Read Las huellas imborrables Online

Authors: Camilla Läckberg

Las huellas imborrables (12 page)

BOOK: Las huellas imborrables
10.77Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

–Sí, fuimos a buscarlo esta mañana al aeropuerto de Landvetter –dijo Paula–. Pero no parece que sepa mucho. Le preguntamos por las cartas que encontramos de los Amigos de Suecia y lo único que supo decirnos fue que el tal Frans Ringholm era al parecer un amigo de la infancia de Erik. Pero Axel no tenía conocimiento de ninguna amenaza concreta de la organización, aunque señaló que no era nada raro, teniendo en cuenta a qué se dedicaban tanto Erik como él.

–Y Axel, ¿ha recibido amenazas? –continuó Mellberg cubriéndolo todo de migas.

–Por lo que dijo, bastantes –intervino Martin–. Pero están archivadas en la organización para la que trabaja.

–Es decir, que no sabe si ha recibido alguna carta de los Amigos de Suecia.

Paula meneó la cabeza.

–No, no parece muy al corriente de nada de eso. Y lo comprendo. Tiene que recibir montones de basura de este tipo y, ¿para qué empaparse de ello?

–¿Qué impresión os causó? He oído que fue algo así como un héroe en su juventud. –Annika miró llena de curiosidad a Martin y a Paula.

–Pues un señor mayor, muy elegante y distinguido –aseguró Paula–. Aunque, claro está, bastante apagado, debido a las circunstancias. A mí me pareció que estaba muy afectado por la muerte de su hermano, no sé si tú compartirás esa impresión –añadió volviéndose hacia Martin, que la corroboró enseguida.

–Sí, a mí me pareció lo mismo.

–Doy por hecho que volveréis a interrogarlo –dijo Mellberg antes de mirar a Martin–. Si no estoy mal informado, has hablado con Pedersen, ¿no? –prosiguió aclarándose la garganta–. Curioso que no haya querido hablar conmigo, más bien.

Martin sufrió un ataque de tos.

–Creo que estabas fuera paseando al perro. Estoy convencido de que su prioridad era informarte a ti.

–Ummm… Sí, bueno, puede que tengas razón. En fin, continúa, ¿qué te dijo?

Martin les ofreció una síntesis de lo que Pedersen le había referido sobre las heridas de la víctima y no pudo por menos de reír cuando explicó:

–Al parecer, Pedersen llamó primero a Patrik y dice que no le sonó como si estuviera totalmente conforme con la vida doméstica. Pedersen le dio el informe completo y, teniendo en cuenta que no costó nada hacer que se pasara por el lugar del crimen, me figuro que no tardaremos en tenerlos aquí a los dos, a él y a Maja.

Annika se rio de la observación.

–Sí, yo hablé con él ayer y, con cierta discreción, me dijo que le llevaría tiempo acostumbrarse.

–Por descontado –resopló Mellberg–. Es una invención absurda. Un hombre hecho y derecho cambiando pañales y preparando papillas. No, debo decir que esa es un área en la que antes estábamos mejor. Los hombres de nuestra generación no teníamos por qué pensar en esas tonterías y podíamos hacer aquello para lo que estábamos hechos, y los niños eran cosa de las mujeres.

–Pues a mí me habría gustado cambiar pañales –intervino Gösta con voz apacible y la vista clavada en la mesa. Martin y Annika lo miraron sorprendidos, pero enseguida recordaron algo que habían sabido recientemente, que él y su difunta esposa habían tenido un hijo que murió inmediatamente después de nacer. Y que, después, no volvieron a tener más hijos. Guardaron silencio y, turbados, evitaron mirar a Gösta. Al cabo de un instante, Annika comentó:

–Pues yo creo que es muy instructivo, vamos. Eso de que los hombres os deis cuenta de cuánto trabajo supone. Yo no tengo hijos –ahora le tocó a ella apenarse–, pero todas mis amigas los tienen y no puede decirse que se hayan pasado la vida tumbadas comiendo bombones mientras han estado criándolos. Así que yo creo que a Patrik le sentará muy bien.

