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Authors: Marcel Proust

Tags: #Clásico, Narrativa

A la sombra de las muchachas en flor (5 page)

Como el género de inteligencia que yo poseía inspiraba a mi padre desprecio, grandemente corregido por el cariño, en resumen su sentimiento hacia las cosas que yo hacía era de ciega indulgencia. Y por eso no dudó en mandarme buscar un poemita en prosa que yo hice en Combray al volver de un paseo. Lo había yo escrito con una exaltación que, según yo pensaba, habría de transmitirse a los que lo leyeran. Pero indudablemente al señor de Norpois no lo conquistó porque me lo devolvió sin decirme una palabra.

Mamá, muy respetuosa con las ocupaciones de mi padre llegó en esto a preguntar tímidamente si podía mandar que sirvieran la cena. Tenía miedo a interrumpir una conversación en la que ella acaso no debiera entremeterse. Y, en efecto, mi padre a cada momento recordaba al marqués alguna determinación útil que habían decidido ellos defender en la sesión próxima de la Comisión, y lo hacía con el tono particular que emplean en un ambiente distinto al suyo, lo mismo que dos colegiales, dos colegas a quienes la costumbre de su profesión dio una base de recuerdos comunes donde las demás gentes no tienen acceso y que ellos se excusan de tratar en público.

Pero gracias a aquella perfecta indiferencia de sus músculos faciales que había logrado, el señor de Norpois podía escuchar sin que pareciera que se enteraba de lo que le decían. Mi padre acababa de azorarse. "Había pensado en solicitar el parecer de la Comisión…", decía al señor de Norpois tras largos preámbulos. Y entonces el rostro del aristocrático
virtuoso
, que había guardado la inercia de un instrumentista a quien no le llegó aún el momento de ejecutar su parte, salía la frase empezada, con perfecta prolación, en tono agudo, y como el que no hace más que rematar, pero con timbre distinto a aquel en que fue iniciada por mi padre: "…que desde luego usted no vacilará en convocar; tanto más, cuanto que conoce usted personalmente a cada uno de sus individuos y sabe que no les cuesta trabajo". Evidentemente, no era un final en sí mismo extraordinario. Pero la inmoralidad que le precedió le hacía destacarse con la nitidez cristalina y la inesperada novedad, maliciosa casi, de esas frases con que el piano, silencioso hasta entonces, replica en el debido momento al violoncelo que se acaba de oír en un concierto de Mozart.

¿Qué, estás contentó de esta tarde? —me dijo mi padre cuando nos íbamos a sentar a la mesa, con objeto de que me, luciera, y así, por mi entusiasmo, me pudiera juzgar mejor el señor de Norpois—. Ha ido a ver a la Berma. Ya se acordará usted de que estuvimos hablando de eso dijo volviéndose hacia el diplomático, con el mismo tono de alusión retrospectiva técnica y misteriosa que si se hubiera tratado de una sesión de la Comisión.

Le habrá a usted encantado, sobre todo si era la primera vez que la oía. Su señor padre se alarmaba un poco de la repercusión que esa pequeña escapatoria pudiera determinar en su salud de usted, porque tengo entendido que está usted algo delicado, un poco débil. Pero yo lo tranquilicé. Hoy los teatros no son lo que eran hace veinte años, por no ir más lejos. Tiene usted asientos bastante cómodos, una atmósfera ventilada, aunque claro es que todavía nos falta mucho para ponernos a la altura de Alemania e Inglaterra, que en esto, como en otras muchas cosas, están mucho más adelantadas que nosotros. No he visto a la Berma en Phédye, pero me han dicho que está admirable. ¿A usted le habrá gustado muchísimo?

