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Authors: Monica Lavin

Yo, la peor (6 page)

BOOK: Yo, la peor
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Y ahora estaban de vuelta en Nepantla, para celebrar el bautizo de Antonia; nada más que en esa casa de Nepantla ni Josefa ni Juana ni ella tenían ya lugar. Inés y ahora Antonia ocupaban su antigua habitación. Francisca las recibió con una sonrisa cuando bajaron de la carreta. Ese día su padrastro festejaba por todo lo alto. Dispuso dos carretas que llevaron a la familia de su mujer desde Panoayan hasta la iglesia en Chimal y luego a Nepantla.

—Querubines —dijo la negra, manoteando en el aire. Y aunque besó mucho a Josefa y a Juana la vio muy grande y lo resaltó; a María la apretó contra su pecho como si se la hubieran desprendido sin quererlo ella. Pero María había aprendido como hermana mayor a no llorar, a pesar de que la tibieza oscura de Francisca la ablandaba como a una ciruela en dulce.

—Y tú, ¿vas a la escuela con tus hermanas?

María hizo un gesto de desdén; ella bordaba como su abuela, con muchas linduras, y por ser la mayor ayudaba en las faenas de la casa, como lo había hecho en Nepantla. Y aunque sus hermanas insistieron en los primeros días de Panoayan que jugara al té con las muñecas, ella había desistido ante la vista de ese juego de cerámica en miniatura que su padre presumía venía desde China. Solía encaramarse al piso alto junto a la capilla y sentada en un poyete se abanicaba primero suave y luego más fuerte mirando los volcanes que allí se contemplaban más cercanos, como si del cono del Popocatépetl fuese a brotar Pedro de Asbaje con una vasija llena de lava dorada: "Para la princesa de estos lares", como solía llamarla. En tardes así, en las que se iba acostumbrando a no verlo más, se solazaba en el tesoro de sus recuerdos. De las tres hermanas sólo ella había sido la "princesa de esos lares", y si las otras dos andaban jugueteando —Juana husmeando en la biblioteca del abuelo Pedro, Josefa en la cocina con la negra María—, ella podía soñar con su padre y en esos momentos estaba segura de que no la había olvidado.

Pero volver a Nepantla era un crudo recordatorio; pensó negarse. Aquella mañana del bautizo de su hermana Antonia Ruiz, inventaría, como su madre, una jaqueca. Su abuela diría que era una maldita herencia y pasaría el día encerrada en Panoayan, o caminando por el bordo de las hayas, lejos de todos, tan lejos de la nueva familia de su madre como de su padre, que pasados ya tres años no había enviado una línea y algunos sospechaban que estaba muerto, aunque su madre no. Bien decía que de los muertos siempre se sabe, sobre todo si son de cierta importancia. Y su padre, curador y vendedor de pieles de Vizcaya, lo era. Aquella mañana del bautizo vio desde su cama a Josefa y a Juana lavarse la cara en el aguamanil y luego ponerse aquellos vestidos que la abuela y ella habían confeccionado para la ocasión. Era la segunda hermana que le nacía a su madre de ese nuevo padre que vivía con ella en Nepantla y María ya debía haber pasado los sofocos pero en aquella ocasión el bautizo de Inés fue en Amecameca y el ágape allí mismo, en Panoayan: el patio central se había convertido en enorme comedor. Qué contentas sus hermanas, iban a una fiesta y verían a su madre y a la pequeña Inés Ruiz, y eso las alegraba. Para ellas, Pedro de Asbaje era un fantasma. Josefa recordaba su bigote y sus ojos claros, pero precisaba la confirmación de la mayor.

—¿Verdad, Marieta, que tenía los ojos verdes?

Juana, en cambio, de esos tres primeros años no poseía más que una voz, eso le dijo un día a María.

—¿Papá hablaba muy bajo?

Curioso que su hermana pequeña recordara esa voz susurro de su padre. María pensó que tras aquella voz Juana debía guardar algunas palabras. Se le ocurrió preguntarle desde la cama que aún no abandonaba:

—¿Qué te decía papá, Juana?

