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Authors: Johann Wolfgang von Goethe

Tags: #Clásico, #Drama, #Romántico

Werther (10 page)

»Estoy ahora en la casa de campo del príncipe. Se vive muy bien con este hombre: es la verdad y la sencillez personificada, pero está rodeado de gente singular que no acabo de comprender. Sin tener el aspecto de unos bribones, les falta el talento de los hombres de bien. Algunas veces me parecen muy respetables, y, sin embargo, no llego a fiarme de ellos. Me molesta que el príncipe hable con frecuencia de cosas que ha oído decir o que ha leído, copiando siempre servilmente lo que lee y lo oye. Añade a esto, que tiene en más mi talento que mi corazón, este corazón, única cosa de que estoy orgulloso, única fuente de toda fuerza, de toda felicidad y de todo infortunio. ¡Ah! Lo que yo sé, cualquiera lo puede saber; pero mi corazón lo tengo yo sólo.»

25
DE MAYO

«Tenía un proyecto del que pensaba hablarte cuando se hubiera realizado; ahora veo que no resultará nada, y voy a darte cuenta de mi secreto: quería entrar en el ejército. Mucho tiempo he acariciado esta idea, causa la más poderosa de cuantas me movieron a seguir al príncipe, que es general de las fuerzas de… Paseando juntos le he descubierto mi designio; pero me ha disuadido, y sólo hubiera dejado de ceder a sus razones si fuera en mí una verdadera vocación lo que no pasa de simple capricho.»

11
DE JUNIO

«Di lo que quieras; pero necesito irme de aquí, donde no hago otra cosa que fastidiarme. El príncipe no puede ser para mi mejor de lo que es; sin embargo, no estoy contento a su lado, y consiste en que en el fondo no hay nada semejante entre los dos. Es un hombre de talento, pero de talento vulgar. Su conversación no me causa mayor placer que una obra bien escrita. Permaneceré aún ocho días aquí: cuando hayan pasado volveré a vagabundear. Lo mejor que he hecho desde que vine, ha sido dedicarme al dibujo. El príncipe no es extraño al arte y aún lo sería menos si no estuviese forrado de fastidiosas fórmulas científicas y de una hueca terminología. Más de una vez, arrastrándome mi loca imaginación por los caminos del arte y de la naturaleza, me muerdo los labios al ver que, convencido de que pone una pica en Flandes, me interrumpe a tontas y a locas para encajar en la conversación algún término técnico.»

16
DE JULIO

«Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo. ¿Y tú? ¿Eres algo más?»

18
DE JULIO

«¿Adónde quiero ir? Te lo diré en confianza. Tengo precisión de permanecer aquí otros quince días. Después, me he dicho a mí mismo que deseo visitar las minas de…; pero, en el fondo, no hay nada de esto: lo que quiero únicamente es aproximarme a Carlota. Esto es todo. Me río de mi corazón, y hago todo lo que me manda.»

29
DE JULIO

«¡Bien! ¡Muy bien! Todo marcha a maravilla. ¡Yo! ¡Su marido! ¡Oh Dios! Si tú, que me has dado la vida, me hubieses reservado semejante felicidad, mi existencia hubiera sido una adoración continua. No quiero quejarme contra ti; perdóname estas lágrimas, perdona mis inútiles deseos. ¡Ella, mi mujer! ¿Si hubiera estrechado entre mis brazos a la criatura más amable que hay bajo el cielo! Guillermo, cuando Alberto abraza su talle esbelto, tiemblo de pies a cabeza.

»¿Me atreveré a decirlo? ¿Y por qué no? Carlota hubiera sido conmigo más feliz que con él. No; no es éste el hombre que puede satisfacer todos los deseos de este ángel. Cierta falta de sensibilidad, cierta falta de… (traduce esto como te parezca). Yo veo que sus almas no simpatizan; lo veo cuando, leyendo uno de nuestros libros favoritos, laten al unísono el corazón de Carlota y el mío, y lo veo en otras mil ocasiones en que revelamos los sentimientos que nos producen las acciones ajenas. ¡Oh Guillermo! ¿Es verdad que él la ama con toda su alma…, y que, así y todo, no merece el amor de ella?

