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Authors: Lisa Beth Kovetz

Tags: #GusiX, Erótico, Humor

El club erótico de los martes

 

Margot, Aimee, Brooke y Lux son cuatro mujeres de distintas edades, personalidades y circunstancias que trabajan en un bufete de abogados de Manhattan. Pero ¿qué diablos hacen cuando todos los martes a la hora de comer se encierran en la sala de juntas? Pocos saben que, en su pequeño “club” de literatura erótica, leen y critican los relatos que cada una de ellas escribe para la ocasión. Pero ¿son todos sus relatos mera fantasía? ¿O acaso se acercan peligrosamente a la realidad?

Lisa Beth Kovetz

El club erótico de los martes

Colección: Mujeres en la ciudad - 4

ePUB v1.0

GusiX
05.03.12

Título original: The Tuesiay Erótica Club

Traductora: Elvira Gallego Ruiz de Elvir

© 2006 by Lisa Beth Kovet

© de la traducción: Elvira Gallego Ruiz de Elvira, 2007

© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2007

ISBN: 978-84-206-6664-8

Printed in Spain

Para Jonah y Aubrey.

Y también para las amigas que me han ayudado a seguir adelante todos estos años: Beverly Crane, Jennifer Gunzburg, Tina K. Smith, Star-Shemah Bobatoon, Margot Avery, Lara Schwartz, Sandi Richter, Cookie Wells, Nataly Sagol, Margo Newman, Paséale Halm, Deborah Hunter-Karlsen, Antonella Ventura Hartel y Michael Rosen.

 

Ninguna mujer es una isla

*

¿Cómo podemos ganar la guerra de los sexos si seguimos confraternizando con el enemigo?

1

Caoba

Y luego una y otra vez contra el sofisticado armario chino de caoba, y luego él estrechó la carne cálida de sus nalgas, que en realidad es una palabra culta para culo, vale, y después de eso le transmitió una oleada como de sensaciones que recorrió la espalda de ella, vale, pero eso fue por el frío, ya sabes, y luego también por delante, pero fue por su lengua caliente, porque le hizo cosquillas en el cuello y en... y en las tetas, vale, y entonces ella oyó ese sonido tintineante de las estatuillas de cerámica, de acuerdo, y toda esa sarta de gilipolleces que estaba en las estanterías que habían pertenecido a su ex mujer, en su oído, vale, y entonces él empezó o...

De repente Lux Fitzpatrick dejó de leer. Alzó la vista hacia la puerta conforme se abría. Sus labios quedaron entreabiertos, esperando a que su boca pronunciara la siguiente palabra. Tenía pómulos pronunciados y su piel resplandecería de juventud y vitalidad de no estar oculta bajo una gruesa capa de maquillaje barato. Su bonita melena revuelta se rebelaba contra un teñido casero y un exceso de laca. Llevaba sombra de ojos y unas gafas de sol que solía reservar para reparaciones de fontanería. Unas medias de cuadros moradas cubrían las largas piernas de Lux; sus nalgas redondeadas apenas estaban cubiertas por una minifalda naranja. Unos pechos de talla D resaltaban en un top escotado de color vivo. Si uno decidiera no echarle un segundo vistazo, podría catalogar a Lux con la denominación profesional de «chillona».

Lux tenía su sentido de la vergüenza tan poco desarrollado como el sentido de la estética, y por lo tanto cuando se abrió la puerta de la sala de reuniones no dejó de leer por su sentido del decoro, sino simplemente porque tenía curiosidad por ver quién iba a entrar en la sala.

Las otras dos mujeres allí presentes no eran tan descaradas como Lux. Temerosas de que las sorprendieran escribiendo alguna guarrada, cogieron sus bolsas con la comida e intentaron dar buena impresión. Aimee puso sus manuscritos eróticos bajo un informe de trabajo mientras que Brooke deslizó los suyos directamente bajo su trasero. Luego ambas giraron la cabeza como una cierva sola y aterrorizada para ver quién estaba abriendo la puerta de la sala de reuniones.

Margot Hillsboro se rió al ver a esas mujeres asustadas observándola conforme entraba en la sala.

—Lo siento —dijo Margot—. Por llegar tarde, digo.

