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Authors: Mike Resnick

Tags: #Ciencia Ficción

Starship: Pirata (22 page)

BOOK: Starship: Pirata
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Val lo miró por un largo instante.

—¿Y la Armada le retiró el mando de su nave?

—De dos naves sucesivas —dijo Cole—. Bueno, en realidad fueron tres, pero en el caso de la
Teddy R
. logré recuperarla.

—No me extraña que estemos perdiendo esta maldita guerra.

—No la estamos perdiendo —dijo él—. Corrección: no la están perdiendo. Simplemente, no la ganan.

—Si tratan a todos sus oficiales competentes como lo trataron a usted, entiendo el porqué.

—¿Señor? —dijo Briggs, que entre tanto se había paseado alrededor de la hondonada—. No puedo afirmarlo con absoluta seguridad, pero apostaría a que aquí había una sola nave estacionada.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Cole, y miró al cráter.

—La radiactividad no es suficiente para provenir de dos baterías nucleares distintas —respondió Briggs, con un pequeño dispositivo sensor en la mano—. Están programadas para desactivarse tan pronto como sufran algún daño, pero, de todos modos, al estallar siempre emiten radiación.

—Pero ¿la que hay no es suficiente para dos naves?

—Creo que no, señor.

—Bueno, pues ya está —dijo Cole—. Parece razonable suponer que Muscatel aún dispone de tres naves. —Se volvió hacia Val—. Quiero que me diga ahora mismo la verdad. ¿La
Pegaso
podría derrotar en combate a tres naves enemigas? Y no me responda que depende de las naves. Usted sabe qué tipo de naves tenía Muscatel, y yo no.

—No, probablemente no —reconoció ella.

—Entonces, lo más probable es que sean ellos quienes persigan a Tiburón.

—En un universo racional, tendría que ser así —respondió ella—. Pero usted no conoce a Tiburón.

—Sé que ha sabido mantenerse con vida hasta el día de hoy. Eso implica que, por lo menos, tendrá cierta astucia, y un poderoso instinto de conservación, si no inteligencia.

—Señor —dijo entonces Briggs—, no importa mucho que sean ellos quienes lo persigan, o que sea él quien los persiga a ellos. Tarde o temprano se van a encontrar. ¿Por qué no esperamos a que se destruyan entre sí?

—¡Está hablando de mi nave! —bramó Val.

—Motivo de más —dijo Cole con una sonrisa sarcástica—. Ahora en serio, hemos cerrado un trato. Y tenemos un botín por dividir… pero sólo si la
Pegaso
sigue de una pieza.

—Era una idea, señor —dijo Briggs, incómodo.

—Y ha sido una buena —dijo Cole—. Sería una solución práctica en el noventa y nueve por ciento de los casos. —Hizo una pausa dramática—. Bienvenido al uno por ciento restante. —Echó una última mirada al cráter—. Bueno, dirijámonos al hospital que hemos sobrevolado antes. Si ha habido supervivientes, o si alguien se encontraba lo bastante cerca como para ser testigo ocular, lo más probable es que lo encontremos allí.

Regresaron al aerocoche y se deslizaron por el aire, suspendidos a unos veinte centímetros del suelo, hasta llegar al hospital. Bajaron flotando hasta un aparcamiento subterráneo, aparcaron el vehículo y luego subieron en aeroascensor hasta la recepción.

—Buenas tardes —le dijo Cole a una rolliza recepcionista de raza humana.

—Buenas tardes —respondió ella—. ¿Qué desea?

—Tengo entendido que tienen ingresados del trágico ataque contra los edificios del señor Muscatel.

—¿Verdad que fue terrible? —dijo ella—. Creo que no nos había sucedido nunca nada igual. Todo el mundo viene a la Frontera precisamente para evitar ataques militares.

—¿Fue un ataque militar? —preguntó Cole—. A mí me habían dicho que fue una disputa entre piratas.

