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Authors: Arturo Pérez-Reverte

Tags: #Comunicación, Periodismo

Patente de corso (40 page)

Admito, y no es la primera vez, que todo el mundo -incluso los japoneses y, si me apuran, los norteamericanos- tiene derecho a viajar y a la cultura, suponiendo que viajar pueda todavía considerarse cultura. Y también a ejercitar masivamente ese derecho, ahora que hay estupendas ofertas para patearse el mundo por cuatro duros y con pago en veinte años, a plazos, si se hace en manadas de doscientos individuos cada vez. Mas convendrán conmigo en que asomarse a una ventana del hotel Daniel; de Venecia y encontrar los canales literalmente atestados por miles de japoneses en góndola, o vivir en el Crillon de París rodeado de fulanos de Arkansas que hablan por la nariz, llevan gorras de béisbol y preguntan dónde está la fontana de Trevi, le quita el encanto a cualquier cosa; por mucho que Richard Wagner haya pernoctado allí, Hemingway se emborrachara en el bar, Oscar Wilde desvirgara a su primer efebo en la habitación 329, o Claudia Schiffer te esté esperando -a ver si mi vecino Marías, con todas sus novias, es capaz de tirarse faroles como ése- con una botella de Viuda Cliquot bien fría en la suite imperial.

En realidad, aunque parezca que todavía están ahí, esos hoteles maravillosos ya no existen. Se han transformado en decorados vacíos, vulgares abrevaderos, pensiones con desayuno incluido para paquetes turísticos internacionales, y el mundo que antaño contenían no es sino una grotesca y tumultuosa caricatura. Un ejemplo: mientras escribo estas líneas intentando mantener actitudes elegantes en el salón de uno de los más históricos y en otro tiempo exclusivos hoteles de Roma -mi editor italiano me mima como a un hijo-, unos treinta japoneses que entraron a hacerse fotos guardan ahora cola para utilizar por el morro los lavabos mientras charlan y charlan en su respetable lengua. Arigato san. Hai. Como se aburren, algunos se vuelven a mirarme sonrientes, me saludan, se sientan alrededor y uno incluso me ha hecho una foto. Por su parte, el camarero y el recepcionista simulan que no los ven. A fin de cuentas, el camarero es albanés y el recepcionista yugoslavo; la decadencia de Occidente les importa un huevo de pato.

El Semanal, 01 Junio 1997

El último, que apague la luz

Algún jefe de la Benemérita anda cabreado porque, según encuesta realizada entre los agentes de Picolandia en Cataluña, un altísimo porcentaje de números y numeras del Cuerpo está dispuesto a colgar el tricornio y pedir su ingreso en los mozos de escuadra, la policía autonómica que a finales de año asumirá las competencias de tráfico de la Guardia Civil. Cierto viejo amigo, un teniente coronel picoleto que hace tiempo me marcaba a los mañosos ingleses en la Costa del Sol para que yo los reventara en el telediario, me comentaba el asunto muy abatido, el pobre, hablando de traición. Y yo le decía no, mi Tecol, de traición nasti de plasti. Lo que pasa es que el tinglado de la antigua farsa se está yendo definitivamente al carajo. Y cada cual echa a nadar como puede. Y puestos a que esto se parta sin remedio, la gente, y es natural, intenta quedarse en los mejores pedazos. Porque a estas alturas, hasta el picolín menos agudo entiende la diferencia entre ser guardia civil en la España que va a quedar, y mosso de esquadra en la Cataluña que se están montando. Y es que uno puede ser benemérito, pero no gilipollas.

