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Authors: Charles Bukowski

Tags: #Erótico, Humor, Relato

Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (8 page)

El equipo se reunía algún que otro viernes por la noche. Fui algunas veces. Y después de ver los resultados, no volví a ir. Si el periódico quería vivir, que viviese. Me mantuve al margen y me limité a echar mi material por debajo de la puerta en un sobre.

Entonces Hyans me llamó por teléfono:

—Se me ha ocurrido una idea. Quiero que me reúnas a los mejores poetas y prosistas que conozcas para sacar un suplemento literario.

Lo preparé todo. El lo editó. Y la bofia le metió en chirona por «obscenidad».

Pero era un buen tío. Le llamé por teléfono.

—¿Hyans?

—¿Sí?

—Ya que te metieron en la cárcel por ese asunto, te haré la columna gratis. Los diez dólares que me pagabas, que vayan al fondo de defensa de
Open Pussy.

—Muchísimas gracias —dijo él.

Y así consiguió gratis al mejor escritor de Norteamérica...

Luego Cherry me telefoneó una noche.

—¿Por qué no vienes ya a nuestras reuniones de redacción? Todos te echamos muchísimo de menos.

—¿Qué? ¿Qué demonios dices, Cherry? ¿Me echas de menos?

—No, Hank, no sólo yo. Todos te queremos. De veras. Ven a nuestra próxima reunión.

—Lo pensaré.

—Estará muerta sin ti.

—Y muerta conmigo.

—Te queremos, viejo.

—Lo pensaré, Cherry.

Así pues, aparecí. El propio Hyans me había dado la idea de que como era el primer aniversario de
Open Pussy,
habría vino, jodienda, vida y amor a raudales.

Pero lleno de grandes esperanzas y con la idea de ver a la gente jodiendo por el suelo, amando desatadamente, sólo vi a todas aquellas criaturitas del amor trabajando afanosamente. Me recordaban muchísimo, tan encorvados y desvaídos, a las ancianitas que trabajaban a destajo y a las que yo solía entregar ropa, abriéndome camino hasta allí en ascensores manuales todos llenos de ratas y hedores, de cien años, destajistas orgullosas y muertas y neuróticas como todos los infiernos, trabajando, trabajando, para hacer millonario a alguien... En Nueva York, en Filadelfia, en San Luis.

Y
aquéllos,
trabajaban
sin
salario por
Open Pussy.
Y allí estaba Joe Hyans, con su aspecto algo brutal y tosco paseando detrás de ellos, las manos a la espalda, controlando que
cada
voluntario cumpliese perfectamente su deber.

—¡Hyans!
¡Hyans, eres un asqueroso gilipollas!
—grité al entrar—.
Estás dirigiendo un mercado de esclavos, eres un miserable esclavista. ¡Pides a la policía y a Washington justicia y eres un cerdo mucho mayor que todos ellos! ¡Eres Hitler multiplicado por cien, bastardo esclavista! ¡Hablas de atrocidades y luego las repites tú mismo! ¿A quién coño crees que estás engañando, gilipollas? ¿Quién coño te crees que eres?

Afortunadamente para Hyans, el resto del equipo estaba muy acostumbrado a mí y pensaban que lo que yo dijese serían tonterías y que Hyans defendía la Verdad.

Hyans se acercó y me puso una grapadora en la mano.

—Siéntate —dijo—. Intentamos aumentar la circulación. Siéntate y grapa uno de estos anuncios verdes en cada periódico. Enviamos los ejemplares que sobran a posibles suscriptores...

El condenado Hyans, el Niño-Amor-Libertad, utilizando los métodos de las multinacionales para comer el coco al prójimo. Con el cerebro absolutamente lavado.

Por fin se acercó y me cogió la grapadora de la mano.

—Vas muy despacio.

—Vete a tomar por el culo, gilipollas. Iba a haber champán aquí. Y me das grapas...

—¡Eh, Eddie!