—¿Y qué más da? Era una nave y disparó contra nuestro planeta.

—No se lo voy a discutir —dijo Cole—. ¿Tienen pacientes que ingresaran como consecuencia del ataque?

—Desde luego. ¿Puede darnos el nombre de la persona o personas por las que se interesa?

—No, no puedo —dijo Cole—. Yo hacía negocios con la compañía, y no con personas específicas, aparte del propio Donovan Muscatel. ¿Lo tienen aquí?

—No. Si estuviese, lo sabría —dijo ella—. Espero que no haya muerto. Donó el dinero para construir el ala este del hospital, ¿sabe usted?

—Yo también lo espero —dijo Cole—. ¿Cuántos hombres y mujeres sobrevivieron al ataque?

—No solamente hombres y mujeres —dijo la recepcionista—. También sobrevivió un pepon.

—¿Un pepon?

—Sí, de Peponi. Bueno, por lo menos es así como se llaman a sí mismos. Estoy segura de que deben de tener otro nombre oficial entre nosotros, y probablemente también un nombre científico.

—¿Y quién más sobrevivió?

—Dos hombres. Tenemos a una mujer en el quirófano, pero no se cuenta con que vaya a sobrevivir. —Echó una mirada a una pantalla oculta—. Efectivamente, ha muerto hará unos tres minutos.

—¿Y se conocen testigos oculares del ataque?

—¿Es usted un hombre de negocios o un periodista? —le preguntó ella con suspicacia.

—Hombre de negocios. ¿Podría hablar con los supervivientes?

—Voy a verlo. —Examinó otra pantalla oculta—. De acuerdo. No están sedados, y, de hecho, se prevé que salgan antes de que caiga la noche. Están aquí bajo observación, nada más.

—¿El pepon también?

La mujer miró de nuevo hacia abajo.

—Sí.

—¿Dónde podría verle?

—Haré que lo acompañen.

—Querría que mis amigos también viniesen —dijo, y señaló a Val y a Briggs.

—Los visitantes sólo pueden entrar de dos en dos —respondió ella—. Son las normas de este hospital.

—Muy bien —dijo Cole. Agarró a Briggs por los hombros y lo llevó hasta la salida, y le habló cuando estuvieron lo bastante lejos para que la recepcionista no los oyera—. No creo que encuentre nada, pero vaya a la prisión y pregunte si tienen supervivientes o testigos oculares, y luego vuelva aquí.

—¿Y para qué los iban a llevar a la cárcel? —preguntó Briggs.

—Tal vez alguno de esos testigos oculares tratara de saquear entre los escombros —le respondió Cole—. Tal vez alguno de los empleados de Donovan tuviera precio puesto a su cabeza, y hay que contar con que ahora su protector ha muerto, o se ha marchado. ¿Quiere un catálogo de todos los posibles motivos?

—No, señor. Regresaré en cuanto me sea posible.

Briggs se marchó y Cole regresó al mostrador.

—Ya podemos ir —anunció.

Un robot se le acercó sobre ruedas.

—Sígame, por favor —masculló con una estridente voz metálica.

El robot se volvió y se dirigió al aeroascensor. Cole y Val fueron tras él. Salieron al cuarto piso y siguieron por un corredor al mecánico ordenanza hasta que éste se detuvo frente a una puerta abierta.

—Los humanos Nichols y Moyer se hallan en esta sala. El pepon Bujandi se encuentra cuatro salas más allá. Me quedaré a la puerta de esta sala.

Cole y Val pasaron adentro. Dos hombres, ninguno de los cuales vestía batas de hospital, estaban sentados sobre un par de camas flotantes. Miraron con curiosidad a los recién llegados.

—¿Quién de ustedes es Nichols, y quién es Moyer? —preguntó Cole.

—Yo soy Jim Nichols —respondió el menos corpulento—. Él es Dan Moyer. ¿Qué desean saber?