Con el vestido azul cielo que Josefa le abotonaba a la espalda, Juana, desconcertada, miró a su hermana.

—¿Papá?

—Sí, el de la voz suave.

—Ah, ése —contestó sorprendida, como recuperando algo entre velos.

María recordó la cascada de la barranca y aquella noticia de su madre, y vio a Juana al otro lado de la cortina de agua. Parecía que hacía un gran esfuerzo; luego dijo, aunque no eran palabras de niña y era una mentira:

—Óyeme con los ojos.

Sus hermanas volvieron al arreglo y María, perpleja y aliviada, sintió la cercanía del padre. Se puso de pie a todo vuelo y le plantó a Juana un beso en el cachete. Se dieron prisa para estar a tiempo cuando llegara la carreta para Chimal.

Esa mañana, María no quería separase de Juana Inés. La llevaba de la mano, aunque Josefa recelara, para entrar al atrio de la iglesia. Quizás ella había estado demasiado distante, enfurruñada con su madre y con su padre, para notar esa clara sagacidad de su hermana menor. Por algo la maestra de la escuela Amiga no protestó cuando, desde pequeña, Josefa la llevó consigo. Ahora que Juana Inés había cumplido siete años la miraba por primera vez. Ya no como una muñeca a quien coser vestidos, o alguien a quien cantar canciones a la hora de dormir, porque desde que su madre se mudó a Nepantla con el capitán ella había adoptado la misión materna. Por nada en el mundo iba a permitir que sus hermanas sintieran el hueco que ella sufrió durante los días de enfermedad de su madre.

Curioso como ahora, aunque la madre viviera lejos, no la sentía así. Su rostro era vivaz, se reía a menudo y cuando comían todos juntos en las celebraciones, el capitán tenía muchas atenciones con ella. La llamaba Bellota cuando pedía el pan en la mesa o para avisar que saldría con el abuelo a hablar de negocios —lo cual a Josefa y a María les daba mucha risa—; pero su madre no se daba cuenta, estaba volcada con Inesita y ahora Antonia había nacido en ese hogar de mujeres.

—Estoy condenado a las mujeres —suspiraba el abuelo cuando se veía entre todas ellas.

Esperaba que algún hombre rompiera ese rosario.

Caminaron atrás de sus abuelos y de sus tíos Diego y Magdalena, y de Pedro Ramírez, su primo, que ya era un joven, por entre los fresnos cubiertos de heno hacia el pórtico de la iglesia. Allí, a la entrada, María podía ver a su madre, vestida de gris perla, cargando a la nueva hija que parecía un capullo de mariposa, toda blanca. Juana se desprendió y corrió para abrazar la falda de su madre. María la alcanzó junto con Josefa. Notó que Juana, en lugar de ver la carita rosada de su nueva hermana, que hacía gestos, hundía el rostro entre la tafeta aperlada de su madre. El capitán acarició la cabeza de Juana, que remolona la evitó.

Era momento de ser la hermana mayor, y después de besar a su madre y saludar al capitán, tiró de Juana.

—Mira a la criatura. Le van a hacer lo mismo que a ti en este lugar. Unas gotas de agua en la cabeza.

Juana, intrigada, se desprendió por lo que su hermana sabía.

—Aquí te bautizaron —dijo María y la jaló al interior de la parroquia de San Vicente Ferrer, hasta el borde de la misma fuente. Observó el asombro de Juana y cómo miraba el agua cristalina del interior.

—Es agua bendita —le explicó, metió un dedo a la fuente y la dejó escurrir sobre la cabeza de Juana—. Yo te nombro Princesa de estos lares.

Juana la miró, sorprendida de que fuera tan fácil mudar los nombres.

Ella también metió su mano e hizo que María se inclinara para que pudiera rociarle la cabeza.

—Yo te nombro Izta. María Izta de los Volcanes.

Josefa se acercó; había advertido un juego que le intrigaba, pero ya las voces del coro comenzaban a entonar el Ave María y el cura, que cruzaba desde el altar, severo, las observó.