—¿Tarde a qué? —preguntó Aimee, jugueteando con un tirabuzón de su melena negra.

—Ah, a vuestra reunión. Al club. A lo del grupo de escritura de los martes.

Suspiró aliviada. Era una de las suyas.

—¿Sólo se accede al club con invitación? —continuó Margot—. Me daba la impresión de que era un club literario abierto a cualquier persona de la oficina que fuera culta.

La suposición de Margot era incorrecta. El último club que se había puesto en marcha en el gran bufete de abogados pertenecía exclusivamente a Aimee.

Cuando Aimee se dio cuenta de que estaba embarazada, supo que necesitaba algo que la distrajera del creciente temor a que el bebé que se estaba formando fuera a cambiar su vida tan drásticamente que perdería su libertad de forma absoluta. Aimee quería compañía. Quería creatividad. Así que seleccionó a cuarenta de sus colegas más cercanas y las invitaba a comer todos los martes en la sala de reuniones y a compartir sus reflexiones literarias.

Primero se presentó Aimee leyendo un relato corto que había escrito en la universidad sobre un pajarillo que había rescatado de la boca de su gato para luego verlo morir en la cocina. Se rió con sus amigas del hecho de haber usado una metáfora especialmente torpe y en secreto lloró al darse cuenta de que lo que había parecido en su momento el descubrimiento de un gran talento literario no lo era. En el primer mes de reuniones todo el mundo tenía al menos una historia o un poema viejo que compartir, pero en el segundo quedó claro que el grupo de escritoras de Aimee que se reunía los martes sólo sobreviviría si sus miembros empezaban escribir algo nuevo. Algo interesante. La mitad de las mujeres desertaron.

Los miembros que quedaron se concentraron en crear algo fascinante que leer en voz alta a sus amigas, pero el tiempo era escaso, y sus quejas, muy parecidas. Incluso Aimee empezó a aburrirse de todos los haikus florales sobre bla bla bla, y las epístolas al tremendo tedio y a la injusticia de completar la licenciatura de arte sólo para descubrir que el alquiler y la comida son formas infatigables de gastar dinero. Cuando pareció que el grupo de escritoras de los martes iba a irse a pique, Aimee sugirió que dedicaran algunas sesiones a la literatura erótica. Cuando Lux apodó al proyecto «El club de literatura erótica de los martes», cinco de las mujeres que quedaban desertaron al momento. Siete dijeron que irían y tres (Lux, Aimee y Brooke) aparecieron realmente. La llegada inesperada y repentina de Margot Hillsboro elevaba el número a cuatro.

—Quiero decir —dijo Margot conforme cerraba la puerta y elegía un buen sitio en la mesa de la sala de reuniones—, supuse que el grupo de escritoras estaba abierto a todo el mundo.

Si Margot estaba avergonzada, no se le notaba. Eso le gustó a Aimee.

—¿Has venido a escuchar? ¿O has escrito algo?

—Sí, he escrito algo. Algo erótico. Y sin duda quiero leerlo —dijo Margot con esa voz serena y clara que hacía que sus ideas parecieran tremendamente importantes. Una voz que le había sido de gran ayuda en la Facultad de Derecho, que resonaba en las reuniones sobre los tonos barítonos y sentimentaloides de sus polémicos colegas. «Te equivocas», decía ella audazmente en tonos dulces. Habían seguido los consejos de Margot con la suficiente frecuencia como para ascenderla al puesto de abogado sénior del bufete de abogados de Warwick & Warwick, S. L.

A los cincuenta, Margot estaba en forma y llevaba vestidos caros dos tallas menos que los baratos de algodón que había llevado cuando iba al instituto de un pequeño pueblo productor de maíz ubicado en la parte central del país. Al igual que Lux, Margot se teñía el pelo y usaba laca. Ambas mujeres llevaban base de maquillaje, polvos y rimel; sin embargo, el efecto final era completamente distinto. Quizá se debiera a la calidad de los productos de belleza que podía permitirse cada mujer. Margot gastaba miles de dólares al año en teñirse el pelo de un color idéntico al que crecía de forma natural en la cabeza de Lux. Para contrarrestar su complejo de invisibilidad, Lux inclinaba la cabeza en el fregadero y vertía un bote de pringue de 7,95 dólares que teñía del color de un penique brillante de cobre el fregadero y su precioso pelo caoba. O quizá fuera la cantidad de productos que utilizaban ambas mujeres lo que las hacía tan distintas. Margot usaba una laca que mantenía cuidadosamente los cabellos en su sitio, mientras que Lux, sin pretenderlo, creaba un peinado que bien podría evitar que su cabeza sufriera daños en caso de producirse un choque frontal.