»Un importuno ha venido a interrumpirme. Mis lágrimas se han secado, mi melancolía ha desaparecido. Adiós, querido amigo.»

4
DE AGOSTO

«No soy el único que se queja. Todos los hombres ven burladas sus esperanzas y son engañados en lo que desean. Acabo de visitar a la buena mujer de los tilos: el mayor de los muchachos ha corrido a mi encuentro. Sus gritos de alegría han anunciado mi llegada a la madre, que está muy abatida. Sus primeras palabras han sido: “¡Ay, mi buen señor! Mi Juan ha muerto”. Juan era el menor de los niños. Yo guardé silencio. “Mi marido —añadió— ha vuelto de Suiza con las manos en la cabeza a no ser por algunas buenas almas, se hubiera visto obligado a venir pidiendo limosna.” No se me ocurrió decirle nada; pero hice un regalillo a su hijo. Ella me rogó que aceptase unas manzanas, las tomé y me alejé de aquel sitio de tan triste memoria.»

21
DE AGOSTO

«He cambiado por completo en un abrir y cerrar de ojos. Aunque todavía algunas veces se ilumina mi vida con la claridad de una luz suave, no es, ¡ay!, más que por un solo instante. Cuando me entrego a mis ensueños, no consigo desechar este pensamiento. “Pues qué, si Alberto muriese, ¿no podrías tú ser…, no podría ser ella…?” Y así continúo corriendo tras esta vaga sombra, hasta que me conduce al borde del abismo, donde me detengo con espanto.

»¡Qué diferente me parece todo, cuando salgo de la ciudad por el camino que recorrí en coche el día que, para llevarla al baile, fui por Carlota la primera vez! Todo ha cambiado, todo ha desaparecido. Ni una señal en la naturaleza, ni un latido en mi corazón que recuerde aquel día. Soy como la sombra de un príncipe opulento que volviese al palacio edificado y decorado con todo lujo y magnificencia por él en otra época, para encontrar arruinadas las espléndidas maravillas que legó a un hijo queridísimo.»

3
DE SEPTIEMBRE

«Hay ocasiones en que no comprendo cómo puede amar a otro hombre, cómo se atreve a amar a otro hombre, cuando yo la amo con un amor tan perfecto, tan profundo, tan inmenso; cuando no conozco más que a ella, ni veo más que a ella, ni pienso más que en ella.»

4
DE SEPTIEMBRE

«Sí, así es. Al mismo tiempo que la naturaleza anuncia la proximidad del otoño, siento el otoño dentro de mí y en torno mío. Mis hojas amarillean, y las de los árboles vecinos se han caído ya. ¿He vuelto a hablarte de un joven aldeano que conocí cuando vino por primera vez a estos parajes? He pedido en Wahlheim noticias suyas, y me han dicho que, habiéndole echado de la casa donde servía, nadie ha vuelto a saber de él. Ayer le encontré, por casualidad, camino de otra aldea; le dirigí la palabra, y me ha contado su historia, que me ha impresionado mucho como comprenderás fácilmente cuando a mi vez te la refiera. Pero ¿a qué conducen estos pormenores? ¿No debía yo guardar para mí lo que me aflige y me angustia? ¿Por qué he de afligirte también? ¿Por qué he de darte sin cesar ocasión para que te quejes y me riñas? ¡Bah!, acaso no es mía la culpa, sino de mi estrella.

