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Authors: Leonardo Gori

Tags: #Histórico, Intriga

Los huesos de Dios (9 page)

—Disponemos de excelentes capitanes, messere.

—No, el tiempo de los mercenarios ha tocado a su fin. Debemos organizar una milicia ciudadana, como han hecho los suizos.

Violante negaba con la cabeza, y entonces Maquiavelo se encogió de hombros, desalentado: nadie le secundaba en sus pensamientos.

—Entendido, ponedme entonces al corriente de las avanzadas de los Palleschi y su conjura.

El capitán de la guardia secreta se apresuró a abrir un cuaderno de tapas rojas, cerrado por un lazo de seda y un diminuto candado.

—Los infiltrados en activo de los Médicis son siete, messere: además de quienes vos sospechabais, hay otro que no descubrí hasta ayer.

El Secretario asintió, satisfecho.

—¿Quién es vuestra presa, ser Violante?

—Un vendedor de libros de Prato, que se esconde bajo el nombre de Girolamo Bartolomei. Es el contacto de uno de los Palleschi más peligrosos de la ciudad.

—¿Estáis seguro de que no hay ninguno más?

—Completamente seguro, como lo estoy de que los siete agentes ya han referido a los Palleschi florentinos el objetivo y los pasos a seguir en la conjura. Han gozado de alojamiento, protección, dinero, colaboradores..., y saben de buena tinta que no todos los nobles serán capaces de mantener por más tiempo un secreto de tan alto calado político...

Al oír esas palabras, Maquiavelo pensó de nuevo en el duca Valentino, que hasta el final conseguiría mantener en el secreto más absoluto los planes de muerte, proyectados por el bien del Estado. En cambio conocía bien a esos conciudadanos charlatanes, por muy Palleschi u hombres gallardos que fueran.

—Yo también lo creo así. De momento sólo nosotros y los siete agentes sabemos qué acontecimientos nos esperan. Y esto juega a nuestro favor.

—También lo saben los sicarios, messere: un grupo de Piagnoni que en una semana intentarán acabar con la vida del gonfalonero Soderini en la plaza del Duomo. Están convencidos de haber recibido dinero y ayuda de nobles santurrones, cuando en realidad su muerte es inminente... —Violante se regocijaba ante su señor, feliz de poder servirle con eficacia, y continuó hablando en tono satisfecho—: Al grito de «¡Libertad!» y «¡Savonarola!», intentarán golpear a vuestras señorías...

—¿También a mí?

—También a vos, por supuesto: os odian y os temen. En los planes de los conjurados, a continuación se alzaría un golpe de Estado...
salvar
a la ciudad con la ayuda de un hombre fuerte, obviamente representado por un Médicis.

—Pero ¿esos hombres son Piagnoni auténticos?

Violante sonrió y ladeó la cabeza en señal de aprobación:

—De pura cepa: hombres estúpidos que se han vuelto imbéciles al escuchar las palabras de ese loco...

—¿Loco? Era más astuto que mi persona unida a la vuestra. Era tan hábil en infundirles miedo que en sus redes cayeron hombres de inteligencia extraordinaria. No olvidemos la muerte de fray Girolamo, como Dios es servido...

El Secretario pensó en aquel alarido que debía hender el aire: «¡Libertad!». Tiempo atrás habría jurado que aquella palabra tenía un único significado, límpido y sin asomos de ambigüedad. Ahora había cambiado de idea: «¡Libertad!» era lo que gritaban los Piagnoni invocando su licencia religiosa de hombres fanáticos, contraria a la libertad civil en la que él creía firmemente; «¡Libertad!» lo que habían gritado los pisanos al rey de Francia, y esa libertad contradecía la de la República florentina...

—¿Habéis ideado un plan, Violante?

—A juzgar por vuestras predicciones, que comparto, el asalto se producirá según lo planeado, pero saldrá a la luz de inmediato y los sicarios serán duramente castigados tras sentencia pública. Ignoran quiénes lo financian, pero no importa, dado que nosotros ya lo sabemos.

