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Authors: Marcel Proust

Tags: #Clásico, Narrativa

A la sombra de las muchachas en flor (9 page)

Entretanto, mi padre, para anticiparse a las posibles críticas nuestras sobre su convidado, dijo a mamá:

— Confieso que el bueno de Norpois ha estado un tanto "académico", como decís vosotros. Cuando soltó aquello de que hubiese sido poco correcto hacer una pregunta al conde de París, yo tuve miedo de que os echarais a reír.

—Nada de eso —respondió mi madre—; me gusta mucho que un hombre de su mérito y de sus años conserve esa especie de ingenuidad, que en el fondo indica honradez y buena educación.

—Ya lo creo. Y eso no quita para que sea agudo e inteligente; yo lo sé muy bien porque lo veo en la Comisión muy distinto de como ha estado aquí —exclamó mi padre, satisfecho de ver que mamá apreciaba al señor de Norpois, y con deseo de convencerla de que todavía valía más que lo que ella creía, con esa cordialidad que tiene el mismo gusto en exagerar méritos que la malevolencia en menospreciarlos—. ¡Cómo dijo eso de "con los príncipes no sabe uno nunca…"!

—Sí, es verdad. Yo ya lo he notado, es muy listo. Se ve que tiene una gran experiencia de la vida.

—Es raro que haya cenado en casa de los Swann, y eso de que vaya allí gente al fin y al cabo buena, altos empleados. ¿Dónde habrá ido a pescarlos la señora de Swann?

—¿Te fijaste con qué malicia dijo lo de: "Es una casa donde van hombres solos sobre todo"?

Y los dos se ponían a imitar la manera que tuvo el señor de Norpois de decir esa frase, como si hubiesen imitado una entonación de voz de Bressant o de Thiron en
L' Aventuriére
o en
Le Gendre
de M. Poirier. Pero la que más saboreó una frase del embajador fue Francisca, que aun años después no podía "estarse seria" cuando le recordaban que el señor de Norpois la trató de "maestro cocinero de primer orden", frase que mi madre le transmitió como transmite un ministro de Guerra a las fuerzas las felicitaciones de un monarca extranjero después de "la revista". Pero cuando mamá entró en la cocina ya estaba yo allí. Porque había arrancado a la pacifista pero cruel Francisca la promesa de que no haría padecer mucho a un conejo que tenía que matar, y no sabía nada de esa muerte. Francisca me aseguró, que todo fue muy bien y muy de prisa: "Nunca he visto un animalito como ése; ha muerto sin decir una palabra, parecía que era mudo". Como yo no estaba al corriente del lenguaje de los animales, alegué que acaso los conejos no chillaran tanto como los pollos: "¡Sí, está usted bueno! —me dijo Francisca, indignada por mi ignorancia—. ¿Con que los conejos no chillan tanto como los pollos? Lo que tienen es la voz aún más fuerte". Francisca recibió la enhorabuena del señor de Norpois con esa soberbia sencillez y esa mirada alegre y —aunque no fuera más que momentáneamente inteligente de una artista cuando le hablan de su arte. Mi madre mandó a Francisca, ya hacía tiempo a algunos restaurantes famosos para que viera cómo guisaban allí. Y aquella noche, cuando yo oí a Francisca calificar de bodegones a los más célebres restaurantes, tuve el mismo regocijo que cuando en otra ocasión me enteré de que la jerarquía de méritos de los actores no era la misma que la jerarquía de sus reputaciones. "El embajador asegura —le dijo mi madre— que en ninguna parte se come una vaca fiambre y unos
soufflés
como los de usted". Francisca, con aire modesto y como el que rinde homenaje a la verdad, asintió a esta opinión, sin mostrarse impresionada por el título de embajador; porque decía del señor de Norpois, con la amabilidad que se debe a la persona que la ha tratado a una de "maestro cocinero": "Es un buen viejo, como yo". Francisca quiso ver al señor de Norpois cuando éste llegó a casa; pero como a mamá no le gustaba que se anduviese mirando por detrás de las puertas o por las ventanas, y Francisca temía que los porteros o los otros criados contaran a la señora que había estado al acecho (porque Francisca veía por todas partes "envidias" y "chismes", que en su imaginación cumplían ese funesto y permanente oficio que cumplen en la de otras personas los jesuítas y los judíos), se contentó con mirar desde la ventana de la cocina, para "no tener que andar discutiendo con la señora"; y en la sumaria visión que tuvo del embajador se le figuró ver un "parecido con el señor Legrand", por la
agelidad
, decía ella, aunque en realidad no había entre ambas personas rasgo alguno de semejanza.

