Read Werther Online

Authors: Johann Wolfgang von Goethe

Tags: #Clásico, #Drama, #Romántico

Werther (12 page)

»Yo notaba en sus palabras y en su aire un no sé qué zahareño y feroz, y mañosamente le pregunté para qué quería las flores. Una sonrisa extraña y convulsiva contrajo su semblante. “Si me prometéis no hacerme traición —dijo, poniéndose un dedo sobre la boca—, os diré que he ofrecido un ramo a mi novia.” “Bien, muy bien”, repliqué. “¡Oh!, ella tiene muchas cosas buenas…; es rica.” “Y, aun así, hace caso de vuestro ramo.” “Tiene diamantes… y una corona…” “Pues ¿quién es? ¿Cómo se llama?” Sin responder a esta pregunta, añadió: “Si el gobierno quisiera pagarme, yo sería otro hombre. Sí; hubo un tiempo en que yo estaba bien; pero hoy… todo ha concluido. Ya no soy nada…” Sus ojos, preñados de lágrimas, se fijaron en el cielo con viva expresión. “¿Eras feliz entonces?”, le pregunté. “¡Ah ojalá lo fuera ahora lo mismo! Sí; contento, alegre, dichoso, vivía en un verdadero paraíso.” “¡Enrique!”, exclamó en aquel instante una anciana que se aproximaba a nosotros, “¿dónde te metes? Ando buscándote por todas partes. Vamos, ven a comer.” “¿Es hijo vuestro?”, le pregunté adelantándome hacia ella. “Sí, señor, es mi pobre hijo. Dios me ha dado una cruz bastante pesada.” “¿Hace mucho tiempo que está así?” “A Dios gracias, hace ya seis meses que ha recobrado la tranquilidad. Pero antes durante un año, ha estado furioso y fue preciso encerrarle en una casa de salud. Ahora no hace mal a nadie; pero siempre está soñando con reyes y emperadores. ¡Era tan bueno y tan cariñoso! Me ayudaba a vivir con el producto de su trabajo, porque tenía una letra preciosa… De repente dio en estar caviloso; cayó enfermo con una fiebre devoradora, y ahora… ya veis el estado en que se encuentra. Si el señor quiere que le cuente…” Interrumpí este flujo de palabras para preguntarle a qué época se refería su hijo, cuando decía que había sido muy dichoso. “¡Ah, señor! El pobre alude al tiempo en que estaba completamente loco: al que pasó en el hospital, cuando no tenía conciencia de sí mismo. No cesa de recordar aquellos días…” Estas palabras me hirieron como un rayo. Puse una moneda de plata en las manos de la anciana y me alejé casi corriendo.

»Entonces eras feliz —pensaba yo, caminando rápidamente hacia el pueblo—. ¡Entonces vivías alegre en un verdadero paraíso! Pero, señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo puede ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido? ¡Pobre insensato! Envidio tu locura, envidio el laberinto mental en que te pierdes. Tú sales lleno de esperanza a coger flores para tu reina en medio del invierno, y te desesperas porque no les encuentras, y no comprendes la causa de que no las encuentres… Pero yo…, yo salgo sin esperanza, sin objeto, y vuelvo a entrar en mi casa como salgo. Tú sueñas en lo que serías si el gobierno te pagase ¡feliz criatura que sólo en un obstáculo material hallas tu desgracia, que no sabes que en el extravío de tu cerebro, en el desorden de tu espíritu estriba tu daño, del que todos los reyes de la tierra no podrían librarte! ¿Puede morir desesperado el que se ríe de los enfermos que, en su opinión, agravan sus enfermedades y aceleran su fin yendo lejos a buscar la salud en aguas minerales maravillosas? ¿Puede morir desesperado el que insulta a la pobre criatura, cuya alma oprimida hace voto de visitar el santo sepulcro, para librarse de sus remordimientos y calmar sus escrúpulos y cuitas? Cada paso que dé sobre la tierra dura e inculta por ásperos senderos que desgarran los pies, es una gota de bálsamo echado sobre la herida de su alma, y después de la jornada de cada día, se acuesta con el corazón aliviado de una parte del fondo que le agobiaba. ¿Y os atrevéis a llamar esto necia preocupación, vosotros, charlatanes felices?… ¡Preocupación!… Dios mío, tú ves mis lágrimas. ¿Cómo al crear el hombre tan pequeño, le das hermanos que hasta le despojan en sus amarguras, robándole la confianza que ha puesto en ti, en ti, que nos amas infinitamente? Porque la fe en la virtud de una planta medicinal, o en el agua que destila la vid después de podada, ¿qué es si no es fe en ti, que al lado del mal has puesto el remedio y el consuelo que tanto necesitamos?