El señor de Norpois, mil veces superior a mí en inteligencia, debía de poseer esa verdad que yo no supe extraer del arte de la Berma, e indudablemente me la revelaría, porque yo, para responder a su pregunta, iba a rogarle que me dijese en qué consistía esa verdad, y así justificaría ante el señor de Norpois mis vivos deseos de ver a la artista. No disponía más que de un momento, era menester aprovecharlo bien y llevar mi interrogatorio a los puntos esenciales. Pero, ¿cuáles eran? Como tenía fija la atención en mis tan confusas impresiones y no pensaba en modo alguno en ganarme la admiración del señor de Norpois, sino en sacar de él la ansiada verdad, no intenté substituir las palabras que no se me ocurrían con lugares comunes; empecé a balbucear, y por último, para tratar de obligarlo a que me dijera en qué consistía lo admirable de la Berma, le confesé que me había desilusionado.

¿Cómo es eso —dijo mi padre, molesto por la impresión desagradable que pudiera hacerle al señor de Norpois la confesión de mi incomprensión—; cómo dices que no has disfrutado, si nos ha contado la abuela que no perdías una sola palabra de las que decía la Berma, que se te saltaban los ojos y que no había en todo el teatro nadie más atento que tú?

—Sí, eso sí; escuchaba lo mejor que podía, para averiguar lo que tiene de notable. Desde luego que está muy bien.

—Entonces, ¿qué más quieres?

—Una de las cosas que más contribuyen al éxito de la Berma dijo el señor de Norpois volviéndose marcadamente hacia mi madre, para que no se quedara fuera de la conversación y para cumplir a toda conciencia sus deberes de cortesía con la señora de la casa es el gusto perfecto con que escoge sus papeles, y que le vale siempre éxitos francos y de buena ley. Rara vez representa cosas mediocres. Ya ve usted que va a buscar el papel de Fedra. Además, ese buen gusto lo tiene también para vestirse y para representar. Aunque ha hecho muchas y muy fructuosas salidas a Inglaterra y América, la vulgaridad, no diré de John Bull, cosa que sería injusta, por lo menos para la Inglaterra de la reina Victoria, pero sí del Tío Sam, no se le ha pegado nada. Nunca colores llamativos ni gritos exagerados. Y además, esa voz admirable, que tanto la ayuda y que ella emplea de un modo seductor, casi me atrevería a decir como un músico.

Mi interés por el modo de representar de la Berma había ido acreciéndose incesantemente desde que terminara la función porque entonces ya no estaba dominado por la compresión y los límites de la realidad; pero sentía yo deseo de encontrarle explicaciones; además, había actuado ese interés con igual intensidad, mientras que la Berma trabajaba, sobre todo lo que la actriz ofrecía, con la indivisibilidad de la vida, a mi vista y a mis oídos; así, que se alegró mucho de encontrarse a sí mismo una causa razonable en aquellos elogios tributados a la sencillez y al buen gusto de la artista, los atrajo para sí con su poder de absorción, se apoderó de ellos como se apodera el optimismo de un borracho de las acciones de su prójimo, para encontrar en ellas un motivo para enternecerse. "Es verdad —me decía yo—: ¡qué voz tan hermosa y sin ningún grito! ¡Qué trajes tan sencillos, y qué inteligencia la de haber ido a escoger la
Phédre
! No, no me ha desilusionado."

Hizo su aparición el plato de vaca fiambre con zanahorias, tendido por el Miguel Ángel de nuestra cocina encima de enormes cristales de gelatina que semejaban bloques de cuarzo transparente.

—Señora, tiene usted un maestro cocinero de primer orden —dijo el señor de Norpois—. Y no es cosa de poca monta. Yo, como en el extranjero tuve que tener un cierto rango de casa, ya sé lo difícil que es muchas veces encontrar un perfecto maestro cocinero. Esto es un verdadero ágape, señora.

En efecto, Francisca, espoleada por la ambición de triunfar con un convidado de nota en una comida sembrada de dificultades dignas de ella, se tomó un trabajo que ya no se tomaba cuando guisaba para nosotros solos, y volvió a dar con su incomparable estilo de Combray.