—Pero, vamos a ver: ¿cómo se explica usted que a nadie le salga la gelatina mejor que a usted, cuando quiere?

—Yo no sé por qué me transcurre eso —contestó Francisca— (que no hacía una demarcación clara entre el verbo ocurrir, en alguna de sus acepciones, y el verbo transcurrir) Y con eso decía la verdad, porque no podía —o no quería— revelar el misterio de la superioridad de sus gelatinas o sus cremas, lo mismo que sucede a una gran elegante con su modo de vestirse o a una cantante con su, canto. Sus explicaciones no nos dicen apenas nada; e igual ocurría con las recetas de nuestra cocinera—. Es que lo cuecen deprisa y corriendo —respondió al hablar de los cocineros de los grandes restaurantes— y no lo cuecen todo junto. La carne tiene que ponerse como una esponja, y entonces embebe el jugo hasta lo último. Sin embargo, había un café de esos donde entendían algo de cocina. Claro que no era una gelatina como la mía, pero estaba hecha despacio y los soufflés tenían bastante crema.

¿Es en casa de Henry? —preguntó mi padre, que había venido también a la cocina y que estimaba mucho el restaurante de la plaza de Gaillon, donde se reunía a comer en determinadas fechas con sus compañeros de Cuerpo.

—No, no dijo Francisca —con suavidad que encubría un profundo desdén— yo digo un restaurante más pequeño. Ese Henry está bien, sí, pero no es un restaurante, más bien es un… un
bouillon
[8]
.

—¿Será Weber?

—No, señor; el que yo digo es uno bueno. Ese Weber es el de la calle Royale, sí, pero no es un restaurante, es una cervecería. Me parece que ni siquiera sirven a la mesa. Ni siquiera manteles tienen; ponen las cosas encima de la mesa como quien tira algo.

—¿Entonces, es Cirro?

Francisca se sonrió:

—Allí me parece que lo que hay más que cocina buena son señoras del gran mundo. (Gran mundo significa para Francisca cierta clase de mundo.) Claro que eso hace falta para la gente joven.

Nos íbamos dando cuenta de que Francisca, con su aparente simplicidad, era para los cocineros célebres un "colega" mucho más terrible que lo que pueda ser la más infatuada y envidiosa de las actrices. Apreciamos, sin embargo, que tenía el sentido justo de su arte y un gran respeto a las tradiciones, porque añadió.

—No; el que yo digo es un restaurante que se parecía a una cocina de casa particular. Es un establecimiento muy consecuente. Trabajaba mucho. ¡Ya ganaban allí perras, ya! (Porque Francisca, muy arreglada, contaba por perras, no por luises, coleo los jugadores desbancados.) La señora sabe dónde digo: allí, en los grandes bulevares; un poco hacia lo último…

El restaurante del que estaba hablando con esa mezcla de equidad y sencillez era… el café Inglés…

Cuando llegó el 1° de enero hice primero las visitas a la familia con mamá, que para no cansarme las clasificó de antemano (con ayuda de un itinerario que trazó mi padre) por barrios; y no ateniéndonos al grado exacto de parentesco. Pero apenas entrábamos en la sala de una prima lejana, donde íbamos antes porque su casa estaba, al contrario del parentesco, muy cercana, mi madre se asustaba de ver allí, con sus castañas en dulce o garapiñadas en la mano, a un íntimo amigo del más susceptible de nuestros tíos, al que iría a contarle en seguida que no habíamos empezado por él nuestras visitas. Mi tío se daría por ofendido, de seguro: le hubiese parecido muy natural que fueramos desde la Magdalena al jardín de Plantas, donde él vivía, sin pararnos en San Agustín, para tener que volver luego a la calle de la Escuela de Medicina.