»Este hombre respondió a mis primeras preguntas con sombría tristeza, en la que me pareció ver alguna confusión; pero en breve, como si cayera en la cuenta de con quién hablaba, y me reconociese, me confesó con franqueza sus faltas y deploró su desdicha. ¡Que no pueda yo, amigo mío, recordar una por una sus palabras! Confesaba, refería (experimentando, al hacer memoria de ello, una especie de alegría y de placer) que su amor hacia su ama fue aumentando cada vez más hasta el punto de no saber lo que hacía ni, hablándote en su lenguaje, dónde tenía la cabeza. No podía beber, comer ni dormir; esto le martirizaba, y hacía lo que no debía hacer y olvidaba lo que le habían mandado, parecía que tenía los demonios en el cuerpo, y por último, un día que ella estaba en una habitación de un piso alto, lo supo él y la siguió, o más bien se sintió arrastrado en pos de ella. Rogó inútilmente y pretendió hacer uso de la fuerza. Ignoraba cómo pudo llegar a tal extremo y ponía a Dios por testigo de que siempre había pensado en ella con toda pureza y de que su más vehemente deseo había sido casarse para pasar la vida a su lado. Después de platicar un rato de este modo, titubeó, como aquel a quien aún le falta algo que decir y que no se atreve a continuar. Al cabo me confesó tímidamente que ella le solía tolerar ciertas confianzas y le había concedido algunos ligeros favores. Cortó dos o tres veces el relato para repetirme que no decía esto “por despreciarla”; que la quería tanto como antes; que jamás había hablado con nadie de estas cosas, y que sólo me las refería para que me convenciese de que él no era un malvado ni un insensato. Y ahora, amigo mío, vuelvo a mi eterno estribillo: ¡si yo pudiera pintarte a este muchacho tal como estaba, tal como todavía le ven mis ojos; si yo pudiera decirte perfectamente todo para que comprendieses cómo me interesa, cómo debo interesarme por él! Basta; conoces lo que me pasa, me conoces y sabes demasiado bien cuánto me interesan todos los desdichados, y, sobre todos, este de que te hablo.

»Leo lo escrito, y observo que se me olvidaba referirte el fin de la historia, que se adivina fácilmente. La viuda se defendió, llegó su hermano, que hacía mucho tiempo odiaba al criado y deseaba echarle de la casa, por temor de que un nuevo matrimonio de la hermana privase a sus hijos de una herencia que esperaban fundadamente, puesto que aquélla no tenía sucesión directa; este hermano plantó al criado en la calle, y armó tan completo escándalo sobre lo ocurrido, que aunque la viuda hubiera deseado recibir de nuevo al muchacho, no se hubiera atrevido a ello. Dicen que también ahora está que trina el hermano con otro criado que tiene la consabida, respecto al cual aseguran que se casará con ella, cosa que el antiguo está firmemente resuelto a no sufrir mientras aliente.

»No he exagerado ni embellecido esta historia; hasta puedo decir que la he contado débil, debilísimamente, y que ha perdido mucho de su sencillez, porque la he encerrado en el molde de nuestro lenguaje usual y circunspecto.

»Esta pasión, que encarna tanto amor y tanta fidelidad, no es una ficción poética; vive, centellea con toda su pureza en estos hombres que apellidamos incultos y groseros nosotros, gente civilizada hasta el punto de no ser ya nada.

»Lee esta historia con recogimiento, te lo suplico. Yo, escribiéndote hoy estas cosas estoy sosegado, ya lo ves: ni me precipito ni me embrollo, como acostumbro. Lee, querido Guillermo, y piensa bien que ésta es, además, la historia de tu amigo. Sí, esto es lo que me ha sucedido, esto es lo que me sucederá a mí, que no tengo la mitad del valor y la resolución de este pobre diablo, con el cual apenas me atrevo a compararme.»

5
DE SEPTIEMBRE

«Carlota escribió una nota a su marido, que estaba en el campo, donde le retenían los negocios. La esquela comenzaba así: “Querido, queridísimo amigo: vuelve lo más pronto que puedas; te espero impaciente…” Uno que llegó trajo la noticia de que algunas ocupaciones impedirían a Alberto regresar tan pronto. La carta quedó sin concluir sobre la mesa, y por la noche vino a dar en mis manos. La leí y sonreí: Carlota me preguntó la causa. “La imaginación es una cosa divina —exclamé—, por un momento me había figurado que este escrito era para mí.” No contestó nada; creo que le disgustó mi ocurrencia. Yo guardé silencio.»

6
DE SEPTIEMBRE

«Mucho me ha costado resolverme a dejar el frac azul que llevaba cuando bailé con Carlota por primera vez; pero ya estaba inservible.

»Me he encargado otro idéntico, con cuello y vuelos iguales, y una chupa y unos calzones amarillos como los que tenía. Bien conozco que no es lo mismo llevar uno que otro; sin embargo…, ¿quién sabe? Me figuro que, con el tiempo, le tocará al nuevo su turno, y será el preferido.»