Llamó a otro miembro del equipo de esclavos: cara chupada, brazos de alambre, patético. El pobre Eddie andaba muriéndose de hambre. Todos andaban muriéndose de hambre por la causa. Salvo Hyans y su mujer, que vivían en una casa de dos plantas y mandaban a uno de sus hijos a un colegio privado, y luego estaba el viejo papá allá en Cleveland, uno de los cabezas tiesas del
Plain Dealer,
con más dinero que ninguna otra cosa.

Así, Hyans me echó y también a un tipo con una pequeña hélice en el pico de una gorra tipo casquete, Adorable Doctor Stanley, creo que se llamaba, y también a la mujer del Adorable Doctor, y cuando los tres salíamos por la puerta de atrás muy tranquilamente, compartiendo una botella de vino barato, llegó la voz de Joe Hyans.

—¡Y largaos de aquí, y no volváis ninguno
nunca,
pero no me refiero a
ti,
Bukowski!

Pobre gilipollas, qué bien sabía lo que mantenía en pie el periódico.

Luego intervino otra vez la policía. Esta vez por publicar la foto del coño de una mujer. También esta vez, como siempre, estaba comprometido Hyans. Quería aumentar la circulación, por cualquier medio, o liquidar el periódico y largarse. Al parecer era un tornillo que no podía manipular adecuadamente y se apretaba cada vez más. Sólo los que trabajaban gratis o por treinta y cinco dólares a la semana, parecían tener algún interés por el periódico. Pero Hyans consiguió tirarse a un par de las voluntarias más jóvenes, así que por lo menos no perdió el tiempo.

—¿Por qué no dejas tu cochino trabajo y vienes a trabajar con nosotros? —me preguntó Hyans.

—¿Por cuánto?

—Cuarenta y cinco dólares a la semana. Eso incluye tu columna. Distribuirías además por los buzones el miércoles por la noche, en tu coche, yo pagaría la gasolina, y escribirías también encargos especiales. De once de la mañana a siete y media de la tarde, viernes y sábados libres.

—Lo pensaré.

Vino de Cleveland el papá de Hyans. Nos emborrachamos juntos en casa de Hyans. Hyans y Cherry parecían muy desgraciados con papá. Y papá le daba al whisky. A él no le iba la hierba. Yo también le di al whisky. Bebimos toda la noche.

—Bueno, el modo de librarse de la
Free Press
es liquidar sus puntos de apoyo, echar de las calles a los vendedores, detener a unos cuantos cabecillas. Eso era lo que hacíamos en los viejos tiempos. Tengo dinero, puedo contratar a unos cuantos hampones, que sean unos buenos hijos de puta. Puedo contratar a Bukowski.

—¡Maldita sea! —chilló el joven Hyans—. ¡No quiero que me sueltes toda tu mierda, comprendes!

—¿Qué piensas tú de mi idea, Bukowski? —me preguntó papá.

—Creo que es una buena idea. Pasa la botella.

—¡Bukowski está loco! —chilló Joe Hyans.

—Tú publicas su columna —dijo papá.

—Es el mejor escritor de California —dijo el joven Hyans.

—El mejor escritor loco de California —corregí yo.

—Hijo —continuó papá—, tengo mucho dinero. Quiero que salga adelante tu periódico. Lo único que tenemos que hacer es detener a unos cuantos...

—No. No. ¡No! —chilló Joe Hyans—. ¡No lo
soportaré
!

Y salió corriendo de la casa. Qué hombre maravilloso era Joe Hyans. Salió corriendo de la casa. Me serví otro trago y le dije a Cherry que iba a joderla allí mismo contra la librería. Papá dijo que después le tocaba a él. Cherry nos insultó mientras Joe Hyans escapaba en la calle con su sensibilidad...

El periódico siguió, saliendo más o menos una vez por semana. Luego llegó el juicio de la foto del coño.

El fiscal preguntó a Hyans:

—¿Se opondría usted a la copulación oral en las escaleras del ayuntamiento?