Nicolás rio:

—Perfecto: el atentado fallido conmoverá el corazón de los florentinos y acabará por redundar en un bien para la República. Queda por decidir qué hacer con los Palleschi florentinos, los nobles que han prestado su apoyo y han participado en el asalto, y, sobre todo, con los siete agentes infiltrados que les han enviado los Médicis.

—Morirán en el plazo de un día, Secretario: por supuesto, en el más absoluto silencio.

—No. —Nicolás se había levantado, y desde los grandes ventanales observaba el trajín de hombres, mujeres y niños en la plaza bulliciosa. Vio a un cura y dos frailes, a comerciantes, a algún caballero y a unos cuantos soldados; toda la ciudad de Florencia estaba representada en esa escena: con todo su gran bien y sus no pocos males—. Eso sería un grave error. La República es débil, debemos usar una forma de terror más sutil.

—¿Entonces?

—Los nobles Palleschi florentinos no deben ser molestados.

Violante abrió los ojos:

—Pero no sería razonable...

—Al contrario. Son gentes inocuas, siempre que sepamos quiénes son y los vigilemos de cerca. Los agentes infiltrados de los Médicis, ésos sí son peligrosos. A ellos debemos dirigir nuestros esfuerzos y asestarles un golpe, procurando sin embargo que desde fuera de Florencia nadie entienda qué ha sucedido: los Médicis no deben sacar provecho de esta experiencia. Atizaremos el miedo alimentando el misterio. —Mientras hablaba así, Maquiavelo pensó fatalmente en Leonardo, en los simios de Livorno, en la excavación del Arno. Pero apartó de sí esas molestas imágenes, que en aquel momento juzgaba irrelevantes. El jefe de la guardia secreta lo miraba de manera interrogativa, pero él se limitó a sonreír y a añadir—: Sí, ser Violante: sucederá que los agentes de los Médicis, comenzando por aquel Girolamo Bartolomei que acabáis de descubrir, desaparecerán sin dejar rastro. Al tiempo que podéis, con un poco de fantasía, simular fatales accidentes con sus esposas, sus hermanos y sus hijos mayores, estén donde estén.

—En Prato, Siena, Roma...

—Mejor, así nadie sospechará. Y los parientes no entorpecerán nuestro trabajo.

—¿Podéis sugerirme cómo hacerlo?

—¡Ésa es tarea vuestra! ¿Debo deciros yo cómo hacerlos desaparecer? Ahogadlos en el río, asfixiadlos en la cama, cortadlos en pedazos, haced cuanto os plazca con tal de que sea en silencio. Como si los siete agentes jamás hubieran llegado a Florencia. ¿Comprendéis? Que parezca que se los ha tragado la tierra. —Violante asentía, tomando las notas pertinentes—. En cambio, el atentado de los Piagnoni, los secuaces de Savonarola, se sucederá como hemos acordado, y sólo en el último instante será descubierto.

Violante sonrió, convencido de sí mismo y de su señor.

Ser Nicolás Maquiavelo mandó que le llevaran en secreto a la casa donde se alojaba Ginebra para cenar con ella. Los siervos se habían retirado ya a sus habitaciones, con la salvedad de la doncella, cuando cruzaron el umbral del aposento en el que la magnífica mujer había pasado sus noches florentinas en el lecho de Durante. Se desnudaron uno al otro, entre risas, y durante más de una hora dejaron de pensar en los asuntos de Estado, en los duelos pasados y futuros y en la incertidumbre de los tiempos venideros.

Ginebra yacía encima de él, bañada en sudor, con los negros cabellos larguísimos y sueltos que hacían las veces de sábana, la mirada fija y el semblante serio. Nicolás intuyó que iba a decirle algo importante.

—Crees haber entendido qué tipo de mujer soy yo.

—Sí, Ginebra, y me gustas mucho.

—Pero en cierto modo te turba que acudiera a tu lecho con tanta presteza, que ahora esté aquí, contigo, en la cama de Durante y que tenga la intención de continuar haciéndolo, a pesar de que no pueda dejar de penar por su suerte.

—No me importa, pero si hay algo que pueda aliviar el pesar de tu corazón, te ruego que me lo digas.