En cuanto se acabaron las visitas (mi abuela nos dispensaba la suya porque ese día cenábamos en su casa) me fui corriendo a los Campos Elíseos para entregar a nuestra vendedora, y que ella se la diera a la criada de los Swann, que iba a su puesto varias veces a la semana por pan de miel, una carta que me decidí a mandara mi amiga el día de Año Nuevo, aquella tarde en que me hizo sufrir tanto; decíale en ella que nuestra amistad vieja se borraba con el año que acababa de terminar, que yo daba por olvidadas mis quejas y mis decepciones, y que desde el primero de año íbamos a levantar una amistad nueva tan sólida que nada podría destruirla, y tan maravillosa que yo esperaba que Gilberta pusiese cierta coquetería en que no perdería nunca su belleza, y que me avisara a tiempo, como yo prometía hacerlo también por mi parte, si veía surgir el menor peligro de que se estropeara. Al volver, Francisca me hizo pararme en un puesto esquina a la calle Royale, donde compró, para sus aguinaldos, retratos de Pío IX y de Raspail; yo compré uno de la Berma. Tantas admiraciones excitaba la artista, que parecía muy pobre aquel rostro único que tenía para responder a todas, precario e inmutable, como la vestimenta de esas personas que no tienen traje de repuesto; ese rostro, en el que tenía que exhibir siempre lo mismo: una arruguita encima del labio superior, unas cejas enarcadas y algunas particularidades físicas siempre idénticas, y que estaban a la merced de un golpe o de una quemadura. Por lo demás, ese rostro no me hubiese parecido bonito en sí mismo, pero me inspiraba la idea, y por ende el deseo, de besarlo a causa de todos los besos que debía de haber recibido; esos besos que aun parecía estar solicitando desde el fondo de la "tarjeta de álbum" con el mirar de cariñosa coquetería y la sonrisa de ingenuo artificio. Porque la Berma debía de sentir de verdad hacia muchos mozos los deseos que confesaba bajo su disfraz de personaje de
Fedra
, deseos que le sería muy fácil satisfacer por todo, hasta por el prestigio de su nombre, que realzaba su belleza y prolongaba su juventud. La tarde iba cayendo; me paré delante de tina cartelera donde se anunciaba la representación que daba la Berma el primero de año. Corría un viento suave y húmedo. Este tiempo me era bien conocido; tuve la sensación y el presentimiento de que el día de Año Nuevo no era un día distinto de los demás, no era el primer día de un mundo nuevo, en el que yo podría, probando mi suerte, aun no mellada, rehacer mi amistad con Gilberta como en el tiempo de la Creación, como si todavía no existiese el pasado, como si hubiesen sido reducidas a la nada todas las decepciones que a ratos me causara Gilberta y los indicios para el porvenir que de ellas pudiesen deducirse; un mundo nuevo en el que no subsistiese nada del antiguo, nada… más que una cosa: mi deseo de que Gilberta me quisiera. Comprendí que si mi corazón ansiaba que en torno de ella se renovara aquel universo que no le había satisfecho es porque él, mi corazón, no había cambiado, y me dije que tampoco había motivo para que hubiese cambiado el de Gilberta; que aquella nueva amistad era la misma de antes, como ocurre con los años nuevos, que no están separados por un foso de los demás; esos años que nuestro deseo, impotente para llegar a su entraña y modificarlos, reviste, sin que ellos lo sepan, de un nombre diferente. De nada servía que yo dedicara éste que empezaba a Gilberta, y que, como se superpone una religión a las leyes ciegas de la Naturaleza, intentara imprimir al día primero de año la idea particular que yo me formaba de él; todo en vano: sentí que él no sabía que le llamábamos el día de Año Nuevo que expiraba en el ocaso de un modo que para mí no era nuevo; y en el viento suave que soplaba por alrededor de la cartelera reconocí, vi reaparecer la materia eterna y común, la humedad familiar, el inconsciente fluir de los días de siempre.

Volví a casa. Acababa de vivir el primero de alto de los hombres viejos, que se distinguen ese día de los jóvenes no porque no les dan aguinaldos, sino porque ya no creen en el Año Nuevo. Yo tuve aguinaldos, sí, pero no el único que me habría alegrado: una esquela de Gilberta. Y, sin embargo, yo aun era joven, puesto que le había escrito una carta donde le contaba los solitarios ensueños forjados por mi cariño en la esperanza de suscitar en ella ensueños semejantes. Y la pena de los hombres que envejecen es el no soñar ya siquiera en escribir cartas de esas, porque saben que son ineficaces.

Me acosté, y los ruidos callejeros, que se prolongaron más aquella noche de fiesta, me tuvieron desvelado. Pensaba en todas las personas que acabarían la noche entre placeres, en el amante, en la tropa de calaveras quizá que irían uno y otros a buscar a la Berma cuando acabara la representación que yo vi anunciada. Y ni siquiera podía decirme, para calmar la agitación que esa idea me causaba en la noche de desvelo, que la Berma acaso no pensara en el amor, puesto que los versos que recitaba, y que tan estudiados tenía, le recordaban a cada instante que es delicioso, cosa que ella ya sabía, y tan perfectamente que daba forma a las conmociones que inspira el amor, bien conocidas —pero que ella revestía de violencia nueva e insospechada dulzura—, ante asombrados espectadores que ya las habían sentido por cuenta propia. Volví a encender la bujía para contemplar otra vez su rostro. Y al pensar en que esa cara sería en este momento acariciada indudablemente por unos hombres y que yo no podía impedirles que dieran a la Berma y de ella recibieran goces vagos y sobrehumanos, sentí una emoción, más que voluptuosa, cruel; una nostalgia agravada por el sonar de un corno, ese corno que se suele oír en el Carnaval y en otras fiestas, y que como no tiene poesía, es ahora, que sale de un tabernucho, mucho más triste que
le soir au fond du bois
[9]
. Y en aquel momento quizá no fuera la escuela de Gilberta lo que yo hubiese necesitado. Nuestros anhelos van enredándose unos con otros, y en esa confusión de la vida es muy raro que una felicidad venga a posarse justamente encima del deseo que la llamaba.

