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Authors: Paul Auster

Tags: #Relato

Tumbuctú (20 page)

O eso pensaba él. Pero la triste verdad era que Míster Bones había calculado mal. Si hubiese estado en plena posesión de sus fuerzas, no cabe duda de que habría llegado a su destino, pero su cuerpo no estaba a la altura del esfuerzo exigido, y los efectos de tanta carrera y tantos saltos pronto se hicieron sentir. Quince kilómetros no significaban un viaje largo, sobre todo si se comparaba con las descomunales marchas que había emprendido sólo tres meses y medio atrás, pero ahora caminaba sin nada en el estómago y un perro no puede ir muy lejos sólo a fuerza de voluntad. Sorprendentemente, logró recorrer casi tres kilómetros y medio en aquel estado de debilidad. Llegó hasta donde sus patas fueron capaces de llevarlo, y entonces, entre uno y otro paso, sin el menor signo premonitorio de lo que iba a suceder, se derrumbó en el suelo y se quedó dormido.

Por segunda vez en dos noches, soñó con Willy, y el sueño fue otra vez diferente de todos los que había tenido antes. En esta ocasión estaban sentados en la playa de La Jolla, en California, un sitio que habían visitado en su primer viaje juntos, antes de que él hubiera crecido del todo. Lo que le remontaba a años y años atrás, a la época en que todo le resultaba nuevo y desconocido, cuando todo lo que ocurría le pasaba por primera vez. El sueño empezaba a media tarde. El sol brillaba intensamente, había una ligera brisa y Míster Bones estaba tumbado con la cabeza apoyada en las piernas de Willy, recreándose en la sensación que le producía su amo al pasarle los dedos por el cráneo. ¿Había ocurrido realmente algo de eso? Ya no lo recordaba, pero la impresión era lo bastante vivida para ser real, y eso era lo único que le importaba ahora. Chicas guapas en traje de baño, envoltorios de helado y tubos de loción bronceadora, Frisbees de color rojo surcando vacilantes el aire. Eso es lo que vio al abrir los ojos en el sueño, y podía oler el extraño aspecto y la belleza de todo, como si en parte ya supiera que había traspasado la frontera de la realidad. Todo parecía ocurrir en silencio, silencio en el sentido de que no había palabras, con el ruido de las olas batiendo en la orilla y el viento agitando las banderas y las sombrillas. Entonces empezó a sonar una canción pop en alguna radio, y una voz de mujer cantaba:
Be my baby, be my baby, be my baby now.
{15}
Era una canción bonita, encantadora y estúpida, y Míster Bones estaba tan absorto en ella que no se dio cuenta de que Willy le estaba hablando. Cuando prestó atención a su amo, ya se había perdido varias frases, quizá párrafos enteros de información crucial, y tardó unos momentos en reconstruir lo que estaba diciendo Willy.

«Aclarar las cosas» fue lo primero que oyó, seguido de «lo siento, amigo» y «prueba». Cuando después de esas palabras vinieron «feo asunto» y «payasada», Míster Bones empezó a enterarse. El demonio Willy había sido un truco, un subterfugio para inducirle a que renegase del recuerdo de su amo. Por desgarradora que hubiese sido la experiencia, no había habido otro modo de probar la constancia de sus sentimientos. El payaso había tratado de acobardarle, y aunque Míster Bones estaba medio muerto de miedo, no había dudado en perdonar a Willy al despertarse por la mañana, haciendo caso omiso de sus calumnias y olvidándolo todo. De ese modo, sin saber siquiera que lo estaban poniendo a prueba, había superado el examen. La recompensa era aquella imagen onírica, aquella visita a un mundo de lánguido e inacabable verano, y por agradable y hermoso que fuese el sueño, la oportunidad de disfrutar del cálido sol en una fría noche de invierno no era más que el preludio de otra cosa mucho más importante.

—¿Qué cosa? —se oyó decir Míster Bones, consciente de nuevo de su capacidad de hablar, de formar palabras con la misma claridad y soltura que cualquier bípedo que charlara en su lengua materna.

—Eso, para empezar —dijo Willy.

—¿Eso?
—preguntó Míster Bones, que no entendía nada—. ¿Qué es eso?

—Lo que estás haciendo ahora.

—No estoy haciendo nada. Sólo estoy tumbado aquí contigo, en la arena.

—Estás hablando conmigo, ¿no?

—Da la impresión de que hablo. Parece que hablo. Pero eso no quiere decir que hable de verdad.

—¿Y si yo te dijera que sí?

—No sé. Creo que me levantaría y me pondría a bailar.

—Pues empieza a bailar, Míster Bones. Cuando llegue el momento, no tendrás que preocuparte.

—¿Qué momento, Willy? ¿De qué estas hablando?