—No —dijo Joe—, pero probablemente habría un atasco de tráfico.

Oh Joe, pensé, qué mal lo hiciste. Deberías haber dicho: «Para copulación oral preferiría el
interior
del ayuntamiento, donde suele hacerse normalmente».

Cuando el juez preguntó al abogado de Hyans qué sentido tenía la foto del órgano sexual femenino, el abogado de Hyans contestó:

—Bueno, es sencillamente lo que es. Es lo que es, amigo.

Perdieron el juicio, claro, y apelaron.

—Una provocación —dijo Joe Hyans a los pocos medios de información que se preocuparon—. No es más que una provocación policial.

Qué hombre inteligente era Joe Hyans...

La siguiente noticia que me llegó de Joe Hyans fue por teléfono:

—Bukowski, acabo de comprarme un revólver. Ciento doce dólares. Una bonita arma. Voy a matar a un hombre.

—¿Dónde estás ahora?

—En el bar, junto al periódico.

—Voy para allá.

Cuando llegué estaba paseando delante del bar.

—Vamos —dijo—. Te invito a una cerveza.

—Nos sentamos. Aquello estaba lleno. Hyans hablaba muy alto. Podían oírle en Santa Mónica.


¡Voy a aplastarle los sesos contra la pared...! ¡Voy a matar a ese hijo de puta!

—¿Pero quién es, muchacho? ¿Por qué quieres matarle?

Miraba fijo al frente.

—Vamos, amigo, ¿Por qué quieres matar a ese hijo de puta, dime?

—¡Está jodiéndose a mi mujer, por eso!

—Oooh.

Siguió mirando al frente fijamente un poco más. Era como una película. Ni siquiera tan bueno como una película.

—Es una bonita arma —dijo Joe—. Se coloca en esta pequeña abrazadera. Dispara diez tiros. Fuego rápido. ¡Acabaré con ese cabrón!

Joe Hyans.

Aquel hombre maravilloso de la gran barba pelirroja.

Alucinante, sí.

En fin, de todos modos, le pregunté:

—¿Y qué me dices de todos esos artículos antibélicos que has publicado? ¿Y qué me dices del amor? ¿Qué fue de todo eso?

—Vamos, vamos, Bukowski, tú nunca te has creído toda esa mierda pacifista...

—Bueno, no sé, en fin... creo que no exactamente.

—Le dije a ese tipo que iba matarle si no se largaba, y entro y allí está sentado en el sofá en mi propia casa. ¿Qué harías tú, dime?

—Estás convirtiendo esto en cuestión de propiedad privada. ¿No comprendes? Mándalo al carajo. Olvídalo. Lárgate. Déjales allí juntos.

—¿Eso es lo que has hecho tú?

—A partir de los treinta años, siempre. Y después de los cuarenta, resulta aún más fácil. Pero entre los veinte y los treinta me sacaba de quicio. Las primeras quemaduras son las peores.


¡Pues yo voy a matar a ese hijo de puta! ¡Voy a volarle la tapa de los sesos!

Todo el bar escuchaba. Amor, nene, amor.

—Salgamos de aquí —le dije.

Después de cruzar la puerta del bar, Hyans cayó de rodillas y se puso a gritar, un largo grito leche cuajada de cuatro minutos. Debían oírle en Detroit. Le levanté y le llevé a mi coche. Cuando llegó a la puerta agarró el manillar, cayó de rodillas y lanzó otro aullido hasta Detroit. Cherry le tenía enganchado, pobre imbécil. Le levanté, le metí en su asiento, entré por el otro lado, enfilé hacia el norte camino de Sunset y luego al este a lo largo de Sunset y en la señal, roja, entre Sunset y Vermont, lanzó otro. Yo encendí un puro. Los otros conductores miraban espantados cómo lloraba aquel pelirrojo barbudo.

Pensé, no va a parar. Tendré que atizarle.