»¡Oh padre que no conozco! ¡Padre que otras veces has llenado toda mi alma, y que ahora te apartas de mí, llámame pronto a tu lado! No guardes silencio más tiempo, porque tu silencio no detendrá a mi alma impaciente. Y si entre los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo volviese a su lado antes de la hora marcada, y se arrojase en sus brazos exclamando: “Héme aquí de regreso, padre mío; no os incomodéis porque haya interrumpido el viaje que me habéis mandado terminar; el mundo es igual por todas partes; tras el dolor y el trabajo, la recompensa y el placer… ¿Qué me importa? Yo no estaré bien más que donde vos estéis; en vuestra presencia es donde yo quiero gozar y padecer… Tú, padre celestial y misericordioso, ¿podrías rechazarme?”»

1
DE DICIEMBRE

«¡Oh Guillermo! Ese hombre de que te he hablado, ese desdichado feliz, tenía un empleo en casa del padre de Carlota, y una desgraciada pasión que concibió por ella…, ¡por ella!, pasión que ocultó largo tiempo y que al fin descubrió, le hizo perder su destino. Éste ha sido el origen de su locura. Estas pocas palabras, llenas de sequedad, pueden hacerte comprender lo que esta historia me habrá trastornado, cuando Alberto me la refirió con tanta frialdad como acaso vas tú a leerla.»

4
DE DICIEMBRE

«Te suplico que tengas piedad de mí, porque es un hecho que no podré soportar más tiempo mi situación.

»Hoy estaba sentado cerca de ella, que tocaba diferentes melodías en su clavicémbalo, con una expresión… ¡con una expresión!… ¿Cómo podría pintártela? La más pequeña de sus hermanas jugaba con sus muñecas sobre mis rodillas. De pronto se me saltaron las lágrimas y bajé la cabeza; vi entonces en su dedo el anillo de boda, y mi llanto corrió con más abundancia. En aquel mismo instante comenzaba a tocar aquella antigua melodía que tanto me impresionaba, y mi corazón sintió una especie de consuelo, recordando el tiempo en que aquella música había herido agradablemente mis oídos; tiempo de felicidad en que las penas eran pocas, horas de esperanza que pronto huyeron. Me levanté y empecé a pasearme por la habitación sin orden ni concierto. Me ahogaba.

»“¡Basta —exclamé—, basta, por Dios!” Carlota se detuvo y clavó en mí una mirada investigadora.

»“Werther —dijo—, muy malo debéis estar, cuando vuestra música favorita os desagrada de ese modo. Retiraos, y haced por recobrar la calma.”

»Me separé de ella y… ¡Dios mío!, tú que ves mis sufrimientos, debes ponerles fin.»

6
DE DICIEMBRE

«Su imagen me persigue: duerma o vele, ella sola llena toda mi alma. Cuando cierro los párpados, en el cerebro donde se encuentra la potencia de la vista, dispongo claramente sus ojos negros. Es imposible que te explique esto. Me duermo, y los veo también: siempre están allí, siempre fascinadores como el abismo. Todo mi ser, todo, está absorbido por ellos. ¿Qué es pues, el hombre, ese semidios tan ensalzado? ¿No le faltan las fuerzas cuando más las necesita? Y cuando bate sus alas en el cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?»

