear palabras polisílabas. Había estado en lugares como Europa; de hecho, había vivido en Londres parte del tercer curso de universidad. Alquiló un apartamento en Manhattan y había pagado para mandar a dos hijos a estudiar fuera desde primaria hasta el final de la carrera.

Trevor era bastante atractivo y todavía fuerte. No le volvía loca su pelo gris, pero, por el momento, no la había pegado. Le encantaba que nunca la hubiera sometido a situaciones desagradables para poner a prueba su amor y devoción hacia él. Nunca le había pedido que fuera en metro desde Far Rockaway hasta Harlem con una minifalda y sin ropa interior. A los ojos de Lux, esas cosas hacían de Trevor el macho supremo, el jefe, el mejor novio que jamás había tenido. Trevor no creía que pudiera vivir sin ese reflejo de sí mismo que le devolvían los ojos verde oscuro de Lux.

El hecho de que ella fuera secretaria de uno de los socios de su firma tejió un velo de preocupación sobre su relación. Él insistía en mantener su relación en secreto. Elaboró una lista de normas para ella. La más importante era no hablar nunca sobre su relación en la oficina, ni siquiera para quedar a cenar. Nunca entrar y salir de la oficina al mismo tiempo. No salir nunca juntos con gente de la oficina después del trabajo. Y nunca jamás llevarse consigo la relación al trabajo. Lux las aceptó, y el engaño aumentó la excitación de Trevor. Sentía que estaba haciendo trampa. A Lux no le importaba. Él era un secreto que merecía la pena guardar.

—¿Ha venido esa tal... eh... abogada Margot aquí alguna vez? —preguntó Lux a Trevor, intentando parecer casual.

—¿Margot? ¿Hillsboro?

—Sí.

—Cientos de veces.

—¿En serio?

La pasión de Lux se avivó. Tenía que poseerle ahora mismo. Lo besó y le desató el cinturón de su albornoz.

—Llegaremos tarde.

—Lo sé —dijo ella.

—Yo puedo llegar tarde, pero tú tienes que estar allí a las nueve.

—Llegaremos a tiempo.

—Si hacemos esto tendré que cancelar mi partido de tenis y volver a casa después del trabajo a echar una cabezada —dijo él—. Y tenemos entradas para el teatro esta noche.

—Te garantizo que esto será mejor que el tenis —dijo Lux mientras se quitaba la bata de satén rosa y se quedaba desnuda frente a él.

¡Tachan!

Le encantaba que sólo le hiciera falta desnudarse para excitarlo. Ni bailes ni promesas de posturas enrevesadas. Cada vez que Trevor veía a Lux desnuda, tenía una erección. Ella adquiría importancia, y Trevor se quitaba diez años de encima.

Other books

Kismetology by Jaimie Admans
Dragons' Onyx by Richard S. Tuttle
A Gigolo for Christmas by Jenner, A M
The Song of Orpheus by Tracy Barrett
The Bellingham Bloodbath by Harris, Gregory
Seti's Heart by Kelly, Kiernan
The Detachable Boy by Scot Gardner


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024