Pero luego al ponerse verde el disco, lo dio por terminado y salimos de allí. Seguía gimiendo. Yo no sabía qué decir. No había nada que decir. Pensé, le llevaré a ver a Mongo el Gigante de la Nube Eterna. Mongo está lleno de mierda. Quizá pueda volcar alguna mierda en Hyans. Yo llevaba cuatro años sin vivir con una mujer. Estaba ya demasiado alejado del asunto para verlo con claridad.

La próxima vez que chille, pensé, le atizaré. No puedo soportar otro chillido de ésos.

—¡Eh! ¿Adonde vamos?

—A ver a Mongo.

—¡Oh, no! ¡Mongo no! ¡Odio a ese tío! ¡No hará más que reírse de mí! ¡Es un hijoputa de lo más cruel!

Era verdad. Mongo era inteligente pero cruel. No serviría de nada ir allí. Y yo tampoco podía hacer nada. Seguimos.

—Escucha —dijo Hyans—, por aquí vive una amiga mía. Un par de manzanas al norte. Déjame allí. Ella me comprende.

Giré hacia el norte.

—Oye —dije—, no te cargues al tío.

—¿Por qué?

—Porque eres el único capaz de publicar mi columna.

Le llevé hasta allí, le dejé, esperé hasta que abrieron la puerta y luego me fui.

Unas buenas cachas le suavizarían, sin duda. Yo también las necesitaba...

La siguiente noticia que tuve de Hyans fue que se había mudado de casa.

—No podía soportarlo más. En fin, la otra noche me di una ducha, me disponía a echar un polvo con ella, quería meter un poco de vida en sus huesos y, ¿sabes lo que hizo?

—¿Qué?

—Cuando yo entré escapó corriendo y se largó de casa. La muy zorra.

—Escucha, Hyans, conozco el juego. No puedo hablar contra Cherry porque en seguida estaréis juntos otra vez y entonces recordarás todas las porquerías que dijera de ella.

—Nunca volveré.

—Bah, bah.

—He decidido no matar a ese cabrón.

—Bien.

—Voy a desafiarle a un combate de boxeo. Con todas las reglas del ring. Árbitro, ring, guantes y todo.

—Me parece muy bien —dije.

Dos toros luchando por la vaca. Por aquella vaca huesuda, además. Pero en Norteamérica los perdedores se llevan a menudo la vaca. ¿Instinto maternal? ¿Mejor cartera? ¿Polla mayor? Dios sabe qué...

Hyans, mientras se volvía loco, alquiló a un tipo de pipa y pajarita para llevar el periódico. Pero era evidente que
Open Pussy
andaba por su último polvo. Y nadie se preocupaba por la gente de los veinticinco o treinta dólares por semana y de la ayuda gratuita. Ellos disfrutaban con el periódico. No era muy bueno, pero tampoco era muy malo. En fin, estaba mi columna:
Notas de un viejo asqueroso.

Y pipa y pajarita dirigió el periódico. No había diferencia. Y entretanto, yo no hacía más que oír: «Joe y Cherry andan juntos de nuevo. Joe y Cherry se separan otra vez. Joe y Cherry están otra vez juntos. Joe y Cherry...».

Luego, una cruda y triste noche de miércoles salí a un quiosco a comprar un ejemplar de
Open Pussy.
Había escrito una de mis mejores columnas y quería ver si tenían el valor de publicarla. En el quiosco había el número de la semana anterior. Lo olí en el aire azul muerte. El juego había terminado. Compré bebida en abundancia y volví a casa y bebí por el difunto. Siempre preparado para el final, no lo estaba cuando llegó. Quité el cartel de la pared y lo tiré a la basura. «OPEN PUSSY. REVISTA SEMANAL DEL RENACIMIENTO DE LOS ANGELES».

El gobierno ya no tendría que preocuparse. Yo volvía a ser un ciudadano magnífico. Veinte mil de tirada. Si hubiéramos podido llegar a los sesenta (sin problemas familiares, sin provocaciones policiales) podríamos haber triunfado. No lo conseguimos.

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