EL EDITOR AL LECTOR

¡C
UÁNTO
hubiera deseado tener, respecto a los últimos días de nuestro desgraciado amigo, suficientes pormenores escritos de su propia mano, para no verme en la necesidad de intercalar relatos en la continuación de las cartas que él nos ha dejado!

He puesto empeño en recoger los más exactos detalles de las personas que debían estar mejor informadas, y estos detalles tienen todos un carácter uniforme. Las narraciones convienen hasta en las menores circunstancias. Únicamente en la manera de juzgar los sentimientos de los personajes difieren algo tanto los pareceres.

Sólo nos resta, pues, referir con fidelidad lo que nuestras averiguaciones nos han hecho conocer, añadiendo a esto las cartas o fragmentos de cartas que ha dejado aquel que ya no existe.

No se debe despreciar el menor documento auténtico, teniendo en cuenta lo difícil que es profundizar y conocer los verdaderos motivos, los móviles secretos de una acción, por insignificante que sea, cuando emana de un individuo que sale de la esfera vulgar.

El desaliento y el pesar habían echado profundas raíces en el alma de Werther, y poco a poco habían ido apoderándose de todo su ser. La armonía de sus facultades se había destruido por completo. El ciego y febril arrebato que las trastornaba causó en él los más fuertes estragos, concluyendo por sumirse en un triste abatimiento, más penoso aún de soportar que los males con que había luchado hasta entonces.

Las angustias de su corazón agotaron las fuerzas que le quedaban. Su viveza y su sagacidad se extinguieron. Cada vez se mostraba más sombrío e insociable, y, a medida que iba siendo más desgraciado, se volvía más injusto. Así, al menos, lo aseguran los amigos de Alberto, los cuales dicen que Werther no había sabido apreciar a aquel hombre de corazón recto que, gozando al fin de una dicha largo tiempo deseada, sólo pensaba en afianzar el porvenir de su felicidad. ¿Cómo había de comprender semejante anhelo quien disipaba y entregaba al azar los tesoros de su alma, sin reservarse para lo sucesivo más que privaciones y sufrimientos?

Afirman también que Alberto no había podido cambiar en tan poco tiempo, que era siempre el mismo hombre tan ponderado y estimado por Werther cuando empezaron a conocerse. Amaba a Carlota sobre todo en el mundo, estaba orgulloso de ella, y deseaba verla admirada por cuantos se le acercaban como la más perfecta criatura. ¿Podía vituperársele porque tratara de alejar de ella la sombra de una sospecha o porque rehusara ceder en lo más mínimo la posesión de tan preciado bien? Confiesan, ciertamente, que Alberto abandonaba con frecuencia la habitación de su mujer cuando Werther se presentaba en ella; pero no era, según dicen, ni por odio ni por indiferencia hacia su amigo, sino únicamente porque había notado el pesar secreto que su presencia ocasionaba a Werther.

Un día, hallándose enfermo el padre de Carlota y habiendo tenido necesidad de guardar cama, mandó el coche en busca de su hija. Era una hermosa mañana de invierno. Las primeras nieves habían caído en abundancia y el campo estaba cubierto de blanca alfombra.

Werther se puso en camino al día siguiente para ir a reunirse con Carlota y acompañarla a su casa si Alberto no iba por ella.