Al igual que Lux, Margot Hillsboro no había recibido invitación para entrar en el club literario de Aimee. Margot era abogada, y Aimee, asistente de abogados. Por lo tanto, Margot volaba por encima del radar de amistades de Aimee. Lux, como secretaria que era, no había sido invitada por encontrarse por debajo del interés de Aimee. Todo lo relativo a Lux le resultaba irritante a Aimee, empezando por su nombre.

Lux Kerchew Fitzpatrick tendría que haberse llamado Ellen Nancy, por su madre y su abuela paterna, respectivamente, pero el señor Fitzpatrick estaba de colocón la noche en que su única hija nació, así que la llamó «Lux», porque le gustaba cómo se formaba la palabra en su boca, y «Kerchew», como un estornudo, porque le hacía gracia. No tuvo en cuenta que Lux rima con zorra
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, entre otras cosas, y algún día podría ser una carga para una chica joven y guapa. A su madre no le entusiasmaba el nombre, pero cambiarlo suponía ir a la ciudad, un viaje que planificó muchas veces pero nunca realizó. Para el momento en que Lux dejó de usar pañales el nombre había calado y ya no podía modificarse. Una vez, en una excursión campestre que hizo con el colegio cuando tenía catorce años, conoció a un señor mayor que le dijo que su nombre significaba «luz» en latín. Se quedó complacida con la información hasta que ese mismo señor empezó a presentarse en su colegio diciendo que era su marido. Pronto dieron con él y le devolvieron al hospital del que se había escapado. Sola, Lux no supo cómo cerciorarse de si era verdad o no lo que le había dicho el hombre. Las personas que la querían le dijeron que olvidara el tema, que los nombres no eran importantes. El acontecimiento sembró un pensamiento maravilloso en lo profundo de su ser. La idea de que las palabras tenían un significado permaneció latente en la mente de Lux, a la espera de que un rayo de luz la hiciera crecer.

—Me uno a tu... ya sabes, a lo de la escritura —había anunciado Lux el martes anterior en la comida. Cuando se dejó caer en la cabecera de la mesa de la sala de reuniones, se le subió la minifalda lila, revelando una carrera en sus medias de rayas azules y fucsia, remendada de mala manera con una gota de quitaesmalte transparente para evitar que se extendiera al resto de la pierna.

«Oh no, no te vas a unir —le habría gustado decir a Aimee—. Levanta de la silla esa falda lila de gamuza barata excesivamente ajustada que llevas y vuelve a tu puesto de secretaria ahora mismo. Este momento es para mí.»

Si hubiera pronunciado esas palabras en voz alta podría haber hecho que a Lux le temblara el labio inferior, podría haberle hecho salir de la habitación con vergüenza y llorosa. O quizá no. Quizá Lux habría mandado a tomar por culo a Aimee y se habría quedado en su silla, pero eso Aimee nunca lo sabría porque no tuvo el valor o la fuerza de enfrentarse a Lux y ordenarle que abandonara el club.

Así que Lux, con sus manuscritos redactados con letra irregular, manuscritos que recogían todos los «comos» los «sabes» que salpicaban su forma natural de hablar, pasó a formar parte del grupo de escritoras de Aimee. Tras la primera presentación literaria de Lux (algo sobre un gato muerto que su novio había atropellado con la moto), circuló por el correo electrónico de todos los miembros, a excepción del de Lux, una nueva norma que decía así: «Prohibido reírse de las presentaciones, no importa las estupideces que diga Lux». Cuando el club se redujo a tan sólo tres miembros, Aimee podría haber agradecido la pertinaz aparición de Lux, aunque sólo fuera por realzar los números. No lo agradeció. La cercana proximidad a la juventud salvaje y a la ignorancia de Lux cada día la exasperaba más.

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