María tomó a Josefa con una mano y a Juana con la otra. Y así, ungida con un nombre nuevo, salió de la capilla para unirse al cortejo que acompañaba a su nueva hermana, a su madre y al capitán, segura de que con sus manos enlazadas a las de sus hermanas evitaba que el Asbaje de su sangre y la voz susurrada de su padre se perdieran para siempre.

Un poema antes del baño

A Refugio Salazar no le sorprendió la noticia. Fue el sacristán quien tocó a la puerta de su casa el Domingo de Ramos para que, por orden del vicario de San Miguel en Amecameca, fray Gabriel de Neira, avisara a su alumna que la esperaban para premiar su trabajo. Fray Gabriel no tuvo duda de que si alguien escribía en aquel pueblo era porque asistía a la Amiga como seguramente lo hacía la que firmaba aquella loa al Santísimo Sacramento, rimada impecablemente, escrita con caligrafía minuciosa, mezclados el náhuatl y el español, que hablaba de los indios de esa tierra, de novillos y de una abuela española, con un solo tachón que se podía pasar por alto dada la juventud de quien firmaba: Juan Inés Ramírez de Santillana, siete años.

Refugio hizo pasar al sacristán; hacía frío en aquella conversación de puerta abierta, pero el muchacho insistió en que las actividades de aquel domingo no le permitían aceptar el chocolate que la viuda le ofrecía. Así que, en cuanto cerró la puerta, Refugio vertió el chocolate caliente en el tazón y se sentó al borde de la ventana de la cocina. Durante los domingos la casa no tenía ruidos, Casia descansaba o se iba a misa y a pasear, y tenía amigas en las casas vecinas y un muchacho chalco que la cortejaba y quien, temía Refugio, acabaría por dejarla preñada; entonces su renta menguaría y las donaciones de las familias adineradas, por su labor de enseñanza, serían insuficientes para la crianza del niño, y —quién quitaba— existía la posibilidad de que el muchacho se instalara para vivir con la familia inaugurada.

Refugio se santiguó apreciando la quietud y saboreó a tragos acanelados la feliz noticia. Conocía aquella loa; fue ella quien instó a sus alumnos a participar en el concurso para niños y jóvenes. Pasaron varias semanas desde que había atizado aquel fuego y sólo Juana Inés le había dado a revisar su trabajo con rima natural y dulce en octosílabos: "Eso que los indios hacen / para eso los de mi tierra / que lo hacen con bizarría / y no aquesta borrachera". Josefa fue quien lanzó a su hermana al ruedo al final de la clase.

—Mi hermana trae un poema para el concurso que usted dijo.

Juana Inés sacó de su cuadernillo aquella hoja doblada que la maestra recibió y leyó en su escritorio, mientras los ojos oscuros de las dos hermanas la contemplaban incisivos. Cuando Refugio desprendió la mirada de aquellas líneas releídas, Josefa se distraía con el alboroto de los pájaros carpinteros y los de pecho azul, y Juana Inés, en cambio, no la había dejado de observar. Refugio trató de aplacar la emoción de la voz; mesurada le explicó que era preciso corregir la escritura de dos o tres palabras, pero que la música del texto y su tersura eran asombrosas. Juana Inés sonrió discreta. Refugio le dijo que allí mismo reescribiera la loa y que si las chicas tenían tiempo la podían entregar juntas en la iglesia. Josefa salió del aula, mientras Refugio acercaba el manguillo y la tinta a su alumna y señalaba las palabras defectuosas. Un buen rato se quedó mirando aquella mano menuda que con esmero hundía la plumilla en el frasco de tinta oscura y delineaba sobre la hoja, copiando la versión anterior, haciendo las enmiendas y alterando de última hora algunas palabras. Refugio pensaba que observar aquello era como cuando un crío se pone de pie y anda sin la mano de la madre, como cuando un pájaro echa a volar; que estaba siendo testigo de un manantial que brotaba en la superficie de la tierra. En el cielo de marzo un rayo irrumpió; Josefa entró apresurada: habría tormenta, tenían que volver. ¿Y si se quedaban en su casa?, propuso la maestra. Mandaría un chico a Panoayan para que avisara. Había sido una propuesta espontánea, un deseo de que aquel prodigio se prolongara, de saber cómo las palabras habían venido a aquella mente niña con tal música y tal soltura, y cómo podía tejer la lengua de la tierra, la de la casa y la del campo. Pensaba, también, que era bueno que el poema entrara hoy a la iglesia, antes de que venciera el plazo, para que quien lo leyera lo saboreara y volviera a él, y atrapada entre las mieles de aquellas imágenes sonoras supiera que estaba ante el parto de una poeta.