El aire fresco y puro de la mañana hizo poca impresión en su ánimo. Un peso enorme oprimía su pecho; su espíritu se hallaba atormentado por las más tristes imágenes, y de sus ideas le hacía vagar entre crueles reflexiones. Como vivía en un perpetuo hastío de sí mismo, la situación de los demás le parecía tan violenta y agitada como la suya. Se imaginaba haber turbado la buena armonía de Alberto y Carlota, y se dirigía con este motivo los más severos reproches, mezclados de sorda indignación contra el marido. Durante el camino sus pensamientos tomaron este rumbo: “¡Ah! —se decía apretando los dientes con furor—, ya está rota esa unión tan íntima, tan cordial, tan espontánea. ¿Qué ha sido de aquel tierno interés, de aquella confianza tranquila que parecía inalterable? Hoy ya no es sino hastío e indiferencia. El menor asunto interesa a ese hombre más que su mujer, ¡una mujer tan adorable! Pero ¿sabe él acaso apreciarla? ¿Sospecha ni remotamente lo que vale? ¡Y ella le pertenece, es suya!… ¡Oh!, bien lo sé. Debía haberme acostumbrado ya a esta idea, y, sin embargo, me desespera y acabará por matarme. Y la amistad que Alberto me había prometido, ¿qué se ha hecho de ella? ¿No ve en mi adhesión a Carlota un ataque a sus derechos y en mis atenciones y cuidados, una embozada censura? Lo conozco y lo siento; me ve con disgusto; quisiera tenerme muy lejos de aquí: mi presencia es un peso para él.”

Razonando así, tan pronto aceleraba su marcha como la detenía. Algunas veces parecía querer volverse atrás; pero de nuevo emprendía el camino, sumido siempre en sombrías reflexiones que sólo se adivinaban por algunas palabras entrecortadas que salían de sus labios. De este modo llegó a la casa sin darse apenas cuenta de ello. Entró preguntando por el juez y por Carlota, y encontró a toda la gente en conmoción. El mayor de los hermanos de Carlota le hizo saber que había sucedido una desgracia en Wahlheim: un aldeano había sido asesinado. Esta noticia no hizo en él mayor impresión, y se dirigió a la sala inmediata, donde halló a Carlota esforzándose por retener a su padre, quien enfermo y todo como estaba, quería marchar en seguida al lugar del crimen, para instruir las primeras diligencias sobre aquel crimen, cuyo autor era aún desconocido. Se había encontrado el cadáver por la mañana muy temprano delante de la puerta de un cortijo y las sospechas recaían ya en alguno. La víctima había estado al servicio de una viuda, que poco antes despidió a otro criado con motivo de un grave disgusto.

Cuando Werther supo estas circunstancias, se levantó de repente exclamando:

—¿Es posible? Se impone que vaya yo sin perder un momento.

Se dirigió a Walheim, convencido, luego que reunió todos sus recuerdos, de que el autor del crimen era aquel joven a quien él había hablado tantas veces y que le había inspirado grandes simpatías. Como era indispensable pasar por los tilos para llegar al figón donde habían depositado el cadáver, no pudo menos de experimentar cierta turbación a la vista de aquellos lugares que en otro tiempo le fueron tan queridos. El umbral de la puerta donde los chicos acudían a jugar frecuentemente estaba lleno de sangre. Así el amor y la fidelidad, sentimientos los más bellos del hombre, habían degenerado en violencia y asesinato. Parecía que para armonizar con este pensamiento, los corpulentos árboles, despojados de follaje, se habían cubierto de escarcha; el seto vivo que rodeaba las tapias del cementerio había perdido su hermoso color verde y dejaba ver, a través de anchos portillos, las piedras de los sepulcros llenas de nieve.

Al aparecer Werther en el figón, adonde había acudido todo el pueblo, se dejó oír un grave murmullo.

A lo lejos se distinguía un pelotón de hombres armados, y todos comprendieron que traían al asesino.

No bien dirigió Werther una mirada sobre el preso, se disiparon sus dudas.

Sí, era él; era aquel criado tan enamorado de su ama, a quien pocos días antes había visto presa de negra melancolía y luchando contra una secreta desesperación.

—¿Qué has hecho, desgraciado? —le preguntó al acercarse.

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