A ver si llamamos a las cosas por su nombre. En este país de demagogos, de minorías que gobiernan con cuatro votos y mucho apaño, y de desaprensivos que dicen representar al pueblo, lo que algunos nunca podremos perdonar al Partido Socialista Obrero Español es qué con su soberbia, su cobardía y su desmedido afán por trincar, hiciera posible el aterrizaje de una derecha, débil para más inri, que por asegurarse una o dos legislaturas es capaz de vender hasta el rosario de su madre. Y España, tras haber sido saqueada y sodomizada por aquella presunta izquierda ilustrada -una cuerda de señoritos y mangantes de amplio espectro a quienes estalló su propia chulería en mitad de las pelotas-, en este momento es un país sometido al saqueo de las derechas, tanto la de los morigerados meapilas que ejercen nominalmente el poder central, como la derecha catalana y la derecha vasca. Porque, por mucho que nos pinten la burra de verde con el Guernica y con Felipe V, esto no es más que un pasteleo de compadres de derechas, un enjuague de golfos insolidarios, de políticos que huyen hacia adelante, de trileros dispuestos a desmantelar el Estado en beneficio de los mercachifles de siempre. Y la tela, la viruta para la canonización de San Chantaje y San Monipodio, la siguen poniendo los de siempre: la ciudadanía de segunda, sangrada de impuestos para pagarles las motos y los despliegues y las inmersiones lingüísticas a otros más guapos, más listos, o con fueros de más nivel, Maribel.

Otra cosa es que deba o no ser así. Otra cosa es que España, que se hizo con mucho sufrimiento, esfuerzo y sangre, nunca llegara a cuajar como Estado fuerte, entre varias razones porque desde los Reyes Católicos a Felipe IV, digan lo que digan los manipuladores de la Historia, aquí nadie tuvo hígados para aplicar el centralismo a rajatabla que otros monarcas europeos impusieron sin escrúpulos y sin cortarse un pelo. Otra cosa es que ese Estado fuerte y solidario resulte incompatible con la naturaleza cainita y navajera de nuestro paisanaje; y que el torpe remedo de 1939, que terminó haciendo sospechosa y aborrecible la palabra patria, deba acabar como una federación de taifas europeas, una presunta monarquía plurinacional, o una casa de putas donde el tonto se calce a la más fea. Pero mira. Igual es mejor que vayamos asumiendo de una vez que ésta es la España que deseamos y nos merecemos. Una España donde la televisión, los gobernantes, los hijos y hasta la pinta que tenemos, realmente hemos ido ganándolos a pulso. Y una vez asumido todo eso, pues bueno. Quienes podamos nos acogeremos a los privilegios fiscales, laborales o de lo que sean, de las zonas afortunadas. Y quienes no, pues a fastidiarse. A buscamos la vida, o a hacer guerrilla urbana para desahogamos y ajustar cuentas con quienes nos llevaron a esto. O mandarlo todo a tomar por saco, emigrando a cualquier sitio donde no haya necesidad de presenciar a diario este espectáculo lamentable.

Quizá sea ése el futuro que nos espera. Y hasta puede que sea mejor así: las cartas sobre la mesa y cada uno montándoselo a su aire. Pero entonces que nos lo digan alto y claro y lo rematen de una vez, en vez de tanto pacto, y tanto tapujo, y tanto pedir sosiego. Y tanto tomamos por tontos del culo.

El Semanal, 08 Junio 1997

El centinela del café Gijón

Nunca fue a la escuela, pero sabe latín. Lleva un cuarto de siglo viendo la comedia humana desde su tenderete de tabaco del café Gijón, junto a la entrada y frente al teléfono. Ha vendido cigarrillos, lotería y cerillas a todo el mundillo literario y a todo el puterío del rompeolas de las Españas, y eso le dejó algún punto de vista sobre el género humano y sobre la intelectualidad que, hombre tranquilo, sólo comenta con los íntimos en tono quedo; con esa calma senequista que es su imagen de fábrica. En el viejo café de Madrid, Alfonso es una institución y es una leyenda; y no todos tienen derecho a su apretón de manos o su medía sonrisa. Ni siquiera a su tabaco. Parece un viejo banderillero cosido a cornadas, un subalterno aplomado, maltrecho, con mucha brega, cuando se mueve despacio para atender el teléfono, o venderte un Bic. Ha visto todo y de todos, y reconoce a un chorizo, a una lumi o a un político apenas cruzan la puerta. Y cuando alguien en una mesa cercana farolea y jiña alto, entonces Alfonso lo mira de lado y sonríe apenas, casi imperceptible, por encima de las páginas del ABC que hojea sentado entre sus marlboros y sus décimos. Es silencioso, estoico y sabio. Con más mili que el caballo de Prim.