—Esto es lo que no se puede encontrar en una casa de comidas, aunque sea de las buenas: un plato de vaca estofada con gelatina que no huela a cola y que haya cogido bien el perfume de la zanahoria. ¡Es admirable! Permítame que insista —añadió, indicando que quería más gelatina—. Tendría curiosidad en juzgar ahora a su Vatel de ustedes en un plato enteramente distinto: me gustaría, por ejemplo, ver cómo se las entendía con un guiso de vaca a lo Stroganof.

El señor de Norpois, para contribuir también por su parte a los atractivos de la comida, nos brindó unos cuantos sucedidos de esos con que solía obsequiar a sus compañeros de carrera; ya citando algún período ridículo de un hombre político que las gastaba así, y que hacía frases largas y llenas de imágenes incoherentes, ya alguna fórmula lapidaria de un diplomático henchido de aticismo. Pero, a decir verdad, el criterio con que él distinguía esas dos clases de frases no se parecía en nada al que yo aplicaba a la literatura. Se me escapaban muchos matices, y las cosas que él citaba reventando de risa apenas si las diferenciaba yo de las otras que consideraba como notables. Pertenecía a esa clase de personas que me habrían dicho de las obras que me gustaban: "Claro, yo, sabe usted, no lo entiendo, confieso que no lo comprendo, soy un profano"; pero yo podía pagarle en la misma moneda porque se me escapaban la gracia o la tontería, la elocuencia o la hinchazón que él apreciaba en tal réplica o en cual discurso, y la ausencia de toda razón perceptible de por qué esto estaba bien y aquello mal prestaba para mí a esa clase de literatura más misterio y oscuridad que a otra cualquiera. Lo único que yo sacaba en claro es que el repetir lo que todo el mundo piensa no era en política un signo de inferioridad, sino de superioridad. Cuando empleaba el señor de Norpois determinadas expresiones que rodaban por los periódicos, pronunciándolas con mucha fuerza, se tenía la sensación de verlas convertidas en un acto por el solo hecho de que él las empleara, y un acto que provocaría comentarios.

Mi madre tenía puestas muchas esperanzas en la ensalada de piña y trufas. Pero el embajador, después de ejercitar en aquel manjar su penetrante mirada de observador, se la comió y siguió envuelto en una diplomática discreción, sin franquearnos su pensamiento. Mi madre insistió para que repitiera, cosa que hizo el señor de Norpois, pero diciendo al mismo tiempo, en lugar del esperado cumplimiento:

—Señora, obedezco porque veo que es todo un ucase de usted.

—Hemos leído en los "papeles" que ha hablado usted largamente con el rey Teodosio —le dijo mi padre.

—Es verdad; el rey, que tiene gran memoria para las fisonomías, me vio en el patio de butacas y tuvo la bondad de acordarse de que me cupo el honor de hablar con él varias veces en la corte de Baviera cuando ni siquiera soñaba él con su trono oriental (ya saben ustedes que fue llamado a reinar por un Congreso de potencias europeas, y que dudó mucho antes de decidirse a aceptar; porque juzgaba esa soberanía no muy a la altura de su linaje, que, heráldicamente hablando, es el más noble de toda Europa). Vino un edecán a decirme que fuera a saludar a Su Majestad, y yo me apresuré a obedecer sus órdenes.

—¿Le parecen a usted satisfactorios los resultados de su visita?