–En fin, a mí no vas a convencerme –porfió Mellberg. Luego frunció el ceño con gesto impaciente y miró los documentos que tenía delante de la mesa. Sacudió el montón de migas y leyó unas líneas, antes de tomar la palabra.

–Bueno, aquí tenemos el informe de Torbjörn y los chicos…

–Y las chicas –se apresuró a añadir Annika. Mellberg dejó escapar un suspiro alto y elocuente.

–Y las chicas… ¡Pues sí que estáis hoy en pie de guerra feminista! ¿A qué hemos venido aquí? ¿Vamos a dedicarnos a la investigación policial, o cantamos
Cumbayá
y discutimos sobre Gudrun Schyman
*
? –Mellberg meneó la cabeza contrariado y retomó el hilo.

–Como decía, aquí tenemos el informe de Torbjörn y sus
colaboradores
. Y yo creo que podemos resumirlo con las palabras «ninguna sorpresa». Hay algunas pisadas y huellas dactilares que debemos comprobar, naturalmente. Gösta, tú te encargarás de recoger las huellas de los dos muchachos para poder descartarlas, y también sería conveniente obtener las del hermano. Por lo demás… –volvió a leer para sí moviendo apenas los labios– …por lo demás, parece incuestionable que recibió en la cabeza un fuerte golpe que le asestaron con un objeto pesado.

–¿Un solo golpe, nada más? –quiso saber Paula.

–Ummm, exacto. Un golpe, a juzgar por las huellas de sangre de la pared. Estuve comentando el informe con Torbjörn por teléfono y le hice justo esa pregunta. Al parecer, pueden responderla analizando la forma en que aterrizaron en la pared las salpicaduras de sangre. En fin, ellos saben cómo han de proceder, pero la conclusión es clara: un fuerte golpe en la cabeza.

–Sí, y coincide con el resultado de la autopsia –intervino Martin–. ¿Y el arma? Pedersen creía que se trataba de un objeto de piedra muy pesado.

–¡Exacto! –corroboró Mellberg triunfal, colocando el dedo en medio del documento–. Debajo del escritorio había una pesada escultura, un busto de piedra. Hallaron en ella sangre, cabellos y restos de cerebro, y estoy convencido de que los restos de piedra que Pedersen detectó en la herida coincidirán con los de la piedra del busto.

–Es decir, tenemos el arma homicida. Bueno, pues algo es algo –opinó Gösta en tono sombrío antes de tomar un sorbo de café, que ya se había enfriado.

Mellberg miró a los subordinados que tenía reunidos en torno a la mesa.

–Y bien, ¿alguna propuesta de cómo continuar la investigación? –Lo dijo como si él dispusiera de una larga lista de medidas. Aunque no era ese el caso.

–Creo que debemos hablar con Frans Ringholm. Averiguar algo más acerca de las amenazas.

–Y hablar con vecinos de aquella zona, comprobar si alguien vio algo extraño por la época en la que se cometió el asesinato –prosiguió Paula.

Annika alzó la vista del bloc.

–Alguien debería interrogar a la asistenta de los dos hermanos. Y comprobar cuándo fue la última vez que estuvo limpiando en la casa, si vio a Erik entonces y por qué no ha ido a limpiar en todo el verano.

–Bien –asintió Mellberg–. Y entonces, ¿qué hacéis aquí vagueando, eh? ¡A la calle, a trabajar! –Fijó la mirada en los congregados, y así permaneció hasta que salieron de la habitación. Luego alargó el brazo en busca de otro bollo. Delegar. En eso consistía ser un buen líder.

Estaban conmovedoramente de acuerdo en que era una pérdida de tiempo ir a clase. De ahí que sólo hiciesen apariciones esporádicas, cuando se terciaba la cosa. Lo cual no sucedía muy a menudo. Aquel día se habían reunido hacia las diez. No había mucho que hacer en Tanumshede. La mayor parte del tiempo la pasaban hablando. Fumando cigarrillos.

–¿Te has enterado de lo del viejo de Fjällbacka? –preguntó Nicke dando una calada antes de echarse a reír–. Seguro que fueron tu abuelo y sus colegas los que acabaron con él.