Nadie tuvo que explicarle nunca lo que es ganarse la vida. Su padre, militante de la FÁI, se fue voluntario a defender la República; y la familia Alfonso, madre y dos hermanos- anduvo siguiéndolo como pudo por los caminos y los campos de batalla. «Como los revolucionarios mejicanos», evoca con melancolía. Luego su madre lo embarcó para Rusia, pero el Cervera interceptó su barco en alta mar, ahorrándole otra guerra y aprender el ruso. Al padre anarquista se lo tragó la derrota, desaparecido en combate o fusilado, y Alfonso recaló en Madrid, donde la madre prefirió que no fuese a la escuela antes que apuntarlo en Falange. Así que aprendió a leer y escribir de noche, cuando ella volvía, agotada, de lavar a mano sábanas de hotel. Siempre le habló con orgullo de su padre. Tanto que todavía hoy, cuando menciona a ese libertario de veintinueve años al que apenas conoció, el cerillero del café Gijón entorna un poco los ojos y asiente con la cabeza, despacio, antes de murmurar, absorto: «Con dos cojones».

Ha pasado hambre, y sabe qué es cenar en Navidad un boniato cocido para toda la familia. Fue colillero, albañil, camarero y otras cosas hasta que encontró el Gijón. Tiene sesenta y cuatro años, y no se jubila del todo porque la vida está muy perra, porque le gusta vender tabaco y porque, matiza humildemente, no le sale de los huevos. Le gusta comer bacalao, poco los toros, y menos el fútbol. De joven hubiera querido parecerse a Gary Cooper, y su actriz favorita era Esther Williams, aquella fuertota que siempre estaba nadando. Nunca habla de política, ni de literatura, ni de ninguna otra cosa en voz alta; pero los íntimos saben que para Alfonso la literatura murió de muerte natural en este país de gilipollas, y que los políticos son chusma incompatible con las palabras tierra y libertad.

Es guasón, escéptico y prudente, aunque a veces se tira de espontáneo a la tertulia -tienen mesa contigua- de Raúl del Pozo, el maestro Vicent, Alexandre, cervino y el Algarrobo. No tiene sueños imposibles, ni milongas. Yo creo que ni sueña. Acude cada día a abrir su tenderete y eso le da sobrado trabajo, diversión y sabiduría. Con frecuencia, sentado ante mi mesa mientras leo o trabajo un poco, paso un rato observándolo, inmóvil con su chaqueta azul de faena, impasible centinela del café legendario. Le gusta que entren mujeres guapas, y cuando detecta a alguna, su mirada la sigue un brevísimo instante y luego se cruza con la mía, antes de fijarse de nuevo en el infinito insinuando la media sonrisa cómplice. Somos viejos amigos. A veces, cuando hay poca gente, hablamos de las cosas de la vida. Atiende mi correo y llamadas telefónicas; y a cambio, cuando se ausenta un rato, he llegado a despacharle a algún cliente, dejando el dinero sobre su taburete. Cada semana, desde hace años, jugamos juntos uno de sus billetes de lotería, aunque mediante un peculiar sistema: yo le compro el décimo, y si toca vamos a medias. El día que nos salga y se jubile de verdad, encargaré una placa de bronce para que la pongan en su rincón: «Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso. Cerillero y anarquista».