Seguí yendo a los Campos Elíseos los días que hacía buen tiempo, por unas calles donde había casas elegantes y rosadas que, como entonces estaban muy de moda las exposiciones de acuarelistas, se bañaban en un cielo ligero y móvil. Mentiría si dijese que los palacios de Gabriel me parecían en aquellos tiempos más hermosos, ni siquiera de distinta época, que las casas de por alrededor. El edificio que a mí me parecía tener más estilo y mayor antigüedad era, ya que no el palacio de la Industria, el Trocadero. Mi adolescencia, sumida como estaba en agitado sueño envolvía en una misma ilusión todo el barrio por donde la iba paseando, y nunca se me ocurrió que pudiera haber un edificio del siglo XVIII en la calle Royale, lo mismo que me habría asombrado saber que la Porte Saint-Martin y la Porte Saint-Denis obras magistrales del tiempo de Luis XIV, no eran contemporáneas de los más recientes inmuebles de esos sórdidos distritos. Tan sólo una vez me hizo pararme uno de los palacios de Gabriel, y fue porque había caído la noche, y sus columnas, inmaterializadas por el claror de la luna, parecía que estaban recortarlas en cartón; y al traerme a la memoria una decoración de la ópera
Orfeo en los infiernos
, me hicieron por primera vez una impresión de cosa bella. Y, entretanto, Gilberta seguía sin volver por los Campos Elíseos. Y yo tenía gran necesidad de verla, porque ni siquiera me acordaba ya de su cara. El modo inquisitivo, ansioso, exigente, con que miramos a la persona querida; la espera de una palabra que nos dé o nos quite la alegría de una cita para el otro día, y mientras esa palabra se formula, las figuraciones alternativas, si no simultáneas, que nos hacemos, de gozo y de desesperación, son cosas que contribuyen a que nuestra atención frente al ser amado sea harto temblorosa para que podamos obtener una imagen suya bien clara. Y acaso sucede también que esa actividad de todos los sentidos, a la vez que intenta conocer por medio de las miradas lo que está más allá de ellas, se entrega con demasiada indulgencia a las mil formas, a los sabores, a los movimientos de la persona viva, a todas esas cosas que de costumbre inmovilizamos cuando no sentimos amor. En cambio, el modelo amado está siempre moviéndose, y no tenemos de él más que malas fotografías. Yo, en verdad, no sabía cómo estaba hecha la cara de Gilberta más que en los momentos divinos en que la animaba para mí; sólo me acordaba de su sonrisa. Y como no podía ver, por muchos esfuerzos que hiciera para recordarlo, aquel rostro queridísimo, me irritaba al encontrar en mi memoria con definitiva exactitud las caras inútiles y sorprendentes del hombre del tiovivo y de la vendedora de barritas de caramelo; como sucede a esas personas que perdieron un ser querido y no logran volver a verlo en sueños, y se exasperan al encontrarse continuamente en sus pesadillas a tantas personas insoportables que ya basta y sobra con verlas en estado de vigilia. Y en su impotencia para representarse el objeto de su dolor, casi se acusan de no sentir bastante dolor. Así yo no distaba mucho de creer que al no poder acordarme de la fisonomía de Gilberta es que la había olvidado, que no la quería ya. Por fin volvió a jugar casi a diario, poniendo ante mi vista nuevas cosas que desear y que pedirle para el otro día, y en ese sentido convirtiendo mi cariño cada día en un cariño nuevo. Pero hubo una cosa que cambió una vez más y de modo brusco la manera que tenía de planteárseme todas las tardes, a eso de las dos, el problema de mi amor. ¿Es que el señor Swann había cogido la carta que yo escribí a su hija, o es que Gilberta me confesaba ahora por fin, con objeto de que fuera yo más prudente, un estado de cosas ya antiguo? Como yo le dijera cuánto admiraba a su padre y a su madre, tomó esa actitud vaga, henchida de reticencias y de secreto, que solía tomar cuando le hablaban de sus quehaceres, de sus compras y de sus visitas, y acabó por decirme de golpe:

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