Vanessa soltó una risita.

–Bah –respondió Per en tono agrio, aunque no sin cierto orgullo–. Mi abuelo no ha tenido nada que ver. Comprenderéis que no van a arriesgarse a que los pillen sólo por liquidar a un viejo. Los Amigos de Suecia tienen objetivos mejores y más importantes en el punto de mira, tenlo por seguro.

–¿Has hablado ya con el viejo? ¿Le has preguntado si podemos ir a alguna reunión? –Nicke había dejado de reír y mostraba ahora una expresión ansiosa.

–Todavía no… –reconoció Per a su pesar. Tenía un estatus superior en el grupo por ser nieto de Frans Ringholm y, en un momento de debilidad, les había prometido que intentaría que les permitiesen acudir a una de las reuniones que se celebraban en el local de Uddevalla. Sólo que no se le había presentado aún la ocasión adecuada. Y sabía lo que diría su abuelo. Que eran demasiado jóvenes. Que necesitaban un par de años más para «desarrollar todo su potencial». Él no comprendía qué era lo que tenía que desarrollarse. Él y sus amigos comprendían el asunto exactamente igual de bien que aquellos que eran algo mayores y que ya habían sido aceptados. Pero si era muy sencillo. ¿Qué era lo que podía malinterpretarse?

Y eso era precisamente lo que a él le gustaba. Que era sencillo. Blanco y negro. Nada de zonas grises. Per no comprendía cómo la gente se complicaba la vida mirando las cosas unas veces desde un punto de vista y otras desde el contrario… Cuando todo era tan, tan sencillo. Eran ellos y nosotros. En eso consistía todo. Ellos y nosotros. Y si se hubieran mantenido en su sitio y se hubieran atenido a lo suyo, no habría surgido ningún problema. Pero se empecinaban en meterse en su territorio. Se empecinaban en transgredir unos límites que deberían ser obvios para todos. ¡Joder, pero si la diferencia saltaba a la vista! Blanco o amarillo. Blanco o marrón. Blanco o ese asqueroso negro azulado que tenían los que procedían de las más recónditas selvas africanas. Tan asquerosamente sencillo. Aunque, claro. Hoy ya no era tan fácil ver la diferencia. Todo estaba destruido, mezclado, revuelto en un amasijo informe. Miró a sus amigos, que haraganeaban indolentes a su lado, en el banco. ¿Acaso sabía él en realidad cuál era su línea sanguínea? Quién sabía a qué se habrían dedicado las putas de su familia. Quizá también corriese por sus venas sangre impura. Per se estremeció.

Nicke lo miró inquisitivo.

–¿Y a ti qué coño te pasa? Ni que te hubieras tragado algo infumable.

Per resopló.

–Qué va, no es nada. –Pero ni la idea ni el asco lo abandonaban. Apagó el cigarrillo.

–Venga, vamos a la cafetería. Es deprimente quedarse aquí sentado.

Señaló con la cabeza el edificio de la escuela y echó a andar a buen paso sin esperar ni ver si los demás lo seguían. Ya sabía que así era.

Por un instante, pensó en el hombre asesinado. Luego se encogió de hombros. Aquel hombre no era importante.

Fjällbacka, 1943

Los cubiertos tintineaban al chocar contra la porcelana mientras comían. Los tres intentaban no mirar de reojo hacia la silla vacía, pero para ninguno de ellos era fácil.

–Mira que tener que irse otra vez, tan pronto. –Gertrud le alargó la fuente de patatas a Erik con mirada inquisitiva, y el muchacho se sirvió una en el plato, ya lleno de comida. Era lo más sencillo. De lo contrario, su madre empezaría a insistir y a insistir, hasta que al fin tendría que ponerse más. La comida no le interesaba. Sólo comía porque era necesario. Y porque su madre decía que le daba vergüenza verlo tan delgado. La gente pensaría que no le daban de comer, solía decir.