—Cuando te llegue el momento de ir a Tombuctú.

—¿Quieres decir que admiten perros?

—No todos. Sólo algunos. Cada caso se trata por separado.

—¿Y a mí sí?

—A ti sí.

—No me tomes el pelo, amo. Si estás de broma, no sé si podría soportarlo.

—Créeme, chucho, te van a admitir. Ya se ha decidido.

—¿Y cuándo tendré que ir?

—Cuando llegue el momento. Debes tener paciencia.

—Primero tengo que estirar la pata, ¿no?

—Así es. Entretanto, quiero que te portes bien. Vuelve al Refugio Canino y deja que se ocupen de ti. Cuando los Jones vayan a recogerte, recuerda la suerte que has tenido. Con Polly y Alice, no se puede pedir más. Son de lo mejorcito que hay, te lo aseguro. Y otra cosa: no te preocupes por ese nombre que te han puesto. Para mí siempre serás Míster Bones. Pero si alguna vez te da vergüenza, no tienes más que ponerlo en su forma latina y se te pasará. Sparkatus. Suena bien, ¿verdad? El Perro Sparkatus. Ahí va el Perro Sparkatus, el que con más nobleza menea el rabo en toda Roma.

Sí, sonaba bien, muy bien, y cuando Míster Bones se despertó nada más amanecer, aún tenía su retintín en la cabeza. Tantas cosas habían cambiado mientras dormía, tantas cosas habían pasado entre aquel cerrar y abrir de ojos que al principio no notó la nieve que había caído durante la noche, ni comprendió que el campanilleo producido por la palabra
Sparkatus
se debía en realidad al crujido de las ramas cargadas de nieve, que el viento agitaba despacio sobre su cabeza. Reacio a dejar el mundo de los sueños, Míster Bones tardó un poco en darse cuenta del intenso frío reinante, y en el momento en que empezó a percibirlo sintió un calor igualmente intenso. Algo ardía en su interior. El frío estaba fuera, y el calor, dentro; tenía el cuerpo cubierto de nieve, y la fiebre le había invadido de nuevo, tan virulenta y paralizante como el día anterior. Trató de hacer un esfuerzo para ponerse en pie y sacudirse la nieve del pelaje, pero sus patas parecían de goma y tuvo que abandonar el intento. Tal vez después, se dijo, quizá más tarde, cuando salga el sol y el ambiente se caldee un poco. Mientras, se quedó tendido en el suelo, observando la nieve. No había caído más de tres centímetros, pero eso bastaba para que el mundo resultase diferente. La blancura de la nieve tenía algo de enigmático, pensó, algo misterioso y bello a la vez, y mientras miraba a dos parejas de gorriones y carboneros que picoteaban la tierra en busca de algo que comer, sintió que un ligero espasmo de simpatía se agitaba en su interior. Sí, incluso por aquellas inútiles cabezas huecas. No podía evitarlo. Parecía que la nieve los había unido a todos, y por una vez se sintió capaz de considerarlos no como un incordio sino como semejantes suyos, miembros de una hermandad secreta. Viendo a los pájaros recordó lo que Willy le había dicho de volver al Refugio Canino. Era un buen consejo, y si su cuerpo hubiese estado a la altura de la tarea, lo habría seguido. Pero no lo estaba. Se encontraba demasiado débil para ir tan lejos, y si no podía confiar en que sus patas lo llevaran hasta allí, tendría que quedarse donde estaba. A falta de algo mejor que hacer, comió un poco de nieve e intentó recordar el sueño.

Poco a poco, empezó a oír un rumor de coches y camiones, el murmullo del tráfico de primera hora de la mañana. El sol ya empezaba a subir, y mientras la nieve se desprendía de los árboles cayendo al suelo ante él, Míster Bones se preguntó si la autopista estaría tan cerca como parecía. A veces los ruidos resultaban engañosos, y en más de una ocasión el aire le había hecho creer que tenía cerca una cosa que en realidad se encontraba bastante lejos. No quería desperdiciar energías en esfuerzos inútiles, pero si la carretera estaba donde él suponía, entonces quizá podría conseguirlo. El tráfico se iba haciendo más denso, y podía distinguir los tipos de vehículos que circulaban a toda prisa por la húmeda autopista, un cortejo ininterrumpido de coches grandes y pequeños, camiones y furgonetas, autocares de largo recorrido. Al volante de cada uno de ellos iba una persona, y con que sólo uno de aquellos conductores estuviese dispuesto a parar y ayudarle, quizá pudiera salvarse. Eso significaba subir hasta la cima de la colina que tenía delante, claro, y luego bajar como pudiera por el otro lado, pero por mucho que hubiera de costarle todo aquello, no tenía más remedio que hacerlo. La carretera estaba en algún sitio y tenía que dar con ella. El único inconveniente era que debía encontrarla al primer intento. Si se equivocaba de camino, no le quedarían fuerzas para volver a la colina y empezar otra vez.