Ginebra se incorporó de un salto y se puso a horcajadas encima del Secretario, a quien le pareció hermosa y salvaje como una amazona de tiempos antiguos.

—¡Estoy libre de culpas! Soy amiga de Durante y lo ayudo en su carrera política, porque además de tus consejos, él necesita a ojos del mundo una mujer a su lado. Durante no es como tú... No es un
hombre
en el sentido que vosotros, los varones, utilizáis este vocablo.

Nicolás ya se había percatado de lo que Ginebra intentaba decirle, pero no por ello dejaba de alegrarle el que las cosas finalmente se aclararan. Gozaron una vez más el uno del otro, hasta que ambos quedaron exhaustos. El Secretario, no obstante, no pudo dormir. Pensó que estaba descuidando a su hermosa y dulce esposa, a sus encantadores hijos, y que él sí, a ojos del mundo, albergaba grandes culpas en su corazón. De los postigos cerrados se filtraban los rayos blancos de la luna, que dibujaban en la habitación singulares geometrías. Era como si el cuerpo desnudo de Ginebra, a su lado, resplandeciera desde su interior, como si el fuego inextinguible que animaba a aquella extraordinaria mujer tuviera la forma y el color de una llama que su piel transparentaba. Sus senos se movían al ritmo tranquilo del sueño profundo. La cubrió con las sábanas, pues estaban en abril y aquél era un mes todavía frío. Se levantó y prefirió no llamar al siervo y vestirse él solo. Le habría gustado poder nadar en las aguas claras de un río, aunque también se habría contentado con un baño rápido en una tinaja. Pensó en Catulo, en Horacio y en otros poetas antiguos, en sus descripciones de la vida feliz en los tiempos del Imperio de los Césares, cuando el pueblo frecuentaba espléndidas termas públicas y los patricios disfrutaban incluso de otros baños privados. Tal vez el mundo, al recuperar los saberes antiguos, iba a retomar de nuevo ciertas comodidades perdidas desde los tiempos imperiales.

Salió a la balconada, que daba a un patio tan profundo como un pozo, y a mitad de la escalinata distinguió la silueta corriendo, apresurada y descompuesta, del giboso Violante. Su visita a altas horas de la noche sólo podía deberse a un asunto muy grave. Tuvo la certeza, tan exacta como heladora, cuando el capitán de su guardia secreta se le plantó delante, jadeante y con la frente bañada en sudor.

—Ser Durante, mi señor...

Maquiavelo enseguida lo entendió. Su primer pensamiento fue para Ginebra, que dormía tranquila, en el aposento de arriba, resguardada de todas las miradas indiscretas de las gentes entrometidas de Florencia. Después pensó en el joven médico rubio, con grandes y sacrosantas ambiciones políticas, secundadas por él, demasiado generoso e impulsivo. Y, por último, consideró su propio futuro, porque, sin duda, a aquella desgracia seguirían terribles consecuencias.

—¿Dónde?

—En un hoyo a la vista, más allá de la Puerta de San Pier Gattolini. Lo han hallado esta noche, a la luz de las antorchas.

—¿Y el soldado y el siervo estaban con él?

Violante extendió los brazos.

—Sólo estaba su cuerpo, con los ropajes intactos y pulcros, las preciosas botas bien calzadas, la bolsa atada a la cintura, la capa y el sombrero cubriéndole la frente, los guantes de terciopelo... Únicamente una herida abierta entre la cabeza y el cuello, que le ha robado la vida.

—O sea que no ha sido obra de bandidos.

Violante asintió y luego bajó la cabeza, rehuyendo los pequeños ojos negros del Primer Secretario, como si fuera incapaz de aguantarle la mirada.

Maquiavelo razonó con celeridad. Por cuanto podía deducir, Durante no había sido asesinado en el refugio de Leonardo, sino a su regreso, tras haber alcanzado las puertas de Florencia: si había caído en el punto de mira de los sicarios que andaban por ahí, entonces era muy posible que los misterios de Livorno no guardaran relación alguna con su muerte. Quizá la fortuna lo había convertido en víctima: al encontrarle solo, en plena noche, los Palleschi habrían aprovechado la ocasión para eliminar a uno de los enemigos del linaje de los Médicis.