Axel, en cambio… Él siempre comía con mucho apetito. Erik miró de soslayo la silla vacía mientras, a disgusto, se llevaba el tenedor a la boca. La comida le crecía una vez dentro. La salsa convertía la patata en una pasta empapada y empezó a masticar enseguida para liberarse del bocado lo antes posible.

–Tiene que hacer lo que le corresponde. –Hugo Frankel miró a su mujer con severidad, aunque también él dirigía la vista a la silla vacía de Axel, que estaba frente a Erik.

–Sí, bueno, yo sólo digo que podría tomarse un par de días para descansar en casa tranquilamente.

–Eso lo decide él. Nadie decide ni manda en lo que hace Axel, salvo el propio Axel. –La voz de Hugo estallaba de orgullo, y Erik sintió la punzada de siempre en el pecho. La que solía sentir cuando sus padres hablaban de su hermano. Como si él no fuese más que una sombra en la familia, una sombra de Axel, alto y fuerte y rubio, siempre en el centro de atención, aunque él no se esforzaba por conseguirlo. Erik se llevó otro bocado a la boca. Ojalá se acabara pronto la cena. Así podría irse a leer a su habitación. Leía sobre todo libros de Historia. Todos esos hechos, nombres, fechas y lugares, tenían algo que le encantaba. No eran aleatorios, eran algo que se podía memorizar, algo con lo que contar.

A Axel nunca le había gustado mucho leer. Aun así, se las había arreglado para terminar el instituto con la máxima calificación. Erik también tenía buenas notas. Pero él tenía que trabajar para conseguirlas. Y nadie le daba palmaditas en la espalda ni irradiaba orgullo y satisfacción por él ante amigos y conocidos. Nadie alardeaba de Erik.

Pese a todo, no era capaz de no querer a su hermano. A veces deseaba serlo. Deseaba poder detestarlo, odiarlo, que la punzada pasara a su pecho. Pero la verdad era una: Erik quería a Axel. Más que a nadie en el mundo. Axel era el más fuerte, el más valiente y el único que merecía que se alardease de él. No Erik. Eso era un hecho. Como en los libros de Historia. Tanto como que la batalla de Hastings tuvo lugar en 1066. Era algo indiscutible, no era opinable ni alterable. Así era y punto.

Erik miró el plato. Vio con asombro que estaba vacío.

–Papá, ¿puedo retirarme de la mesa? –preguntó esperanzado.

–¿Has terminado de comer? Vaya, pues sí, mira… Está bien, vete. Tu madre y yo nos quedaremos aquí un rato más.

Cuando Erik subía la escalera camino de su habitación, oyó a sus padres hablando en el comedor.

–Espero que Axel no se arriesgue demasiado, yo…

–Gertrud, tienes que dejar de sobreprotegerlo. Axel tiene diecinueve años y el comerciante dijo esta mañana que no ha visto un muchacho tan… Hemos de estar satisfechos de tener un…

Las voces se apagaron cuando cerró la puerta de su dormitorio. Se tiró en la cama y cogió el primer libro de la pila, uno que trataba sobre Alejandro Magno. Él también fue un valiente. Exactamente igual que Axel.

–Sólo digo que podrías haberlo mencionado. Me quedé como una idiota cuando Kristina me dijo que Karin y tú estabais paseando juntos.

–Sí, ya… ya sé –Patrik balbucía con la cabeza gacha. La hora que Kristina se quedó a tomar café con ellos transcurrió plagada de matices ocultos y de miradas elocuentes, y apenas acababa de cerrar la puerta de la calle cuando Erica estalló.

–O sea, no es el hecho de que andes paseando por ahí con tu ex mujer. No soy celosa y lo sabes. Pero ¿por qué no me lo dijiste? Eso es lo que no entiendo…

BOOK: Las huellas imborrables
10.77Mb size Format: txt, pdf, ePub
ads

Other books

Kissing Through a Pane of Glass by Rosenberg, Peter Michael
Element Zero by James Knapp
Healing Eden by Rhenna Morgan
Hellebore’s Holiday by Viola Grace
Switcheroo by Robert Lewis Clark
Seth by Sandy Kline


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024