Pero la carretera estaba allí, y cuando Míster Bones la vio por fin después de cuarenta minutos de arrastrarse penosamente entre zarzas, matorrales y raíces salientes que le impedían el paso, después de perder el equilibrio y resbalar por un talud embarrado, después de empaparse la piel en los fangosos restos de nieve, el perro enfermo y febril comprendió que la salvación estaba a su alcance. La carretera era una extensión inmensa, deslumbrante: una autopista de seis carriles con coches y camiones que pasaban a toda velocidad en ambas direcciones. Con la humedad de la nieve fundida aún pegada a la negra superficie de la calzada, a las barreras metálicas y a las ramas de los árboles que bordeaban los arcenes a izquierda y derecha, y con el sol invernal brillando en el cielo y centelleando sobre los millones de gotas de agua, la autopista se presentó a Míster Bones como un espectáculo de pura luminosidad, un territorio de apabullante resplandor. Aquello respondía exactamente a sus esperanzas, y entonces comprendió que la idea que se le había ocurrido durante los cuarenta minutos de agotador esfuerzo para subir y bajar la colina era el único procedimiento para resolver el problema. Los camiones y los coches podían llevarlo lejos de allí, pero también podrían machacarle los huesos y cortarle para siempre la respiración. Todo estaba muy claro cuando se miraba desde una perspectiva más amplia. No debía esperar a que llegara el momento; ya lo tenía encima. Con sólo pisar la carretera, se encontraría en Tombuctú. Se iría al reino de las palabras y las tostadoras transparentes, al país de ruedas de bicicleta y desiertos ardientes donde los perros hablaban con los hombres en pie de igualdad. Willy lo desaprobaría al principio, aunque sólo si pensaba que para llegar allí se había quitado la vida. Pero Míster Bones no se proponía nada tan vulgar como suicidarse. Simplemente iba a poner en práctica un juego, la clase de partida que cualquier perro viejo, enfermo y enloquecido jugaría. ¿Y acaso no lo era él ahora? Un perro viejo, enfermo y enloquecido.

Se llamaba esquivacoches, y era un deporte venerable y de larga tradición con el que cualquier veterano podía reconquistar la gloria de su juventud. Resultaba divertido, era tonificante y constituía un desafío para las capacidades atléticas. El perro sólo debía cruzar corriendo la carretera y procurar que no lo atropellaran. Cuantas más veces lo lograra, mayor campeón sería. Tarde o temprano, desde luego, las posibilidades acabarían agotándose, y pocos perros habían jugado al esquivacoches sin perder en la última vuelta. Pero en eso consistía la belleza de aquel juego tan especial. En el momento en que uno perdía, ganaba.

Y así fue como Míster Bones, alias Sparkatus, compañero del difunto poeta Willy G. Christmas, se lanzó en aquella resplandeciente mañana invernal de Virginia a demostrar que era el campeón de los perros. Saliendo de la hierba al arcén derecho de la autopista, esperó a que se abriera un claro en el tráfico, y entonces echó a correr. Pese a lo débil que estaba, aún le quedaba energía en las patas, y en cuanto cogió el ritmo, se sintió más fuerte y feliz de lo que se había sentido en meses. Corrió hacia el ruido, hacia la luz, hacia el resplandor y el rugido que se precipitaba hacia él en todas direcciones.

Con un poco de suerte, estaría con Willy antes de que acabara el día.

Notas

{1}
Amigo fiel.
Expresión que ha pasado a cierta tradición coloquial a partir de
El llanero solitario,
de Frank Striker.
(N. del T.)

{2}
En
yiddish,
término que se aplica al que no es judío (gentil, pagano), pero también a una persona insensible y cruel.
(N. del T.)

{3}
Término
yiddish:
desgracia, aflicción.
(N. del T.)

{4}
En inglés,
dog,
que al revés de
god:
dios.
(N. del T. )

{5}
En castellano en el original.
(N. del T.)

{6}
«Shopping malls»,
en inglés.
(N. del T.)

{7}
Swan song,
en inglés.
(N. del T.)

{8}
En castellano en el original.
(N. del T.)

{9}
En castellano en el original.
(N. del T. )

{10}
En inglés, «oropéndola».
(N. del T. )

{11}
Diminutivo de
spark,
«chispa».
(N. del T.)

{12}
En inglés, «bujía».
(N. del T.)

{13}
En castellano en el original.
(N. del T.)

{14}
En castellano, «Suave».
(N. del T.)

{15}
«Sé mi chico(a), sé mi chico(a), sé mi chico(a) ya.»
(N. del T.)

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