—Quiero saber lo siguiente —dijo Cole—: los dos trabajan para Donovan Muscatel, ¿verdad?

—No tenemos nada que ocultar —dijo Moyer—. Sí, trabajamos para él.

—¿Y cómo es que siguen con vida?

Los dos hombres intercambiaron miradas.

—Volvíamos de la ciudad con suministros cuando atacaron el almacén. La potencia de las explosiones de plasma nos echó fuera de la carretera y nos pegó una buena sacudida, pero de todos modos vamos a salir de aquí en un par de horas.

—¿Estaban los dos solos en el vehículo?

—Sabe usted muy bien que no —dijo Nichols.

—¿Iba alguien más con ustedes?

—El pepon.

—Me han contado que una mujer de su grupo murió en el quirófano.

—Ésa era Wanda —dijo Nichols—. Obviamente no se encontraba en el edificio cuando lo atacaron. No sé qué estaría haciendo. Nos dijeron que había ingresado ya muy mal. Eso es todo lo que sabemos.

—Una última pregunta —dijo Cole—. ¿Muscatel aún vive?

—No vamos a responder más preguntas hasta que nos haya dicho quién diablos es usted y por qué quiere saber todo eso —dijo Moyer.

De repente, vieron los cañones de las pistolas láser y sónica de Val.

—Si no nos lo decís, moriréis —dijo ésta con frialdad.

—Baje las armas —le dijo Cole. Val lo miró con rabia y no se movió—. Estos hombres no son enemigos nuestros y no es probable que respondan a nuestras preguntas si los mata.

—Yo te conozco —dijo Moyer, al tiempo que Val, de mala gana, enfundaba de nuevo las armas—. O por lo menos he oído hablar de ti. Más alta que el hombre más alto, armada hasta los dientes, guapa a matar, pelirroja… ¡seguro que eres ella! No tienes nombre, o, más bien, tienes un centenar de nombres, y nadie sabe cuál es el de verdad, pero capitaneas la
Pegaso
. Tu reputación llega hasta la Periferia. ¿Qué diablos haces en una bola de fango como Cyrano?

—Ahora mismo, esperar a que respondas a la pregunta que te han hecho —dijo fríamente Val—. ¿Donovan aún vive?

—Sí —respondió Moyer—. Está por alguna parte del sistema Delphini.

—No va a regresar —dijo Cole.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Nichols.

—No tiene adónde regresar. Eso significa que se han quedado sin nada.

—Ya encontraremos otro trabajo —dijo Moyer.

—Desde luego —dijo Nichols—. Tenemos que saldar cuentas. Hoy hemos perdido a un montón de amigos.

—Quizá pueda ayudarles a saldarlas —dijo Cole.

Los dos hombres se miraron de nuevo.

—Hable, lo escuchamos —dijo Nichols por fin.

—La nave que destruyó su almacén era la
Pegaso
.

Moyer frunció el ceño.

—Yo pensaba que la
Pegaso
era suya.

—Lo era, hasta que Tiburón Martillo me la robó —dijo Val.

—¿Tiburón? —preguntó Moyer—. Yo creía que actuaba en el Brazo Espiral.

—Hace dos años que ya no —dijo Val.

—Es él quien les ha atacado hoy —añadió Cole—, y todas las probabilidades apuntan a que irá en pos de Muscatel y del resto de su organización.

—Acaba de decir que podría ayudarnos a acabar con ese cabrón. ¿Cómo?

—Tengo una nave y viajamos con una tripulación que está bajo mínimos. Tanto si se alistan en ella como si no, vamos a ir por Tiburón… pero nos vendría muy bien que se apuntaran nuevos tripulantes. Si se alistan, recibirán un tanto por ciento de los botines que capturemos, pero quiero que sepan de antemano que ingresarán en una nave militar, y que se les va a exigir disciplina militar. Ésa es la oferta. O la aceptan o la dejan.