12
DE SEPTIEMBRE

«Habiendo ido Carlota a ver a Alberto, ha estado ausente algunos días. Hoy, al entrar en su habitación, salió a mi encuentro y le besé la mano con indecible júbilo.

»Sobre un espejo había un canario que voló a sus hombros. Cogiéndole entre sus dedos, me dijo: “Es un nuevo amigo que destino a mis niños. Es muy bonito; miradle. Cuando le doy pan, divierte ver cómo agita las alas y picotea. También me besa; vedlo:” acercó su boca al pajarillo, y éste se plegó tan amorosamente contra sus dulces labios, como si comprendiese la felicidad que gozaba.

»“Quiero que también os dé un beso”, dijo ella, acercando el pájaro a mi boca. Este trasladó su piquito desde los labios de Carlota a los míos, y sus picotazos eran como un soplo de celestial felicidad.

»“Sus besos —dijo— no son completamente desinteresados; busca comida, y cuando no la encuentra en las caricias que le hacen, se retira descontento” “También come en mi boca.”, exclamó Carlota, presentándole algunas migajas de pan en sus labios entreabiertos, sobre los cuales sonreían con voluptuosidad el placer y el éxtasis de un amor correspondiente.

»Volví la cabeza. Ella no debía hacer lo que hacía, ella no debía inflamar mi imaginación con estos transportes candorosos de alegría purísima, ni despertar mi corazón del sueño en que le arrulla la indiferencia que siento por la vida. ¿Y por qué no? Es que se fía de mí, es que sabe de qué modo la amo.»

15
DE SEPTIEMBRE

«En verdad, Guillermo, que hay para darse al diablo cuando se ven personas tan desprovistas de razón y de sentimientos, que desconocen cuanto tiene valor en este mundo. Tú recordarás aquellos nogales del presbiterio, a cuya sombra me sentaba yo con Carlota. ¡Cuánto me alegraba el corazón la vista de tan magníficos árboles y cómo embellecían el patio! ¡Cuánta frescura había en su sombra y cuánta majestad en su follaje! Eran recuerdos vivos de los respectivos párrocos que, en un tiempo ya remoto, los habían plantado. El maestro de escuela nos ha citado muchas veces el nombre de uno de éstos, llevaba el mismo de su abuelo, y parece que era una persona dignísima. Por eso, cuando me sentaba debajo de aquellos nogales, en este recuerdo había algo querido y sagrado para mí. Ayer deplorábamos que los hayan cortado: el maestro de escuela lloraba. ¡Cortado! Tengo tal indignación que sería capaz de matar al miserable que les dio el primer hachazo.

»Si yo fuera dueño de dos árboles semejantes, me bastaría ver a uno secarse de viejo para desesperarme. Juzga por esto lo que me afecta el sacrilegio cometido. ¿De qué sirve la conciencia a los hombres? Todo el pueblo murmura, y la mujer del cura actual comprenderá la herida que ha abierto en los instintos de los buenos aldeanos, cuando recoja la manteca, los huevos y los demás tributos voluntarios. Porque ella, la esposa del nuevo párroco (el que yo conocí ha muerto también) es la autora; ella, criatura flacucha y enclenque, que hace muy bien en no interesarse por nadie en el mundo, porque nadie comete la sandez de interesarse por ella, marisabidilla que se atreve a disertar sobre los cánones de la iglesia y a trabajar para la reforma crítico-moral del cristianismo, encogiéndose de hombros ante las ideas de Lavater, mujer, en fin, cuya salud raquítica no resiste la más inocente diversión. Sólo un bicho así hubiera sido capaz de cortar los nogales. ¿Comprendes que las hojas que se caían, sobre ensuciar el patio de esta señora, lo llenasen de humedad? Además, las ramas quitaban la luz, y cuando maduraban las nueces los chiquillos se entretenían en derribarlas a pedradas, lo cual alborotaba los nervios de la pobrecita, robándole el sosiego en sus profundas meditaciones, cuando acaso comparaba y pesaba juntos a Kennikot, Semler y Michaelis. Al avistarme con la gente de la aldea, después de tan importante descubrimiento, pregunté, sobre todo a los viejos, por qué lo habían consentido.

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