—¿Dónde está el cuerpo?

—En el palacio del Bargello.

Sin añadir nada, bajaron por la escalinata, cruzaron la planta baja y salieron a la calle desierta y completamente a oscuras. Caminaban uno al lado del otro, bajo la luz de las antorchas, sin guardias que les protegieran. La ciudad de Florencia dormía y por las calles sólo se veía algún que otro ladronzuelo furtivo, las raras rondas de los Ocho y unas pocas parejas clandestinas. También el Mercado Viejo estaba desierto, en los alrededores de la columna sobre la que, en tiempos de los romanos, se alzaba la estatua de la abundancia. Cubriéndose el rostro con la capa, cruzaron la plaza y pronto llegaron a las torres de piedra desnuda del antiguo palacio. Anunciaron sus nombres y los guardias formaron atemorizados. Recorrieron el patio y Violante abrió la puerta que conducía a las angostas mazmorras de la torre. Apenas cruzaron el umbral, se abrió ante ellos un mundo triste y subterráneo: oyeron los lamentos de los prisioneros y algún que otro alarido, de inmediato sofocado, de alguien a quien en aquel momento estaban torturando. Había una celda abierta, con un guardia apostado en la entrada. Cuatro antorchas, una en cada esquina, iluminaban aquel cubículo semejante a una gruta, con el suelo de tierra batida y seguramente mezclada con la sangre de mil y una víctimas. Encima de un modesto catafalco, Nicolás vio el cuerpo de Durante, impecablemente vestido, como Violante lo había descrito. Pero la ropa que llevaba era particularmente suntuosa y confeccionada con telas extrañas, vagamente orientales, y no recordaba habérsela visto antes. Se acercó para poder ver el rostro céreo del desventurado joven. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta, como si la muerte le hubiera asaltado por sorpresa, cosa nada improbable, habida cuenta del corte limpio, sin duda de espada, que había estado a punto de seccionarle la cabeza del tronco. Aquella simple observación, previa a cualquier otra consideración acerca de la muerte del joven, bastó para levantar las sospechas de Nicolás: algo no cuadraba en aquel homicidio. No era ducho en medicina, pero sí tenía probada experiencia para saber que semejante corte habría causado un gran derramamiento de sangre, que a la fuerza habría manchado a la víctima, al asesino y a todo aquel que estuviera cerca... Pero los ropajes de Durante estaban inmaculados. Sólo cabía una explicación: el joven no había expirado súbitamente. Lo habían capturado a traición, lo habían conducido a quién sabe qué prisión, y una vez allí lo habían desnudado para torturarlo hasta la muerte. Después lo habían lavado y lo habían vestido con otros ropajes, y lo habían lanzado al hoyo donde lo hallaron los guardias. Aunque eso no tenía ningún sentido. Pensó, horrorizado, en las torturas que seguramente había padecido el joven: habría querido conmoverse y romper en lágrimas, pero su mente, atizada por el propio furor, sólo calculaba el peligro que ahora corrían sus planes y las inevitables consecuencias que aquella muerte tendría para la República. Ordenó al cirujano que desnudara el cuerpo de Durante con el mayor tiento posible. El hombre le quitó las botas, el farseto, la camisa y las calzas y, sólo cuando estuvo completamente desnudo, Nicolás se dio cuenta de que toda la piel estaba cubierta por una especie de velo untuoso apenas perceptible. Pensó que tal vez era un primer signo de la descomposición, a pesar de que el cuerpo no desprendía aún el olor áspero de la muerte y más bien exhalaba una fragancia aromática. Aparte de esa circunstancia, el cuerpo no presentaba magulladuras ni moratones, y eso alivió su ánimo. Pero entonces descubrió unas extrañas cicatrices, casi invisibles pero muy largas, que recorrían el cuerpo de pies a cabeza. Era improbable que fueran viejas heridas de guerra: Durante, hasta donde alcanzaba su conocimiento, jamás había sido hombre de armas y no había luchado en ninguna batalla. Se aproximó más a su piel rosada, para examinar las cicatrices.

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