—Las naves militares que circulan por la Frontera no son muchas —dijo Moyer—. Así, de entrada, se me ocurre tan sólo una. —De repente, sonrió—. ¡Aceptaremos su oferta!

Nichols frunció el ceño.

—¿Usted es el hombre que me parece que es?

—No tengo ni idea de quién es el hombre que le parece que soy —dijo Cole—. ¿Aceptan o no?

—Aceptamos —dijo Nichols—. ¿Y qué me dice de Bujandi?

—Ahora mismo iré a su habitación y le haré la misma oferta.

—¿Cuándo nos marchamos?

—Uno de mis oficiales ha ido de visita a la cárcel. En cuanto regrese, nos iremos de aquí.

—Una vez que nos encontremos en su nave, podremos ayudarle a contactar con Donovan —dijo Moyer.

—No lo había dudado en ningún momento —dijo Cole.

Pocos minutos más tarde, Bujandi accedió a unirse a la tripulación. Entonces, Briggs regresó, y el grupo seleccionado, con tres nuevos miembros, despegó con rumbo a la
Teddy R
.

Capítulo 19

Mientras se llevaban a cabo los procedimientos de ingreso de los nuevos miembros, Cole subió al puente para ver si había habido buena suerte con la búsqueda de la
Pegaso
.

—¡Capitán en el puente! —anunció un joven. Se puso y firmes e hizo el saludo militar.

—Vaya por Dios —dijo Cole—. ¿Cuándo regresó?

—Hace unas pocas horas, señor —dijo Luthor Chadwick.

—¿Y se siente bien?

—Sí, señor. Me instalaron tímpanos nuevos, y de paso me curaron varias quemaduras de láser que tenía en las costillas.

—Bueno, todos nosotros nos alegramos de que haya vuelto. ¿Alguien lo ha informado de todo lo que ha sucedido desde que lo hospitalizaron?

—El comandante Forrice se ha encargado de ello, señor.

—Ojalá pudiese añadir algo más positivo —dijo Cole—. Encárguese de sus tareas, y si piensa que le conviene guardar cama, dígaselo al oficial que esté al cargo del turno correspondiente y buscaremos la manera de sustituirlo.

—Gracias, señor, pero me siento bien —insistió Chadwick—. De verdad que sí.

—De acuerdo. ¿Ha conocido al nuevo tripulante, Esteban Morales?

—No, señor. No me suena de nada ese nombre.

—Se unió a nosotros después de que capturáramos la
Aquiles
.

—¿Tiene usted algún motivo para preguntármelo, señor? —dijo Chadwick.

—Sólo ustedes dos lo saben —dijo Cole—, pero es posible que fuese él quien lo atacó con el arma sónica. ¿Cómo reaccionaría si ése fuera el caso?

—En aquel momento luchábamos en bandos opuestos. Si ahora estamos en el mismo bando, podemos darlo por olvidado, señor. Y espero que él se olvide de que maté a dos de sus compañeros de tripulación.

—Me ha asegurado que no nos tiene ningún rencor, que comprende que la situación ha cambiado.

—Entonces no habrá ningún problema, señor.

—Bien. Quería estar seguro. —Cole echó una ojeada por todo el puente, no vio ninguna necesidad de quedarse allí y se marchó a la cantina. No tenía hambre, pero tampoco quería regresar a su camarote, y el escaso espacio interior de la
Teddy R
. no le dejaba muchas otras opciones.

Nada más llegar, se sentó, y un poco más tarde se presentó Sharon Blacksmith.

—Bienvenido a la nave —le dijo—. Tus nuevos amigos son interesantes.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Cole.

—Pues que he estado haciendo mi trabajo, y que una parte de ese trabajo consiste en descubrir con quién nos has juntado —le respondió Sharon—. Daniel Moyer llegó a la Frontera Interior hace once años, perseguido por la policía de la República. Hay dos órdenes de búsqueda y captura contra él, emitidas, respectivamente, hace doce y catorce años. ¿Quieres saber a quién asesinó?

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