El Semanal, 22 Junio 1997

Cartas que nunca respondí

Durante mucho tiempo contesté a cuantas cartas recibía. Una vez al mes me sentaba con la correspondencia que llega a El Semanal, y procuraba dedicar diez minutos y un sello de correos a cada lector que consideraba oportuno contarme algo. Los tres primeros años respondí a casi todos, salvo a quienes me mentaban a la madre y los muertos más frescos. Esas últimas cartas eran mis favoritas; amén de ser las más divertidas, con ellas podía ahorrarme tanto los diez minutos como el sello.

Desde hace unos meses, eso ha dejado de ser posible. Por alguna extraña razón, la correspondencia que llega a El Semanal se ha multiplicado de modo monstruoso, y ni dedicándole un día a la semana puedo dejarla resuelta. Seguiré haciendo lo que pueda, claro. Pero desde ahora sé que es imposible atenderla toda, y que la mayor parte de esas cartas quedará sin respuesta. Necesitaría una secretaria para contestarlas por mí; pero así ya no merece la pena. Una carta de manos mercenarias no es lo mismo que una carta de pata negra. Por eso recurro hoy a esta página para esa lamentable justificación personal. Y para aclarar también que, a pesar de todo, sigo leyendo con suma atención cada carta que me llega. Es mucho lo que aprendes, y lo que te diviertes, y lo que terminas por ver que antes no veías, en esa especie de espejo que es el lector amigo, enemigo, entusiasta, decepcionado, cálido, tierno, furioso, cuando te devuelve el mensaje que lanzaste en la botella.

Muchas cosas he aprendido de todas esas cartas. Por ejemplo, la absoluta falta de sentido del humor de unos pocos lectores. Mencioné una vez, por ejemplo, a la mujer como muñeca hinchable de sábado sabadete para 14omer Simpson, y media docena de damas me escribieron a vuelta de correo recriminándome mi machismo y prepotencia al compararlas con muñecas hinchables. Otra nota corriente es la suspicacia corporativista de ciertos colectivos. Conté, verbigracia, que cierto taxista de Barajas era un pirata, y veinte taxistas escribieron poniéndome como hoja de perejil por insultar al honrado gremio del taxi. Y para qué les voy a contar la de militares a quienes mancillé la honra cuando describí la concreta variedad alcohólica del miles gloriosus. Eso, sin olvidar a los muchos que aseguran que me voy a condenar por blasfemo -ahí coinciden con mi madre-, o al señor de Pamplona que me preguntó sin rodeos si yo era maricón de vicio o de nacimiento, cuando hablé de homosexuales en Parejas venecianas. Aunque de todas esas cartas, mi favorita es la que recibí tras aludir despectivamente a alguien como un soplador de vidrio por no llamarlo directamente soplapollas. Porque un soplador de vidrio de los de verdad, de los que soplan vidrio, escribió una seria, dolorida y larga carta, explicándome muy al detalle los pormenores de su digno oficio.

También conservo cartas, muchas, inteligentes, tiernas, amistosas y cálidas. Como la de Jesús Arrieta, a quien no respondí nunca, sesenta y siete años, pensionista y ex mecánico, que me escribió una de las páginas más bellas sobre el amor a su hermosa lengua vasca, contándome cómo se consiguió, con mucho esfuerzo y sacrificio, poner en marcha la ikastola de Azcoitia. O la de otro jubilado, Gumersindo Fernández, gallego, humilde y dignísimo ex sargento de Marina de la ley de los veinte años que me dedica el cacho cabrón más cariñoso que recibí nunca al amonestarme, con razón, por usar despectivamente la expresión sargentos chusqueros. O la de Eva, que no se rinde y libra su pequeña guerra privada en la modesta escuela extremeña donde cada día le gana una batalla a la estupidez y la ignorancia. O Josean, a quien hace poco le nació un hijo que él quisiera ver crecer en un país donde nadie torture a otro. O don José Manuel, el viejo cura de Algorta, que me tranquilizó con toda la ternura del mundo asegurándome que no hay problema: que Dios es viejo, tolerante, y habla en cualquier idioma.

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