Juana Inés buscó la aprobación de su hermana, pero Josefa decidió que la maestra entregara el poema y que ellas volvieran porque no tenían la costumbre de dormir fuera de casa, salvo cuando se quedaban en Nepantla. La maestra tomó la loa y abrazó a Juana Inés.

—¿De dónde sacas las palabras?

—Las oigo y las veo —contestó Juana Inés.

—Se la pasa en la biblioteca del abuelo —agregó Josefa, entretenida con la rareza de su hermana.

¿Y dónde la escribiste?

—Sobre la mesa del abuelo, con su tinta y su plumilla.

—Sólo a mí me lo dijo —intervino Josefa, que comenzaba a comprender que la maestra estaba gratamente sorprendida.

—¿Y lo leíste? —preguntó Refugio.

—Es largo y yo no entiendo de poemas, por eso se lo trajimos a usted —se defendió Josefa.

—Han hecho bien. Corran a casa y cuídense de los rayos.

Cerró la puerta que el viento azotaba y observó a las chicas hasta que se perdieron por el lado opuesto. Olía a lluvia cercana, el cielo se iluminaba de improvisto en aquella tarde de marzo que adelantaba las lluvias de verano. Echó a andar con el poema protegido bajo su capa, pensando en la espontánea gracia de los versos, y ahora, mientras acercaba el chocolate humeante a su boca, sentía el peso de la palabra
orgullo.

Gozó esa noticia que todavía era sólo suya. Iría más tarde hasta Panoayan; no permitiría que nadie más hiciese saber a Juana Inés y a su familia que había ganado el concurso y que se requería su presencia el Sábado de Gloria, cuando se haría la ceremonia de premiación. Esa mañana se saltaría la misa, que Dios la perdonara; aunque, por lo pronto, tenía mucho que agradecerle, pues a pesar de no haberle dado hijos y de arrebatarle al marido, poseía las palabras para enseñarlas y ahora la revelación de un don en una de sus alumnas. Ella, Refugio Salazar, había enseñado las letras y los vocablos, y de todas las tierras infértiles o sosegadas en las que había desparramado la semilla, ese día era suya la dicha de que brotara un vergel. Aun si fuera lo único que escribiera Juana Inés, aun si ese poema fuera un rayo pasajero como los que esa noche la acompañaron a casa preocupada por la travesía de las niñas Ramírez en el bosque, se daba por bien servida.

No podía saltarse el baño porque era domingo y así lo acostumbraba. Casia había dejado el agua hervida en la tina para que, a jicarazos, lavara su cuerpo, poco mirado desde que el marido muriera y se llevara sus calores y sus deseos. Era curioso, pero la noticia le había inflamado el ánimo, y el gozo del agua resbalando en su piel cetrina era mayor y era celebratorio. El sonido del agua vertida que caía en la tinaja le prodigaba un deleite infantil. ¿O era acaso que las palabras de la niña poeta le devolvían la vida? Ese poema no existía y escribirlo era llenar un espacio vacío, era poblar un pedazo invisible. No lo había pensado nunca porque no había estado en el filo preciso donde algo se produce. La loa sería leída en público y los escuchas tendrían nuevos acomodos de palabras que no poseían antes y todo porque una niña se había sentado a construir imágenes y emociones desde su sabiduría menuda y asombrosa.

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