—Mucho. Era perfectamente lícito el abrigar algún recelo sobre el modo que tendría un monarca tan joven de salir de este paso difícil, sobre todo en una coyuntura tan delicada. Pero yo, por mi parte, tenía absoluta confianza en el sentido político del soberano. Y aun confieso que ha ido mucho más allá de mis esperanzas. El
toast
[4]
que pronunció en el Elíseo, y que según informes que tengo de fuente autorizadísima era obra suya desde la primera hasta la última palabra, mereció el interés que ha suscitado en todas partes. Es una jugada de maestro, quizá un poco atrevida, lo reconozco, pero su audacia ha sido plenamente justificada por las circunstancias. Las tradiciones diplomáticas tienen muchas cosas buenas, pero en este caso había llegado a vivir, tanto en su nación como en la nuestra, en una atmósfera tan cerrada que ya no era respirable. E indudablemente una de las maneras de renovar el aire, claro que una de esas que no se pueden recomendar, pero que el rey Teodosio sí podía permitirse es la de echarlo todo a rodar y romper los cristales. Y lo ha hecho con tanta gracia, que ha seducido a todo el mundo, y además con una justeza de términos donde se rastrea enseguida esa sangre de príncipes letrados que tiene por línea materna. Y cuando habló de las "afinidades" que enlazan a Francia con su nación, la expresión, por poco usada que sea en el lenguaje de las cancillerías, fue extraordinariamente acertada. Ya ve usted dijo, —dirigiéndose a mí— que la literatura nunca está de sobra, ni siquiera en la diplomacia, ni en los tronos. Claro que la cosa estaba bien vista hacía mucho tiempo, es verdad, y las relaciones entre los dos países habían llegado a ser excelentes. Pero había que decirlo. Era una palabra que ya se esperaba, pero que ha sido maravillosamente escogida y que, como usted ha visto, ha dado en el blanco.

— Debe de estar muy contento su amigo el señor de Vaugoubert, que se ha pasado tantos años preparando esa aproximación.

—Y mucho más aún porque Su Majestad, que es muy aficionado a eso, ha querido darle la sorpresa. Sorpresa que lo ha sido totalmente para todo el mundo, empezando por el ministro de Asuntos Extranjeros; por lo que me han dicho, no le ha gustado mucho. Parece ser que a una persona que le hablaba de eso le contestó claramente, y en voz bastante alta para que pudiesen oírlo los que estaban alrededor: "A mí ni me han consultado ni me avisaron antes, dando a entender con eso que declinaba toda responsabilidad por el acontecimiento. Claro que la cosa ha metido mucho ruido, y no me atrevería yo a afirmar —añadió con sonrisa de malicia— que alguno de mis compañeros, que parecen acatar como ley suprema la del menor esfuerzo, no se hayan visto un poco sacudidos en su quietud. Y Vaugoubert ya sabe usted que fue muy atacado por la política de aproximación a Francia, y debió de dolerle mucho, porque es hombre de mucha sensibilidad, un corazón finísimo. Yo tengo motivos para decirlo porque, aunque es mucho más nuevo que yo en la carrera, lo he tratado mucho, somos amigos antiguos y lo conozco muy bien. Y además es muy fácil de conocer. Tiene un alma de cristal. Y ése es el único defecto que podría echársele en cara: no es necesario que un diplomático tenga el corazón tan transparente como el suyo; ya se habla de mandarlo a Roma, que significa un ascenso hermoso, pero que es un hueso difícil. Aquí en confianza, diré a ustedes que a Vaugoubert, por poco ambicioso que sea, le gustará mucho eso de Roma y no pedirá que le quiten ese cilicio. Quizá allí haga maravillas; es el candidato de la Consulta, y yo me lo imagino muy bien a él, que es tan artista, en el ambiente del Palacio Farnesio y la Galería de los Carraggios. Por lo menos, parece que a nadie pudiera inspirar odio; pero alrededor del rey Teodosio se mueve toda una camarilla, sometida más o menos a la Wilhelmstrasse, que sigue las aspiraciones de allí y que ha intentado echar algunas zancadillas a Vaugoubert. Y no sólo se las ha tenido que haber con intrigas de pasillo, sino también con las injurias de folicularios a sueldo, que luego, cobardes, como todo periodista pagado, han sido los primeros en pedir el aman pero que hasta llegar a eso no han dudado en alzar contra nuestro representante acusaciones estúpidas de gente sin garantía.

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